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¡Chissst!

Cuánta razón tuvo Chéjov en su cuento “¡Chissst!” (1886) al describir la angustia que provoca la entrega de una colaboración a un periódico y no lograr concentrarse. Este relato, escrito entre las horas que el joven médico le robaba a su turno en el hospital y firmado como A. Chejonté, corresponde a las primeras historias que enviara a revistas locales, intentando hacer lo que más deseaba: llegar a vivir de la literatura.
La anécdota es sencilla: Iván Yegórovich Krasnujin, escritor por encargo, desesperado porque no consigue silencio en su propia casa para escribir, grita a su mujer, gruñe por el llanto de sus hijos, se pelea con su empleada y ruega a su criado que no rece en voz alta, porque no logra dar ni con el título y las horas sólo avanzan. El cuento es breve y cómico, pero como todas las narraciones de Chéjov, logra hacer del ridículo una aguda crítica a la condición humana, la que así pasen los siglos siempre será absurda e inevitable: “Nuestro trabajo, este trabajo maldito, ingrato, de presidiario, no fatiga tanto el cuerpo como el alma… Debería tomar unas gotas de bromuro… Oh, Dios es testigo que, si no fuera por la familia, mandaría a paseo este trabajo… ¡Escribir por encargo! ¡Es horroroso!”.
¿Por qué recordar justo ahora este cuento? Podría tener varias razones, pero una sería mi respuesta más rápida. Me carga sentirme obligado y por eso tengo que pensar en un escritor que admiro para darme ánimos. Pero no, creo que al contrario, cuando no es inspiración lo que nos falta sino voluntad, es saludable ponerse fechas, fijar horarios, establecer límites de extensión y todas las estupideces de las que arrancan los “creativos”.
Suena a imposición, pero la exigencia es un mal necesario. Y quizá el problema sea ese, el andar buscando excusas, como Krasnujin, para no hacer lo que tenemos que hacer y dejar de darnos vueltas alrededor del escritorio, sin más ganas que las de respirar, pensando que es nuestra inocencia la ofendida cuando se nos pide echemos afuera eso que tenemos más que atorado, dormido por la flojera, la desidia, esa languidez tan parecida al placentero ocio, que nos hace mirar todo como inútil. La realidad siempre nos supera. Y de eso somos fáciles presas. Tengan por seguro que si no hiciera el calor que hace, lo solo que me siento y mi ventilador estuviera bueno, yo estaría hablando de otra cosa, evitándome este papel del loco, jurando y re jurando sobre todas las columnas que nunca, pero nunca, escribiré. Cuánta razón tenía Chéjov.

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