HOME

Viajes & lecturas

“¿Qué le proporciona el viaje al lector?”
BENJAMÍN

Pasajero en trance

Durante mucho tiempo pensé que la forma más grata de viajar era leyendo. Leer como un acompañamiento del trayecto. Hasta llegué a pensar, al mismo tiempo que desear con unas ansias incontrolables, que viajaba para leer. O al menos para mí, esas ganas de entregarme a la ruta, sin importar la distancia del viaje, no tenía más objeto que convertirse en una doble condición de pasajero: uno, quien iría desplazándose hacia un destino físico, y otro, ese que se entregaba al viaje, diría más bien a la perdición en un laberinto, que es como vi transformarse muchas veces las páginas en que cansé mis ojos y los mejores años de mi juventud en la ruta. Ambos inevitables ejercicios de huida, de abandono y fuga. Una sensación que, más allá de la simple analogía, consigue hacer de ese mismo trance –el tiempo suspendido y en blanco de la lectura– un fabuloso desdoblamiento, donde se deja de ser uno y de habitar en el mismo lugar de origen.
Horas perdidas, entregado a la distancia y la demora.
Horas maravillosas perdidas dentro de papeles apilables como los años, en duras tapas que, sin saberlo, irían dibujando las fronteras de mi memoria.
Probablemente sean más los libros que recuerdo haber leído, que los lugares donde he estado. Las tierras visitadas se desplazan cubiertas de una nebulosa que mi recuerdo sólo sitúa a partir de sus títulos, autores muertos e historias irrepetibles; todo eso contrastando con una vida errante, apenas reducible a un paisaje, donde a ratos mi sombra acusa cierta forma de permanencia. Una sombra movediza y crepitante, como letras consumidas en el fuego del olvido.
Leí los mejores cuentos de Onetti camino a la Patagonia, perdido en carros anacrónicos y transportes fantasmales, con tanto tiempo para las detenciones como para los saltos de mi vista, entre los pasajes que parecían hundirse en los charcos de Santa María y unos atardeceres, supongo, cerrados y rojizos, sobre la línea de mi nariz adolescente. Sí, esos saltos de ruinosos caminos fueron la forma de pausar o bien de obstinarme en seguir leyendo páginas que como puntos dispersos no dejaban hilara secuencias, las filigranas de hormigas gráficas que organizaban su auxilio. Alguna vez un amigo me aconsejó que leyera, dada la brevedad y la mínima concentración que requería, según él, preferentemente poesía cuando saliera de viaje. Con los años comprobé que el consejo, más que como una certeza, buscaba nos dedicáramos a leer siempre más versos, haciéndome desistir de las latas novelas que tanto me gustaba retomar, infatigable, venciendo el sueño y la lenta reconstrucción de unas tramas intrincadas, más parecidas a proezas sobre un andamio, cuando caía en Mann, en Proust o los calamitosos supuestos de K.
El tiempo haría lo suyo y en un mismo viaje, conseguiría hacerme de Veinte poemas para ser leídos en un tranvía de Girondo. Un libro que, más que una apuesta a la justificación, conseguiría alumbrar episodios de cierta vanguardia porteña de comienzos del S. XX, sólo comparable a la aventura prosaica y urbana de Poe, incapaz de encontrarse solo en la multitud, o el Baudelaire benjaminiano del flâneur, que tan bien me haría resistir, entre viaje y viaje, la horrenda ciudad de la furia donde solía retornar, como si Ítaca siempre hubiera sido parte de un oráculo imposible. Impregnado de una nostalgia de los lugares que nunca conocería. Un sello del viaje, devenido en lector o viceversa.

Libros y encierro

“Cerca de tres años hice viaje a Concepción,
entregándome a soleados días,
torrenciales lluvias,
de infinitas carreteras,
cerros de arcilla,
ríos amables y traidores,
como de silenciosas despedidas
más memorables encuentros semanales
que fueron definiendo
mi educación sentimental.
Cerca de tres años hice
viajes en espantosos buses,
con curiosos acompañantes,
donde sólo algún libro en el bolsillo
me salvó de no morir de claustrofobia.
Leí con devoción poemas de amigos,
fanzines de rock,
manuales de sexo
y logré escribir –nada más que en mi cabeza–
los mejores pasajes de improbables novelas,
fechadas en terminales,
servicentros perdidos
y hosterías
con forma de espejismo a mis espaldas.
Es cierto que a veces
sólo la desesperación fue todo mi equipaje
Pero eso recién vine a saberlo con los años
¿Cuánto llegué a valer yo, mi escuálida vida, en aquel tiempo?”

La permanencia y el fin literal del viaje dijo cuánto valdría quedarme mejor de este lado.
De todos modos, reconozco que si fue un tiempo desesperado, sería también a la medida de la aventura y lo posible de hacerlo, gracias a haber llevado y traído en mi maleta –lo comprado, lo robado o lo cambiado en librerías de viejo– más otros saludables ejemplares que, como bien dicen los versos, me salvaron de no morir de claustrofobia. A lo que hoy agregaría, también de injustos delirios, perdición y fatal melancolía por una chica que al fin conseguí olvidar.

Libros y compras

Curiosamente cuando tenía menos plata, solía dejar unos billetes para la compra de libros. Eran tiempos de estudiante y de trabajos ocasionales. Con las monedas que ahorraba de las fotocopias, lo que lograba juntar por recambios de pintura o el pago por mis horas como dependiente en un negocio de confites, me dejaba caer por las librerías de Manuel Montt. Las que aunque no estaban precisamente en ese lugar, daban cierto toque de prestancia y no poco misterio a una serie de tiendas de calzado, ópticas, peluquerías, revelados fotográficos y corredores de propiedades, en las inmediaciones de José Miguel Infante y el teatro de un conocido comediante. Pasillos, vitrinas, escaparates atestados de libros nuevos, usados y de ocasión, sólo en algún sentido comparables a los de calle San Diego, pero ofreciendo a un costo razonable, los que serían mis primeros ejemplares de Auster, Tabucchi, Calvino, Camus, Carver y Bukowski; algunas joyitas de Parra, Lihn, De Rokha o González Vera. Lo mismo la posibilidad de completar mi colección de Onetti, Droguett, Lezama Lima y el acopio de muchos, sino de todos los de Arlt (fabuloso hallazgo de los cuentos africanos) y de José Donoso. Valuarte absoluto este último de mi profesor y mentor universitario, que me haría leer con fervorosa atención –ahora creo cuestionable– El obsceno pájaro de la noche y El lugar sin límites; más el eventual encuentro de aquellas voces punzantes y profundas del mejor Vargas Llosa de Los Cachorros (entre paréntesis titulado Pichula Cuellar, en mi ejemplar de Lumen, 1970) y Conversación en La Catedral, del que aún resuena la pregunta con que arranca el protagonista, tratando de explicarnos también en estos días esta horrible metamorfosis: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.
Comprar en Manuel Montt, implicaba una tarde solitaria de almuerzo entre oficinistas y de cervezas happy hour, reposadas en las mesas del frontis donde hoy se ha levantado el night-club Passapoga. Lo que seguía de ese recorrido era abandonar por cansancio y el fin de los ahorros mi día de consumo libresco, y así partir revisando mientras caminaba –otra forma de lectura en movimiento– las primeras páginas de unos libros imborrables y fundamentales, que han perdurado como sellados a fuego en mi memoria: “Escribo para olvidar, esto es un hecho, necesito meter un poco de tranquilidad a mi alma, necesito dormir, Dios sabe, sólo Dios sabe que hace diez meses que no duermo, aunque el tampoco dormía, bien lo recuerdo”. (Patas de perro, Droguett); “Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él. Mucho más tarde, cuando pudo pensar en las cosas que le sucedieron, llegaría a la conclusión de que nada era real excepto el azar. Pero eso fue mucho más tarde”. (Ciudad de cristal, Auster) o “Cuando creía que ya habían pasado por mis manos la totalidad de escritos, cartas, documentos, relatos y memorias de Maqroll el Gaviero y que quienes sabían de mi interés por las cosas de su vida habían agotado la búsqueda de huellas escritas de su desastrada errancia, aún reservaba el azar una bien curiosa sorpresa, en el momento cuando menos lo esperaba” (El Diario del Gaviero, Mutis); “2 de noviembre. He sido invitado cordialmente a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así” (Los detectives salvajes, Bolaño).
Comienzos inevitables, imposibles de separar, pienso ahora de esos curiosos paseos, de seguro vistos por los transeúntes o los pasajeros del Metro Salvador como el afán patético de quien camina sin saber dónde pisa –extraña forma de levitación sobre el suelo– ostentando toda su intelectualidad, entregado tal vez, producto de una aburrida existencia, a la búsqueda de una mejor y renovada vida en un libro. Inicios irremplazables, me digo ahora, tratando de convencerme de que pese a que no fueran el inicio literario por antonomasia, sobre aquel lugar de la Mancha que se evita recordar, conformarían la superficie más auténtica de mi fascinación por lo que algunos reconocen como los síntomas claros de un enfermo de literatura. Pero qué importa. Nadie puede resistirse a revisar los primeros pasajes de un libro recién comprado, e incluso llegar a terminarlo, antes de arrellanarse en su sillón de terciopelo verde, donde siente pasar la vida, viendo avanzar las páginas, las páginas, las páginas, convencido con Juan Luis Martínez de que “el movimiento es la única manera de permanecer vivos”.

Leave a Reply