Aguas Servidas de Cociña

Presentación de Antonio Gil

Entonces éramos aquello que nos ha costado tanto dejar de ser: poetas jóvenes…, y teníamos la próstata del tamaño de una nuez.
Pues bien, los días han corrido bajo los puentes. Igual como estas Aguas servidas de Carlos Cociña, que han cruzado por La Farfana de la Remirada, del reciclado, para volver a ser servidas y servirnos esta vez de hito o apacheta de nuestra poesía perdida. Como seña y signo de la creación surgida en los años de plomo.
Me obliga esta lectura del agua tan fresca como el primer día y servida, siento ahora, sobre la mesa, en un jarro nuevo, a entrar en el túnel del tiempo, ahora por designio del hado, con la glándula prostática más o menos del porte de una pelota de tenis, y escuchar al querido y recordado Humberto Díaz Casanueva, de lejos el más generoso de nuestros viejos hechiceros, sugiriendo a Cociña otro título, para este libro que tanto le gustaba, y que nos leía en voz alta, como si fuese una obra suya.
Pero, si no recuerdo mal, cosa harto posible, el título lo había sugerido Nicanor Parra, así que la cosa no venía fácil para el autor, quien miraba a uno y al otro. Con sus aguas corriendo caudalosa entre dos tajamares aun más caudalosos, aunque esto resulte una paradoja imposible. Estábamos cerca los poetas. La poesía generaba un voltaje cada vez mayor, como si lo que se estuviese buscando fuera la generación de un texto atómico, nuclear, los porfiados hechos indican que ganó parra esta gesta bautismal de uno de los libros más señeros de esos años, en que la poesía era nuestra arma secreta. Nuestra pasión y el motivo primordial de la vida.
Esos años en que aguas servidas nació como una propuesta casi gélida, como de laboratorio, diríamos, poniéndose a la cabeza de una resonancia que nació entonces como una aleación nueva o un polímero desconocido hasta entonces en nuestra tradición poética, estamos en presencia de un curioso ciclo hidrológico, en una secuencia de fenómenos culturales, por medio de los cuales estas aguas servidas pasan de la oquedad subterránea del mito que es como libro , y raro objeto de culto, a la atmósfera de estos días que marchan ahora con nosotros. Pero regresa, a mi módico entender, en su fase gaseosa, sublimada por el hecho mismo de ser recuperada y leída en contextos nuevos, y es entonces también una nube que navega de muy lejos con su estructura, de la que muchos poetas posteriores, quizá sin saberlo son deudores en la entonación y el atrevimiento intelectual. Porque es una nube cargada de granizos. Y de eso se trata a fin de cuentas la poesía. Tradición, transformación, viaje en el tiempo. Rocío y nieve que vuelve una y otra vez al gran vaso común. a la copa del habla sagrada.
Es muy cierto, Carlos, que la historia no tiene importancia para los implicados en la flagelación, la tradición de la poesía chilena es lo que tiene importancia hoy, cuando nos congregamos en torno a la reedición de esta obra ineludible, sin la cual el rumbo de nuestros cursos poéticos no sería el mismo. Ni contendría en sus moléculas, íntimamente, todo aquello que se heló, se evaporó, se licuó en torno nuestro para dejar allí su traza.
La información encerrada en estas líneas, Cociña, es también un silbo de los muertos que no renacerán. Y si las manos siguen siendo capaces de sostener el mar que cabe en el cuerpo, la poesía sigue siendo, pues, el arma atómica, el gran reactor creado por las involuciones de la cruz del sur dentro de una llaga. He querido establecer un paralelo entre el libro que hoy vuelve a estar en los bolsillos y en los veladores de mucha gente. Volvamos al laboratorio por un instante, para descubrir la infinita simetría del agua con este libro entrañable.
Hace ya 15 años que el investigador francés Jacques Benveniste publicó sus trabajos sobre la supuesta capacidad del agua para recordar los componentes que en algún momento fueron disueltos en ella. Benveniste aportó lo que podría ser la base de la homeopatía, una terapia ya centenaria que utiliza sustancias curativas, disueltas en líquidos, considerando que el agua es capaz de recordar mediante complicadas interacciones químicas los componentes de esas sustancias y reproducir sus efectos curativos, independientemente, de la cantidad de sustancias disueltas y de la intensidad de su presencia real en la solución final.
Los trabajos de Benveniste desataron una fuerte polémica en la comunidad científica y en la sociedad, pero no duró mucho tiempo. La polémica vuelve a resurgir ahora de la mano de un químico suizo, Louis Rey, quien asegura que el agua tiene lo que denomina un “efecto fantasma”. Lo ha descubierto al introducir en la investigación una nueva técnica, la termo luminiscencia, según la cual el agua una vez congelada puede ser irradiada y emitir luz al ser calentada de nuevo. Exactamente lo que hoy celebramos con el relanzamiento de Aguas servidas.
Mediante una serie de experimentos, Rey pudo comprobar que sustancias como el cloruro de litio o el cloruro de sodio modifican la estructura de hidrógeno del agua, después de una dilución intensiva, incluso cuando su presencia en una porción de agua se reduce a la mínima expresión, lo que resulta inexplicable porque a esos niveles de presencia su influencia debería ser imperceptible. Es lo que Rey denomina “efecto fantasma” del agua. Ello es similar a lo que ocurre con el flujo de la poesía, y en particular con este libro de Carlos Cociña.
Hace sólo cuatro años, químicos surcoreanos descubrieron que las moléculas disueltas en agua forman grupos cuya evolución depende de la historia de la dilución, lo que ha llevado asimismo a reflexionar sobre este efecto fantasma o supuesta memoria del agua.
Aguas servidas es, en otro plano, aunque a mi parecer no muy distante, porque a fin de cuentas se trata de lo mismo, un ejemplo extraordinariamente similar. Hay entre estas páginas un efecto fantasma que ni los años, ni la caída del pelo, ni el ensanchamiento prostático, ni los cambios sociales, ni la velocidad, han logrado borrar.
Por eso estamos hoy aquí, amigas y amigos.
Por eso levanto para brindar, fervorosamente, y con emoción, esta copa de agua rebosante.

Antonio Gil

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