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Iluminaciones

Tal vez sea la primera y última vez que refiera algo mío de manera tan personal. Hoy al medio día llamó la corredora de propiedades, con la que no me he llevado precisamente bien durante el tiempo que arrendamos, para decirme que vendrán en estos días a ver la casa. ¿Quiénes?, digo yo, sin salir del asombro. Me responde que el hijo del dueño se casa en estas fechas y que la ocuparán desde entonces, si es que a su futura esposa le gusta. A mi pregunta sobre cuánto tiempo tendríamos para dejarla, me responde que tres meses, a contar del día que recibamos una carta certificada donde se notifique todo esto. Es decir, un mes por los años que llevamos viviendo en ella. Nos mudamos en abril del 2005. Tiempo en que nos pusimos a vivir los tres, junto a mi mujer y su hijo. Desde ese tiempo que somos una familia, con antejardín, perro y piscina. Muchas cosas han pasado en tres años. Indudablemente. Y la llamada no deja de ser extraña, como si estuviera ocurriendo en una mala novela de enigmas, donde le dicen al protagonista que debe dejar su casa, cuando no se lo espera, y ni siquiera se ha hecho la idea de tener que mudarse.
El consuelo es el de siempre, en estos casos, y es que todo cambio será para mejor. Aunque suene a cliché, sí lo creo e intento convencerme de esa perspectiva buscando tranquilizarme. Y me animo a agregar también, la etimología de cambio y de crisis y su homologable naturaleza que las une. Un quiebre en el orden de los acontecimientos puede provocar efectos –para seguir con las analogías– inesperados, como el aleteo de una mariposa y un efecto dominó que pueda desatar un tsunami en alguna costa desprevenida.
Así nos pilló la noticia, la buena nueva, este golpe de realidad enrostrándonos el que no tenemos casa propia. Hace unos días conversábamos de eso en la mesa, de pueblos sedentarios y pueblos nómades, pero referidos a personas. De gente que se desplaza y de gente que permanece. De eso se trata, de mantenerse en movimiento, pero cuesta asumir esa condición, más cuando no es motivada por uno mismo. Al ser involuntario un cambio siempre puede convertirse en tragedia. Empezamos a sentirnos extraños.
Tal vez por eso sienta que este sea el mejor momento para retomar mi novela.
Los momentos de cambio, como el anuncio de un naufragio, siempre avisan lo necesario de acomodar la carga. Estoy leyendo el libro Diario de las especies de Claudia Apablaza, una novela seductora y provocadora que hace pensar con extrañeza en el oficio de escribir, y se me asoma una respuesta a mi libro, Ballesteros, varado desde junio del 2001, sobre el sentido de reescribir, de revisar-corregir-escribir-, una nueva versión del mamotreto, pero en lugar de seguir aumentándolo, dedicarme a su poda definitiva. Me planteo dar sentido ya no a la anécdota del protagonista, sino asignarle todo el peso que se merece la extensa biografía de Ballesteros, la que hasta ahora en la maqueta del libro había dejado en sus páginas finales. Me cuelgo de una frase de Apablaza: “Bien, la novela es una mujer. Lo tengo clarísimo”. A la luz de mi escrito, me digo:
La novela es una mujer.
El cuento es un viejo.
La biografía, y aun más, las autobiografías son niños.

Escribimos o hacemos como escribimos, work in progress, libros eternos, textos en desarrollo, géneros menores, materia de transformación, porque somos sujetos en tránsito. Dejamos de ser personajes cuando reconocemos qué tan humanos resultamos en esas páginas. Seres a los que podemos ver crecer y hasta les permitimos algo de la vida, ya no sé si como una enseñanza, pero al menos como una forma de experiencia, que nos permita construir un futuro posible. Si escribir no es eso, entonces terminará venciendo la ficción por sobre el mundo real. Ballesteros es la novela biografiada de un escritor, usado como pretexto para hablar de gente que no escribe y que entiende que la literatura es sólo un medio, nunca un oficio definitivo. Carver parecía tenerla todavía más clara que Apablaza y que yo:

“¿Cuánto ganan los escritores?, dijo ella
a boca de jarro
Nunca antes había conocido a un escritor
No mucho, dije
tienen que hacer otras cosas para vivir
¿Cómo qué?, dijo ella
Como trabajar en una fábrica, dije
barrer pisos, enseñar en una escuela,
recoger fruta, cualquier cosa,
toda clase de cosas, dije…”

En todo esto pensé luego de colgar el teléfono y saber que debíamos cambiarnos, más temprano que tarde, de casa. Pero no de vida.

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