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Postales de Puente Alto

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UNO. La corteza fue arrancada de golpe, las raíces expuestas al sol y el frío, formaron una mezcla de sangre savia, brotando, cayendo en gotas sobre las barriadas. La depresión de un lugar en extinción nos pena. Es la tos de la tristeza. Los pastillas en frascos. La histeria de los difuntos. Las colas esperando nada. Robaron a la vista su horizonte familiar. Segmentaron el territorio como se arruga un papel, se quema un libro, se hace desaparecer tu casa. Nubes de tierra. El humo de las frituras. La risa de la gente pensándose absolutamente moderna. Barrer el territorio se convirtió en un propósito. La Plaza dejó de existir. Las cortinas bajaron, cerraron los portones, mientras vasos quebrados fueron tomados por niños de pecho, con miedo en los ojos, con palabras repetidas en sordina. Las llagas, las cicatrices, los várices, las preocupaciones. En las bocas se fundó la derrota. Puente Alto, el corazón de la ciudad provinciana, no vio nunca más madera ni árboles. Fierros, sí. Barreras, sí. Líneas, sí. Acero, también. Mucho cemento. Muchos hoyos. Muchas antenas de celular. Levantamientos de urgencia. Muros de contención. Excavación profunda. Instalaciones bárbaras extendidas en el eriazo de la memoria, dibujaron una ciudad de pesadillas.

DOS. Al sonido blanco sobreponen el zumbido blanco llevando los carros de arrastre. Un blanco edificio gobierna las coordenadas del desamparo. No se puede odiar Puente Alto, sin alcanzar a amarlo. José Ángel Cuevas acusa a las multitiendas, al modelo, al gel, a las minas, a los flaites, a la derecha y la concertación de haberse tomado el paisaje. Sí. Pero yo también acuso a mi cobardía. ¿Cómo resistir tamaño atropello?, ¿cuándo acabará la rabia? Al modo de César Vallejo, sólo nos queda volver los ojos locos, y ver cómo todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada. Porque se impuso a esa multitud de gente trabajadora, parroquiana, con sus hijos de la mano, una clase media descarnada sólo por adquirir bienes materiales. Es el sumun del trabajo y los días. La zona Sur Oriente de Santiago dejó de ser de-una-sola-plomada, la cara de pueblo que algunos añoramos. El hoyo profundo de la desilusión caló nuestros corazones para siempre.

TRES. Estación Terminal de Puente Alto. Lugar de combinación con el Infierno.

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CUATRO. Manuel Rodríguez lleva a cuestas lo perdido, lo cocido, el olvido de haber sido corredor de caminos, insurrecto, imagen de una rebelión que los libros arrancaron de sus hojas. Cayendo las hojas a una pileta imaginaria, nadie podrá volver a encontrar su reflejo. Las monedas les devuelven su imagen desfigurada, su vida en créditos, los completos con aceite de mayonesa, chorrean una felicidad de servilleta y sudor impregnado en las ropas.

CINCO. En Diego Portales con Avenida La Florida algunos dicen voy a Puente Alto Alto, cuando quieren subir a los faldeos, desde donde la pobreza es un paisaje en flor de una ciudad ausente. Yo pienso en el precio del fierro y el cobre por kilos. En el precio de llamarse Chile. En Puente Alto como la postal imposible de nuestra patria.

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