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	<title>escatologia</title>
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	<description>El blog de roberto Contreras</description>
	<pubDate>Sun, 10 Aug 2008 01:45:58 +0000</pubDate>
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		<title>Trabajos inútiles</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Aug 2008 00:01:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Prosa poética]]></category>

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		<description><![CDATA[
Temor a que persista la memoria
Duelo por no recordar los gestos que precisen
sin descripciones / los acercamientos
las formas breves buscando ser
muestras de un arte de la contemplación
Sólo bocetos de futuros recuerdos
que eviten naufragar en las razones.
La poesía
vista como el golpe de dos piedras bajo el agua
y quedarse oyendo su onda resonante
Puntos de fuga
Puntos ciegos
Un túnel [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><a href="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/08/ninno2.jpg"><img class="alignnone size-medium wp-image-92" title="ninno2" src="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/08/ninno2-225x300.jpg" alt="" width="225" height="300" /></a></p>
<p>Temor a que persista la memoria<br />
Duelo por no recordar los gestos que precisen<br />
sin descripciones / los acercamientos<br />
las formas breves buscando ser<br />
muestras de un arte de la contemplación<br />
Sólo bocetos de futuros recuerdos<br />
que eviten naufragar en las razones.</p>
<p>La poesía<br />
vista como el golpe de dos piedras bajo el agua<br />
y quedarse oyendo su onda resonante<br />
Puntos de fuga<br />
Puntos ciegos<br />
Un túnel dentro de un túnel.</p>
<p>Cuando la palabra ha subvertido lo real<br />
Y el ejercicio de nombrar erosiona las cosas<br />
(sin llamarlas por su nombre<br />
sin repetir en detalles lo que fuimos)<br />
te sientes llegando al fin de la tarea:<br />
porque acaso habrás escrito en contrasentido<br />
de las manecillas del reloj.</p>
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		</item>
		<item>
		<title>Raymond Carver</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Aug 2008 05:13:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Reseñas]]></category>

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		<description><![CDATA[A 20 años del 02 de agosto de 1988.

&#8220;Sus poemas son la corriente espiritual de la que Carver extrajo sus cuentos&#8221;, señala su esposa Tess Gallagher en la nota que acompaña el libro. Hasta ahora los lectores hispanos sólo conocíamos dos libros de poesía de Raymond Carver -Bajo una luz marina (1990), Un nuevo sendero [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>A 20 años del 02 de agosto de 1988.</strong></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/08/carverescritorio.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-88" title="carverescritorio" src="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/08/carverescritorio.jpg" alt="" width="287" height="293" /></a></p>
<p>&#8220;Sus poemas son la corriente espiritual de la que Carver extrajo sus cuentos&#8221;, señala su esposa Tess Gallagher en la nota que acompaña el libro. Hasta ahora los lectores hispanos sólo conocíamos dos libros de poesía de Raymond Carver -<em>Bajo una luz marina (1990), Un nuevo sendero a la cascada (1993)</em>- ambos por editorial <em>Visor</em>, más una que otra traducción peregrina en alguna revista bilingüe o en un extenso pero olvidado dossier del <em>Diario Poesía</em> argentino a mediados del &#8216;90.  Es probable que por primera vez relatos y poemas se complementen, dejando aflorar situaciones comunes, se citen a sí mismos, en diálogos o líneas suspendidas en el tiempo extraño del universo carveriano. Para Tess &#8220;los poemas a menudo iluminan un aspecto emocional o biográfico apenas insinuado en un relato&#8221;. Con esa misma intención, la de unir definitivamente vida y obra, es que el año 2006, Jaime Priede con Bartleby Editores, reúne en un solo ejemplar su poesía completa, en un imprescindible volumen de nombre <em>Todos nosotros</em>, con 272 páginas tratando de convencernos que <em>es </em>en su poesía, donde Carver es &#8220;Ray&#8221;.</p>
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		</item>
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		<title>Bolaño inmortal</title>
		<link>http://www.lanzallamas.com/escatologia/2008/07/20/bolano-inmortal/</link>
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		<pubDate>Mon, 21 Jul 2008 03:53:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Montajes]]></category>

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		<description><![CDATA[
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/07/rb-inmortal.gif"><img class="aligncenter size-medium wp-image-86" title="rb-inmortal" src="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/07/rb-inmortal-300x225.gif" alt="" width="348" height="261" /></a></p>
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		</item>
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		<title>¿De qué viven los escritores?</title>
		<link>http://www.lanzallamas.com/escatologia/2008/06/27/%c2%bfde-que-viven-los-escri/</link>
		<comments>http://www.lanzallamas.com/escatologia/2008/06/27/%c2%bfde-que-viven-los-escri/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 28 Jun 2008 02:32:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Prosa poética]]></category>

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		<description><![CDATA[Dispuesto a caminar desprevenido
me embriagué de calle
Yo y los Otros
como lo hiciera Wallraff
hundiéndome en la derrota de los hombres
La escena que me tocó en el reparto
no ha terminado de ajustarse con mi sombra.
Sentí agitarse el corazón en mis manos
y una cabeza llena de ideas dispersas
fue cercando un pavor a ras de piel
Pues,
si un revólver aparece [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Dispuesto a caminar desprevenido<br />
me embriagué de calle<br />
Yo y los Otros<br />
como lo hiciera Wallraff<br />
hundiéndome en la derrota de los hombres<br />
La escena que me tocó en el reparto<br />
no ha terminado de ajustarse con mi sombra.<br />
Sentí agitarse el corazón en mis manos<br />
y una cabeza llena de ideas dispersas<br />
fue cercando un pavor a ras de piel<br />
Pues,<br />
si un revólver aparece en escena<br />
debe ser disparado, escuchaba decir en ruso.<br />
En el espejo de la distancia sólo veo<br />
Espejismos del destino:<br />
Lecciones de escritura<br />
Ejercicios de estilo<br />
Manuales de instrucciones<br />
para hacer una carrera literaria<br />
Chéjov de médico a escritor<br />
Bolaño en el centro del texto halló la lepra<br />
A Lihn entre sus papeles lo encontraron muerto<br />
Millán el 2006 dejó la vida se lo fumara.<br />
<em>¿Cuánto ganan los escritores?, </em><br />
decía falseando una pregunta Carver<br />
<em>Tienen que hacer muchas cosas para vivir</em><br />
Fue su respuesta.</p>
<p>En esa parte de la calle Iván Cea me dispara<br />
Caminando desprevenido<br />
y la mirilla de su cámara hace un recorte en esa tarde<br />
El ojo blindado que me has regalado<br />
me mira mal, me mira mal.<br />
Deberás seguir haciendo<br />
otras cosas para vivir, pienso decir<br />
Siempre fue demasiado tarde.</p>
<p><a href="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/06/callejero.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-81" title="callejero" src="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/06/callejero-300x214.jpg" alt="" width="372" height="266" /></a></p>
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		<title>Carne de cañón</title>
		<link>http://www.lanzallamas.com/escatologia/2008/05/10/carne-de-canon/</link>
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		<pubDate>Sun, 11 May 2008 02:21:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[El ojo blindado]]></category>

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		<description><![CDATA[

UNO. Carlos Droguett en el cuento &#8220;Un muerto en el atardecer&#8221; de 1935, escribe: Un muerto es siempre un pretexto para tanta cosa.
DOS. Siberia comienza con “Opinión pública: Paola ya no está como para confirmarlo. Pero también se lo escuché decir a doña Juani, lo dijo la señora Ninfa, lo repitió mi tía María, la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/05/muerte-de-sobarzo.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-78" title="muerte-de-sobarzo" src="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/05/muerte-de-sobarzo-300x237.jpg" alt="" width="343" height="263" /></a></p>
<p style="text-align: left;">
<p><strong>UNO.</strong> Carlos Droguett en el cuento &#8220;Un muerto en el atardecer&#8221; de 1935, escribe: <em>Un muerto es siempre un pretexto para tanta cosa.</em></p>
<p><strong>DOS.</strong> <em>Siberia </em>comienza con “Opinión pública: Paola ya no está como para confirmarlo. Pero también se lo escuché decir a doña Juani, lo dijo la señora Ninfa, lo repitió mi tía María, la Pilar, don Arturo, la señora Rosa Guzmán de la capilla, don Checho y la mamá del Jaime Ferrada. Luego vendría a confirmarlo don José Viterbo y la señora Mercedes, quienes camino del trabajo, notaron en la calle que llevaba al Colegio, la sangre regada alrededor de una caseta telefónica.<br />
Fue el tema común a la hora del almuerzo y en la cola del pan por la tarde.<br />
Mi abuela y mis tíos en Parral, también pensaron, por las facciones y ropas que llevaba el acribillado, debía tratarse de mi padre.<br />
Tanta fue la conmoción que conseguimos el diario La Tercera y un ejemplar de la revista Solidaridad que publicaba la Vicaría.<br />
Mis oídos de entonces, mis ojos de ayer, a partir de ese invierno de 1984, supieron que ya nunca más verían lo mismo.<br />
Una ráfaga de balas borró mi realidad”.</p>
<p><strong>TRES.</strong> Comuna de Macul. Lunes 02 de julio de 1984. Siendo las 23:30 horas, Enzo Muñoz Arévalo y Héctor Patricio Sobarzo Nuñez, se movilizaban en un vehículo por Avenida José Pedro Alessandri. Estacionaron el auto frente al conjunto habitacional Don Camilo, a pocos metros de la Rotonda de Departamental, bajándose el segundo a una cabina para hablar por teléfono. En ese momento aparecen numerosos vehículos con personal de la policía civil, quienes disparan contra Muñoz y detienen con vida a Sobarzo; lo introducen a un vehículo y más allá le disparan, tirándolo a la calle. Éste último tenía 31 años, era casado, padre de un hijo, profesor de Historia y Geografía en el liceo “Villa El Cobre”, escribía poesía, militaba en el MIR y era además presidente de la Agrupación de Profesionales Democráticos y participante activo del Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo, CODEPU.</p>
<p><strong>CUATRO.</strong> Santiago de Chile. 05 de julio de 1975. Una casa. Un departamento. Una oficina cualquiera de la capital. Un escritor y un periodista. O mejor: Carlos Droguett y un joven profesor de literatura conversando sobre libros, el Golpe de Estado y la resistencia política, mientras llueve por tres días seguidos sobre la ciudad. Ninguno de los dos sabe que esa será la última entrevista de Droguett en Chile. Ignacio Ossa, no sabe que un mes después de que consiga sacarlo del país, él será detenido por la policía secreta y su cadáver desnudo y martirizado, sin uñas y sin ojos, será rescatado de la morgue recién el día 22 de diciembre.<br />
Jaime Ignacio Ossa Galdames era poeta, dramaturgo, académico de la Universidad Católica y encargado por el MIR de proteger al autor de Sesenta muertos en la escalera, <em>Eloy</em>, <em>Patas de perro</em>, <em>Todas esas muertes</em>. Droguett logra asilarse en Suiza junto a su familia a comienzos de septiembre de 1975. Alrededor de las 11.00 hrs., del día 20 de octubre de ese mismo año, seis agentes de la DINA –cinco hombres y una mujer– ingresan violentamente a la casa de Ossa, en calle Argentina # 9157, comuna de La Cisterna. Sólo se encuentran sus padres y José Moya Raurich, también militante del MIR, quien es atado e interrogado. Éste llegará cerca de las 12.00 hrs., e inmediatamente será golpeado, mientras trasladan a sus padres a otra pieza. Cuatro horas más tarde se llevarán a ambos jóvenes envueltos en frazadas y los suben a una camioneta. Sus familiares permanecerán cinco días retenidos e incomunicados en su propio hogar, convertido en una “ratonera” por los agentes militares. Testimonios de cercanos dicen que Ignacio Ossa fue torturado y se le vio durante días vomitar sangre en Villa Grimaldi. Sin embargo, un oficio militar señala que el detenido se habría arrojado a las ruedas de una camioneta policial, mientras era dirigido, supuestamente, al reconocimiento de una casa donde se escondía documentación subversiva: “Dio un salto hacia otro vehículo en marcha, siendo arrollado por éste con sus ruedas delanteras. El individuo falleció inmediatamente”, declara el informe suscrito por Manuel Contreras. Aunque no existen registros de accidentes de tránsito al menos en ese día, a esa hora, ni en esas intersecciones de Av. España.<br />
Droguett, por su parte, en octubre de 1976 publicará en Palma de Mallorca un relato enrabiado y ofensivo sobre la Junta Militar, dedicado a su memoria. Se llama <em>Sobre la ausencia</em>. En Chile prácticamente nadie lo leyó, ni lo ha leído hasta ahora. Un relato alegórico, donde ante la solicitud de un Te Deum en la Catedral, el Obispo de turno se niega, y la iglesia revienta en sangre y excrecencias la ciudad. Algo así como el país entero.</p>
<p><strong>CINCO. </strong>Eliodoro Hernández Astudillo es el verdadero nombre del “ñato Eloy”, natural de Chicureo, bandido que asolara los faldeos precordilleranos y los caminos de la zona central del país, a comienzos de la década del cuarenta. Año en que es acribillado por la policía. El mismo sujeto que la novela <em>Eloy </em>intenta recrear en sus últimas horas, una noche de julio de 1941, estando cercado en un fundo de Pirque por las luces de las linternas y las carabinas de quienes han venido a hacerle saldar sus cuentas con la justicia.<br />
La última noche al borde de sí mismo.<br />
Eloy está empañado, transparente, quebrado. Como un vacío por llenar, dolorosamente abierto, herido, se desangra, busca reconocerse. “Soy el abismo, cualquier abismo, todo el abismo”, dice, piensa, siente. Su existencia está constituida por esa herida, resume su permanencia, primero, entre las cuatro paredes de negro encierro, y ya al final en la oscura y vegetal humedad donde será fulminado. Y aunque se siente morir, está dispuesto a resistir la anunciada muerte: no la evita, va hacia ella. La nombra, la describe, la dimensiona con su rudimentario lenguaje. Es un hombre al acecho. Su memoria es prisionera de esa condena.<br />
Cito: “Soy un bandido, se sonreía a veces para sí, tratando de comprender y abarcar su destino, un bandido sin alma y sin entrañas, un salteador infame (&#8230;) He muerto a muchos que ya no me acuerdo y mataré a muchos más todavía que no sé dónde andaban ni lo que hacen, ni lo que van a hacer, ni lo que les voy a hacer, soy malo, empedernido, repugnante y sanguinario, cada vez más cruel, cada día y a cada hora más perdido y hundido de sangre, dicen los diarios, la radio, el vecindario (&#8230;) Murmuraba aguijoneado por los recuerdos y se sentía desfallecer por eso, porque recordaba y si no recordaba se moría”.<br />
La vida criminal fortalece su acción y logra perpetuarse con su violencia.<br />
La violencia vista como una cláusula de muerte. Una cosmovisión no encontrada en otro lugar. Una forma de acercamiento, su espacio de intimidad, un vínculo ambiguo e inmediato con el otro. Cadenas. Cruces. Redes. La última posibilidad de definir su existencia. Esa es la fractura y también su imposible. Lleva pólvora en las venas.<br />
Entonces lo que le queda es recordar sus muertes. Hacer un recuento de los muertos, de las vidas que se fueron. El calor, los gritos, la violencia, la sangre. &#8220;No estamos solos mientras recordamos&#8221;.<br />
<span id="more-77"></span><br />
<strong>SEIS.</strong> “Todos los crímenes tienen un signo político”, señala Ricardo Piglia en una entrevista de su libro <em>Crítica y ficción </em>de 1986. Cuando se impone el poder político a la realidad, una nueva ficción nos permite leerla. Una lectura tensada entre los hechos comprobables y los enunciados que los nombran. ¿Cuáles serían los materiales literarios cuando la violencia es su protagonista? Recoger con las manos la sangre. Escribir como un sobreviviente. Ser un detective salvaje. Intentar mantener –ya lo dijo Bolaño– los ojos abiertos en medio del sueño. Yo diría de la pesadilla. Caminar cuidadosos, procurando no pisar los charcos de sangre, al mismo tiempo que abarcar con una sola mirada el escenario del crimen. Viviendo en un estado criminal. Conociendo “nuestra época, nuestras perspectivas, nuestros modelos del Espanto”. Aun cuando estemos elaborando un relato de terror.</p>
<p><strong>SIETE. </strong>Escribo sobre el descuartizado de Puente Alto, el libro es colectivo y sale publicado en diciembre del 2006. Mi crónica se llama <em>Bofe</em>. Dice: “Supongamos que Hans Pozo murió en manos de unos sicarios.<br />
Fue muerto por asesinos a sueldo, pagados por un microempresario, quien les habría encargado se deshicieran de él, guardándolo por un largo tiempo, luego de que durante meses éste lo hubiera venido extorsionando, por una presunta información desconocida que, de llegar a saberse, dañaría su intachable imagen pública. Lo que sigue es una historia, parcialmente, conocida por todos. Y ha venido a confirmar que cuando la vida no vale nada, la muerte tiene un precio.<br />
Probablemente fue la noche del sábado, como hacía dos años aproximadamente venía ocurriendo, cuando Martínez le pidió a Hans que abordara su furgón distribuidor. Se dirigieron a un sitio eriazo y ahí entre forcejeos éste le dio muerte. También podría haber sido de manera mucho más violenta y éste lo haya secuestrado, luego hecho descender del auto, ultimándolo de rodillas en las dependencias de su propia distribuidora de helados. O acaso, una vez abordado el utilitario se dirigieron directamente al sitio donde serían recibidos por los homicidas, los dos uniformados con que Martínez había pactado la desaparición de Pozo, previo pago en dos tandas de doscientos y trescientos mil pesos, en alguna de las bencineras del cuadrante criminal, para acallarlo a sangre y fuego. Echando así por tierra cualquier versión del robo de un celular o dinero y su acción en defensa propia, como señala Martínez en algunas confusas líneas de su carta. La misma en la que declarará que no se esperaba todo terminara como terminó: Se fueron al chancho estos pacos culiaos, estoy nervioso. Tengo qué hacer algo.<br />
El final, en todo caso, siempre es el mismo: Dos tiros en la nuca con salida de proyectil en la frente y un costado de la sien. En cualquiera de estos escenarios éste habría trasladado a Pozo en su propio auto con heridas de gran magnitud, producto de un duro castigo previo y luego haber tirado del gatillo, provocando su muerte y el desangramiento. El asiento del copiloto estaría manchado con su sangre, así como el respaldo y también la parte posterior, haciendo suponer que el sillón habría sido reclinado casi horizontalmente, impidiendo que, con el paso de los días, cualquier lavaza llegara a eliminar la fatal evidencia. Siendo fácil concluir que Martínez debió pasear durante un tiempo indeterminado, de ida o de vuelta, el cuerpo sin vida de Hans cubierto con una frazada o con sus propias ropas, antes de volver pasada la media noche a la distribuidora. El lugar donde se encontrarían abundantes muestras de sangre, restos de papel higiénico manchado, mechones de cabello rubio y un tipo de bolsas de nylon grueso, idénticas a las utilizadas para esparcir sus restos”.</p>
<p><strong>OCHO.</strong> ¿Cuánto cuesta matar a un ser humano en las poblaciones de Santiago? Cien, ochenta, cincuenta mil pesos. La última cifra es la más próxima. Ocurre diariamente en La Legua, en San Gregorio, en La Pintana, Lo Hermida, en la José María Caro. Todo tiene un precio: lisiar, baldar, darle una violenta golpiza o tan sólo asustarlo, como pretendía Martínez hicieran con Hans para que dejara de hostigarlo. Una nueva línea indagatoria que apuntaría a la participación de dos policías. Uniformados que, según la carta póstuma, hablaría del pago de medio millón de pesos para sacarse “el problema” de encima. Cierto o no, abre una nueva arista tras las pistas de quiénes habrían sido los autores materiales del cruento asesinato, y de quienes se cree siguen en ejercicio en alguna Comisaría del triángulo de las Bermudas donde fue esparcido su cuerpo desmembrado.</p>
<p><strong>NUEVE.</strong> <em>Expresión matadero</em>. &#8220;Desfilan hacia el círculo de balas/ hojas de navajas/cual guillotina en pendiente/ esperando asomen sus cabezas/ Ávidos de apacentar/ Sin saber/ se desplazan/ de un túnel/ a otro túnel/ a otro túnel/ Aún más profundo:/ Expresión matadero/ante brillo de muerte&#8221;.</p>
<p><strong>DIEZ.</strong> “Toda la sangre chilena vertida por el crimen se ha perdido. Ha sido ella nuestra sustancia para confeccionar lo nuestro verdadero, lo de nosotros que dure. ¿Cómo han podido perderla? Toda la sangre, tanta sangre (&#8230;) Me pregunto a veces por qué, a pesar de tanto crimen que encierra nuestra historia, somos un país tan chico, tan chato, tan desabrido, tan salido hacia la grosería fea, tan sin alma a pesar de la tragedia (&#8230;) Con mucha sangre caída, ¿cómo no somos inteligentes? ¿Cuánta más tendrá que correr para que comencemos?”, interpela Droguett en el prólogo “Explicación de esta sangre” de su libro <em>L</em><em>os asesinados del Seguro Obrero</em><strong><em> </em></strong>de 1938. Pero no sé qué contestar. No tengo respuestas. Doy la palabra. Muchas gracias.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Intervención en Feria del Libro de Santiago.<br />
Lunes 30 de octubre del 2006.</strong></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Escribo para olvidar</title>
		<link>http://www.lanzallamas.com/escatologia/2008/04/11/escribo-para-olvidar/</link>
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		<pubDate>Sat, 12 Apr 2008 01:26:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Prosa poética]]></category>

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		<description><![CDATA[

No podría olvidar a mi viejo desarmando un cálefont para ir a vender sus partes a Franklin, por cobre, bronce y latas.
No podría olvidar las pestañas mojadas de mi hermano jugando al buzo en el lavamanos un verano a mediados del ’80.
No podría olvidar las manos de mi madre cortando y luego cosiendo tardes enteras [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/04/no-podria-olvidar.jpg"></a></p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter size-full wp-image-74" title="no-podria-olvidar" src="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/04/no-podria-olvidar.jpg" alt="" width="379" height="283" /></p>
<p>No podría olvidar a mi viejo desarmando un cálefont para ir a vender sus partes a Franklin, por cobre, bronce y latas.<br />
No podría olvidar las pestañas mojadas de mi hermano jugando al buzo en el lavamanos un verano a mediados del ’80.<br />
No podría olvidar las manos de mi madre cortando y luego cosiendo tardes enteras el género comprado en Macul con Irarrázaval.<br />
No podría olvidar los pelos vivos del canal fiscal en Parral.<br />
No podría olvidar la foto del cuerpo acribillado de Patricio Sobarzo a metros de mi colegio.<br />
No podría olvidar el perfil de mi amigo Pablo recortado con la nieve de un ventisquero en la Carretera Austral.<br />
No podría olvidar la sonrisa de mi madre en esas fotos antiguas, felices los cuatro, en el Parque de Lota.<br />
No podría olvidar mis lentes reflejados en la ventanilla de un bus, viajando sin destino, leyendo las historias de Maqroll el Gaviero.<br />
No poría olvidar su delgadez extrema fumando en las ruinas de un cerro en Talcahuano.<span id="more-73"></span><br />
No podría olvidar tardes infinitas de conversación junto a Marcelo, Jaime y Araya en los pastos de Siberia.<br />
No podría olvidar la despedida de mi amigo César viajando a México en el aeropuerto.<br />
No podría olvidar las llamadas telefónicas de Felipe cualquier madrugada de alcohol y de nostalgia.<br />
No podría olvidar los ojos de un sicótico en el calabozo de Guillermo Mann en el invierno del 2000.<br />
No podría olvidar una madrugada con Paula en su auto a finales del 2001.<br />
No podría olvidar mi asombro leyendo un correo de Bolaño meses antes de su muerte.<br />
No podría olvidar el abrazo de un apoderado cuando su hijo se graduó de IVº medio.<br />
No podría olvidar la escultura “El beso” de Rodin con Paula de fondo en el Museo de Buenos Aires.<br />
“Escribo para olvidar, esto es un hecho”, dice Carlos Droguett, al comienzo de una novela. Pero yo no sé qué contestar. Me he llevado años haciendo lo contrario, extendiendo mi memoria en estas líneas, sin conseguir olvidos.</p>
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		<title>Viajes &#038; lecturas</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Apr 2008 00:36:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Anotaciones]]></category>

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“¿Qué le proporciona el viaje al lector?”
BENJAMÍN
Pasajero en trance
Durante mucho tiempo pensé que la forma más grata de viajar era leyendo. Leer como un acompañamiento del trayecto. Hasta llegué a pensar, al mismo tiempo que desear con unas ansias incontrolables, que viajaba para leer. O al menos para mí, esas ganas de entregarme a la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/04/camino-pampa.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-71" title="camino-pampa" src="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/04/camino-pampa.jpg" alt="" width="412" height="323" /></a></p>
<p style="text-align: right;">“¿Qué le proporciona el viaje al lector?”<br />
BENJAMÍN</p>
<p style="text-align: left;"><strong><em>Pasajero en trance</em></strong></p>
<p>Durante mucho tiempo pensé que la forma más grata de viajar era leyendo. Leer como un acompañamiento del trayecto. Hasta llegué a pensar, al mismo tiempo que desear con unas ansias incontrolables, que viajaba para leer. O al menos para mí, esas ganas de entregarme a la ruta, sin importar la distancia del viaje, no tenía más objeto que convertirse en una doble condición de pasajero: uno, quien iría desplazándose hacia un destino físico, y otro, ese que se entregaba al viaje, diría más bien a la perdición en un laberinto, que es como vi transformarse muchas veces las páginas en que cansé mis ojos y los mejores años de mi juventud en la ruta. Ambos inevitables ejercicios de huida, de abandono y fuga. Una sensación que, más allá de la simple analogía, consigue hacer de ese mismo trance –el tiempo suspendido y en blanco de la lectura– un fabuloso desdoblamiento, donde se deja de ser uno y de habitar en el mismo lugar de origen.<br />
Horas perdidas, entregado a la distancia y la demora.<br />
Horas maravillosas perdidas dentro de papeles apilables como los años, en duras tapas que, sin saberlo, irían dibujando las fronteras de mi memoria.<br />
Probablemente sean más los libros que recuerdo haber leído, que los lugares donde he estado. Las tierras visitadas se desplazan cubiertas de una nebulosa que mi recuerdo sólo sitúa a partir de sus títulos, autores muertos e historias irrepetibles; todo eso contrastando con una vida errante, apenas reducible a un paisaje, donde a ratos mi sombra acusa cierta forma de permanencia. Una sombra movediza y crepitante, como letras consumidas en el fuego del olvido.<br />
Leí los mejores cuentos de Onetti camino a la Patagonia, perdido en carros anacrónicos y transportes fantasmales, con tanto tiempo para las detenciones como para los saltos de mi vista, entre los pasajes que parecían hundirse en los charcos de Santa María y unos atardeceres, supongo, cerrados y rojizos, sobre la línea de mi nariz adolescente. Sí, esos saltos de ruinosos caminos fueron la forma de pausar o bien de obstinarme en seguir leyendo páginas que como puntos dispersos no dejaban hilara secuencias, las filigranas de hormigas gráficas que organizaban su auxilio. Alguna vez un amigo me aconsejó que leyera, dada la brevedad y la mínima concentración que requería, según él, preferentemente <em>poesía </em>cuando saliera de viaje. Con los años comprobé que el consejo, más que como una certeza, buscaba nos dedicáramos a leer siempre más versos, haciéndome desistir de las latas novelas que tanto me gustaba retomar, infatigable, venciendo el sueño y la lenta reconstrucción de unas tramas intrincadas, más parecidas a proezas sobre un andamio, cuando caía en Mann, en Proust o los calamitosos supuestos de K.<br />
El tiempo haría lo suyo y en un mismo viaje, conseguiría hacerme de <em>Veinte poemas para ser leídos en un tranvía </em>de Girondo. Un libro que, más que una apuesta a la justificación, conseguiría alumbrar episodios de cierta vanguardia porteña de comienzos del S. XX, sólo comparable a la aventura prosaica y urbana de Poe, incapaz de encontrarse solo en la multitud, o el Baudelaire benjaminiano del <em>flâneur</em>, que tan bien me haría resistir, entre viaje y viaje, la horrenda ciudad de la furia donde solía retornar, como si Ítaca siempre hubiera sido parte de un oráculo imposible. Impregnado de una nostalgia de los lugares que nunca conocería. Un sello del viaje, devenido en lector o viceversa.<span id="more-69"></span></p>
<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: left;"><em><strong>Libros y encierro</strong></em></p>
<p>“Cerca de tres años hice viaje a Concepción,<br />
entregándome a soleados días,<br />
torrenciales lluvias,<br />
de infinitas carreteras,<br />
cerros de arcilla,<br />
ríos amables y traidores,<br />
como de silenciosas despedidas<br />
más memorables encuentros semanales<br />
que fueron definiendo<br />
mi educación sentimental.<br />
Cerca de tres años hice<br />
viajes en espantosos buses,<br />
con curiosos acompañantes,<br />
donde sólo algún libro en el bolsillo<br />
me salvó de no morir de claustrofobia.<br />
Leí con devoción poemas de amigos,<br />
fanzines de rock,<br />
manuales de sexo<br />
y logré escribir –nada más que en mi cabeza–<br />
los mejores pasajes de improbables novelas,<br />
fechadas en terminales,<br />
servicentros perdidos<br />
y hosterías<br />
con forma de espejismo a mis espaldas.<br />
Es cierto que a veces<br />
sólo la desesperación fue todo mi equipaje<br />
Pero eso recién vine a saberlo con los años<br />
¿Cuánto llegué a valer yo, mi escuálida vida, en aquel tiempo?”</p>
<p>La permanencia y el fin literal del viaje dijo cuánto valdría quedarme mejor de este lado.<br />
De todos modos, reconozco que si fue un tiempo desesperado, sería también a la medida de la aventura y lo posible de hacerlo, gracias a haber llevado y traído en mi maleta –lo comprado, lo robado o lo cambiado en librerías de viejo– más otros saludables ejemplares que, como bien dicen los versos, me salvaron de no morir de claustrofobia. A lo que hoy agregaría, también de injustos delirios, perdición y fatal melancolía por una chica que al fin conseguí olvidar.</p>
<p style="text-align: left;"><strong><em>Libros y compras</em></strong></p>
<p style="text-align: left;">Curiosamente cuando tenía menos plata, solía dejar unos billetes para la compra de libros. Eran tiempos de estudiante y de trabajos ocasionales. Con las monedas que ahorraba de las fotocopias, lo que lograba juntar por recambios de pintura o el pago por mis horas como dependiente en un negocio de confites, me dejaba caer por las librerías de Manuel Montt. Las que aunque no estaban precisamente en ese lugar, daban cierto toque de prestancia y no poco misterio a una serie de tiendas de calzado, ópticas, peluquerías, revelados fotográficos y corredores de propiedades, en las inmediaciones de José Miguel Infante y el teatro de un conocido comediante. Pasillos, vitrinas, escaparates atestados de libros nuevos, usados y de ocasión, sólo en algún sentido comparables a los de calle San Diego, pero ofreciendo a un costo razonable, los que serían mis primeros ejemplares de Auster, Tabucchi, Calvino, Camus, Carver y Bukowski; algunas joyitas de Parra, Lihn, De Rokha o González Vera. Lo mismo la posibilidad de completar mi colección de Onetti, Droguett, Lezama Lima y el acopio de muchos, sino de todos los de Arlt (fabuloso hallazgo de los cuentos africanos) y de José Donoso. Valuarte absoluto este último de mi profesor y mentor universitario, que me haría leer con fervorosa atención –ahora creo cuestionable– <em>El obsceno pájaro de la noche</em> y <em>El lugar sin límites</em>; más el eventual encuentro de aquellas voces punzantes y profundas del mejor Vargas Llosa de <em>Los Cachorros</em> (entre paréntesis titulado <em>Pichula Cuellar</em>, en mi ejemplar de Lumen, 1970) y <em>Conversación en La Catedral</em>, del que aún resuena la pregunta con que arranca el protagonista, tratando de explicarnos también en estos días esta horrible metamorfosis: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.<br />
Comprar en Manuel Montt, implicaba una tarde solitaria de almuerzo entre oficinistas y de cervezas happy hour, reposadas en las mesas del frontis donde hoy se ha levantado el night-club Passapoga. Lo que seguía de ese recorrido era abandonar por cansancio y el fin de los ahorros mi día de consumo libresco, y así partir revisando mientras caminaba –otra forma de lectura en movimiento– las primeras páginas de unos libros imborrables y fundamentales, que han perdurado como sellados a fuego en mi memoria: “Escribo para olvidar, esto es un hecho, necesito meter un poco de tranquilidad a mi alma, necesito dormir, Dios sabe, sólo Dios sabe que hace diez meses que no duermo, aunque el tampoco dormía, bien lo recuerdo”. (<em>Patas de perro</em>, Droguett); “Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él. Mucho más tarde, cuando pudo pensar en las cosas que le sucedieron, llegaría a la conclusión de que nada era real excepto el azar. Pero eso fue mucho más tarde”. (<em>Ciudad de cristal</em>, Auster) o “Cuando creía que ya habían pasado por mis manos la totalidad de escritos, cartas, documentos, relatos y memorias de Maqroll el Gaviero y que quienes sabían de mi interés por las cosas de su vida habían agotado la búsqueda de huellas escritas de su desastrada errancia, aún reservaba el azar una bien curiosa sorpresa, en el momento cuando menos lo esperaba” (<em>El Diario del Gaviero</em>, Mutis); “2 de noviembre. He sido invitado cordialmente a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así” (<em>Los detectives salvajes</em>, Bolaño).<br />
Comienzos inevitables, imposibles de separar, pienso ahora de esos curiosos paseos, de seguro vistos por los transeúntes o los pasajeros del Metro Salvador como el afán patético de quien camina sin saber dónde pisa –extraña forma de levitación sobre el suelo– ostentando toda su intelectualidad, entregado tal vez, producto de una aburrida existencia, a la búsqueda de una mejor y renovada vida en un libro. Inicios irremplazables, me digo ahora, tratando de convencerme de que pese a que no fueran el inicio literario por antonomasia, sobre aquel lugar de la Mancha que se evita recordar, conformarían la superficie más auténtica de mi fascinación por lo que algunos reconocen como los síntomas claros de un enfermo de literatura. Pero qué importa. Nadie puede resistirse a revisar los primeros pasajes de un libro recién comprado, e incluso llegar a terminarlo, antes de arrellanarse en su sillón de terciopelo verde, donde siente pasar la vida, viendo avanzar las páginas, las páginas, las páginas, convencido con Juan Luis Martínez de que “el movimiento es la única manera de permanecer vivos”.</p>
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		<title>Iluminaciones</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Apr 2008 23:41:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Anotaciones]]></category>

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Tal vez sea la primera y última vez que refiera algo mío de manera tan personal. Hoy al medio día llamó la corredora de propiedades, con la que no me he llevado precisamente bien durante el tiempo que arrendamos, para decirme que vendrán en estos días a ver la casa. ¿Quiénes?, digo yo, sin salir [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/04/nosotros.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-68" title="nosotros" src="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/04/nosotros.jpg" alt="" /></a></p>
<p>Tal vez sea la primera y última vez que refiera algo mío de manera tan personal. Hoy al medio día llamó la corredora de propiedades, con la que no me he llevado precisamente bien durante el tiempo que arrendamos, para decirme que vendrán en estos días a ver la casa. ¿Quiénes?, digo yo, sin salir del asombro. Me responde que el hijo del dueño se casa en estas fechas y que la ocuparán desde entonces, si es que a su futura esposa le gusta. A mi pregunta sobre cuánto tiempo tendríamos para dejarla, me responde que tres meses, a contar del día que recibamos una carta certificada donde se notifique todo esto. Es decir, un mes por los años que llevamos viviendo en ella. Nos mudamos en abril del 2005. Tiempo en que nos pusimos a vivir los tres, junto a mi mujer y su hijo. Desde ese tiempo que somos una familia, con antejardín, perro y piscina. Muchas cosas han pasado en tres años. Indudablemente. Y la llamada no deja de ser extraña, como si estuviera ocurriendo en una mala novela de enigmas, donde le dicen al protagonista que debe dejar su casa, cuando no se lo espera, y ni siquiera se ha hecho la idea de tener que mudarse.<br />
El consuelo es el de siempre, en estos casos, y es que todo cambio será para mejor. Aunque suene a cliché, sí lo creo e intento convencerme de esa perspectiva buscando tranquilizarme. Y me animo a  agregar también, la etimología de <em>cambio </em>y de <em>crisis </em>y su homologable naturaleza que las une. Un quiebre en el orden de los acontecimientos puede provocar efectos –para seguir con las analogías– inesperados, como el aleteo de una mariposa y un efecto dominó que pueda desatar un tsunami en alguna costa desprevenida.<span id="more-66"></span><br />
Así nos pilló la noticia, la buena nueva, este golpe de realidad enrostrándonos el que no tenemos casa propia. Hace unos días conversábamos de eso en la mesa, de pueblos sedentarios y pueblos nómades, pero referidos a personas. De gente que se desplaza y de gente que permanece. De eso se trata, de mantenerse en movimiento, pero cuesta asumir esa condición, más cuando no es motivada por uno mismo. Al ser involuntario un cambio siempre puede convertirse en tragedia. Empezamos a sentirnos extraños.<br />
Tal vez por eso sienta que este sea el mejor momento para retomar mi novela.<br />
Los momentos de cambio, como el anuncio de un naufragio, siempre avisan lo necesario de acomodar la carga. Estoy leyendo el libro <em>Diario de las especies</em> de Claudia Apablaza, una novela seductora y provocadora que hace pensar con extrañeza en el oficio de escribir, y se me asoma una respuesta a mi libro, <em>Ballesteros</em>, varado desde junio del 2001, sobre el sentido de reescribir, de revisar-corregir-escribir-, una nueva versión del mamotreto, pero en lugar de seguir aumentándolo, dedicarme a su poda definitiva. Me planteo dar sentido ya no a la anécdota del protagonista, sino asignarle todo el peso que se merece la extensa biografía de Ballesteros, la que hasta ahora en la maqueta del libro había dejado en sus páginas finales. Me cuelgo de una frase de Apablaza: “Bien, la novela es una mujer. Lo tengo clarísimo”. A la luz de mi escrito, me digo:<br />
<em>La novela es una mujer</em>.<br />
El cuento es un viejo.<br />
La biografía, y aun más, las autobiografías son niños.</p>
<p>Escribimos o hacemos como escribimos, work in progress, libros eternos, textos en desarrollo, géneros menores, materia de transformación, porque somos sujetos en tránsito. Dejamos de ser personajes cuando reconocemos qué tan humanos resultamos en esas páginas. Seres a los que podemos ver crecer y hasta les permitimos algo de la vida, ya no sé si como una enseñanza, pero al menos como una forma de experiencia, que nos permita construir un futuro posible. Si escribir no es eso, entonces terminará venciendo la ficción por sobre el mundo real. <em>Ballesteros </em>es la novela biografiada de un escritor, usado como pretexto para hablar de gente que <em>no</em> escribe y que entiende que la literatura es sólo un medio, nunca un oficio definitivo. Carver parecía tenerla todavía más clara que Apablaza y que yo:</p>
<p>“¿Cuánto ganan los escritores?, dijo ella<br />
a boca de jarro<br />
Nunca antes había conocido a un escritor<br />
No mucho, dije<br />
tienen que hacer otras cosas para vivir<br />
¿Cómo qué?, dijo ella<br />
Como trabajar en una fábrica, dije<br />
barrer pisos, enseñar en una escuela,<br />
recoger fruta, cualquier cosa,<br />
toda clase de cosas, dije&#8230;”</p>
<p>En todo esto pensé luego de colgar el teléfono y saber que debíamos cambiarnos, más temprano que tarde, de casa. Pero no de vida.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>¡Chissst!</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Apr 2008 20:12:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Anotaciones]]></category>

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Cuánta razón tuvo Chéjov en su cuento &#8220;¡Chissst!&#8221; (1886) al describir la angustia que provoca la entrega de una colaboración a un periódico y no lograr concentrarse. Este relato, escrito entre las horas que el joven médico le robaba a su turno en el hospital y firmado como A. Chejonté, corresponde a las primeras historias [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/04/rober-apu.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-65" title="rober-apu" src="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/04/rober-apu.jpg" alt="" width="367" height="441" /></a></p>
<p>Cuánta razón tuvo Chéjov en su cuento &#8220;¡Chissst!&#8221; (1886) al describir la angustia que provoca la entrega de una colaboración a un periódico y no lograr concentrarse. Este relato, escrito entre las horas que el joven médico le robaba a su turno en el hospital y firmado como <em>A. Chejonté</em>, corresponde a las primeras historias que enviara a revistas locales, intentando hacer lo que más deseaba: llegar a vivir de la literatura.<br />
La anécdota es sencilla: Iván Yegórovich Krasnujin, escritor por encargo, desesperado porque no consigue silencio en su propia casa para escribir, grita a su mujer, gruñe por el llanto de sus hijos, se pelea con su empleada y ruega a su criado que no rece en voz alta, porque no logra dar ni con el título y las horas sólo avanzan. El cuento es breve y cómico, pero como todas las narraciones de Chéjov, logra hacer del ridículo una aguda crítica a la condición humana, la que así pasen los siglos siempre será absurda e inevitable: “Nuestro trabajo, este trabajo maldito, ingrato, de presidiario, no fatiga tanto el cuerpo como el alma&#8230; Debería tomar unas gotas de bromuro&#8230; Oh, Dios es testigo que, si no fuera por la familia, mandaría a paseo este trabajo&#8230; ¡Escribir por encargo! ¡Es horroroso!”.<br />
¿Por qué recordar justo ahora este cuento? Podría tener varias razones, pero una sería mi respuesta más rápida. Me carga sentirme obligado y por eso tengo que pensar en un escritor que admiro para darme ánimos. Pero no, creo que al contrario, cuando no es inspiración lo que nos falta sino voluntad, es saludable ponerse fechas, fijar horarios, establecer límites de extensión y todas las estupideces de las que arrancan los “creativos”.<br />
Suena a imposición, pero la exigencia es un mal necesario. Y quizá el problema sea ese, el andar buscando excusas, como Krasnujin, para no hacer lo que tenemos que hacer y dejar de darnos vueltas alrededor del escritorio, sin más ganas que las de respirar, pensando que es nuestra inocencia la ofendida cuando se nos pide echemos afuera eso que tenemos más que atorado, dormido por la flojera, la desidia, esa languidez tan parecida al placentero ocio, que nos hace mirar todo como inútil. La realidad siempre nos supera. Y de eso somos fáciles presas. Tengan por seguro que si no hiciera el calor que hace, lo solo que me siento y mi ventilador estuviera bueno, yo estaría hablando de otra cosa, evitándome este papel del loco, jurando y re jurando sobre todas las columnas que nunca, pero nunca, escribiré. Cuánta razón tenía Chéjov.</p>
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		<title>Los caballos de Carver</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Apr 2008 19:45:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Prosa poética]]></category>

		<category><![CDATA[Add new tag]]></category>

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Antes de entrar en la conversación de fondo, con dificultad habíamos conseguido habitar el bar Galaxia en Lincoyán esquina Freire, en el cuadrante céntrico de Concepción. Aunque llamarlo bar, habría sido convertirlo en algo muy lejano a lo que en verdad era, con esa forma de cantina o chichería, donde nos introdujimos y tanto nos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: center;"><img class="alignnone size-full wp-image-63" title="me-estas-mirando-a-mi" src="http://www.lanzallamas.com/escatologia/wp-content/uploads/2008/04/me-estas-mirando-a-mi.jpg" alt="" width="390" height="293" /></p>
<p style="text-align: left;">Antes de entrar en la conversación de fondo, con dificultad habíamos conseguido habitar el bar <em>Galaxia </em>en Lincoyán esquina Freire, en el cuadrante céntrico de Concepción. Aunque llamarlo bar, habría sido convertirlo en algo muy lejano a lo que en verdad era, con esa forma de cantina o chichería, donde nos introdujimos y tanto nos costó salir. Más de lo pensado, a un tiempo en que vimos llegar botellas y más botellas, sin dejar de conversar durante horas, a medida que supusimos ya debía haber oscurecido, siendo la hora precisa de nuestro despegue. Pero eso fue muy tarde y lo importante ocurriría adentro.<br />
De las conversaciones retengo sólo algunos flashes, diálogos entrecortados, momentos fracturados donde Roberto, que así empecé a decirle en adelante, me iría contando de sus lecturas. Aunque sería más exacto decir: sus estudios comparativos, señalaba, en los que se hallaba trabajando hacía meses (lo de estudio entonces en lugar de sorprenderme, me pareció de una rigurosidad tremenda, sin embargo ahora no deja de causarme risa dada la ridiculez de sus alcances) sobre la obra de Chéjov y de Carver, simultáneamente, insistió. Las copas nos abatían como perdidos en la cubierta de un barco ebrio, pero todavía me acuerdo, de mucho me acuerdo, tanto como para reconstruirlo, si es que ustedes me lo piden. Según Contreras, Chéjov solía incorporar en sus historias a sus animales preferidos, los caballos.</p>
<p style="text-align: left;">No dijo con qué regularidad y si me dio los títulos de sus relatos no los retuve, aunque debió ser uno, que es el más conocido: “Tristeza”. Eso puedo confirmarlo incluso ahora. En el caso de Carver, y en esto sí que fue enfático, incluso demasiado pedante diría yo, supo dar varios nombres de sus cuentos y no menos de tres poemas, donde aparecían patos, salmones, referidos puntualmente a episodios de pesca o caza. “Porque me imagino que tú debes saber, que Carver, además de ser un buen cuentista, fue también un asiduo cazador”, dijo. A lo que yo podría haber agregado la figura de Hemingway, pero ahí la cosa habría sido otra. El remate, o lo que él veía como la conclusión de su tesis, así mismo dijo, contándomelo con un inusitado entusiasmo y buscando durante un largo rato el arco mortecino de luz para ver mejor mi cara, decía Roberto, lo había encontrado en una revista inglesa, cuyo último número lo habría comprado o robado en una librería céntrica, y se trataba, aseguraba ansioso, de un texto inédito que sabía se convertiría en un punto crucial para entender lo que él identificaba como los últimos días de Carver. A partir de esa proyección en su análisis, debía suponer el texto aún se encontraba en su idioma original, instalando un futuro distante en sus alcances y, por tanto, también de mi lectura. En ese cuento, decía Roberto, Carver se superaba a sí mismo, y dejaba a sus aves de corral, pescaditos de colores, para dar paso también a la presencia de caballos. El cruce con Chéjov esta vez, premeditado o no, resultaba ineludible, puesto que el relato, me anticipó a decir en tono de advertencia, “lo compartirás conmigo, Urbano. Es hermoso”. Y ahora estoy seguro de que tenía razón, cuando pude conseguir el aludido “Si me necesitas, llámame”, y me curé de espanto.<span id="more-62"></span><br />
La historia es más o menos así:<br />
Una pareja que quiere recomponer su matrimonio arrienda una casa en las afueras, en un condado desconocido por ambos, alejada de sus amantes, su familia y, particularmente, del hijo de ambos, el que al parecer era quien los mantenía juntos, y que también necesitaba de ese chance para romper el cascarón o el cordón umbilical o aquello que lo unía a ese fracaso matrimonial. Un acto desesperado, de último minuto, como ocurre en muchos de los cuentos carverianos, buscando arreglar, precisa Contreras, lo que en apariencia no tiene arreglo. Una noche, la segunda tal vez de esa extraña estadía, el período que han denominado como su “segunda luna de miel”, ya algo bebidos y sin ánimo de acostarse todavía, o puede que la mujer sí y el hombre no, o viceversa, no recuerda al detalle el cuento, asegura que es justo en ese momento, cuando uno los ve perdidos en su indecisión, en la duda o en la tristeza o acaso hasta de la indiferencia (ya que según él tampoco queda muy claro cuál es el estado en que se encuentran) irrumpe, ese es el verbo que utiliza: irrumpir, primero un lindo alazán, luego otro, luego otro más, hasta tener ante nosotros la más impresionante muestra de unos caballos en apariencia salvajes de largas crines, pero muy mansos y blancos pastando en el antejardín de la casa que han alquilado. Una de las últimas imágenes, detalla Contreras, es una vista memorable, como un verdadero espejismo, donde aparecen los caballos difuminados por la niebla, creando un efecto dentro del mismo vaho de los animales a esa hora de la mañana, en que se confunden los fibrosos ejemplares, vistos a través de los vidrios empañados de la cocina, con la inmaterialidad de unos fantasmas, de unos espectros, dando mayor realce a lo que ambos nos fascinamos en reconocer, como fanáticos lectores de Carver, que se está frente a otra epifanía de sus cuentos. El relato se acerca a su fin, dice Roberto, cuando la pareja en ruinas sale a mirar a esos curiosos visitantes teniendo ya el arrebol del amanecer tras sus espaldas, dejando en una abierta expectativa el desenlace. No me sigue contando, porque dice que debo leerlo apenas pueda, y sólo agrega para terminar, que de pronto se apaga la ilusión y vuelven a la realidad de la que estaban escapando (el resto debía leerlo yo, insiste) y sólo agrega: “En todo caso a pesar de esa magia, no se quedan juntos”.<br />
Así como lo cuenta, me parece un relato atractivo, y se lo digo, pero también intento con eso llevarlo a que termine con Carver, y sin extendernos demasiado, vuelva a lo que había comenzado con Chéjov, mas cuando ya creo haberle hecho algunos comentarios irregulares sobre la impresión que tuve cuando leí su cuento “Tristeza”. Y sobre todo en su parte final, en el momento cuando el cochero, luego de querer contar a todos los pasajeros, su horrible padecimiento, por la trágica muerte de su pequeño hijo, termina solo, llorando abrazado a su caballo. El relato, le digo que para mí tiene una sola salida, y estaría íntimamente ligada con esa otra historia, mitológica a estas alturas, sobre la locura de Nietzsche, que versa sobre cómo el viejo filósofo, bastante tocado en sus últimos días, al ver cómo un cochero o un labrador, no tengo claro el oficio de su dueño, castiga brutalmente a su caballo, provocando en el ya delirante Federico que éste se lance colérico contra él, arrebatándole el animal, para luego caer rendido ante sus patas, dándole un fraternal abrazado a ese maltratado animal, como muestra de consuelo. Un consuelo también desesperado, porque sus caricias, las que supongo serían de sincera lástima, debieron estar consolando al caballo, pero en algún sentido también consolando a él de su locura, de la crueldad humana y el absurdo de su propia existencia.<br />
Al terminar mi intervención noté que Contreras permanecía en silencio, no sé si atento, pero lo único que dijo fue que no conocía esos antecedentes respecto al final de Nietzsche, y que de todas maneras los corroboraría con un amigo suyo, el que de seguro sabría entregarle detalles más sabrosos sobre el ocaso del desquiciado asesino de Dios. En todo caso, concluyó, no sería de extrañar que pudieran corresponderse la tristeza chejoviana con la tristeza nietzscheana e incluso ambas con la tristeza carveriana, ya que el perder a un hijo, ver hundirse tu matrimonio o constatar que el juicio ya no te permite filosofar, darían evidentes muestras de lo incurable. La inmensa soledad de occidente, encontrando cierta tibieza en unas de las bestias más aporreadas del mundo.</p>
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