Entrevista a Manuel Silva Acevedo

Por David Bustos

Quizás Terrores Diurnos, autopublicado en 1982 en plena dictadura, sea bastante desconocido para no decir completamente. Las motivaciones para esta entrevista y el consecuente tratamiento a este libro van por el lado de lo que muchas veces entendemos por poesía política. Sabiendo que cualquier libro publicado en la época de la dictadura tiene una correlación directa o indirecta con su contexto, por tanto pretender hablar de poesía política sólo por los alcances circunstanciales y operacionales de una poesía en determinada época, sería reducir a la poesía política a una mera toma de posiciones ante las circunstancias. Sin embargo Terrores Diurnos (en adelante TD), va mucho más allá, pienso, y su vigencia abrumadora al releerlo lo confirma. Quizás la respuesta o salida vaya por el lado de cómo Manuel Silva crea una artesanía con el lenguaje poético, mediante procesos internos muchas veces extremos que se traducen en este caso y en muchos de sus libros, en un estilo implacable, donde se juega la integridad del individuo, más cierta emocionalidad que desarrolla “un mundo de lenguaje”, cuyos contornos y tonalidades crean el refinamiento y a la vez su intensidad. He ahí su política: la subversión del pensamiento.

1) Manuel, Terrores Diurnos fue publicado en agosto de 1982 con un espléndido prólogo de Enrique Lihn. Me gustaría que me hablaras de la experiencia de escritura de ese libro, tengo entendido que vivías en el Cajón del Maipo y luego te trasladaste a Santiago, mientras escribías este poemario. En el prólogo Lihn se pregunta ¿quién habla y de qué en estos Terrores Diurnos? Yo agregaría a la pregunta ¿y por qué? Todo esto, para profundizar en las condiciones de trabajo en que fue compuesto TD y su contexto.
Comencemos por el título, Terrores Diurnos, en oposición a la expresión corriente que va asociada a los “terrores nocturnos” experimentados a veces en la niñez, cuando las tinieblas de la noche sugieren a la mente toda clase de monstruos y presencias inquietantes. Pero en este caso, los monstruos y las presencias inquietantes campeaban de día claro en todo el país y los terrores de la noche se asemejaban a los de día claro. Efectivamente, comencé a escribir estos poemas en Las Vertientes, en el Cajón del Maipo, donde me había retirado luego de una desastrosa experiencia de pareja. Desde este mirador ubicado en medio de la naturaleza y al pie de las montañas, mi único vínculo con la realidad que imperaba en la capital y las regiones era el “Diario de Cooperativa”, que escuchaba invariablemente desde las primeras horas de cada mañana, mientras hacía mis ejercicios de psicokalistenia. Por esa vía radial me iba enterando de las atrocidades del régimen y en mi conciencia se iba conformando una espeluznante representación del terror y del horror. Así es como comienzo a incubar este “huevo de la serpiente” que es TD, sobre todo en su primera etapa de latencia y luego en el proceso escritural mismo. Creo que un cierto sesgo de la escritura lihneana fue mi referente en este proceso, en el que sentí el imperativo de obliterar al yo lírico, que habría resultado incluso impúdico sacar a relucir en un contexto como ese. Por otra parte, me interesaba denotar el efecto desintegrador y alienador que la dictadura operaba en la conciencia, no aludiendo a ella literalmente. No solo me atenaceaba la terrorífica circunstancia que nos tocaba vivir, sino también cómo ese “peso de la noche” contribuía a demolernos por dentro, en nuestra empobrecida vida de ciudadanos privados de ciudadanía. Francamente, no sé si logré mi propósito o si lo logré solo a medias. Ahora, una segunda etapa de TD se concretó en mi regreso a Santiago, esta vez en medio de un delirante proyecto de familia con una retornada, que fue desintegrándose al mismo tiempo que avanzaba la escritura de TD, lo que también queda reflejado en cierto modo en algunos de sus textos escritos en una vieja casa de “la calle donde tanto se Sucre”, como la rebauticé.

2) TD se caracteriza por una suma no menor de imágenes violentas. Distingo en él cierta estética de la crueldad, que suele aflorar en los creadores que han vivido períodos artísticos cargados de violencia. Período en que se inscribe este libro, pero además una etapa en que tú también te debates en una fuerte lucha emocional. La pregunta va por el lado de cómo logras sintetizar tu dolor interno con la realidad textual, ya que el sujeto parece no predominar y el arte del lenguaje y la forma es lo que articula en definitiva el tejido del libro.

TD fue escrito entre 1979 y 1981, es decir, en medio del período dictatorial, cuando aún las primeras protestas masivas no permitían vislumbrar la posibilidad de salir del túnel del horror en que habíamos vivido desde el ‘73. Sus textos pretenden ser el correlato psíquico y emocional del terror que torturaba al cuerpo social, como un sótano de espejos que reproducen las imágenes de la crueldad y la desesperanza sin que se divise salida alguna. Desde luego, la ausencia de un sujeto no obedece solo a un propósito estilístico. Si no hay sujeto, es porque el yo ha sido desintegrado y solo le cabe soportar pasivamente el horror como espectáculo en los medios de masas.


3) Tengo entendido que casi toda tu vida has trabajado en publicidad. Tus comienzos estuvieron ligados al poeta Eduardo Anguita, quisiera saber cuáles son los recuerdos que guardas de aquella relación y cómo y dónde la publicidad y la poesía se topan.

Comencé a trabajar como redactor publicitario en 1964, sucediendo a Federico Schopf y Grínor Rojo en una minúscula agencia de publicidad que Federico había bautizado como TecniKalias (técnica y belleza) y cuya única cuenta, de la que dependían nuestros escuálidos emolumentos, eran los supermercados Almac. En 1965 comencé a trabajar en una agencia más grande, y en 1968 llegó a trabajar en dupla conmigo el poeta Eduardo Anguita, precedido por la fama de un magistral aviso suyo: “Parker 61 Vacumatic, se llena sola como la Luna”.
La llegada de Anguita fue un acontecimiento y un golpe de suerte para un poeta joven como era yo. Acababa de aparecer su Venus en el pudridero bajo el sello de Editorial del Pacífico (coincidentemente, mi Monte de Venus aparecería 12 años después bajo el mismo sello, y el poeta me honraría con un artículo en El Mercurio, que más tarde incluiría en su libro La belleza de pensar de Editorial Universitaria). Pero yo tuve el raro privilegio de escuchar este extraordinario poema metafísico recitado por el propio Anguita, mientras daba vueltas por el estrecho recinto que se nos había asignado como “oficina”, anterior dependencia de la servidumbre en la gran casona de Seminario con Providencia. También me transportó más de una vez al cenáculo de Vicente Huidobro del que formó parte, contándome vida y milagros del antipoeta y mago y de otros miembros de su corte.
Si bien es cierto que Anguita era un hipocondríaco, que podía sentir que se moría de un momento a otro, no lo es menos que poseía un cáustico sentido del humor y entonces su carcajada tronadora estremecía su cuerpo de bailarín (de hecho, se cuenta que una noche Anguita asombró a los parroquianos de un local bohemio, haciendo poner un disco suyo y danzando como un verdadero Nijinski El pájaro de fuego de Igor Stravinsky).
En verdad, el humor y el amor convivían en su espíritu a veces atribulado por las dolencias imaginarias que lo acometían sin dar tregua. En más de una oportunidad tuve que llevarlo de urgencia al Hospital Clínico de la Universidad Católica, donde me decían de soslayo: “No lo traiga más, es un enfermo imaginario”.
No obstante sus supuestos tropiezos de salud, el poeta era impulsado por la pasión de un amor secreto y hasta altas horas de la noche daba vueltas en su Fiat Topolino (fue el primer poeta chileno con automóvil) haciendo la ronda hasta que se apagaba la luz en la ventana de su amada. Esto significaba que no se podía contar con él antes de las 2 de la tarde del día siguiente, hora en que se presentaba en la agencia pálido como el papel.
Vivía solo en un pequeño departamento de la calle Mosqueto y al parecer frecuentaba a muy pocos amigos. Con mi primera mujer le celebramos íntimamente su cumpleaños en nuestro departamento de calle Lira, y esa noche –emocionado– su ingenio brilló como nunca. El año ‘69 Anguita se retiró de la empresa publicitaria y al irse me regaló un precioso ejemplar del único número de su revista David, un verdadero tesoro. Entonces, lo perdí de vista por mucho tiempo. Demasiado me digo ahora, arrepentido de no haber sido más fiel y persistente en la amistad.
Por mi parte, trabajé en publicidad hasta el año 1990, en que decidí que la cosa ya no daba para más. A esas alturas, el combustible de la creatividad había dejado de ser una sana cuestión de ingenio; los grandes presupuestos expresados en cientos de miles de dólares y otros estimulantes comenzaban a campear sin contrapeso en la medida que el modelo neoliberal libremercadista iba introduciendo su cuota de perversión en una actividad que hasta entonces había sido ejercida por escritores, poetas y artistas como un mero juego creativo. Sin embargo, creo que el ejercicio de la publicidad me aportó el poder de síntesis y la capacidad de condensar en pocas palabras el máximo de significación.

4) Manuel, quisiera pedirte que hicieras el ejercicio de recordar dos o tres imágenes de la dictadura de Pinochet, que te hayan marcado y que con el tiempo persistan, como quien vive con una piedra en el zapato de la memoria.

No es grato el ejercicio que me propones, porque a estas alturas uno ya quisiera desembarazarse de una vez por todas de todo aquello, pero pareciera que los pies se nos pegan como si el tema fuera algo ligoso que nos impide dar un paso adelante. No es que minimice la necesidad de mantener viva la memoria histórica y la necesidad de justicia, sino el apego a veces hasta morboso y autodestructivo que nos retiene y nos fija en un pasado horrible. Sin embargo, hay dos imágenes que se me repiten hasta hoy: la fotografía de mi amigo Augusto Carmona, dirigente del MIR en la clandestinidad, en la portada de La Segunda que anunciaba su muerte en un supuesto “enfrentamiento” en octubre de 1977. La otra corresponde a un sueño que tuve en los primeros años de la dictadura. Ignoro por qué, pero los guardaespaldas de Pinochet me hacían pasar subrepticiamente a su despacho; obviamente mi intención era ajusticiarlo con mi metralleta, pero el tipo no me prestaba atención ocupado en revisar unos papeles. Los segundos se me hacían eternos, por fin levantó la cabeza y me vio. Entonces echó mano a su revólver para defenderse, pero lo acribillé en el acto. Me imagino que no habré sido el único en tener este sueño. Cuando el nieto de Prats escupió en su cajón, sentí algo parecido a lo que sentí en mi sueño.

5) TD termina con los siguientes dos versos: “me pulsan ondas dolorosas/ la memoria latente/ el cáliz derramado/ la hostia partida.” Después de todo lo que ha pasado y viendo el consecuente acomodo de los gobiernos de la democracia pos Pinochet, ¿cuál crees tú es la gran hostia partida de Chile?

Se parte la hostia, como el cuerpo de Cristo, para compartirlo en la comunión. Creo que los que han sufrido la prisión, la tortura, la muerte, la desaparición y el exilio representan en Chile esa hostia partida que algunos aún se resisten a tragar. La derecha empedernida, los ricos, los que tienen poder, los que no han sufrido en carne propia, los que desconocen las privaciones siempre se negarán a compartir esa hostia partida. No hay que olvidarlo.

Selección de Terrores Diurnos:

Su Voluntad

con cuánto cuidado cada estrella
con qué esmero el mar irrepetible
la argamasa su primer ojo
el orden la eugenesia
especies abatidas todo lo inútil
lo equivocado sobre la marcha
a la velocidad de su luz
sométanse a su espada repentina
ejércitos manadas
librado a su suerte el mundo
como el sudor por la frente
y el pan que se lleva a la boca
entre sollozos

Distancia Ínfima

enormes nubes plomas como carros de guerra
y la distancia ínfima que separa
a esta flor de su espectro

De Mirarla

este hombre que parece un santo
es un loco encandilado por la luna
este verdugo que parece un hombre
es un loco encandilado por la luna
y esta luna que mata de mirarla
¿ es una hostia o una Diosa blanca?

Que Vanamente Intenta

abierta la conciencia como una granada
más alto el ojo que la cadena
que vanamente intenta
el mar por hermano en esta hora
de Dios atadas las manos pero de nada más
y el cielo como telón sin fondo


Ruido del Mundo

un hombre entre enemigos
un hombre al fin al pie de la fosa
bajo la sombra de su calavera
un hombre de jabón con la cabeza herida
ensordecido por el ruido del mundo
esa marca en la frente
es la señal de Abel
un costurón o una quemadura de aceite
amó la carne pobre carne mortal
belleza de mujer atroz e infame
un fogonazo y nada más
no se rindió al poder
quiso izar una bandera universal
y fue herido en la frente

Texto: David Bustos.
Foto: Leonora Vicuña, 1979.

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