
UNO. Carlos Droguett en el cuento “Un muerto en el atardecer” de 1935, escribe: Un muerto es siempre un pretexto para tanta cosa.
DOS. Siberia comienza con “Opinión pública: Paola ya no está como para confirmarlo. Pero también se lo escuché decir a doña Juani, lo dijo la señora Ninfa, lo repitió mi tía María, la Pilar, don Arturo, la señora Rosa Guzmán de la capilla, don Checho y la mamá del Jaime Ferrada. Luego vendría a confirmarlo don José Viterbo y la señora Mercedes, quienes camino del trabajo, notaron en la calle que llevaba al Colegio, la sangre regada alrededor de una caseta telefónica.
Fue el tema común a la hora del almuerzo y en la cola del pan por la tarde.
Mi abuela y mis tíos en Parral, también pensaron, por las facciones y ropas que llevaba el acribillado, debía tratarse de mi padre.
Tanta fue la conmoción que conseguimos el diario La Tercera y un ejemplar de la revista Solidaridad que publicaba la Vicaría.
Mis oídos de entonces, mis ojos de ayer, a partir de ese invierno de 1984, supieron que ya nunca más verían lo mismo.
Una ráfaga de balas borró mi realidad”.
TRES. Comuna de Macul. Lunes 02 de julio de 1984. Siendo las 23:30 horas, Enzo Muñoz Arévalo y Héctor Patricio Sobarzo Nuñez, se movilizaban en un vehículo por Avenida José Pedro Alessandri. Estacionaron el auto frente al conjunto habitacional Don Camilo, a pocos metros de la Rotonda de Departamental, bajándose el segundo a una cabina para hablar por teléfono. En ese momento aparecen numerosos vehículos con personal de la policía civil, quienes disparan contra Muñoz y detienen con vida a Sobarzo; lo introducen a un vehículo y más allá le disparan, tirándolo a la calle. Éste último tenía 31 años, era casado, padre de un hijo, profesor de Historia y Geografía en el liceo “Villa El Cobre”, escribía poesía, militaba en el MIR y era además presidente de la Agrupación de Profesionales Democráticos y participante activo del Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo, CODEPU.
CUATRO. Santiago de Chile. 05 de julio de 1975. Una casa. Un departamento. Una oficina cualquiera de la capital. Un escritor y un periodista. O mejor: Carlos Droguett y un joven profesor de literatura conversando sobre libros, el Golpe de Estado y la resistencia política, mientras llueve por tres días seguidos sobre la ciudad. Ninguno de los dos sabe que esa será la última entrevista de Droguett en Chile. Ignacio Ossa, no sabe que un mes después de que consiga sacarlo del país, él será detenido por la policía secreta y su cadáver desnudo y martirizado, sin uñas y sin ojos, será rescatado de la morgue recién el día 22 de diciembre.
Jaime Ignacio Ossa Galdames era poeta, dramaturgo, académico de la Universidad Católica y encargado por el MIR de proteger al autor de Sesenta muertos en la escalera, Eloy, Patas de perro, Todas esas muertes. Droguett logra asilarse en Suiza junto a su familia a comienzos de septiembre de 1975. Alrededor de las 11.00 hrs., del día 20 de octubre de ese mismo año, seis agentes de la DINA –cinco hombres y una mujer– ingresan violentamente a la casa de Ossa, en calle Argentina # 9157, comuna de La Cisterna. Sólo se encuentran sus padres y José Moya Raurich, también militante del MIR, quien es atado e interrogado. Éste llegará cerca de las 12.00 hrs., e inmediatamente será golpeado, mientras trasladan a sus padres a otra pieza. Cuatro horas más tarde se llevarán a ambos jóvenes envueltos en frazadas y los suben a una camioneta. Sus familiares permanecerán cinco días retenidos e incomunicados en su propio hogar, convertido en una “ratonera” por los agentes militares. Testimonios de cercanos dicen que Ignacio Ossa fue torturado y se le vio durante días vomitar sangre en Villa Grimaldi. Sin embargo, un oficio militar señala que el detenido se habría arrojado a las ruedas de una camioneta policial, mientras era dirigido, supuestamente, al reconocimiento de una casa donde se escondía documentación subversiva: “Dio un salto hacia otro vehículo en marcha, siendo arrollado por éste con sus ruedas delanteras. El individuo falleció inmediatamente”, declara el informe suscrito por Manuel Contreras. Aunque no existen registros de accidentes de tránsito al menos en ese día, a esa hora, ni en esas intersecciones de Av. España.
Droguett, por su parte, en octubre de 1976 publicará en Palma de Mallorca un relato enrabiado y ofensivo sobre la Junta Militar, dedicado a su memoria. Se llama Sobre la ausencia. En Chile prácticamente nadie lo leyó, ni lo ha leído hasta ahora. Un relato alegórico, donde ante la solicitud de un Te Deum en la Catedral, el Obispo de turno se niega, y la iglesia revienta en sangre y excrecencias la ciudad. Algo así como el país entero.
CINCO. Eliodoro Hernández Astudillo es el verdadero nombre del “ñato Eloy”, natural de Chicureo, bandido que asolara los faldeos precordilleranos y los caminos de la zona central del país, a comienzos de la década del cuarenta. Año en que es acribillado por la policía. El mismo sujeto que la novela Eloy intenta recrear en sus últimas horas, una noche de julio de 1941, estando cercado en un fundo de Pirque por las luces de las linternas y las carabinas de quienes han venido a hacerle saldar sus cuentas con la justicia.
La última noche al borde de sí mismo.
Eloy está empañado, transparente, quebrado. Como un vacío por llenar, dolorosamente abierto, herido, se desangra, busca reconocerse. “Soy el abismo, cualquier abismo, todo el abismo”, dice, piensa, siente. Su existencia está constituida por esa herida, resume su permanencia, primero, entre las cuatro paredes de negro encierro, y ya al final en la oscura y vegetal humedad donde será fulminado. Y aunque se siente morir, está dispuesto a resistir la anunciada muerte: no la evita, va hacia ella. La nombra, la describe, la dimensiona con su rudimentario lenguaje. Es un hombre al acecho. Su memoria es prisionera de esa condena.
Cito: “Soy un bandido, se sonreía a veces para sí, tratando de comprender y abarcar su destino, un bandido sin alma y sin entrañas, un salteador infame (…) He muerto a muchos que ya no me acuerdo y mataré a muchos más todavía que no sé dónde andaban ni lo que hacen, ni lo que van a hacer, ni lo que les voy a hacer, soy malo, empedernido, repugnante y sanguinario, cada vez más cruel, cada día y a cada hora más perdido y hundido de sangre, dicen los diarios, la radio, el vecindario (…) Murmuraba aguijoneado por los recuerdos y se sentía desfallecer por eso, porque recordaba y si no recordaba se moría”.
La vida criminal fortalece su acción y logra perpetuarse con su violencia.
La violencia vista como una cláusula de muerte. Una cosmovisión no encontrada en otro lugar. Una forma de acercamiento, su espacio de intimidad, un vínculo ambiguo e inmediato con el otro. Cadenas. Cruces. Redes. La última posibilidad de definir su existencia. Esa es la fractura y también su imposible. Lleva pólvora en las venas.
Entonces lo que le queda es recordar sus muertes. Hacer un recuento de los muertos, de las vidas que se fueron. El calor, los gritos, la violencia, la sangre. “No estamos solos mientras recordamos”.
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Posteado el 10|05|08 por Roberto,
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