Desafinando en el coro de los contentos
Lectura de Aedo al libro Intemperancia (2008)
Intemperancia es un trazo anguloso, que desde de la crisis y la crítica viene a completar el croquis estético de la llamada generación de los náufragos. No siendo este el eje transversal en el libro, Héctor Figueroa es capaz de construir un diario íntimo sobre la problemática de la transición, donde la bitácora del naufragio será finalmente devuelta entre la ironía y la poesía.
“Se critica la falta de sensualidad del hablante en mis poemas./ Dicen que faltan bosques, plantas y flores/ y mejor ni hablar del carísimo tema del amor/”.
Al margen del preciosismo Figueroa recupera la barriada, echando luz sobre Franklin, la calle Santa Elena, el teletrack o el matadero, donde siempre ella, Lucy la peluquera loca, la poesía o los restos de antiguos amores, vienen al plato de la masturbación en la figura de las cuñadas, amigas o la falta de sutileza, que se reprocha una y otra vez el hablante. Este rasgo hace de Intemperancia un libro que se posiciona fuera de la escena del Sampler o la postproducción literaria de la vuelta a la democracia. Figueroa se plantea: “Tratar de hacer un poema objetivista acerca de la orfandad de los etílicos en las garitas de micros. Averiguar bien que chucha es un poema objetivista”; insertar al sujeto dentro de las estéticas globalizadas de la postdictadura es precisamente la sutileza perdida, que sin embargo se desborda en una recuperación de la alteridad y la visión del otro, materializada en cada uno de los personajes que aparecen y desaparecen en el libro. La muerte acecha, tras de cada una de las cuentas impagas o poemas, la voz entra crisis, la estética entra en crisis y el discurso se hace insostenible, “Si me vieras, amigo Lowry, precioso en la fuga./ Así es la soledad, el encanto de escribir/ perfectamente borracho./, parte Figueroa pagando con versos la deuda que se le achaca, a la todavía indefinida, escena de Transición.
Desde las cumbias al Jazz, el libro es recorrido musicalmente por la disonancia que Haroldo de Campos llamaba “desafinar el en coro de los contentos”, así Intemperancia, desarrollando una dimensión que se enfrenta con las políticas estéticas de los 90’s, hace parecer que la segunda sección del libro “Los días contados de Enrique Lihn”, sean algo más que un anticipo.
Christian Aedo J.

