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Los caballos de Carver

Antes de entrar en la conversación de fondo, con dificultad habíamos conseguido habitar el bar Galaxia en Lincoyán esquina Freire, en el cuadrante céntrico de Concepción. Aunque llamarlo bar, habría sido convertirlo en algo muy lejano a lo que en verdad era, con esa forma de cantina o chichería, donde nos introdujimos y tanto nos costó salir. Más de lo pensado, a un tiempo en que vimos llegar botellas y más botellas, sin dejar de conversar durante horas, a medida que supusimos ya debía haber oscurecido, siendo la hora precisa de nuestro despegue. Pero eso fue muy tarde y lo importante ocurriría adentro.
De las conversaciones retengo sólo algunos flashes, diálogos entrecortados, momentos fracturados donde Roberto, que así empecé a decirle en adelante, me iría contando de sus lecturas. Aunque sería más exacto decir: sus estudios comparativos, señalaba, en los que se hallaba trabajando hacía meses (lo de estudio entonces en lugar de sorprenderme, me pareció de una rigurosidad tremenda, sin embargo ahora no deja de causarme risa dada la ridiculez de sus alcances) sobre la obra de Chéjov y de Carver, simultáneamente, insistió. Las copas nos abatían como perdidos en la cubierta de un barco ebrio, pero todavía me acuerdo, de mucho me acuerdo, tanto como para reconstruirlo, si es que ustedes me lo piden. Según Contreras, Chéjov solía incorporar en sus historias a sus animales preferidos, los caballos.

No dijo con qué regularidad y si me dio los títulos de sus relatos no los retuve, aunque debió ser uno, que es el más conocido: “Tristeza”. Eso puedo confirmarlo incluso ahora. En el caso de Carver, y en esto sí que fue enfático, incluso demasiado pedante diría yo, supo dar varios nombres de sus cuentos y no menos de tres poemas, donde aparecían patos, salmones, referidos puntualmente a episodios de pesca o caza. “Porque me imagino que tú debes saber, que Carver, además de ser un buen cuentista, fue también un asiduo cazador”, dijo. A lo que yo podría haber agregado la figura de Hemingway, pero ahí la cosa habría sido otra. El remate, o lo que él veía como la conclusión de su tesis, así mismo dijo, contándomelo con un inusitado entusiasmo y buscando durante un largo rato el arco mortecino de luz para ver mejor mi cara, decía Roberto, lo había encontrado en una revista inglesa, cuyo último número lo habría comprado o robado en una librería céntrica, y se trataba, aseguraba ansioso, de un texto inédito que sabía se convertiría en un punto crucial para entender lo que él identificaba como los últimos días de Carver. A partir de esa proyección en su análisis, debía suponer el texto aún se encontraba en su idioma original, instalando un futuro distante en sus alcances y, por tanto, también de mi lectura. En ese cuento, decía Roberto, Carver se superaba a sí mismo, y dejaba a sus aves de corral, pescaditos de colores, para dar paso también a la presencia de caballos. El cruce con Chéjov esta vez, premeditado o no, resultaba ineludible, puesto que el relato, me anticipó a decir en tono de advertencia, “lo compartirás conmigo, Urbano. Es hermoso”. Y ahora estoy seguro de que tenía razón, cuando pude conseguir el aludido “Si me necesitas, llámame”, y me curé de espanto.
La historia es más o menos así:
Una pareja que quiere recomponer su matrimonio arrienda una casa en las afueras, en un condado desconocido por ambos, alejada de sus amantes, su familia y, particularmente, del hijo de ambos, el que al parecer era quien los mantenía juntos, y que también necesitaba de ese chance para romper el cascarón o el cordón umbilical o aquello que lo unía a ese fracaso matrimonial. Un acto desesperado, de último minuto, como ocurre en muchos de los cuentos carverianos, buscando arreglar, precisa Contreras, lo que en apariencia no tiene arreglo. Una noche, la segunda tal vez de esa extraña estadía, el período que han denominado como su “segunda luna de miel”, ya algo bebidos y sin ánimo de acostarse todavía, o puede que la mujer sí y el hombre no, o viceversa, no recuerda al detalle el cuento, asegura que es justo en ese momento, cuando uno los ve perdidos en su indecisión, en la duda o en la tristeza o acaso hasta de la indiferencia (ya que según él tampoco queda muy claro cuál es el estado en que se encuentran) irrumpe, ese es el verbo que utiliza: irrumpir, primero un lindo alazán, luego otro, luego otro más, hasta tener ante nosotros la más impresionante muestra de unos caballos en apariencia salvajes de largas crines, pero muy mansos y blancos pastando en el antejardín de la casa que han alquilado. Una de las últimas imágenes, detalla Contreras, es una vista memorable, como un verdadero espejismo, donde aparecen los caballos difuminados por la niebla, creando un efecto dentro del mismo vaho de los animales a esa hora de la mañana, en que se confunden los fibrosos ejemplares, vistos a través de los vidrios empañados de la cocina, con la inmaterialidad de unos fantasmas, de unos espectros, dando mayor realce a lo que ambos nos fascinamos en reconocer, como fanáticos lectores de Carver, que se está frente a otra epifanía de sus cuentos. El relato se acerca a su fin, dice Roberto, cuando la pareja en ruinas sale a mirar a esos curiosos visitantes teniendo ya el arrebol del amanecer tras sus espaldas, dejando en una abierta expectativa el desenlace. No me sigue contando, porque dice que debo leerlo apenas pueda, y sólo agrega para terminar, que de pronto se apaga la ilusión y vuelven a la realidad de la que estaban escapando (el resto debía leerlo yo, insiste) y sólo agrega: “En todo caso a pesar de esa magia, no se quedan juntos”.
Así como lo cuenta, me parece un relato atractivo, y se lo digo, pero también intento con eso llevarlo a que termine con Carver, y sin extendernos demasiado, vuelva a lo que había comenzado con Chéjov, mas cuando ya creo haberle hecho algunos comentarios irregulares sobre la impresión que tuve cuando leí su cuento “Tristeza”. Y sobre todo en su parte final, en el momento cuando el cochero, luego de querer contar a todos los pasajeros, su horrible padecimiento, por la trágica muerte de su pequeño hijo, termina solo, llorando abrazado a su caballo. El relato, le digo que para mí tiene una sola salida, y estaría íntimamente ligada con esa otra historia, mitológica a estas alturas, sobre la locura de Nietzsche, que versa sobre cómo el viejo filósofo, bastante tocado en sus últimos días, al ver cómo un cochero o un labrador, no tengo claro el oficio de su dueño, castiga brutalmente a su caballo, provocando en el ya delirante Federico que éste se lance colérico contra él, arrebatándole el animal, para luego caer rendido ante sus patas, dándole un fraternal abrazado a ese maltratado animal, como muestra de consuelo. Un consuelo también desesperado, porque sus caricias, las que supongo serían de sincera lástima, debieron estar consolando al caballo, pero en algún sentido también consolando a él de su locura, de la crueldad humana y el absurdo de su propia existencia.
Al terminar mi intervención noté que Contreras permanecía en silencio, no sé si atento, pero lo único que dijo fue que no conocía esos antecedentes respecto al final de Nietzsche, y que de todas maneras los corroboraría con un amigo suyo, el que de seguro sabría entregarle detalles más sabrosos sobre el ocaso del desquiciado asesino de Dios. En todo caso, concluyó, no sería de extrañar que pudieran corresponderse la tristeza chejoviana con la tristeza nietzscheana e incluso ambas con la tristeza carveriana, ya que el perder a un hijo, ver hundirse tu matrimonio o constatar que el juicio ya no te permite filosofar, darían evidentes muestras de lo incurable. La inmensa soledad de occidente, encontrando cierta tibieza en unas de las bestias más aporreadas del mundo.

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