HOME

Espectro

edwardhoppernightshadows.jpg

No cabe duda de que si no hubiera sido el pero tener que dar cuentas de lo que había pasado, efectivamente y sin problemas, habría podido quedarme en su casa. Me habría refugiado en casa de Laura el tiempo necesario que me hubiera llevado saber que todo volvía a la calma, que ya había salido invicto del pleito y las posibles pesquisas. Pero no fue así. Esa noche apenas pude discar el número (el que todavía sabía de memoria), colgando inmediatamente al oír la voz de alguien que no era la suya. Entonces desistí, evitando hacer el papelón del desesperado. Me quedó esperar con paciencia el paso de las horas, hasta que llegara el cansancio, para dormirme muy tarde, sin hacer nada, pero ocupado en vagos planes, en insalvables lagunas, en rollos nunca resueltos, en nudos, en ceguera, empeñado en hacer la hora para salir muy temprano, de alba, haciendo uso de los pasajes al sur que, con justa anticipación, teníamos comprados con Víctor: pasillo/ventana.
Y sí.
Llego a tu casa a una hora impresentable como para hacerlo solo, sin ti, tal y como muchas veces lo habíamos hecho, regados por unos tragos, risueños, abrazados en constante excitación, riendo, cada tantos metros arrebatándonos el cuerpo para besarnos, despojados, por entre las ropas abrigadas, manos y dedos, entrando camino del pasaje, de la reja y la puerta de calle, con tu llave cuidando el silencio. Yo y un pequeño pero incómodo bolso de viaje, que desconozco, acomodado en mi mano empuñada, decidido a golpear la puerta de entrada. Nada de timbre esta vez. Tu madre, despreocupada, invitándome a pasar. Como si supiera que iría y que no sería extraño aparecerme de repente, así. Como ya todos van recogiéndose a sus dormitorios, me indica me vaya al tuyo, con una naturalidad que siempre le fue ajena, dándome además absoluta libertad para que ocupe la cocina si necesito algo, un café, leche caliente, cualquier cosa. Buenas noches, que duermas bien, usted también, apaga las luces, no se preocupe. Yo buscando algún fuerte, un trago que tu padre quizás guarde por ahí, porque no tengo ganas de dormir, y sólo quiero estar tranquilo. Pienso en música, pienso en leer, si puedo. Después de todo a eso habré venido, a distraerme, de ahí la urgencia y lo imprevisto de mi visita. Entonces dejo mis pertenencias en tu pieza. Qué bien conozco cada rincón. Todo está igual, salvo algunos detalles que me detengo a mirar cerca de la ventana, en la mesita del velador. Busco ausencias, pero confirmo que casi todo lo mío, lo nuestro, permanece. Busco presencias y están todas. Sonrío. En el comedor, con un encendedor, busco en la biblioteca alguna solapa de libro que me llame la atención, pero los libros se me repiten, se prolongan alineados, como si fueran siempre el mismo: color, ancho, altura. Nada es nuevo. Evito quemarme, quiero que la luz permanezca encendida por más tiempo, pero mi mano se agota, me duelen los dedos, lo apago. Luego en la cocina, busco en la licorera el ron que robábamos a tu padre, sirvo dos medidas y me voy a la pieza. Es tarde y no llegas. No estás y yo estoy solo en tu habitación quitándome la ropa para acostarme, no para dormir, sino para capear el frío, o tal vez la soledad, el vacío.

Cuántas veces esta escena del desnudo, pero frente a ti, de espaldas o de reojo, mirándonos hacer el trámite de las ropas y el desabotonarse, sacarse y dejar deslizar las prendas, dejarlas caer. ¿Dónde estás? Por qué no llegas si es tan tarde… Tu madre algo habrá dicho sobre un viaje, que estarás en la playa desde el otro jueves con alguien que no conozco, alguien que sé existe, tu pareja de ahora, pero que no sé su nombre, mucho menos su cara, quién es. Qué dirás cuando me veas aquí, después de tanto tiempo, y en tu cama, y además afeitado, con esa cara de niño que nunca te gustó, que te causaba risa verme, por eso del aburrimiento y la rutina o la imprecisión del despunte, el emparejarme el bigote, que me hacía rasurarme, sólo hasta un par de semanas cuando volvía a ser el mismo, los pelos, esta barba de siempre.
Un sorbo, un largo trago al ron, con el que he venido jugando, haciendo girar la pareja de hielos en el fondo. Enciendo un cigarrillo que habré sacado de tu velador, donde además he confirmado todo, las pastillas, una pulsera, botones, papeles, cartas, flores secas, una foto tuya, reciente, porque algo en tu pelo me indica un cambio. Estás hermosa. Cierro de golpe el cajón, pero se atora en un costado con un borde del grueso cubrecama. No sé por qué lo hago, por qué la impaciencia, mi torpeza, cuando sé que ya por nada te asomarás esta noche, no vendrás, y seguiré solo, sólo esperando que amanezca de una maldita vez y se haga el día para irme y abandonar tus dominios, mi derrota. Miro la habitación y abarco tu ausencia, pienso en los días que estuvimos juntos, en tu voz, en los gestos tuyos que faltan, en tu presencia desplazándote, tu risa trayendo, llevando tu cuerpo, tú moviéndote delante de mí, Laura. Las primeras veces. El tiempo que duró, el tiempo ido, los meses, casi un año, en que no volvía por estos lados y la casa y el corredor y la pieza y tus gestos y mis manos y el acercamiento de los cuerpos y este largo recuerdo creciendo, separados, distantes. Tantas palabras. Imágenes que confundidas vienen y van, se borran e intentan permanecer, quedarse hasta tu regreso, cuando llegues descalzándote, sacudiéndote la arena, el mar, el viento, el cuerpo desnudo. Pienso en cuando estuvimos enamorados. Pero también me tomo el tiempo de preguntarme de qué estaba enamorado, si de ti, Laura, o apenas de la idea de estar enamorado. Me callo, no tengo respuestas. Interrumpen. La sensación de sentir un seco ruido de latas, una botella, tal vez unos gatos, alguien levantándose, tú que llegas, al fin. Dudo, no, nadie. Silencio otra vez. Estoy cansando, el vaso está vacío. Estoy vacío. Mañana será otro día. Sí, con mi partida todo cambiará, me iré y estaré contento, conforme, me sentiré resolviendo dignamente, casi a tiempo, parte del error, mi llegada a este lugar, donde tú volverás a tener la culpa, serás mi más cercana clave, y por eso saldré a buscarte, pienso, saldré mañana apenas amanezca. Seguiré la calle, la calle que siempre es el final de tu mano.
Mañana. Que es un nunca más, como me granza el cuervo.

Leave a Reply