
No cabe duda de que si no hubiera sido el pero tener que dar cuentas de lo que había pasado, efectivamente y sin problemas, habría podido quedarme en su casa. Me habría refugiado en casa de Laura el tiempo necesario que me hubiera llevado saber que todo volvía a la calma, que ya había salido invicto del pleito y las posibles pesquisas. Pero no fue así. Esa noche apenas pude discar el número (el que todavía sabía de memoria), colgando inmediatamente al oír la voz de alguien que no era la suya. Entonces desistí, evitando hacer el papelón del desesperado. Me quedó esperar con paciencia el paso de las horas, hasta que llegara el cansancio, para dormirme muy tarde, sin hacer nada, pero ocupado en vagos planes, en insalvables lagunas, en rollos nunca resueltos, en nudos, en ceguera, empeñado en hacer la hora para salir muy temprano, de alba, haciendo uso de los pasajes al sur que, con justa anticipación, teníamos comprados con Víctor: pasillo/ventana.
Y sí.
Llego a tu casa a una hora impresentable como para hacerlo solo, sin ti, tal y como muchas veces lo habíamos hecho, regados por unos tragos, risueños, abrazados en constante excitación, riendo, cada tantos metros arrebatándonos el cuerpo para besarnos, despojados, por entre las ropas abrigadas, manos y dedos, entrando camino del pasaje, de la reja y la puerta de calle, con tu llave cuidando el silencio. Yo y un pequeño pero incómodo bolso de viaje, que desconozco, acomodado en mi mano empuñada, decidido a golpear la puerta de entrada. Nada de timbre esta vez. Tu madre, despreocupada, invitándome a pasar. Como si supiera que iría y que no sería extraño aparecerme de repente, así. Como ya todos van recogiéndose a sus dormitorios, me indica me vaya al tuyo, con una naturalidad que siempre le fue ajena, dándome además absoluta libertad para que ocupe la cocina si necesito algo, un café, leche caliente, cualquier cosa. Buenas noches, que duermas bien, usted también, apaga las luces, no se preocupe. Yo buscando algún fuerte, un trago que tu padre quizás guarde por ahí, porque no tengo ganas de dormir, y sólo quiero estar tranquilo. Pienso en música, pienso en leer, si puedo. Después de todo a eso habré venido, a distraerme, de ahí la urgencia y lo imprevisto de mi visita. Entonces dejo mis pertenencias en tu pieza. Qué bien conozco cada rincón. Todo está igual, salvo algunos detalles que me detengo a mirar cerca de la ventana, en la mesita del velador. Busco ausencias, pero confirmo que casi todo lo mío, lo nuestro, permanece. Busco presencias y están todas. Sonrío. En el comedor, con un encendedor, busco en la biblioteca alguna solapa de libro que me llame la atención, pero los libros se me repiten, se prolongan alineados, como si fueran siempre el mismo: color, ancho, altura. Nada es nuevo. Evito quemarme, quiero que la luz permanezca encendida por más tiempo, pero mi mano se agota, me duelen los dedos, lo apago. Luego en la cocina, busco en la licorera el ron que robábamos a tu padre, sirvo dos medidas y me voy a la pieza. Es tarde y no llegas. No estás y yo estoy solo en tu habitación quitándome la ropa para acostarme, no para dormir, sino para capear el frío, o tal vez la soledad, el vacío.
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Posteado el 02|04|08 por Roberto,
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