Los colores de San Diego
Llegué a San Diego con Av. Matta en un Transantiago. El motivo de mi visita es escribir, una crónica perdida hace unos años y que hoy quiero recuperar, revisando otra vez los pasajes que mi memoria también ha borrado y que no me animo a reconstruir de nuevo, sentado frente a la pantalla del computador. Camino, entonces, grabadora en mano y libreta de apuntes. No hay mayor vergüenza que caminar con la intimidación de estos objetos. El pánico escénico, me imagino, debe ser el mismo al llevar un lente o una cámara de video. Pero a las pocas cuadras, una vez vencido el miedo de ser visto o la inseguridad de un posible robo, lo inútil cobra sentido. Siempre es así. Avanzo, miro, me formo nuevas impresiones del lugar. Existe una diferencia, pienso, entre caminar por una ocupación o hacerlo por ocio; ahora es recorrer una calle que ya he visitado antes, con la intención de describirla, de encontrarla, de verme al fin en ella. ¿Hace cuántos años que vengo a San Diego? Mirando hacia atrás, incluso desde antes de nacer, que son casi treinta, veinticinco o quince años, igual que el barrio Franklin, Plaza Egaña o Irarrázaval. Odio Santiago. Hasta poco antes, siempre dije que San Diego era una calle de mierda.
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Librería Marconi, antes Cigarrería La Belleza. Teletrack. Teatro Esmeralda: Clausurado. I. Municipalidad de Santiago (Últimas funciones de La Negra Ester, junio 1991). Juego electrónico, motivo infantil con Pokemón: Haga nacer una sonrisa por cien pesos. Teatro Monumental. Bicicletas, armadas, nuevas, repintadas. Pienso en los colores de San Diego: rojo, blanco, azul. Colores puros, que reflejan lo neutral, pero también lo llamativo. La calle es una pasarela. Casa de remates: mesa con cuatro sillas noventa y cinco mil pesos. Repisas quince mil. Estantes cuarenta y dos mil. Escritorio 1,5 x 1,8 mts. treinta y cinco mil pesos, conversable. Las schoperías no logran traslucir su vida sombría de alcohol y comidas. Las letras blancas, pulsadas a diario por los mozos, son ofertas que cortan la curiosidad de quien busca por detrás del texto matinal, vespertino o de trasnoche, alguna cara conocida. Colación por mil pesos. Tengo sed y hambre. Más que nada ganas de tomarme una cerveza bien helada y mirar la catástrofe tranquilo.
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No guardo ningún cariño con nada. Avanzo, llegó a Plaza Almagro. Esquina Santa Isabel. Basílica Santísimo Sacramento. Más que una iglesia es un castillo, aterra, es un vacío. Las escaleras de acceso o salidas de emergencia, sin estar clausuradas, son inútiles, se encuentran en desuso. La basílica rodeada de santos, capiteles y campanarios, es un hito de cemento en medio de las casas, cités, galerías y almacenes del barrio. Imponente. Tiene grandes socavones laterales, fosos que circundan la construcción. Ricardo Larraín, Arquitecto. Entro. Avanzo con paso solemne, hacia el altar, por entre las bancas y sillas barrocamente ceremoniales y frías. Mes de María. Flores, sacerdotes, piletas de agua bendita, el Sagrado Corazón ensangrentando, INRI, clavos profundos y culpables, confesionarios, feligreses enlutados. Bajo esa dimensión se me agolpan interrogantes. Ni con mil cristianos juntos se llenaría el lugar. Avanzo. Vida, pasión y muerte de Cristo en los pilares. Miro, busco, escucho, espero, me pregunto: ¿Dónde está la fe? ¿Hay algo fuera de nuestra existencia? La inmensidad de la iglesia sólo me asusta. Salgo. Las fachadas desaparecen una vez que las penetramos, dentro todo ha sido distinto, tal vez más luminoso, pero igual de eterno, donde la mirada pareciera no querer terminar. Nunca abarqué su fin. Puntos de fuga en cada esquina. Manierismo latinoamericano; arquitectura ecléctica nacional. Encementada constitución de la religiosidad patria. Última mirada al altar; las puertas batientes de madera antigua me despiden en silencio. Los peldaños… Me he perdido de San Diego. Dios no existe.
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La calle es un reflejo de la vida. Allende vive y yo sé donde. Está junto a su bicicleta pistera, conversando a viva voz con otro cesante de grandes manos, en calle Prat esquina Cóndor. Retomo mi calle, regreso media cuadra hacia el sur. Entretenimientos Diana. ¿Cuánto esperé este momento? Las imágenes de nostalgia se funden con un encuentro fortuito y deslavado. Es oscura la memoria y esta visita desborda sensaciones de tristeza, de una vida más pobre y desteñida que ahora. Me parecen mucho más feos estos juegos, contrastados con mi infancia: un tiempo suspendido, país remoto, deshabitado, donde las huellas de la inocencia se han cubierto de una vejez prematura que sólo insiste en perpetuar, bajo su pátina de miedo, mis primeros juegos imaginarios, mis afanes de diversión encerrado entre cuatro paredes, sin causa aparente, a no ser que fuera por terror a la calle, la insegura circulación en un vecindario tan rodeado de traiciones, sirenas, balas y despedidas. No tengo cariño con nada y los Juegos Diana dan muestra de esa orfandad pretérita que fundó tanta nostalgia.
Carrusel. Juegos electrónicos. Taca-taca. La Rueda de Chicago.
“Informamos al público que al ingresar a la Rueda de Chicago se deben observar las siguientes normas:
1. Los niños menores de 7 años deben ir acompañados de un adulto.
2. Las damas con cabello largo deben llevarlo tomado con un moño.
3. No se admite a personas bajo la influencia del alcohol.
4. Está prohibido balancearse en los asientos.”
Al fondo, un pasillo reviste de fantasía nuestras formas. Un set de espejos me desfigura, convirtiendo mi silueta en un alargado o chato o espigado o ancho o curvo o hendido o diminuto Roberto. En este callejón la verdad da risa: soy una masa informe, moldeable, metamorfoseable en pocos pasos. ¿Somos también lo que no somos?
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“Celebra tu cumpleaños en Diana todos los días del año. Llama al 6711244 ($4000 pesos por niño. Mínimo 12. 3 hrs. gratis en todos los juegos giratorios. No incluye torta.)”
Al salir, los escolares –vetados de asistir durante horas de clases– bailan revolution dance, es el frenesí del para-para. Mientras en una pantalla ascienden flechas en distintas posiciones, al ritmo de Brahms, Beethoven o Mozart en versiones electrónicas, a medida que ellos agitan sus pies en una plataforma ultrapercutiva, creando una danza alienada y delirante. Otro baile sin parejas. Abandono los juegos. Algo mío se ha perdido, y no supe encontrarlo. Pienso en llevarme una máscara de Ogú, ya que no reconozco a los Teletubi ni tampoco distingo a las Chicas Súper Poderosas. No lo hago, cargando con mi máscara diaria, el pedazo de persona que compongo.
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Los Canallas: Costillar con coima. Plato cesante. Michaely, la gran tienda. Cocilamp, su genio del crédito. Bata. Teatro Cariola. Teatro Alejandro Flores. La Polar, llegar y llevar. Tricot. Supermercado Economax. Teatro Roma. Din. Ripley. Tarapacá, a media cuadra, Cine Arte Normandie. La cultura superpuesta a la subcultura de San Diego. En los márgenes de un Santiago hundido, el cine proyecta el avance, los rostros, las emociones, las imágenes de otras regiones, donde realizadores de disímiles miradas exhiben, bajo un ojo avizor, el mundo al instante. Librerías de viejo. Librerías de ofertas. Solapas. Portadas. Títulos: La senda del perdedor, Bukowski. Contraseñas, Baudrillard. Las ciudades invisibles, Calvino. Cien microcuentos chilenos, Epple. Las drogas. De los orígenes a la prohibición, Escohotado. Veinte poemas para ser leídos en un tranvía, Girondo. Antología de familia, Edwards Bello. Contra la muerte, Gonzalo Rojas. Pequeños poemas en prosa, Baudelaire. Amberes, Bolaño. Ampliación del campo de batalla, Houellebecq. Mirando los libros, pienso que sólo quiero otro al terminar uno, para cubrir así la soledad y el tiempo por delante que me ha dejado el voltear su última página.
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Veo tantas cosas. Es decir, teteras, ollas, velas, incienso, sahumerio, colgantes atrapasueños, talismanes, relojes, relojes, relojes, flautas, cuerdas de guitarra, destapadores, botellas, calzones, camisetas, lentes, parkas, cepillos, televisores, radios, pelucas, ternos a medida, tenedores, bocinas, timbres de goma, medallas, diplomas, escarapelas, linternas, cordones, flores secas, flores plásticas, cuchillos, toallas, talonarios, resmas de hojas, tinta china, bongóes, alfileres de gancho, máquinas de afeitar, prótesis, fajas, plantillas, amuletos, balas, casacas de cuero, toallas, bicicletas, tuercas, colchones, frazadas, sábanas de plaza y media, anteojos, spray, calcetines, condones, uña de gato, refrigeradores, cocinas de dos platos, vinilos, cassettes, jeringas, tabaco, licores, Buda, pisco, cervezas importadas, espejos, pan de pita, dobladitas, tinta de impresora, tacos, lápices, trajes de baño, soldaditos de plomo, Pinochet, cinta de embalaje, mecheros, parrillas, tostadores, celulares, pilas, pantuflas, vasos, revistas antiguas. Veo tantas cosas y quiero comprarlas todas. Deseo llevarlas conmigo. Busco la primera vez en que las vi, pero estoy muy lejos de recordarlo. Sólo sé que desbordan mi vista y eso es todo. Lo demás es una botánica del asfalto de la que siempre quisiera huir, pero no puedo.
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Cansado de la multitud. Mi pronto arribo a la Alameda es un descenso y dos veredas que se abren. El ruido captura mi voz. Yo quiero nombrar, transgrediendo el bullicio de la calle, un camino que jamás converge. Crónica del forastero. Nunca conseguí alguna familiaridad con ella. Soy un desconocido, sin nombre ni apellido. Soy sólo pasos. Un hombre en tránsito, perdido en la multitud, devastado por el cemento, tránsfuga en un bosque de ladrillos. Señales, letras, colores, memoria, tanta gente. Animal inclasificable en la explanada. Una caravana que avanza y no se detiene a recogerme. Un mar de alientos, manos y sexos deambulan, en un solo sentido. A la inversa de lo que necesito. Hurgo, busco, registro, sólo me queda el desvío, salir y abandonar la inspección de obras. Me he perdido en San Diego, y apenas tengo el recuerdo, ahora más fresco sí, de estas instantáneas para mi memoria. La gran desgracia ha sido no poder nunca estar solo. Un error insufrible fue mi programada visita. Nada quedará cuando me vaya, lo sé.
Posted on Marzo 17th, 2008 por Roberto
Filed under: El ojo blindado

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