Manifiesto
CORAZONES EXPLOSIVOS
(Primer Manifiesto Lanzallamas)
Se trata de dejar de decir las cosas por su nombre y convertirlas en acciones. En actos inflamables, del tamaño de las montañas, de los edificios, los supermercados, las multitiendas. Se trata de abandonarse al movimiento que antes nos mantuvo vivos y avanzar. Porque estar vivos no fue suficiente, y entonces es una urgencia adoptar posiciones de combate, en señal de alerta, expectantes, en estado de grito.
Empuñar piedras, disparar balas, lo mismo que preparar alegatos con que escupir en sus caras de espantosa permanencia. Un solo discurso, del tamaño de esa verdad maciza, entibiada en el transcurso de los años. Las palabras hoy queman en los ojos.
El ocio terminó y la hora de la siesta que intentó volverse eterna, nos trajo un insomnio crónico, que nos hizo amar en su vigilia la elucubración, con ideas absurdas y pasiones inconfesables. Complotar en serio, nos resta, y hacerle bromas pesadas al Sistema.
A la inercia del trabajo por la plata, cuando quiso reventarnos el alma, opusimos la diversión y pequeñas formas de libertad instantánea, felicidad de callejones amables, asombrosos, terribles. Estamos para asumir los riesgos, el costo, para extraviarnos en la jungla, en este bosque de ladrillos y torres muertas, donde se anidan aullidos de pavor. Basta de pequeñeces. De la poca cosa aburguesada: cálculo, interés, complacencia. La High Society nos impuso formas de vida a la izquierda, lejos de la trinchera, servida en obsecuencia de camarillas, donde no vimos ajustarse nuestras sombras. Por eso confabulamos algo muy grande: se ordena apagar la televisión, el falso reflejo de las máquinas, silenciar las teclas con que se han compuesto sinfonías de una soledad abismal, ven, ven, conmigo, ven. Esto va en aumento, como un reguero de pólvora.
País de la enfermedad, si así vinieron las dolencias, también en nosotros estará su cura. Natura, hoy me servirás, porque nos va quedando muy poco juntos.
El anuncio de los pájaros de fuego nunca ha sido infalible. Las coordenadas serán simples: una calle, una pared, un stencil, la sangre de nuestras manos. Calcar como primates en las cavernas letras que nos saquen del letargo. Un slogan inquietante, frases hechas y deshechas en la conciencia. Las cabezas incendiadas. Salir, abandonarse, despertar de esta sub-normalidad, presas de la velocidad y el dinero fácil, en que caímos. Forjar a fuego letras de insurrección para cuando vayas de la casa al trabajo, desde el Metro al automóvil, en buses como misiles del espanto, por las sendas del desasosiego. La ciudad tatuada de leones y ángeles de fuego, ya no podrá oponerse. Un cielo rojo dibujado con lenguas de fuego.
Santiago se queme, dinamitemos los cerros de Valparaíso, que hiervan las cloacas de Concepción, Antofagasta arrasada, Punta Arenas hundiéndose en sus golfos, todos los puntos muertos de la geografía, buscando vaciar su sangre en el Oceáno de Matanzas. Cuando el mar es lo único que permanece. De rodillas llorarán sus ríos los que nos han negado el cielo. Llevamos cargas explosivas en nuestros corazones. Somos volcanes, en medio del pantano; rocas ardientes rodando, barriendo, expandiéndose sobre vidas planas, de días ganados a costa de distancias y escapismo. Sin ruegos. Sin pedir permiso hemos llegado. Como el fracaso total del mundo que dejamos atrás.
Sobrevivientes de la conversación, de los codos gastados en mesones; desmesurados y en fragmentos, sentimos el llamado, somos el aullido, somos el presente, escribiendo para el futuro. Ese fuego. Esas llamas. Una siniestra quema a lo ancho y largo de este paisaje, sin salida aparente.
Queremos ver el rojo de nuestras ganas arder en sus pupilas del miedo, como en tus ojos maravillosos, reflejadas estas risas de niños encendidos y estrecharnos con un abrazo hasta la eternidad. Será el fin de los adioses.
Con sudor y ternura, con fulgor y valentía. Desde lo más profundo de la hoguera. Por las llamas.
Lanzallamas
Abril de 2008.
