Cemento

“A esta edad es cuando la vida empieza a ser una sonrisa torcida.
Y se descubre que está hecha, desde muchos años atrás, de malentendidos”.
La vida breve, J.C. Onetti
La cabeza reclinada, dejando entrever su agujero, una abertura derramada en un oscuro caudal, formando un delta al cruzar su frente, borboteando, lentamente desviándose hacia abajo por su agitada cara. Abarcando ojo, nariz, sien; ojo, nariz, sien, el húmedo y rojizo caldo vertido en el limpio rostro de Víctor, con la mitad de la vista mirándolos, todavía respirando. “Ya cabro, yo la llevo aquí…”. El aire contenido. Agresiva la imagen se instala sobre todo lo que pude haber pensado durante estas últimas horas. Sin querer ni resistirme, la dejo cobrar una extraña vigencia, desafiante, dispuesta a nublar lo que apenas suponía podría ocurrir. Es la voz de Luciana por teléfono entregándome los detalles, cómo fueron sucediendo los hechos, los instantes que, dejados suspendidos en el aire, después de mi huida, continuaron, siguieron aconteciendo hasta terminar en lo irrevocable de haber perdido. El fracaso de un plan que, sólo esbozado, sonaba a las mil maravillas. Desde su boca, la insistencia descriptiva consiguiendo trizar lo inmutable que parecía, hasta esta mañana, todo el tiempo construido juntos; todo lo que había sido nuestra amistad fundada con inocencia, desde una infancia que proyectándose hasta esta adultez tan grande, tan desapegada de nuestro cuerpo, como una ropa de otro, nos hacía sentir escuálidos, como impostados dentro, nadando en ella. Una adultez todavía calzándose. Víctor y yo, particularmente, tan lejanos, pero al fin distinguidos como lo que éramos, detrás del entusiasmo y las cervezas y los cigarrillos decantando en las madrugadas en que urdíamos la hazaña. Hoy sólo fragmentos de una blindada amistad. Desprendidos. Luciana en escasos segundos, entregándome las partes inconclusas de cómo su Víctor, a kilómetros de Santiago, ya estaría pagando el error, su idiotez, el capricho de un puñado de pendejos jugando al juego de las balas. Volviendo a insistir en algo que yo, torpemente e incluso intuyéndolo, no me sentía capaz de aceptar, ni mucho menos pedirle se guardara o considerara en su crudeza, en el dolor compartido que adquirían sus sentencias, lo dicho, lo que omitía o hacía aparecer a los pocos segundos. Sin saber si era una directa recriminación hacia mí o tan sólo la forma en que ella, inconscientemente, intentaba aislar sus emociones, focalizadas, al imponérmelas, atropellándome, agrediéndome, nublándome…
Pues, del otro lado del auricular, todo de tan fresco casi parecía una mentira, una broma de mal gusto, un malentendido; mientras sentía de paso, cómo lentamente la culpa se ahondaba, me abombaba, queriendo definir ahora, abruptamente, el precio de mí cabeza junto a la suya. Decía Luciana que, después de la extracción de la bala, de inmediato Víctor fue traslado desde la asistencia pública a la pequeña cárcel de Parral, luego de lo del robo, después del lío en que nos metimos y que nos dejó mucho más pobres que antes. Peor tal vez, con una sentida baja en plena vereda y con su pareja en cana. ¿De quién había sido la idea? Un asalto mal planeado, inexperto, a la pequeña joyería El Rey, en la principal avenida de la ciudad del Maule. Un fallido atraco del que sólo conservaríamos –el corto tiempo no impide poder proyectarlo– un gusto agrio en la boca, en las manos, en la frente que tardará, y quizá nunca consiga, curarse del feo pliegue de rabia y decepción, luego de perder la única oportunidad cierta en nuestras vidas de rozar, al menos en sus esquivos vértices, la cara de la felicidad; orgullosos de hacer algo verdaderamente heroico, trascendente. Llevando a la práctica esa antigua y entibiada empresa que sabíamos, con qué seguridad, podría cambiar para siempre nuestros simples destinos: Robar para tener de una sola vez mucha plata.
El cuadro se me repite, y comienza a expandirse por entre los torcidos recovecos de mi cabeza, una vez que busco ocuparme en cualquier tontera, dando inciertas vueltas a lo largo y ancho del vacío departamento –mojar mi cara, desvestirme, entreabrir la ventana, masturbarme, tomar un café, encender la radio, prender y apagar la luz, desconectar todo, buscarme– luego de colgar el tibio auricular. Chao Luciana, un fuerte abrazo, uno para ti también. Mis ojos fijos, desde mi tumbada e inerte posición: horizontal, fúnebre, adherido al frío piso, abriéndose, alargados, hasta creerlos ubicados a escasos centímetros del techo, dejando por instantes de pestañear.
Luz incandescente precipitándose desde el cielo.
Víctor recién llegado a lo que será su caleta, recibiendo de entrada un seco golpe, con una escuadra de fierro, justo en medio de su mollera. Ya cabro, yo la llevo aquí…, escucha. Ya, poh, usted la lleva entonces…, respondiendo con una descompuesta voz, al tipo que todavía sostenía entremanos la aceptación de su afectiva tribu. Entonces así imagino a Víctor. Puedo sentir su propia indefensión frente a eso tan temido, horrible y doloroso, aprendido como una pesadilla desde la cuna, que significaba caer en la cárcel. Lo veo agachado, levantándose, con la vista perdida en el fondo, sin buscar en apariencia a ninguna cara, aunque tal vez sí a una, a la del brazo con el fierro, ahora confundida entre las blancas poleras sucias, descoloridas, pelos desgreñados, alfilerados tatuajes, cuerpos oliendo a sudor, a mate, a frío y calor, todo junto, ropa húmeda, humo, burlas, caras desconocidas. Un mundo ajeno al mundo. Víctor buscando al jefe, al cabecilla, al mandamás, o cómo mierda se llame ése que la lleva, para pedirle, para rogarle, casi mordiéndose la lengua, evitando así gritar o sonreír con cara de estúpido, de emputecido, de cínico, de alguien menor de la indefensa edad que representa, que le pegue otra vez, todavía aturdido, que le dé otro fierrazo en la cabeza, en la cara, en los dientes, donde sea, para no saber cuántos lo penetrarán, qué cosas le robarán, qué es lo que tendrá que hacer, sólo por ser primerizo, por ser tan pálido, por estar limpio y aún oler bien, a pesar del interrogatorio, del calabozo, de los insultos y amenazas. Ser golpeado para dormir de puro apaleado, de cansado, de aburrido de los golpes, para así olvidarse y evadirse por un rato de ese lugar infecto, sucio, irrespirable, quedando mudo. Convencido de que cada golpe, multiplicado por las caras, sus dedos, sus alientos y acercamientos, conseguirían anularlo. Cada golpe borrándolo, cada risa sustituyendo, una a una, las letras del nombre que tuvo al entrar, al llegar, cuando caía la roja tarde, turbia, también sucia, corrompiéndolo, ensuciando cada paso suyo, hasta verlo caer rendido como un perro, mordisqueando el cemento. Detrás de macizas paredes el sol sepultado. Debajo, unos labios rotos, rozando el maicillo gris mugre de su nuevo hogar. Bienvenido. “¡Mátame mierda!”, quiso decirle, pero su lengua sin sabor, árida, sosteniendo sólo una viscosa gota de saliva, apenas pudo bailar entre el paladar y sus encías, torciéndose, neutralizándose, sin decir nada. La boca arrodillada. Cemento.
Posted on Abril 2nd, 2008 por Roberto
Filed under: Prosa poética
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