Carver, una catástrofe tranquila
(Clatskanie, 25 de mayo, 1939 / Port Angeles, 2 de agosto, 1988)

Ray todavía no cumple 30 años, su mujer se ha ido con sus dos hijos, viene saliendo de un cuarto centro de rehabilitación para alcohólicos y nada hace suponer que la vida, como sólo ocurre en sus relatos, puede resurgir desde el abismo más profundo y recomenzar de nuevo. “Tengo una imagen de mí mismo sentado en el living de mi casa con una vaso de whisky en la mano y la cabeza vendada como producto de una caída”. Le han diagnosticado seis meses al ritmo que lleva bebiendo. Nada le saca de la cabeza que su paternidad adolescente, sus estudios interrumpidos y el fracaso como tónica cubriendo todos sus proyectos, lo tienen condenado definitivamente a esa suerte infame. Al final de sus días, recordará tranquilo, que si en ese momento alguien le hubiera dicho que le quedaba por hacer lo más importante y que en la década que venía lograría ser feliz, famoso y reconocido, le habría partido la cara a puñetazos.
02 de junio de 1977. Luego de dos semanas de desintoxicación en un hospital de San Francisco y con la certidumbre de doblegar ese destino alcohólico, heredado de su padre, su abuelo y toda una casta de aserraderos aficionados al trago, se propone partir de cero: “Esa vida ya no existe, y no puedo lamentar que haya pasado. Tengo que vivir en el presente. El pasado es verdaderamente un país extranjero”. Desde ahí intentará vivir de lo único que tiene: el ahora, sin cansarse de repetir que esa corresponde a una “segunda etapa” en su vida, una propina generosa. La otra oportunidad que se da cuando conoce a la poeta Tess Gallagher, quien consigue le reconozcan su libro publicado el año anterior, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, surjan los ofrecimientos universitarios, comience a dar clases de escritura creativa, hasta llegar a convertirse en un referente entre los círculos de académicos, críticos y escritores que circulan por fuera de la resistencia beat, acaso los mismos que antes le habrían escupido la cara por borracho y perdedor.
Sus cuentos concitan atención porque hablan de la redención del hombre común, de vidas reales y sin adornos, más que de la decadencia de los escritores malditos que lo han antecedido: “Hay cierta mitología con el asunto de la bebida, pero yo nunca entré en eso. Mi tema era la bebida misma. Supongo que empecé a beber mucho después de darme cuenta de que las cosas que más deseaba para mí y mi escritura, y para mi esposa y mis hijos no iban a suceder. Uno nunca empieza en la vida con la intención de estar en la ruina o ser alcohólico o farsante o ladrón. O mentiroso”. Con la historia del borracho redimido comenzará su mito. Esa abdicación, que con el tiempo valorará casi más que sus logros literarios, llega a convertirlo en el escritor que soñaba ser en su adolescencia, cuando apenas terminaba la secundaria dando exámenes libres, trabajando en empleos miserables, consiguiendo becas, y se animaba a asistir al taller de John Gardner (“Me emocionaba asistir a las clases de un verdadero escritor”) y compartiendo páginas con Bukowski en revistas de escasa circulación (“En esa época él era como mi héroe”). Esos últimos once años serán para Ray los más prolíficos y felices, confirmando que su personal sueño americano era más sencillo de lo que parecía. Dentro de los muchos versos que pergeña –más de doscientos entre 1983 y 1985– se encuentra su poema Late fragment, que terminaría convirtiéndose en su mejor epitafio: “¿Y conseguiste lo que/querías de esta vida?/Lo conseguí./ ¿Y qué querías?/Considerarme amado, sentirme/amado en la tierra”.
El cuento era perfecto y el protagonista se parecía demasiado a él mismo: un tipo que vestía de jeans, usaba camisa de franela, calzaba bototos de cazador y aparecía en las fotos con un cigarrillo en los labios, portando gafas como un pensionado, lo mismo que luciendo anillos de matón de barrio. Un hombre al que la vida le debía una y se las había arreglado para pagársela en cómodas cuotas, teniendo como fecha final las 6:22 de la madrugada del 02 de agosto de 1988.
AMERICAN BEAUTY
Carver logró encarnar en sus personajes una vida demasiado cercana a unos lectores, justamente, poco dados a la lectura. Hizo, como sólo el realismo más tradicional había conseguido, que sus historias recogieran las experiencias personales de esa grisácea zona de la sociedad –la clase media destruida por el negocio de la vida– que no era pintada con ese delicado respeto, tan alejado del impresionismo marginal. Escritos donde las conquistas y derrotas de los obreros, los cesantes, las cajeras, vendedores puerta a puerta y los cientos de amantes americanos, al fin parecieron hallar algún consuelo. Gente que antes no se encontraba como personajes de libros, hoy podían mirar tranquilos la catástrofe de sus vidas. Eran los habitantes de los cordones suburbanos de ciudades como Downey, Watts, Compton, Pomona, Glendale, Syracuse, Tucson, Sacramento, Seattle, Port Angeles, Yakima, Washington. Donde vivían tipos con escuetos nombres de pila que jamás tomarían un libro, o no con la misma naturalidad con que pasaban sus tardes mirando televisión, destapando cervezas o jugando con la tapa del ketchup junto a un plato de papas fritas. Los cuentos de Carver eran suyos y costaba poco distinguir a una pareja de vecinos, a la compañera de trabajo todavía turgente de su esposa, el rastro dejado por las babosas en los azulejos, cualquier jornada de pesca río arriba o aquel minuto exacto en que empiezan las peleas y terminan por hacerse las maletas mientras se queman unas tostadas.
El imaginario de Carver no venía a sentar cátedras sociológicas, fundar un club de perdedores, ni plantear profundas reflexiones sobre cómo salir de la miseria. Sus relatos se instalaban sobre el discurso de la derrota, teniendo como único frente la sobrevivencia del instante y el rescate de lo sencillo como gran gesto unitario y redentor, al invitarnos a descorrer la alfombra y constatar la suciedad sobre la que veníamos pisando. En su obra la omisión es la que habla, haciendo de todo “lo no dicho” el hilo conductor de las conversaciones que con sólo enunciarse logran componer el propio libro mental, al consultar nuestras biografías y hacernos ojear el álbum de instantáneas que llevamos dentro.
Carver hizo que sus lectores comprendieran lo que siempre habían sabido, pero que no habían podido ver expuesto con palabras, demostrando que a partir de cualquier cosa se podía llegar a reconstruir el mundo: “Tanto en un poema, como en una historia corta, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje coloquial, y dotar a esos objetos –una silla, una persiana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer– con los atributos de lo inmenso, con un poder renovador. Es posible escribir una línea de un aparentemente inofensivo diálogo, y provocar un escalofrío a lo largo de la columna vertebral del lector. O como decía un personaje de Guy de Maupassant, para quien ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que corresponde”. Más o menos ese fue el tamaño de su apuesta, al tensar el arco de las relaciones humanas de manera natural, de forma que ciertas notas de humor, un espíritu limpio, líneas de emotividad, más una sencilla sabiduría, insistiera en decirnos que como nada es para siempre, todo puede ser posible.
REALISMO SUCIO Y MINIMALISMO
Como ocurre con todo fenómeno literario, una vez que sus cuentos alcanzaron mayor difusión, las revistas especializadas se adelantaron a colgarle nombres para encasillarlo. En 1983 la revista inglesa Granta habló de “Dirty Realism”, traducido en España como “Realismo sucio” (aunque “Realismo sórdido” sería lo más apropiado). Calificativo que de inmediato le incomodó, ya que bajo ese rótulo se le asociaba con Richard Ford, Tobias Wollf, Ann Beattie, Bobbie An Mason, “es verdad que son amigos. Es verdad también que comparten ciertos aspectos en su obra. Y conocen a la misma gente y a veces publican en las mismas revistas. Pero no se consideran pertenecientes a un movimiento, ni sus iniciadores. Son amigos y escritores que están pasando un buen rato juntos, agradeciendo su buena estrella (…) Pero su trabajo y sus personalidades son tan diferentes como el día y la noche. Son estas diferencias, junto con las similitudes, y algo más difícilde definir lo que los hace amigos”, recordará Carver en tercera persona en su ensayo “Amistad”. Por su parte, casi bajo los mismos presupuestos, la academia norteamericana llamaría a su narrativa “Minimalismo”, un término que tampoco creyó apropiado, llegando a considerar esa corriente aparte de reductora, peyorativa. Lo curioso es que si se atiende a su construcción de narraciones breves, el uso de frases cortas y párrafos de poca extensión, una puesta en escena mínima de los sucesos, la escasez de personajes y, sobre todo, cierto premeditado desprecio por la intriga, no habría mejor caracterización de sus relatos que ésta. Eso sin olvidar el carácter dialógico o conversacional en que se sostienen sus cuentos, alcanzando de alguna manera todos sus cambios narrativos o cruces temporales cuando alguien deja de hablar o lo vemos comenzar un nuevo diálogo. Algo tan sutil, por ejemplo, como empezar en una cafetería, continuar en el auto, luego el garaje, avanzar por un pasillo, detenerse en los brazos de un sofá, para acabar en la cocina o en alguna habitación. Secuencias interrumpidas de esos estragos de la vida doméstica.
Carver con todo, terminó por convertirse en el mejor guionista de la vida moderna.
CHÉJOV, LA POESÍA Y SUS ÚLTIMOS DÍAS
Así como el italiano Tabucchi imaginó los últimos días del poeta Fernando Pessoa, Carver supo homenajear la agonía de Antón Chéjov en su libro Tres rosas amarillas, “es el autor cuya obra más admiro. ¿Pero a quién no le gusta Chéjov?”. Y no fue una relación casual, pues un par de títulos de sus notas necrológicas, a principios de agosto del ‘88, se animaron a hablar de la muerte del Chéjov americano. Su afición por los autores rusos había comenzado temprano. Acaso como una obligación en las clases de Gardner y en los momentos de mayor lectura con sus propios alumnos. Siendo un admirador confesó no sólo de su obra, sino también de su relación con la literatura y sus lectores. “Hace años leí algo en una carta de Chéjov que me impresionó. Era un consejo a uno de sus muchos corresponsales y decía algo así: Amigo, no tienes que escribir acerca de personas extraordinarias que hacen cosas memorables y extraordinarias”. Escribe de ti y de los tuyos, agregaría él, a un tiempo en que continuaba leyendo a Gorki, se paseaba por Turgueniev, amaba a Tolstoi, releía a Dostoievski y sobre todo, se devoraba hasta la poesía de Chéjov, uno de los más sublimes hallazgos hechos con Tess Gallagher. Se cuenta que poco antes de que se le declarara el cáncer preparaba un guión de cine basado en la vida del autor de Crimen y castigo, centrado en las claves de su monumental obra. Desde luego como una muestra no sólo de su incansable trabajo intelectual, sino también de la universalidad de su propia literatura.
Los últimos meses de su vida estarían mucho más marcados que antes por la figura de Chéjov, una especie de “acompañamiento espiritual” recordaría Tess, que le sirvió de base para componer su último libro de poesía, Un sendero nuevo a la cascada. Carver ya al final, en pleno éxito de su carrera como narrador, había abandonado sus relatos y la idea nunca cuajada de escribir alguna novela, dedicándose como en sus inicios, exclusivamente, a la poesía. Alguien dijo que su poesía resultaba menos poética que su prosa, y puede que tuviera razón, ya que la simpleza y discursividad de sus poemas en momentos sólo nos recuerdan que esos fragmentos –muchísimo más que sus mejores cuentos– buscan sin sutilezas reconstruir su autobiografía. Nunca vio a la poesía como un descanso de su prosa, sino que recobró en ella el sentido de escribir a toda prueba, haciéndolo volver, como tantas veces, sobre sus palabras: “Si pasa un tiempo largo, seis meses o algo así, sin que haya escrito ningún poema, empiezo a ponerme nervioso. Empiezo a preguntarme si he dejado de ser poeta o he perdido la capacidad de escribir poesía”.
Ese último tiempo llegó más rápido de lo que hubiera querido. Y tal vez por eso, porque no buscó separar las aguas, fue que para resistir la enfermedad quiso volcarse sobre la gran humanidad chejoviana, tratando de abarcar la incalculable dimensión que, en esos meses, habían alcanzado sus poemas. Leyó con devoción sus cuentos y de ellos extrajo más que la sensibilidad de su mirada, la esencia de la vida misma. Recuerda Tess: “Yo empezaba por leer un relato suyo a primera hora de la mañana y luego se lo contaba a Ray cuando bajaba a desayunar. Me esforzaba porque el relato sonara lo más adecuadamente posible, y a Ray inevitablemente le interesaba y tenía que leerlo aquella misma tarde. Por la noche lo discutíamos”. La forma en que el poemario Un nuevo sendero… fue dialogando con pasajes prácticamente enteros de sus cuentos es curioso, pero al leerlos en conjunto sintonizan de una manera perfectamente hermosa con el pulso de su propia escritura, “esa vocecita en el alma”, diría Chéjov, que parecía querer mantenerlo vivo.
Concentrados ambos en terminar el libro, deciden dos cuestiones fundamentales, como escritores y como pareja. Desde luego más por la tranquilidad de Ray, al que el cáncer cerebral a pesar de varias sesiones de radioterapia se le ha terminado por anidar en el pulmón. Celebran sus once años juntos casándose nuevamente en Reno, Nevada. Es el 17 de junio y han cortado todo lazo con sus conocidos. Nunca se han sentido más unidos. Cursan llamadas desde Alaska a agencias de turismo para hacer uno de los viajes más importantes: ver la tumba de Chéjov, visitar las casas de Dostoievski y Tolstoi y caminar por sitios asociados a Anna Akhmatova. El sueño no llega a cumplirse y termina reducido a un triste juego mientras agoniza en su casa en Port Angeles. Una vez que Tess le dice que entonces será ella quien irá por los dos, él le contesta sonriendo: “Yo estaré allí antes que tú. Viajo más deprisa”.
Roberto Contreras.

