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La crítica como autobiografía

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¿Cómo definirías la crítica literaria y la reseña?
Una crítica es una forma de abordar una obra literaria. Eso implica una contextualización, es decir, acercarse a un libro desde su producción considerando –esto se vuelve un requisito fundamental– al autor. ¿Quién ese sujeto que habla por medio de unas páginas? ¿Cuál es el acto de hablada que lo lleva a proferir, en tal o cual formato o género, un discurso, un texto, su visión figurada del mundo que le toca vivir.
¿Qué hace de un crítico alguien idóneo para ejercer ese oficio?
Sus lecturas. El ser un lector atento, desocupado –como quería Cervantes– para intentar, aventurar, allegar con su mirada un objeto que, en los tiempos que corren, cuando se dice leer tan poco, busca que otros por su función (diría gracias a su quehacer) se acerque a ese insecto que, de la noche a la mañana quedó convertido en un horrible escarabajo, tan repulsivo para muchos y tan cercano para los que husmean o bucean en el corazón del hombre, en ocasiones más parecido –a nuestra pesar– a un pastel de mierda. La “tormenta” aquella que Roberto Bolaño quiso acusar en aquel libro que terminó llamándose Nocturno de Chile.
Respecto a cómo se define una reseña, respondo con lo dicho por mi amigo y editor periodístico Miguel Paz: “Debes escribir directo, pensando en que el autor del que hablas se ubica justo al medio: entre los lectores que lo desconocen totalmente y los expertos que leerán tus escritos buscando nuevas referencias”. Los que saben y los que no saben. ¿Dónde poner fin a lo que se dice? La respuesta no siempre está en los caracteres asignados, desde luego, sino en lo dicho por Juan Rulfo: “Escribir, es cortar”.

¿En cuál de las dos categorías clasificarías tu trabajo?
Mi experiencia de lectura, desde siempre ha sido la de un sujeto que además de leer, también produce sus propios textos: novela, cuentos y poesía. Creo que, aparte de cierta formación literaria (estudios mediante) y la transmisión diría del ejercicio de lectura a novatos lectores-estudiantes (con mis años como profesor en escuelas) he llegado a la conclusión de que una buena crítica debe convivir con otros géneros, reconocer en su indefinición los cruces de entradas y salidas, llegar y perderse en su laberinto: crónica, relato o testimonio. Ya lo advirtió Ricardo Piglia, ese zorro de los géneros profanos y apócrifos, que debería entenderse “la crítica –como– una forma posfreudiana de la autobiografía”
Vid. Trabajos realizados en revistas El Periodista, La Calabaza del Diablo, “Territorios en fuga. Críticas sobre Roberto Bolaño”, www.critica.uchile.cl, www.lanzallamas.com.

Consideras que en prensa se privilegia la reseña por sobre la crítica literaria propiamente tal. ¿Cuál es, a tu juicio, la razón de esto?
Como en tantos espacios públicos, la forma de aproximarse a la cultura se ha trivializado, entregándose a la mediación publicitaria y el consumo de bienes materiales. Se escribe para vender, no para difundir lecturas. Se escribe como extensión de la vitrina, más que como rescate de la tradición literaria. Por lo mismo, la tarea fácil – porque eso es una reseña– es cortar y pegar la misma solapa o contratapa, mientras la “crítica de ficción”, intenta leer y dar cuenta de esa lectura, despojada del negocio, del libro de regalo, del cóctel, de las gracias totales y el estatus del comentarista de libros, ergo, un sujeto culto en medio de subnormales. La “crítica de ficción” alejada del vivir al alero de un diario, sabiendo que lo dicho desde esa tribuna construye o define las líneas de lectura y sobre todo de ventas. ¿A quién se le ocurre hacer un ranking de los más vendidos? No sería bueno entonces, también hacer un people meter, que nos diga de una vez por todas: ¿Cuánto leen los chilenos?

¿Cómo describirías la crítica literaria pos dictadura?
La crítica posdictadura tiene dos aristas, una más tradicional que otra, una más de avanzada que otra. Una es la escuela de Alone y Valente. La otra la de Mariano Aguirre, Carlos Olivarez, Patricia Espinosa, Milton Aguilar, Camilo Marks, donde salvo este último, los anteriores supieron quedarse fuera de esa corriente de (in)conciencia que levantó y no quiso soltar, el llamado fenómeno editorial de la Nueva Narrativa.
En ese sentido, lo que se hizo la primera década (1990 en adelante) tuvo el peso de describir, en medio de las tinieblas, una suerte de renacimiento de la literatura chilena. Sin embargo, creo que eso fue una parte, ya que en esos mismos años murió José Donoso, Jorge Teillier y muy poco antes lo había hecho Enrique Lihn. Y habría que preguntarse qué tan importante fueron esas muertes en la escena literaria que inscribía como redentores a Carlos Franz, Alberto Fuguet, Gonzalo Contreras, Sergio Gómez, Jaime Collyer, Marcela Serrano, Diamela Eltit o Carlos Cerda.

Consideras que la reseña tiene fines publicitarios o literarios.
Creo haberlo respondido antes.
La crítica literaria, salvo la producida en medios independientes y autogestionados, siempre recibe libros para comentar, y como ocurrió en varias ocasiones, durante el tiempo del Taller de Crítica Literaria en la U. De Chile, no dejan de escucharse los telefonazos para saber cómo, cuándo y por quién será comentado el pan recién salido del horno.
Aunque quizás debamos entender esa situación desde la condición desde la terrible naturaleza que se ha impuesto en la prensa escrita y que Gilbert K. Chesterton expuso tan bien: “El periodismo es el arte de llenar columnas impresas al dorso de los anuncios”.

Consideras que se privilegian los textos de editoriales transnacionales por sobre las nacionales.

Bajo la misma premisa de venta y difusión, según los conglomerados editoriales, estos irán entregando los títulos de acuerdo a su propia línea editorial.
En lo que a mí respecta, tiendo a interesarme en los textos nacionales. Acaso porque soy un convencido de que lo que viene de afuera, como diría un feriante, son sandías caladas. Pensando estrictamente en la pertinencia de realizar una crítica a esos libros. Versus lo que circula en el propio país, que son autores recién aparecidos o con vasta trayectoria, con los que todavía intento componer mi propia Biblioteca Imaginaria. Personalmente, insisto, me preocupan las reediciones de Manuel Rojas, de José Donoso, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Mauricio Wacquez o Juan Luis Martínez; qué iría a publicar Roberto Bolaño, lo último salido de Claudio Bertoni, de Germán Marín, Ramón Díaz Eterovic, Gonzalo Millán, José Ángel Cuevas, Germán Carrasco, Francisco Mouat, Alejandro Zambra. Y con ello no digo que no me preocupe saber de Paul Auster, Ricardo Piglia, Michel Houellebecq, Antonio Tabucchi, Enrique Vila-Matas o los nuevos hallazgos de Raymond Carver, si quedan más gavetas que desempolvar.
Porque creo que el oficio, diría el verdadero trabajo de un crítico, es componer la biblioteca futura. Eso de escribir bien o en la mayoría de los casos “mal” sobre lo que va apareciendo no es mi tarea. Hay mucha gente vendiendo al mercado piedras roñosas como diamantes, mientras yo prefiero decir con Luca Prodán: “Mejor no hablar de ciertas cosas”.

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