Huidobro, el aymara, el mar
Por Andrés Ajens
Antes, y aun antes de mucho antes, Puba leyera la prensa un domingo de mañana en el caserón familiar de Obrajes (desde el desaparecimiento de su padre, el 75, cuando Banzer y Pinochet se abrazaran en Charaña, Puba volviera intermitentemente a compartir la casa con la otra Carmen, la puraduralubiana, Abaroa, su madre). Terminara de ojear La Razón paceña —venía precisamente una entrevista a Cachín Antezana sobre El Embrollo Boliviano de J.-P. Lavaud, que por entonces el borgeano ensayista traducía—, luego tomara Presencia y, en las páginas 8 y 9 de la desaparecida Presencia Literaria, se encontrara con, bajo el antecitado título:
Paz sobre la lápida de los naufragios
Paz sobre los tambores del orgullo y las pupilas tenebrosas
Y si yo soy el traductor de las olas
Paz también sobre mí
Vicente Huidobro, Monumento al mar
En la poesía posmodernista, la que a partir de las primeras décadas del siglo XX inaugura, un decir de Paz, “la tradición de las vanguardias”, la obra de Vicente Huidobro más que a menudo se da a leer como un sismo cuyos ecos, réplicas y contrarréplicas aún hoy se dejan sentir y no sólo en romance castellano. [Mmmmm, entreolfateara Puba; esto ya me huele algo evangélico, angelical...]. Más de uno, acaso sobreafecto al antipoeta y mago, habrá querido homologar el lugar de Huidobro en la constitución de las vanguardias castellanas con el de Rubén Darío en lo que atañe al modernismo (descalibrando de paso, de Martí, sus Versos libres y su más que preclara estancia entre Los raros); empero, más allá de reconocer que las comparaciones valen lo que valen (poco y nada; y aquí más bien nada), ocurre que el sitio de marras es, en el envión posmodernista, manifiestamente inidéntico. [¡Faltaba más!]. Para no ir más lejos, si de sacudones poéticos se trata, tendríamos desde ya que traer a colación el radical estremecimiento sintáctico y gramatical acometido tempranamente por Vallejo en Trilce (‘más’ que Huidobro, pese a que éste propugnara abiertamente refrescar el lenguaje con cortocircuitos en las frases y cataclismos en la gramática y que en la mayor parte de sus textos — y en Altazor señeramente — no se quedara sólo en preparatorios fraseos).
Antes que una exploración primordialmente idiomática, y allende la ampliación de las posibilidades formales patentes en su obra, la radicalidad del alucinógeno huidobriano arránchase en un abierto ineditismo imaginario. Toda la aventura creacionista no habrá sido sino un desmesurado esfuerzo por abrir nuevos horizontes a la imaginación tanto en como contra la tradición poética, la visionaria (matemos al poeta que nos tiene saturados, y luego: “Poesía / Demasiada poesía (…) Y aún tiene barrotes en lo ojos)”. Delirio del ojo y la visión, megadelirio evidente del vidente antes del enceguecimiento por sobrexposición fotoedípica, subyectil al fin y al cabo bien moderno.
A partir de una crítica a la lectura dominante de la mímesis (‘copia de la copia de una copia’ en Platón), Huidobro abre juego a una imaginación desembozadamente artística, cultural en sentido fuerte, pro-ductiva (1). La ruina del arte representacional, que hoy nos suena algo ingenuo quizás porque ya forma parte del sentido común artístico, si tal hubiera, se inicia en Huidobro como programa manifiesto a partir de 1912, aunque habrá que esperar la publicación de Espejo de agua (Buenos Aires, 1916) y, sobre todo, sus primeros poemarios franceses —Horizón Carré y Tour Eiffel (París, 1916 y 1917 respectivamente)— y Ecuatorial (Madrid, 1918) para enterarnos de qué va lo que comienza a despuntar en tal desmarcaje y, de veras, remarcaje de la imantación mimética. Este lapsus o desfase entre programa o teoría y ‘los poemas mismos’, tan característico del ímpetu vanguardero afecto a decretos y proclamas, no sólo habrá sido tributario de una muy antigua filiación idealista (resistentes raíces platónicas) sino que también, y acaso por lo mismo, entróncase en una comprensión y aprehensión del tiempo que —más allá de todos los intentos por desmontar la unilateralidad de una cierta narratividad canónica occidental—, permanecerá intocada en el pensar poético de las vanguardias. El propio término ‘vanguardia’ (avant-garde), de cuño estratégico-militar, sabido, remite a la experiencia del adelantamiento en territorios inexplorados, vocación por lo nuevo en tanto nuevo (y hasta cierto punto exótico) y de la preeminencia temporal del futuro discretamente considerado, esto es, del presente proyectado.
En este envión Huidobro habrá sido implacable hasta lo obseso, tal adelantado de una improbable recontravanguardia. De allí su mocha proverbial en torno a la paternidad y/o maternidad de las ‘tesis creacionistas’, y su manía por ser reconocido como el primero de la fila de los primeros. Y sin embargo… es sintomático de los límites de los intentos de ruptura con tradición y tradiciones (para la vanguardia dominante lo pasado a superar) y de los saltos acrobáticos al futuro, es sintomático, reitero, que Huidobro lo planteara tal cual: la chispa que encendiera la mecha criaturera se enraizara en una tradición paleoandina, pre- y poscolombina, y a mayor abundamiento, ¡aymara! Y entonces tal vez sí que sí, bien sûr: qhiparu nayraru uñtas sartañani (mirando hacia atrás iremos hacia adelante) (2).
En unos de los proyectiles más característicos del ímpetu teórico huidobriano, publicado en el Mercure de France a comienzos de los años ‘20 y luego recogido en su libro Manifestes, el poeta cartaginés precisa: “Esta idea del artista creador absoluto, del Artista-Dios, me la sugirió un viejo poeta indígena de América del Sur (aymara), quien dice: ‘El poeta es un dios; no cantes a la lluvia, poeta, haz llover’. ” Y Huidobro acota, cargando no poco la mata (que no la oreja): “Ello, pese a que el autor de esos versos cometiera el error de confundir al poeta con el mago y de creer que el artista para ser creador debe transgredir las leyes del mundo, cuando lo que tiene que hacer es crear su mundo propio e independiente, de modo paralelo a la naturaleza [subrayo].
Desconociéramos en qué circunstancias Vicente (García) Huidobro oyó o leyó al mentado viejo poeta aymara (en ningún texto vuelve sobre tal cruce). Es más: acaso fuera imposible establecer si dicha cita y la sugerencia de marras corresponden a un acontecimiento históricamente datable o no es más (ni menos) que un acto de meridiano creacionismo (3). Sabemos que Huidobro venía transmitiendo acerca del inconmensurable poder de la palabra (poética) desde hacía rato; no otra cosa es el artefacto creacionista y sus ramales. De ahí su analogía de poeta y dios (tal creador por antonomasia), cuyos antecedentes más directos en la poesía moderna posiblemente los hallemos en los románticos de Jena y en Rimbaud y, más remotamente, en la gran cosmogonía creacionista mediterránea —la bíblica; de ahí también el último y bullado verso de su “Arte poética: El poeta es un pequeño dios” (4). Y de ahí también, dicho sea de paso, la lipiria hacia Huidobro por parte de Neruda, quien sólo leyó aristocracia y elitismo en el mentado endiablado verso, desconociendo las señas hacia el poder de la palabra (archipolíticas, al fin y al cabo), al punto de dedicar un crítico pasaje de su discurso de Estocolmo a impugnar al pequeño dios huidobrobíblico, dios metafísico, dios del Arte.
Si Huidobro fue antes que nada poéticamente político, no por ello dejó de ser ciudadano de su patria y actor de su convulsionado tiempo. Intervino en asuntos espinudos y no le hizo asco a la polis. Llegó a ser candidato a la presidencia de Chile en 1925, apoyado por un escuálido lote de jóvenes agrupados en la revista Acción, y aunque más que votos lo que obtuvo fue una suculenta pateadura de sus adversarios, no por ello dejó de enrostrar los vicios de las dirigencias chilenas de aquellos años. En este contexto ha de leerse su furibundo Balance patriótico (1925) donde literalmente no deja palitroque en pie. Militó a su manera en el Partido Comunista de Chile hasta mediados de los años treinta, abandonándolo ante los estragos estalinistas. En 1923 publicó en París Finnis Brittanniae (sic), panfleto contra la ocupación inglesa de Irlanda que le costó otra, esta sí, creacionista paliza y un creacionista plagio por unos días. En 1939 participó en el Congreso de intelectuales antifacistas en España y durante la Segunda Guerra mundial se enroló como corresponsal en las fuerzas del general Leclerc, con las que llegó a Berlín en 1945; en dicha ocasión recibió un balazo en la testa cuyas secuelas le provocarían la muerte al despuntar 1948. Diez años antes, el 28 de diciembre de 1938, había publicado en el diario santiaguino La Opinión un breve texto titulado Un puerto a Bolivia. En un “tema sensible“, al cual históricamente la intelectualidad chilena le ha hecho el quite olímpicamente, Huidobro no arranca para las moras. Quien escribiera con desgarro lúcido “Monumento al mar” (poema incluso en su libro póstumo Últimos poemas que, junto a Altazor, es uno de sus textos más perdurablemente sísmicos), sabía (algo) de qué fablaba.
¿Un puerto para Bolivia?
Creo y afirmo como chileno y como ser humano que debemos entrar cuanto antes en conversación con Bolivia y que ambos países deben y pueden resolver generosa, fraternalmente, este gran problema de la salida al mar de la nación boliviana. ¿Más claro? Interpretaría mal mis palabras quien creyera que yo pretendo que se debe entregar sin más un pedazo de nuestro territorio nacional. Lo que yo quiero decir es que se debe abordar este problema cuanto antes y resolverlo de un modo que sea ventajoso para ambos países. ¿Más? En nuestros grandes países despoblados las almas no pueden empequeñecer, tienen que ensancharse o abrir las alas inmensas bajo el sol.
*
Acaso marino, el caso chileno-boliviano aparece hoy como ayer, por ejemplar, primordial. Y se trata de un ejemplar ejemplar, pues en él se conjugan radicalmente dimensiones de memoria y de porvenir envueltas en las (nuestras) con/fabulaciones republicanas, sus entreverados vínculos y desvínculos, pluricentenarias. De memoria: pues no sólo nos confronta a un momento republicano en que se asientan las bases de una cierta cultura militar nacional cuyos ecos se habrán hecho sentir con máxima crudeza a ambos lados de la cordillera durante la segunda mitad del siglo XX, sino que también muestran cómo las fronteras inter-estatales originadas a partir de particiones coloniales no sintonizan con las demarcaciones de los ‘substratos populares’ ancestralmente asentados en la macro-región andina ni con la simple voluntad de poder democrático-republicana, sino, antes, con la prepotencia egótica de la sin/razón de Estado (del estado de cosas, por demás, statu quo del utis possidetis juris, colonial). Y de porvenir: en un tiempo en que las tecnomediaciones aceleran tanto las desestructuraciones como las reconfiguraciones de pertenecias e identificaciones, estremeciendo a cada paso las fronteras heredadas, ¿no es hora de acentuar un tempo que entreurda temporalidad occidental (Conquista, Colonia, República, etc.) con las acalladas amerindieras eras (Pachakuti)? Un tiempo a más de un tiempo, tal, al paso, doble compás, co-marcas. Y entonces, tal vez otra vez: qhiparu nayraru uñtas sartañani. Voilà.
* * *
Rro-mán-ti-co an-tár-ti-co, refunfuñara Puba acabando de leer: nomás aUGe y caída del yo-yo, del sustrato del yo-yo diría yo, quiere decir, ¡tardohuidobrera nomás era! ¿Nomás?
NOTAS:
(1) Si el concepto de mímesis presupone un ‘mimado’ o ‘mimable’ (original, modelo, idea o referente) anterior a la re-presentación, la Poética de Aristóteles complica de entrada la cosa: contrabandeando la posibilidad y legitimidad de una mímesis de ‘lo imposible’ (adunaton), desguaza desde ya la distinción entre artes de ‘imitación’ y de ‘creación’ sobre la que V. Huidobro arma su teórico tinglado y, de paso, la amimética venada homérica (elaphos thêleia) recupera sus cuernos, y quién sabe, acaso la vista misma.
(2) Imposible pergeñar aquí todas las singularidades de la articulación del tiempo (en) aymara. Éste tiene como uno de sus rasgos constitutivos el sello de confiabilidad del testimonio dado/recibido, siendo mayor en la medida que el hablante es o ha sido testigo ocular de lo mentado; visión y videncia comandan. Lo anterior implica, entre otras cosas, que toda localización (metafórica) del porvenir esté atrás, en tanto lo aún no visto; lo pasado/presente, al contrario, ‘está’ delante, al frente. Cualquier progresismo como (simple) avance hacia el futuro tiende a ser, en aymara, absurdo (y su traducción requiriera más de una trópica vuelta).
(3) El único pasaje que, con alguna dosis de franco creacionismo, Huidobro ‘escribió’ en lengua aymara, tal vez sin saberlo, habrá estado al comienzo, medio y final del poema Sin por qué (in Ver y palpar, 1941); una ‘frase’ doblemente mínima: “Arum arum / por qué he dicho arum / Por qué ha venido a mí sin timonel / Y al azar de los vientos / Qué significa esta palabra sin ojos / ni manos de estrella.” Arum, del tronco aru (‘habla’, ‘lengua’, ‘idioma’) y el sufijo (posesivo de la segunda persona singular) -ma, apocopado en –m (tal como la a final de aymara en aymar aru, ‘lengua aymara’); arum, ‘tu idioma’, ‘tu palabra’: “El sueño pronto / Pronto prontooo // Arum arum. / Arum en mi cerebro / Arum en mis miradas [...] Es algo repentino y sin raíces [...] / Arum arum.”
(4) Huidobro reitera casi à la lettre muchos de los los postulados del romanticismo temprano, esa vanguardia de las vanguardias que fuera el grupo del Athenaeum. Nomás este ramillete de citas sobre la autoproducción artística: [E]l hombre nunca estuvo tan cerca de la Naturaleza como ahora que ya no busca imitarla en sus apariencias, sino hacer lo mismo que ella, imitándola en el plano de sus leyes constructivas, en la realización de un todo, en el mecanismo de la producción de nuevas formas (V. H., La creación pura, 1925); [E]l arte debe crear como la naturaleza de manera autónoma, siendo organizado y organizante, para formar obras vivas que no sean movidas por un mecanismo exterior, tal como un péndulo, sino por una fuerza que resida en ellas, como el sistema solar, y que vuelvan sobre sí mismas de manera acabada (A. W. Schlegel, Lecciones sobre arte y literatura, 1801).
Andrés Ajens.
Adelanto del libro El entrevero. Una nonada en el Ande; ensayo-relato por venir (Cuarto Propio, Santiago; Plural Editores/ 2008).

