Mientras yo agonizo

Entrevista a Carlos Soto Román

Haikú Minero apareció publicado no tengo claro si a fines del 2006 o a comienzos del 2007. Lo importante es que al fin salió de imprenta y, como la anterior muestra de Carlos Soto Román, La marcha de los quiltros (1999) reestrena una escritura potente, mordaz y oportuna.
El libro nos plantea la revisión concreta de un hecho: Martes 23 de marzo de 1999. El derrumbe de una mina en Andacollo, con tres trabajadores atrapados bajo toneladas de tierra y andamios de la faena. Así planteado, se presume que todo girará en torno a esa situación, pero no. Luego sus páginas devienen en crónica, en una serie de anotaciones desesperadas, roces al objetivismo, murmullos subterráneos, haikús mordaces, dando forma a un libro escrito, de manera situada, con las manos hundidas en el barro de la condición humana.
Sería curioso acercarse a este libro y no pensar en Baldomero Lillo, sobre quien señalaba Carlos Droguett se encontraba preparando una novela sobre el norte cuando murió. Un trabajo que, de haberse terminado, habría sido la “contestación” a las ancestrales letanías del desierto. En otra frontera y acaso más modesto Soto Román, sabe que en esas respuestas peligrosas se puede ir la vida, y por eso intenta hacer una cartografía de esos accidentes, de la fragilidad de caminar por esas planicies avanzando tras ese extraño éxodo de las hormigas, en un acto de constricción, pero también de exorcismo. Abrirá con un poema que remata así: “Adentrarme en sus galerías en busca de la piedra iluminada/ que, inocentemente creía, traería enquistada/ como un tumor, todas las negras respuestas./ Ahí recién quise volver a la faena./ Enterrarme en mi propia oscuridad. /Meter las manos en el fango”.
Haiku minero, en su urgencia reconoce lo pesado del intento. Haciendo que lo asombroso/horroroso nos perturbe, para que sintamos su catarsis (lástima por el otro; pavor porque eso pueda llegar a ocurrirnos) pero también sus pliegues: al derivar en un profundo tema ontológico, que nadie quiere o puede reconocer: “Dicen que a metros bajo tierra/ es posible oír todos/ los rumores del mundo” (“Corazón revelador”). ¡Podríamos también estar encerrados en una caverna! Entonces somos arrastrados a la cueva platónica, al pozo de Poe, Jonás y la ballena, los laberintos de Borges, anunciado con un pulso oriental. Una escritura mínima, que llega a robarse el formato y de paso su apuesta paternalista del dolor, oponiendo otro reconocimiento. Porque lo inmediato y literal habría sido compadecerse de la pobreza y este trabajo miserable, lo mismo que quejarse de forma análoga, de la marginalidad de escribir. Pero lejos de pensar literariamente la realidad, el libro de Soto se anima a debatir y extremar esa tensión, considerando la suerte como una carta marcada en el naipe de la vida.
En Haiku…, como un artificio, se instala un discurso piadoso en boca del obrero, a fin de subvertir ese facilismo del sufrimiento naturalista, que tan mal le hizo a la literatura comprometida. En la medida que en estas páginas, los antecedentes y hasta el contexto de aquel episodio del derrumbe terminan diluidos, logrando desestabilizar su aparato, desentrañando otro objeto poético, materializado de nuevos sentidos, al abrir el boquerón que amenazaba con asfixiar estos poemas.
Soto trabaja a la intemperie, entendiendo la Vida como una catástrofe, un desastre de encierro, capaz de convertir la tragedia en un ruido sordo, al filo con que oficia de agorero, ya no de salvación sino que de todas esas otras muertes:

“Para qué esta pólvora
Para qué este carburo
Para qué estas camionadas de carbón marchito e impune.
Para qué
sino para morir.
Día a día, para morir…

Para morir tratando
de hacerse una vida”

(“Such Life”)

Pero el hablante está aguardando un golpe más definitivo –una vez que abandona la forzada mimesis, revitalizando la situación inicial– al poner en la voz de los malogrados (un tono que acaso podría sonar impostado) al mostrarlos usando los fríos recursos de la retórica y la razón. Para confirmar que a mayor desesperación mayor será la lucidez.
El discurso letrado es el que viene a salvarlos, aun cuando algunos versos más arriba hayan sido ellos mismos los que hacían su respiración artificial con una manguera hacia el exterior. Con este salto Soto entregará un descanso al lector, al transformar ese desasosiego ancestral en una posibilidad más cierta, incluso más humana que su filantropía, para mirar tranquilos esta catástrofe y las que vengan.
No hay moral en esa apuesta, sólo buena literatura:

“Los mineros dicen
que ya no es necesario
ser absolutamente
Moderno…
es más:
a ese Jean Arthur
me lo paso por la raja
”.

(“Los malditos”)

Sólo por esa imprecación ya se explica porqué era necesario escribir sobre los mineros. Soto Román tomó esa excusa para activar su ejercicio de negación y cuestionamiento del oficio, tanto como para hacer evidente un logro objetivista en la plenitud poética, que ha ido endureciendo el suelo firme donde ha puesto sus pies.

3 PREGUNTAS INFLAMABLES:

1. El texto que da nombre al poemario, obedece a la forma canónica del haikú oriental, 7/5/6 sílabas. Algo de antipoesía o la procacidad de Bertoni se reconoce en su juego. Los “sonetos” de Lihn, también rompen el significante con un sentido grosero o profundamente irónico. ¿Podría leerse tu libro desde esa perspectiva?

Tomando la ironía como una ligera impertinencia matizada, algo amarga y considerando también que es un arte vertiginoso ya que presupone el saber detenerse a tiempo, puesto que la más mínima profundización la aniquilaría y en el caso de seguir insistiendo, se corre el riesgo de hundirse con ella, sí, hay mucho de ello en el libro. Pero no hay que perder de vista que “Haiku minero” fue creado a partir de la tragedia. Por lo tanto también plantea otras rutas. Temas como la búsqueda, la espera, la desesperanza, la miseria económica y moral, el conflicto de clases son fantasmas que rondan permanentemente el acto de la escritura.
El haiku es un poema creado para los ideogramas, por lo mismo, su occidentalización me causa algunos sentimientos encontrados. A veces de mucho entusiasmo y otras, de cierta suspicacia. Y aunque el ejercicio en sí resulta ambicioso y algo arrogante, es sumamente válido y desafiante en términos escriturales. Desacralizarlo escatológicamente a través de la ironía me parece una alternativa interesante y atingente. Pero el haikú también es economía en el lenguaje. En estos “Haikus mineros”, más que economía hay escasez. De luz, de aire, de esperanza. Por lo tanto creo que la que planteas es sólo una de las varias lecturas posibles.

2. En el libro se hace hincapié en que el rescate estaría marcado por la pugna entre los técnico-profesionales, los equipos de salvataje y los propios trabajadores. Considerando el verso: “Sólo mineros salvan mineros” ¿Cómo es tratada la condición de clase en los poemas, sobre todo en textos signados por lo político-social?

La condición de clase en los poemas es tratada tal y como puede leerse en la vida cotidiana. Hay choque de intereses, polarización y conflicto. Marx consigna la lucha de clases como el motor de la historia. Acá el motor es la supervivencia o en un sentido más figurativo, el de “salir de un estado de oscuridad”. Cómo se logra ese objetivo (y todo lo que implica lograrlo) es lo que divide al técnico teórico del minero empírico. Y antes de construir apologías, lo que me interesa aquí es desmenuzar esos conflictos. Ya sea entre dos bandos antagónicos o al interior de uno de ellos (ver poemas como “Fama-contrafama”, “El festín desnudo”). Ya sea en distintos planos, subterráneo o en superficie, se debe hacer valer esa diferencia. Evidenciar esa lucha.
“Sólo mineros salvan mineros” representa un cierto orgullo, una cierta dignidad ante la precariedad. Es hacer valer la experiencia adquirida a golpes, sudor y sangre ante la tibia y cómoda formación de escritorio. Es como decir: “Bueno, ahora se acuerdan de nosotros, muchas gracias, podemos arreglarnos solos”. Algo así como “nuestro problema, nuestras reglas”, “somos nosotros los que hemos vivido en este hoyo por generaciones, nosotros sabremos cómo salir” menospreciando con algo de rencor la burocracia, el tecnicismo y la parsimonia de ingenieros y calculistas.
Pero el orgullo no siempre es racional. Las situaciones límite suelen sacar a flote los aspectos más recónditos de la naturaleza humana y eso atraviesa cualquier condición de clase.

3. De los tres insertos de otros autores, incluidos en tu libro, a saber: “La tierra entera es una sala de espera” (Bertoni), “Buscar” (Pizarnik) y “Más donde está la lenta procesión de estaciones…” (Montale), ¿Con cuál(es) te sigues quedando y por qué?

Los tres me acomodan y me golpean en distintas costillas a la hora de los “quiubos”. Todos signan mi poética con sus luces y sombras y la de este libro en particular. Pero de todos me quedo con uno no mencionado, el de Hans Magnus Enzensberger; “Lo raro, lo difícil de explicar es: ¿por qué sollozo y sigo nadando?” El pesar y la furia en eterno conflicto. La sobrevida. La queja, el descargo y la resistencia como pilares de la poesía. Ahí es donde me gusta meter la pluma.

Reseña y entrevista de Roberto Contreras.

LA NOCHE BOCA ARRIBA

Ahora bien,
sería menester aplicar
el siguiente ejercicio:
acostarse y cerrar los ojos
imaginando
que no hay nada.
Que todo lo que ves
(que no es nada)
es todo,
e imaginar una espera,
insidiosa, con sabores
monumentales de hambre y fatiga.

Empezarían a aparecer sudores
y un leve temblor esporádico
en las extremidades.

Imagina que tengas que
imaginar tus manos.
Y que tus pasos sean torpes
e inseguros,
como los de un viejo y pequeño Borges
tentado en medio del laberinto.

Se puede despertar, eso sí,
bañado en sangre,
jadeando como un animal en celo.
Se puede despertar, eso sí,
y correr a la cocina
por un vaso de agua.

CORAZÓN REVELADOR

El encierro parte del encierro.

Como de los gusanos es parte
el atravesar la superficie
(como la muerte y las raíces),
el encierro parte
del momento mismo del menoscabo.

Dicen que a metros bajo tierra
es posible oír todos
los rumores del mundo.
Que son sólo latidos, casi imperceptibles
que se vuelven de un momento a otro
como un tronar desesperante.

Dicen que la humedad
es parte del encanto,
y que ésta a veces sofoca,
como la mesurada tristeza
que surge de la imposibilidad
de ver el propio rostro
en el espejo.

MÁS MALDITOS

Los mineros dicen
que ya no es necesario
ser absolutamente
Moderno…
es más:
“a ese tal Jean Arthur
me lo paso por la raja”.

HAIKU MINERO

Cas / ti / ga / do / por el / tra / go /
Las / he / mo / rroi / des /
Me / rom / pen / el / ho / yo //

SEGUNDA RADIOGRAFÍA

Es posible observar como,
día a día, el haz de luz
que se cuela a través
de las cortinas, se desplaza
paulatinamente por el suelo,
dibujando milimétricamente
el mapa de las estaciones,
el desperezamiento de la tierra,
el movimiento.

No existe tal movimiento
en el interior:
el sabor de las paredes
es el mismo,
todos los días.
Y la acuciosa búsqueda
del sonido más débil,
entre todas las frecuencias
de alaridos y auxilios,
fracasa…

Sólo el espejo
es capaz de divulgar
como el tiempo escribe
la indiferencia y el tedio
en su hoja plateada
y movediza.

Sólo el espejo
empaña
y cristaliza
todas las verdades
en las fauces
de este encierro.

MALA SUERTE

Romper una pala en mitad de la faena,
es señal de mala suerte.

La botella que no se rompe
(al inaugurar el casco de un nuevo acorazado)
es señal de mala suerte.

Un pájaro muerto en las profundidades
de una mina,
la fuga incontrolable de las ratas
en alta mar.

El extraño éxodo de las hormigas.

Un círculo dispuesto,
sospechosamente alrededor del sol.
El agónico canto de un gallo
en un frío atardecer.

El divisar pequeños fuegos fugaces
que clandestinos aparecen
en la inmensidad siniestra de los cementerios.

Signos de que el destino
nada bueno puede traer.

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