Urgentes y rabiosos (a quemarropa)

Un cuento de Francisco Miranda quemarropa.jpg

UNO

El primero en llegar al restorán fue el Negro. Después de confirmar que todo estaba normal, debía pedir un shop mediano y un lomito palta, sentarse en algún rincón oscuro y pasar inadvertido, a como diera lugar. A los quince minutos llegué yo, luego de verificar que afuera estaba todo tranquiléin. Me senté al mesón, cerca de la puerta, y pedí un combinado cargadito al pisco para esperar. El plan era perfecto. Así lo pensamos y así lo estábamos ejecutando. La idea era que la Flaca llegara con el auto tipín ocho y media, o sea, un cuarto de hora después de mi aparición. Nosotros le tenemos mucha confianza, aunque ella siempre pone su cuota de impuntualidad. Sin perder la paciencia, de reojo, nos miramos con el Negro y decidimos seguir esperándola. La Flaca era una puta que debutó a los trece en la rotonda Bonilla, cerca de la estación Pajaritos del Metro. En realidad, ahora, a los veinte, no es tan puta ni tan delgada; pero la chapa le quedó de cuando apareció toda flacuchenta y pálida por Santa Marta y se acercó a una mina que la recomendó como amiga a un par de viejos que la hicieron arar en el piso del Chevrolet por una gamba, aunque la mina les cobró una luca. La Flaca se llamaba Teruca. Así me lo confesó una vez, cuando trataba de decirme que me quería y yo, pelotudo soy, no le di ni boleto; pero me acuerdo que me dijo que se llamaba Teruca y que era puta por necesidad y que ella cuando quería a alguien lo hacia sin cobrar y daba besos en la boca, y me tiró la frase coqueta que me pasó raspando por el hombro: “Loco, te quiero más que la cresta”. También me dijo que antes de la inauguración en el puterío con los dos viejos ya había perdido su virginidad y tenía un terrible recuerdo de cuando los canallas la violentaron. “Está oscuro. Es tarde. El sitio eriazo es demasiado peligroso. Se escucha el trote rápido de dos piernas. El trote rápido de una, de dos, se oye el trote rápido de varias personas. Se escucha una carrera inquieta, una carrera desesperada. La muchacha jadeante llega a una esquina; el poste la alumbra de cuerpo entero; es pequeña y frágil. La muchacha se ve nerviosa, aterrada. Trata de oír los otros pasos que venían. No los oye. Se rata de calmar. Da la vuelta para seguir por la calle de tierra. Dos hombres le cierran el paso, otros dos se le echan encima por la espalda. Huelen a mierda. Le tapan la boca, la arrastran; la golpean con sus puños; le pegan patadas; no la dejan gritar; la escupen. Un hombre gordo se arrojó sobre la muchacha. Le da besos en la cara, ella se resiste. Una mano desgarra la blusa celeste; otra mano busca el cierre del pantalón. La desnudan, la muerden, la golpean, la escupen, la odian, la usan, la dejan, se van”.
Eran casi las nueve y la Flaca no aparecía. Otra cerveza pal Negro, otro combinado pa mí. Nunca pensé que dos shops le iban a calentar tanto el hocico. Me puse pálido. El Negro, que debía pasar piola, se puso a silbar desafinado, con sus dedos tamboreando sobre la mesa, y se mandó el carril de pedir un vinito tres cuarto blanco heladito, por favor. Traté de cruzar su mirada para increparlo, pero el pailón ya se había alucinado. No lo podía culpar. Debimos prever que con el copete y el Negro no se puede jugar. La verdad es que nunca se rehabilitó del todo; yo diría que nunca estuvo habilitado para nada. No fue simple la vida del Armando, que así me dijo que se llamaba. La primera vez que tomó lo hizo por partida doble: tomó ron para darse ánimo y tomó todo lo que había en la caja de la botillería. Desde ese día, los tres son inseparables: el Negro, el copete y el dinero ajeno. No es que él sea autodestructivo, pero tengo la impresión de que trata de agredirse. Se da duro cuando toma, como castigándose por tomar lo que nunca tiene y que sabe que jamás será de él. Es el sino de haber nacido sin nada, crecer vendiendo en las micros y tener por escuela el Hogar Niño y Patria, la Correccional de Menores, la Cárcel de San Miguel y la Peni, todo entre los diez y los dieciocho años. Con toda esa carrera se presentó al cantón 26. Obvio que después de un par de chuchadas, lo mandaron de paisa pa fuera del servicio militar. Había desarrollado esa habilidad de apropiarse de todo cuanto le pareciera bonito (para regalárselo a la polola de turno o a su mamita, que en realidad era una tía solterona), aunque tenía preferencia por los pequeños negocios del barrio: “le robo a los ladrones”, me dijo una vez cuando me contaba las humillaciones de pedir fiado o anotado en la libreta y después pagar mucho más de lo que se había comprado. Después del último canazo en la Peni, se lanzó a los grandes: una camioneta repartidora de cigarrillos Cerro Castillo, dos autoservicios –un Copec y un Shell–, tres supermercados Ekono y una oficina del Banco del Desarrollo, todo en poquito menos de un año. Se acostumbró a trabajar solo. No confiaba en nadie; los viejos lo podían joder y los brocas se urgían demasiado. Desde hace unos meses se decidió a moverse conmigo; parece que necesitaba un amigo y yo he tratado de no traicionarlo, somos casi hermanos. A la Flaca la invitó él mismo, después de pololear una semana. Se enamoró de ella en una fiesta del club y se pusieron a vivir en una pieza que les pasó la tía solterona.
El tercer combinado me tenía en las cuerdas, así es que me fui al baño y me tragué una sobredosis de anfetaminas, me refresqué la cabeza y eché una meada. Salí de nuevo hacia el mesón, el lugar estaba repleto y no pude ver al Negro que a esas alturas cantaba un bolero de Lucho Barrios. Calculo que serían como las diez de la noche y decidí acercarme al Armando para resolver qué hacíamos. Cuando me vio, gritó y saltó sobre mí para abrazarme, pasando a llevar el bolso donde tenía la UZI, el que cayó seco al suelo; por suerte el golpe se diluyó en el ruido del ambiente. Le traté de explicar que la situación no era ya la que habíamos planificado, pero el muy terco insistía en que la Flaca no le iba a fallar, aunque yo sabía que ella no estaba ni ahí con él y que ya había tratado de fallarle conmigo. “Está bien –le dije–, esperemos media hora más y si no llega, nos compramos un pisqueli y nos vamos de carrete por ahí”. Siempre quise ser un hippie como mis hermanos, pero nací a destiempo. Para peor, crecí bajo el signo de la bota y el uniforme, en los años duros que pusieron fin a la bohemia a punta de balazos y toque de queda. A los doce me fumé el primer pito, me tomé el primer copete y me tragué la primera pepa. Tiempo después, digamos dos veranitos en San Sebastián, me pinché el brazo derecho y jalé de la buena en un carrete que todavía no termina. Vivo esta semana con unos locos cerca del parque Bustamante. Todo es momentáneo. Todo pasando. Yo controlo todos mis vicios y les pondré fin cuando se me den las cosas. Después de ser expulsado de la universidad el primer semestre, mi gran proyecto ahora es hacerme rico lo más pronto posible. Lo intenté vendiendo artesanía en Las Condes, pero mi fuerte no fue la pequeña empresa; después me puse a vender marihuana a la salida de un liceo y me pegué un patillazo que no quiero repetir. Si ahora no me resulta este rubro, me hago burrero de los colombianos y me dedico a marino mercante pa recorrer el mundo.
Regresaba al mesón cuando la Flaca entró con un vejete cuarentón; lo traía súper agarrado, dándole besitos en el cuello. El descarado traía su mano derecha en lo que se llama pechuga y la Teruca movía sus caderas en la más galletita quebradiza. Me hizo un gesto disculpándose por el retraso, pero me dio a entender que ya estaba allí con el auto. Me las ingenié para avisarle al Negro que diéramos paso a la segunda etapa del plan. Armando se subió a la mesa, desde su mochila sacó una pistola 38 y como pudo, con su voz algo borracha, gritó: “éste es un asalto, conchas de su madre; al primer güevón que grite le pego un tunazo…”, y se quedó callado, como tratando de recordar la segunda parte de su libreto mal aprendido. Yo me había puesto de pie y, cerrando la salida, grité: “todo el dinero de los parroquianos en las mesas y la plata de la caja aquí en este bolso. Rapidito que estamos apurados”.
Una vez que recogimos todo el billete, nos juntamos con el Negro en la puerta para iniciar la fuga. Antes de arrancar, me acerqué a la mesa donde estaba la Flaca con el juato y dije: “para evitar que nos sigan o que llamen a la policía, nos vamos a llevar a esta pareja de tórtolos”. El viejo no la quería creer cuando tomé a la Flaca del brazo le puse el frío cañón de la UZI en su nuca de degenerado. Ambos se pusieron de pie y nos acompañaron. La Teruca gritaba para dar veracidad a su papel de secuestrada, mientras yo empujaba hasta el auto al galán desafortunado.
En el papel, la fuga era pan comido. Solo teníamos que superar los dos males endémicos del chileno medio: los imprevisto y el afán suicida por los triunfos morales. A pesar de su retraso, la Flaca se sacó un siete: el auto era pura potencia, aunque el viejo calentón como chofer no le ganaba a nadie. Nuestra actitud ganadora se subió por el chorro, más por el alcohol y las pastillas que por las cualidades del conductor. El Negro con sus vinachos gritaba más que Los de Abajo y yo con las pepas tenía el ánimo pegado en el techo de este Ford del Rey azulito. Viento en popa, íbamos de chasca cuando aparece el primer imprevisto de la calle: miti miti blanquinegro, furgón Z-934, tenencia Alessandri, los mismos de siempre. “¡Mierda! –gritó el Negro– ¡Acelera, viejo cabrón!”. Traté de calmar las pasiones, pero el chicle se me pegó en la muela y no pude hablar. El viejo se pegó grossa aserruchada, suficiente pa llamar la atención de los tombos. Mientras las sirenas ululaban tres cuadras atrás, me puse a dar instrucciones. La Flaca, portadora de un femenino 32, debía seguir con el viejo en el auto y esperarnos un par de calles más al oeste. El Negro y yo emboscaríamos al furgón para probar suerte. Dando cumplimiento a mis órdenes, nos bajamos en Aeropuerto con Cinco de Abril y corrimos a parapetarnos en la esquina, detrasito del quiosco de diarios. Con la UZI tiré una ráfaga al parabrisas de los perseguidores. El furgón se ronceó, hizo un trompo y se detuvo. Los pacos quedaron dándonos la espalda y para colmo de buena suerte resultaron ser solo dos los verdes. Yo corrí y me ubiqué detrás del que manejaba, asegurándolo con una ráfaga de medio cuerpo hacia arriba. El Negro trató de liquidar al otro, pero se confundió, porque el infeliz se hizo el fiambre. Acto seguido, nos mandamos cambiar. La avenida se había vaciado; no quedaba nadie, a pesar de ser noche de sábado. Nuestra carrera hasta el auto resonaba entre los blocks de departamentos pintados con inmenso murales multicolores y frenéticos. En un segundo piso sonaba a todo dar una música rítmica sin mucha melodía, mientras los muchachos de la fiesta nos miraban desde la ventana. Era patético. Me pareció ver a la Garra Blanca atónita por un gol del Chuncho. Llegamos a la esquina acordada y el auto no estaba. El corazón agitado y la respiración acelerada no me dejaron cachar nada. Nos detuvimos.
En el auto, el viejo se había puesto mañoso y quiso seguir de largo. La Flaca le metió un tiro en el abdomen y se fueron a estrellar con un poste una calle más allá de lo presupuestado. Cuando la Teruca nos vio tocó la bocina para avisarnos. Corrimos otra vez hasta el auto. El Negro abrió la puerta del chofer, sacó el bulto ensangrentado y lo dejó caer en el asfalto. Yo me senté atrás y Armando se sentó a mi lado. Nuevo imprevisto, carecíamos de conductor. Ninguno de los tres sabía manejar. Nos miramos muertos de la risa. “Parece que se acabó el viaje”, dijo la Flaca. Patitas pa qué te tengo, nos pusimos a correr hacia dentro de la población, por pasajes caletas, oscuros y apatotados. Llegamos hasta la plaza El Faro, descansamos un rato y nos fuimos pa la Nogales, donde unos amigos del Negro. Compramos unos pisquitos y antes de entrar a la casa me puse otra dosis de anfetas.

DOS

El Chamusa estaba condenado sin ser culpable. Paria entre los parias, se quedó pegado en el pegamento; poco a poco sus aspiraciones íntimas se fueron reduciendo a inhalaciones alucinógenas, a frustraciones pegajosas. A estas alturas, ya no valen las explicaciones, puesto que no hay en él afán alguno por redimirse. Esa noche de sábado pudo haberse inflado los pulmones y las sienes en el parque, en el bandejón central de la Alameda, en un callejón sin importancia. Sin embargo, se quedó tirado frente a la puerta de entrada a otro purgatorio. Entre pesadillas y realidad, entre despertar o cambiar de giro en su fantasía, los hechos se le montaban unos sobre otros sin pausas de tiempo. Primero fue algo así como un disparo, luego un auto se le venía encima y a metros de él chocaba con un poste; sonó un bocinazo; dos tipos llegan corriendo, uno de ellos se sienta atrás, el oto abre una puerta y saca al chofer dejándolo en el suelo; enseguida se sienta junto al otro sujeto, atrás; escucha algo parecido a risas; se bajan los dos hombres y una mujer, que salen corriendo hacia donde él estaba postrado; parece que no lo ven, pasan por su lado ignorándolo, como siempre. Él no quiso ver sus caras, pero las vio. La noche se puso frígida. Comenzaron a sonar sirenas policiales. Llegó un auto de los ratis; luego apareció una ambulancia. El Chamusa quería ponerse de pie y correr, o por lo menos salir de allí, pero las piernas no le respondieron. Estaba alucinado, asustado, quería gritar, sacar ese ahogo de su pecho, pero su voz se quedó dentro de la bolsa plástica. Los tiras se acercaron, lo tomaron de los brazos y lo echaron arriba de la patrullera. Le pegan unos combos y lo tiran en el piso del auto. Los tipos le cargan sus tacos en las costillas; se quiere mover, pero nada. Lo toman del pelo y le dicen groserías. No logra ofenderse, solo llama a su mamá, asustado. El auto se mueve. Van a mucha velocidad. No logra coordinar. El vehículo se detiene. Antes de bajarlo, le cubren su cabeza con el chaleco. Le doblan su brazo izquierdo, provocándole un dolor en el hombro. El chaleco lo desespera, se trata de mover y siente un golpe de puño en las costillas. Grita y llora, pero no siente dolor, solo está asustado. Tropieza con un peldaño y al caer se disloca el hombro. Lo tiran en un calabozo, pero no logra distinguir el olor a orín, óxido y encierro.
Llora asustado como niño perdido y sólo murmura llamando a su mamá. Al rato, se abre la puerta metálica, lo sacan a tirones y lo arrastran hasta una oficina. Lo sientan frente a un escritorio y le preguntan por armas, dinero y personas. El Chamusa no cachaba una. Entre cada golpe de corriente movía la cabeza y decía palabras y frases sin pensar. El relato que hizo fue desordenado.
Antes de subirlo al auto, lo hicieron firmar un comprobante de buen trato. Iba en el asiento de atrás. Lo pasearon casi toda la noche. Como a las seis de la mañana, los ratis acudieron a un llamado por una mocha o algo así. Cuando llegaron al lugar de los hechos vieron un tumulto, hicieron sonar la sirena y la gente salió corriendo. Se detuvieron frente a una casa que estaba con las luces encendidas y la puerta abierta. Se bajaron dos ratis y fueron recibidos con algunos disparos que sonaban dentro de la casa. Los tiras se escondieron tras el auto patrulla. Uno por cada lado, accedieron a la puerta abierta. En el suelo, sentado, borracho y con ataque de risa estaba el Negro, dando la espalda a la calle. Lo hicieron puré a balazos. Quedó tirado, sin latidos. Arrodillaron al Chamusa frente al cuerpo ensangrentado y realizaron el careo. Tenía el rostro duro, pálido y dolido. El Chamusa dijo: “no sé”, pero no le creyeron. Le preguntaron de nuevo, recordándole los golpes de corriente, y dijo casi todo: nombre y dirección.

Francisco Miranda

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Este cuento obtuvo el Primer Premio en el Primer Concurso Nacional de Cuentos “Manuel Rojas” para escritores jóvenes, organizado por Mosquito Editores y Fundación Beskow, en 1991, y ha sido editado en las siguientes publicaciones:
“Urgentes y rabiosos”. Concurso Nacional de Cuentos “Manuel Rojas”, 1991, Mosquito Editores.
“Crímenes criollos”. Antología del cuento policial chileno, Ramón Díaz Eterovic, selección y prólogo. 1994, Mosquito Editores.
“Subversor – Des(h)echos”, Francisco Miranda, LOM Ediciones, 1993.
“Perro agónicos”, Francisco Miranda, LOM Ediciones, 1997.

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