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¿De qué viven los escritores?

Dispuesto a caminar desprevenido
me embriagué de calle
Yo y los Otros
como lo hiciera Wallraff
hundiéndome en la derrota de los hombres
La escena que me tocó en el reparto
no ha terminado de ajustarse con mi sombra.
Sentí agitarse el corazón en mis manos
y una cabeza llena de ideas dispersas
fue cercando un pavor a ras de piel
Pues,
si un revólver aparece en escena
debe ser disparado, escuchaba decir en ruso.
En el espejo de la distancia sólo veo
Espejismos del destino:
Lecciones de escritura
Ejercicios de estilo
Manuales de instrucciones
para hacer una carrera literaria
Chéjov de médico a escritor
Bolaño en el centro del texto halló la lepra
A Lihn entre sus papales lo encontraron muerto
Millán el 2006 dejó la vida se lo fumara.
¿Cuánto ganan los escritores?,
decía falseando una pregunta Carver
Tienen que hacer muchas cosas para vivir
Fue su respuesta.

En esa parte de la calle Iván Cea me dispara
Caminando desprevenido
y la mirilla de su cámara hace un recorte en esa tarde
El ojo blindado que me has regalado
me mira mal, me mira mal.
Deberás seguir haciendo
otras cosas para vivir, pienso decir
Siempre fue demasiado tarde.

Carne de cañón

UNO. Carlos Droguett en el cuento “Un muerto en el atardecer” de 1935, escribe: Un muerto es siempre un pretexto para tanta cosa.

DOS. Siberia comienza con “Opinión pública: Paola ya no está como para confirmarlo. Pero también se lo escuché decir a doña Juani, lo dijo la señora Ninfa, lo repitió mi tía María, la Pilar, don Arturo, la señora Rosa Guzmán de la capilla, don Checho y la mamá del Jaime Ferrada. Luego vendría a confirmarlo don José Viterbo y la señora Mercedes, quienes camino del trabajo, notaron en la calle que llevaba al Colegio, la sangre regada alrededor de una caseta telefónica.
Fue el tema común a la hora del almuerzo y en la cola del pan por la tarde.
Mi abuela y mis tíos en Parral, también pensaron, por las facciones y ropas que llevaba el acribillado, debía tratarse de mi padre.
Tanta fue la conmoción que conseguimos el diario La Tercera y un ejemplar de la revista Solidaridad que publicaba la Vicaría.
Mis oídos de entonces, mis ojos de ayer, a partir de ese invierno de 1984, supieron que ya nunca más verían lo mismo.
Una ráfaga de balas borró mi realidad”.

TRES. Comuna de Macul. Lunes 02 de julio de 1984. Siendo las 23:30 horas, Enzo Muñoz Arévalo y Héctor Patricio Sobarzo Nuñez, se movilizaban en un vehículo por Avenida José Pedro Alessandri. Estacionaron el auto frente al conjunto habitacional Don Camilo, a pocos metros de la Rotonda de Departamental, bajándose el segundo a una cabina para hablar por teléfono. En ese momento aparecen numerosos vehículos con personal de la policía civil, quienes disparan contra Muñoz y detienen con vida a Sobarzo; lo introducen a un vehículo y más allá le disparan, tirándolo a la calle. Éste último tenía 31 años, era casado, padre de un hijo, profesor de Historia y Geografía en el liceo “Villa El Cobre”, escribía poesía, militaba en el MIR y era además presidente de la Agrupación de Profesionales Democráticos y participante activo del Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo, CODEPU.

CUATRO. Santiago de Chile. 05 de julio de 1975. Una casa. Un departamento. Una oficina cualquiera de la capital. Un escritor y un periodista. O mejor: Carlos Droguett y un joven profesor de literatura conversando sobre libros, el Golpe de Estado y la resistencia política, mientras llueve por tres días seguidos sobre la ciudad. Ninguno de los dos sabe que esa será la última entrevista de Droguett en Chile. Ignacio Ossa, no sabe que un mes después de que consiga sacarlo del país, él será detenido por la policía secreta y su cadáver desnudo y martirizado, sin uñas y sin ojos, será rescatado de la morgue recién el día 22 de diciembre.
Jaime Ignacio Ossa Galdames era poeta, dramaturgo, académico de la Universidad Católica y encargado por el MIR de proteger al autor de Sesenta muertos en la escalera, Eloy, Patas de perro, Todas esas muertes. Droguett logra asilarse en Suiza junto a su familia a comienzos de septiembre de 1975. Alrededor de las 11.00 hrs., del día 20 de octubre de ese mismo año, seis agentes de la DINA –cinco hombres y una mujer– ingresan violentamente a la casa de Ossa, en calle Argentina # 9157, comuna de La Cisterna. Sólo se encuentran sus padres y José Moya Raurich, también militante del MIR, quien es atado e interrogado. Éste llegará cerca de las 12.00 hrs., e inmediatamente será golpeado, mientras trasladan a sus padres a otra pieza. Cuatro horas más tarde se llevarán a ambos jóvenes envueltos en frazadas y los suben a una camioneta. Sus familiares permanecerán cinco días retenidos e incomunicados en su propio hogar, convertido en una “ratonera” por los agentes militares. Testimonios de cercanos dicen que Ignacio Ossa fue torturado y se le vio durante días vomitar sangre en Villa Grimaldi. Sin embargo, un oficio militar señala que el detenido se habría arrojado a las ruedas de una camioneta policial, mientras era dirigido, supuestamente, al reconocimiento de una casa donde se escondía documentación subversiva: “Dio un salto hacia otro vehículo en marcha, siendo arrollado por éste con sus ruedas delanteras. El individuo falleció inmediatamente”, declara el informe suscrito por Manuel Contreras. Aunque no existen registros de accidentes de tránsito al menos en ese día, a esa hora, ni en esas intersecciones de Av. España.
Droguett, por su parte, en octubre de 1976 publicará en Palma de Mallorca un relato enrabiado y ofensivo sobre la Junta Militar, dedicado a su memoria. Se llama Sobre la ausencia. En Chile prácticamente nadie lo leyó, ni lo ha leído hasta ahora. Un relato alegórico, donde ante la solicitud de un Te Deum en la Catedral, el Obispo de turno se niega, y la iglesia revienta en sangre y excrecencias la ciudad. Algo así como el país entero.

CINCO. Eliodoro Hernández Astudillo es el verdadero nombre del “ñato Eloy”, natural de Chicureo, bandido que asolara los faldeos precordilleranos y los caminos de la zona central del país, a comienzos de la década del cuarenta. Año en que es acribillado por la policía. El mismo sujeto que la novela Eloy intenta recrear en sus últimas horas, una noche de julio de 1941, estando cercado en un fundo de Pirque por las luces de las linternas y las carabinas de quienes han venido a hacerle saldar sus cuentas con la justicia.
La última noche al borde de sí mismo.
Eloy está empañado, transparente, quebrado. Como un vacío por llenar, dolorosamente abierto, herido, se desangra, busca reconocerse. “Soy el abismo, cualquier abismo, todo el abismo”, dice, piensa, siente. Su existencia está constituida por esa herida, resume su permanencia, primero, entre las cuatro paredes de negro encierro, y ya al final en la oscura y vegetal humedad donde será fulminado. Y aunque se siente morir, está dispuesto a resistir la anunciada muerte: no la evita, va hacia ella. La nombra, la describe, la dimensiona con su rudimentario lenguaje. Es un hombre al acecho. Su memoria es prisionera de esa condena.
Cito: “Soy un bandido, se sonreía a veces para sí, tratando de comprender y abarcar su destino, un bandido sin alma y sin entrañas, un salteador infame (…) He muerto a muchos que ya no me acuerdo y mataré a muchos más todavía que no sé dónde andaban ni lo que hacen, ni lo que van a hacer, ni lo que les voy a hacer, soy malo, empedernido, repugnante y sanguinario, cada vez más cruel, cada día y a cada hora más perdido y hundido de sangre, dicen los diarios, la radio, el vecindario (…) Murmuraba aguijoneado por los recuerdos y se sentía desfallecer por eso, porque recordaba y si no recordaba se moría”.
La vida criminal fortalece su acción y logra perpetuarse con su violencia.
La violencia vista como una cláusula de muerte. Una cosmovisión no encontrada en otro lugar. Una forma de acercamiento, su espacio de intimidad, un vínculo ambiguo e inmediato con el otro. Cadenas. Cruces. Redes. La última posibilidad de definir su existencia. Esa es la fractura y también su imposible. Lleva pólvora en las venas.
Entonces lo que le queda es recordar sus muertes. Hacer un recuento de los muertos, de las vidas que se fueron. El calor, los gritos, la violencia, la sangre. “No estamos solos mientras recordamos”.
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Escribo para olvidar

No podría olvidar a mi viejo desarmando un cálefont para ir a vender sus partes a Franklin, por cobre, bronce y latas.
No podría olvidar las pestañas mojadas de mi hermano jugando al buzo en el lavamanos un verano a mediados del ’80.
No podría olvidar las manos de mi madre cortando y luego cosiendo tardes enteras el género comprado en Macul con Irarrázaval.
No podría olvidar los pelos vivos del canal fiscal en Parral.
No podría olvidar la foto del cuerpo acribillado de Patricio Sobarzo a metros de mi colegio.
No podría olvidar el perfil de mi amigo Pablo recortado con la nieve de un ventisquero en la Carretera Austral.
No podría olvidar la sonrisa de mi madre en esas fotos antiguas, felices los cuatro, en el Parque de Lota.
No podría olvidar mis lentes reflejados en la ventanilla de un bus, viajando sin destino, leyendo las historias de Maqroll el Gaviero.
No poría olvidar su delgadez extrema fumando en las ruinas de un cerro en Talcahuano. Siga leyendo…

Viajes & lecturas

“¿Qué le proporciona el viaje al lector?”
BENJAMÍN

Pasajero en trance

Durante mucho tiempo pensé que la forma más grata de viajar era leyendo. Leer como un acompañamiento del trayecto. Hasta llegué a pensar, al mismo tiempo que desear con unas ansias incontrolables, que viajaba para leer. O al menos para mí, esas ganas de entregarme a la ruta, sin importar la distancia del viaje, no tenía más objeto que convertirse en una doble condición de pasajero: uno, quien iría desplazándose hacia un destino físico, y otro, ese que se entregaba al viaje, diría más bien a la perdición en un laberinto, que es como vi transformarse muchas veces las páginas en que cansé mis ojos y los mejores años de mi juventud en la ruta. Ambos inevitables ejercicios de huida, de abandono y fuga. Una sensación que, más allá de la simple analogía, consigue hacer de ese mismo trance –el tiempo suspendido y en blanco de la lectura– un fabuloso desdoblamiento, donde se deja de ser uno y de habitar en el mismo lugar de origen.
Horas perdidas, entregado a la distancia y la demora.
Horas maravillosas perdidas dentro de papeles apilables como los años, en duras tapas que, sin saberlo, irían dibujando las fronteras de mi memoria.
Probablemente sean más los libros que recuerdo haber leído, que los lugares donde he estado. Las tierras visitadas se desplazan cubiertas de una nebulosa que mi recuerdo sólo sitúa a partir de sus títulos, autores muertos e historias irrepetibles; todo eso contrastando con una vida errante, apenas reducible a un paisaje, donde a ratos mi sombra acusa cierta forma de permanencia. Una sombra movediza y crepitante, como letras consumidas en el fuego del olvido.
Leí los mejores cuentos de Onetti camino a la Patagonia, perdido en carros anacrónicos y transportes fantasmales, con tanto tiempo para las detenciones como para los saltos de mi vista, entre los pasajes que parecían hundirse en los charcos de Santa María y unos atardeceres, supongo, cerrados y rojizos, sobre la línea de mi nariz adolescente. Sí, esos saltos de ruinosos caminos fueron la forma de pausar o bien de obstinarme en seguir leyendo páginas que como puntos dispersos no dejaban hilara secuencias, las filigranas de hormigas gráficas que organizaban su auxilio. Alguna vez un amigo me aconsejó que leyera, dada la brevedad y la mínima concentración que requería, según él, preferentemente poesía cuando saliera de viaje. Con los años comprobé que el consejo, más que como una certeza, buscaba nos dedicáramos a leer siempre más versos, haciéndome desistir de las latas novelas que tanto me gustaba retomar, infatigable, venciendo el sueño y la lenta reconstrucción de unas tramas intrincadas, más parecidas a proezas sobre un andamio, cuando caía en Mann, en Proust o los calamitosos supuestos de K.
El tiempo haría lo suyo y en un mismo viaje, conseguiría hacerme de Veinte poemas para ser leídos en un tranvía de Girondo. Un libro que, más que una apuesta a la justificación, conseguiría alumbrar episodios de cierta vanguardia porteña de comienzos del S. XX, sólo comparable a la aventura prosaica y urbana de Poe, incapaz de encontrarse solo en la multitud, o el Baudelaire benjaminiano del flâneur, que tan bien me haría resistir, entre viaje y viaje, la horrenda ciudad de la furia donde solía retornar, como si Ítaca siempre hubiera sido parte de un oráculo imposible. Impregnado de una nostalgia de los lugares que nunca conocería. Un sello del viaje, devenido en lector o viceversa. Siga leyendo…

Iluminaciones

Tal vez sea la primera y última vez que refiera algo mío de manera tan personal. Hoy al medio día llamó la corredora de propiedades, con la que no me he llevado precisamente bien durante el tiempo que arrendamos, para decirme que vendrán en estos días a ver la casa. ¿Quiénes?, digo yo, sin salir del asombro. Me responde que el hijo del dueño se casa en estas fechas y que la ocuparán desde entonces, si es que a su futura esposa le gusta. A mi pregunta sobre cuánto tiempo tendríamos para dejarla, me responde que tres meses, a contar del día que recibamos una carta certificada donde se notifique todo esto. Es decir, un mes por los años que llevamos viviendo en ella. Nos mudamos en abril del 2005. Tiempo en que nos pusimos a vivir los tres, junto a mi mujer y su hijo. Desde ese tiempo que somos una familia, con antejardín, perro y piscina. Muchas cosas han pasado en tres años. Indudablemente. Y la llamada no deja de ser extraña, como si estuviera ocurriendo en una mala novela de enigmas, donde le dicen al protagonista que debe dejar su casa, cuando no se lo espera, y ni siquiera se ha hecho la idea de tener que mudarse.
El consuelo es el de siempre, en estos casos, y es que todo cambio será para mejor. Aunque suene a cliché, sí lo creo e intento convencerme de esa perspectiva buscando tranquilizarme. Y me animo a agregar también, la etimología de cambio y de crisis y su homologable naturaleza que las une. Un quiebre en el orden de los acontecimientos puede provocar efectos –para seguir con las analogías– inesperados, como el aleteo de una mariposa y un efecto dominó que pueda desatar un tsunami en alguna costa desprevenida. Siga leyendo…

¡Chissst!

Cuánta razón tuvo Chéjov en su cuento “¡Chissst!” (1886) al describir la angustia que provoca la entrega de una colaboración a un periódico y no lograr concentrarse. Este relato, escrito entre las horas que el joven médico le robaba a su turno en el hospital y firmado como A. Chejonté, corresponde a las primeras historias que enviara a revistas locales, intentando hacer lo que más deseaba: llegar a vivir de la literatura.
La anécdota es sencilla: Iván Yegórovich Krasnujin, escritor por encargo, desesperado porque no consigue silencio en su propia casa para escribir, grita a su mujer, gruñe por el llanto de sus hijos, se pelea con su empleada y ruega a su criado que no rece en voz alta, porque no logra dar ni con el título y las horas sólo avanzan. El cuento es breve y cómico, pero como todas las narraciones de Chéjov, logra hacer del ridículo una aguda crítica a la condición humana, la que así pasen los siglos siempre será absurda e inevitable: “Nuestro trabajo, este trabajo maldito, ingrato, de presidiario, no fatiga tanto el cuerpo como el alma… Debería tomar unas gotas de bromuro… Oh, Dios es testigo que, si no fuera por la familia, mandaría a paseo este trabajo… ¡Escribir por encargo! ¡Es horroroso!”.
¿Por qué recordar justo ahora este cuento? Podría tener varias razones, pero una sería mi respuesta más rápida. Me carga sentirme obligado y por eso tengo que pensar en un escritor que admiro para darme ánimos. Pero no, creo que al contrario, cuando no es inspiración lo que nos falta sino voluntad, es saludable ponerse fechas, fijar horarios, establecer límites de extensión y todas las estupideces de las que arrancan los “creativos”.
Suena a imposición, pero la exigencia es un mal necesario. Y quizá el problema sea ese, el andar buscando excusas, como Krasnujin, para no hacer lo que tenemos que hacer y dejar de darnos vueltas alrededor del escritorio, sin más ganas que las de respirar, pensando que es nuestra inocencia la ofendida cuando se nos pide echemos afuera eso que tenemos más que atorado, dormido por la flojera, la desidia, esa languidez tan parecida al placentero ocio, que nos hace mirar todo como inútil. La realidad siempre nos supera. Y de eso somos fáciles presas. Tengan por seguro que si no hiciera el calor que hace, lo solo que me siento y mi ventilador estuviera bueno, yo estaría hablando de otra cosa, evitándome este papel del loco, jurando y re jurando sobre todas las columnas que nunca, pero nunca, escribiré. Cuánta razón tenía Chéjov.

Los caballos de Carver

Antes de entrar en la conversación de fondo, con dificultad habíamos conseguido habitar el bar Galaxia en Lincoyán esquina Freire, en el cuadrante céntrico de Concepción. Aunque llamarlo bar, habría sido convertirlo en algo muy lejano a lo que en verdad era, con esa forma de cantina o chichería, donde nos introdujimos y tanto nos costó salir. Más de lo pensado, a un tiempo en que vimos llegar botellas y más botellas, sin dejar de conversar durante horas, a medida que supusimos ya debía haber oscurecido, siendo la hora precisa de nuestro despegue. Pero eso fue muy tarde y lo importante ocurriría adentro.
De las conversaciones retengo sólo algunos flashes, diálogos entrecortados, momentos fracturados donde Roberto, que así empecé a decirle en adelante, me iría contando de sus lecturas. Aunque sería más exacto decir: sus estudios comparativos, señalaba, en los que se hallaba trabajando hacía meses (lo de estudio entonces en lugar de sorprenderme, me pareció de una rigurosidad tremenda, sin embargo ahora no deja de causarme risa dada la ridiculez de sus alcances) sobre la obra de Chéjov y de Carver, simultáneamente, insistió. Las copas nos abatían como perdidos en la cubierta de un barco ebrio, pero todavía me acuerdo, de mucho me acuerdo, tanto como para reconstruirlo, si es que ustedes me lo piden. Según Contreras, Chéjov solía incorporar en sus historias a sus animales preferidos, los caballos.

No dijo con qué regularidad y si me dio los títulos de sus relatos no los retuve, aunque debió ser uno, que es el más conocido: “Tristeza”. Eso puedo confirmarlo incluso ahora. En el caso de Carver, y en esto sí que fue enfático, incluso demasiado pedante diría yo, supo dar varios nombres de sus cuentos y no menos de tres poemas, donde aparecían patos, salmones, referidos puntualmente a episodios de pesca o caza. “Porque me imagino que tú debes saber, que Carver, además de ser un buen cuentista, fue también un asiduo cazador”, dijo. A lo que yo podría haber agregado la figura de Hemingway, pero ahí la cosa habría sido otra. El remate, o lo que él veía como la conclusión de su tesis, así mismo dijo, contándomelo con un inusitado entusiasmo y buscando durante un largo rato el arco mortecino de luz para ver mejor mi cara, decía Roberto, lo había encontrado en una revista inglesa, cuyo último número lo habría comprado o robado en una librería céntrica, y se trataba, aseguraba ansioso, de un texto inédito que sabía se convertiría en un punto crucial para entender lo que él identificaba como los últimos días de Carver. A partir de esa proyección en su análisis, debía suponer el texto aún se encontraba en su idioma original, instalando un futuro distante en sus alcances y, por tanto, también de mi lectura. En ese cuento, decía Roberto, Carver se superaba a sí mismo, y dejaba a sus aves de corral, pescaditos de colores, para dar paso también a la presencia de caballos. El cruce con Chéjov esta vez, premeditado o no, resultaba ineludible, puesto que el relato, me anticipó a decir en tono de advertencia, “lo compartirás conmigo, Urbano. Es hermoso”. Y ahora estoy seguro de que tenía razón, cuando pude conseguir el aludido “Si me necesitas, llámame”, y me curé de espanto. Siga leyendo…

Contrapunto 5

Fijar la vista en un punto muerto
dejando que la realidad se difumine
¿Qué ves?
Nada
Apenas siento el sonido
del ventilador en el PC.
Luego
Dejo caer los dedos
ejecutando una sinfonía universal.
Mis ojos reflejarán
ese blanco profundo
incandescente
por toda una eternidad.

Sábado 05 de abril, 11.58 hrs.

Harakiri

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En un círculo de llamas
el escorpión
prepara su Harakiri.

Espectro

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No cabe duda de que si no hubiera sido el pero tener que dar cuentas de lo que había pasado, efectivamente y sin problemas, habría podido quedarme en su casa. Me habría refugiado en casa de Laura el tiempo necesario que me hubiera llevado saber que todo volvía a la calma, que ya había salido invicto del pleito y las posibles pesquisas. Pero no fue así. Esa noche apenas pude discar el número (el que todavía sabía de memoria), colgando inmediatamente al oír la voz de alguien que no era la suya. Entonces desistí, evitando hacer el papelón del desesperado. Me quedó esperar con paciencia el paso de las horas, hasta que llegara el cansancio, para dormirme muy tarde, sin hacer nada, pero ocupado en vagos planes, en insalvables lagunas, en rollos nunca resueltos, en nudos, en ceguera, empeñado en hacer la hora para salir muy temprano, de alba, haciendo uso de los pasajes al sur que, con justa anticipación, teníamos comprados con Víctor: pasillo/ventana.
Y sí.
Llego a tu casa a una hora impresentable como para hacerlo solo, sin ti, tal y como muchas veces lo habíamos hecho, regados por unos tragos, risueños, abrazados en constante excitación, riendo, cada tantos metros arrebatándonos el cuerpo para besarnos, despojados, por entre las ropas abrigadas, manos y dedos, entrando camino del pasaje, de la reja y la puerta de calle, con tu llave cuidando el silencio. Yo y un pequeño pero incómodo bolso de viaje, que desconozco, acomodado en mi mano empuñada, decidido a golpear la puerta de entrada. Nada de timbre esta vez. Tu madre, despreocupada, invitándome a pasar. Como si supiera que iría y que no sería extraño aparecerme de repente, así. Como ya todos van recogiéndose a sus dormitorios, me indica me vaya al tuyo, con una naturalidad que siempre le fue ajena, dándome además absoluta libertad para que ocupe la cocina si necesito algo, un café, leche caliente, cualquier cosa. Buenas noches, que duermas bien, usted también, apaga las luces, no se preocupe. Yo buscando algún fuerte, un trago que tu padre quizás guarde por ahí, porque no tengo ganas de dormir, y sólo quiero estar tranquilo. Pienso en música, pienso en leer, si puedo. Después de todo a eso habré venido, a distraerme, de ahí la urgencia y lo imprevisto de mi visita. Entonces dejo mis pertenencias en tu pieza. Qué bien conozco cada rincón. Todo está igual, salvo algunos detalles que me detengo a mirar cerca de la ventana, en la mesita del velador. Busco ausencias, pero confirmo que casi todo lo mío, lo nuestro, permanece. Busco presencias y están todas. Sonrío. En el comedor, con un encendedor, busco en la biblioteca alguna solapa de libro que me llame la atención, pero los libros se me repiten, se prolongan alineados, como si fueran siempre el mismo: color, ancho, altura. Nada es nuevo. Evito quemarme, quiero que la luz permanezca encendida por más tiempo, pero mi mano se agota, me duelen los dedos, lo apago. Luego en la cocina, busco en la licorera el ron que robábamos a tu padre, sirvo dos medidas y me voy a la pieza. Es tarde y no llegas. No estás y yo estoy solo en tu habitación quitándome la ropa para acostarme, no para dormir, sino para capear el frío, o tal vez la soledad, el vacío.

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