Escribo para olvidar

No podría olvidar a mi viejo desarmando un cálefont para ir a vender sus partes a Franklin, por cobre, bronce y latas.
No podría olvidar las pestañas mojadas de mi hermano jugando al buzo en el lavamanos un verano a mediados del ’80.
No podría olvidar las manos de mi madre cortando y luego cosiendo tardes enteras el género comprado en Macul con Irarrázaval.
No podría olvidar los pelos vivos del canal fiscal en Parral.
No podría olvidar la foto del cuerpo acribillado de Patricio Sobarzo a metros de mi colegio.
No podría olvidar el perfil de mi amigo Pablo recortado con la nieve de un ventisquero en la Carretera Austral.
No podría olvidar la sonrisa de mi madre en esas fotos antiguas, felices los cuatro, en el Parque de Lota.
No podría olvidar mis lentes reflejados en la ventanilla de un bus, viajando sin destino, leyendo las historias de Maqroll el Gaviero.
No poría olvidar su delgadez extrema fumando en las ruinas de un cerro en Talcahuano.
No podría olvidar tardes infinitas de conversación junto a Marcelo, Jaime y Araya en los pastos de Siberia.
No podría olvidar la despedida de mi amigo César viajando a México en el aeropuerto.
No podría olvidar las llamadas telefónicas de Felipe cualquier madrugada de alcohol y de nostalgia.
No podría olvidar los ojos de un sicótico en el calabozo de Guillermo Mann en el invierno del 2000.
No podría olvidar una madrugada con Paula en su auto a finales del 2001.
No podría olvidar mi asombro leyendo un correo de Bolaño meses antes de su muerte.
No podría olvidar el abrazo de un apoderado cuando su hijo se graduó de IVº medio.
No podría olvidar la escultura “El beso” de Rodin con Paula de fondo en el Museo de Buenos Aires.
“Escribo para olvidar, esto es un hecho”, dice Carlos Droguett, al comienzo de una novela. Pero yo no sé qué contestar. Me he llevado años haciendo lo contrario, extendiendo mi memoria en estas líneas, sin conseguir olvidos.
Posted on Abril 11th, 2008 por Roberto
Filed under: Prosa poética
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