Fotos del jazz

Siete pulsiones de Martín Cinzano

1

El jazz como la banda sonora de la soledad. La historia del jazz como la suma de las biografías de negros solos abandonados por la música. La soledad del jazz o el jazz de la soledad como la barba y los ojos de Monk.

2

Blue Monk no se sostiene. Parece que sí, pero no. La suerte del contrabajo puede ser justamente esa: hacer como si sostiene todo, cuando en el fondo no se sostiene ni a sí mismo. Ese “ni a sí mismo” no implica jerarquía alguna (para Blue Monk, y acaso para el jazz, las jerarquías no cuentan, aunque por lo regular sí se sostienen por sí mismas, pues en eso, finalmente, consiste una maldita jerarquía). Implica, más bien, una entelequia. La entelequia de ser un “instrumento” en la búsqueda de algo. ¿De algo que lo afirme? Lo repito: Blue Monk no se sostiene.

3

Cuando Coltrane arremete (no se me ocurre otra palabra en esta lengua sin jazz), o cuando sopla (ya se me ocurrió) Cowntdown, hay algo que a uno lo pone en guardia. No hay nada en la garganta, ni en el viento. Algo viene y no acaba por venir, siempre.

4

Fotos del jazz: Horace Silver escuchando por primera vez Well you needn’t, de Thelonious Monk, frotándose las manos, ansioso, criminal. Charlie Parker preguntándole a Jean Paul Sartre, totalmente en serio, de dónde salió y con quién ha tocado. Thelonious Monk con un gato en la cabeza, pensando en Bud Powell. Bud Powell con la cabeza trepanada, oyendo una melodía que podría ser Tempus fugit, pero que es más bien un chasquido de electricidad.

5

Está la imagen de Coleman Hawkins tocando Ballade. A su lado, sentado, encontramos a Charlie Parker, que después del solo introductivo de “Hawk” entra con una especie de chillido de su saxo alto y todo de pronto parece muy natural: tu casa, el metro, los pasos en la noche rumbo al cine, el sexo, los deseos de irse a otra parte, en fin. Parker toca durante un minuto o dos y no mira a nadie; parece ser que está pensando en Lester Young y en la lejana época de Johnny Hodges y Benny Carter y Kansas City, pero en realidad está con la mente completamente volcada en el querido Coleman Hawkins (¡cuánto lo admira!), el cual de pronto (después de pasear sus ojos sobre los dedos de Bird) regresa con el saxo tenor, y así es como, sin aspavientos, el tema concluye. Después, la cámara se mueve hacia la derecha y aparecen Buddy Rich y Ray Brown en escena: es entonces cuando Bird, ese hombre al que tantos han condecorado con la desdicha y con cuanta tristeza hayan encontrado sobre el mundo, esboza la sonrisa más abierta que jamás haya tenido un músico de jazz.

6

También esta la imagen de Thelonious Monk, como sorprendido de sí mismo, abriendo la boca mientras sus manos tocan Misterioso.

7

O Duke Ellington improvisando y golpeando las teclas, levantando las manos con movimientos exagerados y felices, sobre un piano instalado en el patio de la casa de Joan Miró. Es divertido: minutos antes, ambos se han paseado por toda esa casa y han comentado las esculturas de Miró, sin ninguno hablar la lengua del otro: El Duke, en inglés, y Miró, en francés. Pero parecen entenderse a la perfección. Son dos viejas glorias caminando una junto a la otra, aunque es demasiado notorio que es El Duke quien se siente de veras muy entusiasmado y contento por estar ahí, porque al momento mismo de sentarse al piano comienza a brotarle por los poros una alegría y una música sin fin, mientras, al fondo, en un segundo plano, Miró se ve un poco ajeno, acaso turbado, echando escalofriantes miradas de incomprensión hacia una escultura blanca, hecha por un tal Joan Miró quién sabe cuánto tiempo atrás.

Martín Cinzano
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Ilustración: Harol Bustos.

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