Puente
Prosa de Soleida Ríos

Cruzar el puente (inestable, de maderas atadas), cruzarlo por el centro, lo ancho que desciende, sumada a otro (muchacho desconocido que ya cruzaba, que igualmente cruzaría sin mí, al que no he visto antes y de seguro nunca volveré a ver). El cruce, aun con la fuerte inclinación de la bajada, puede ser saludable. De simple aceleración a carrera juguetona. “…Ay qué maravilla”. Qué maravilla descender. El puente, claro, se sacude como un ser vivo. El otro y tú recorrerán el centro, ancho, descendente, inclinándose hacia atrás, modo práctico de levitar, cuando aún el vuelo no es posible. Por la ladera derecha lo cruzarán Elsa (la profesora) y una sombra (mujer con vocación, al menos aparente, que ni estudió ni ejerce. Va con Elsa, cercana a Elsa, detrás de Elsa. Por el puente, y antes, cuando se detuvieron en un recodo que supuse merendero y dejé de verlas cual si se hubiesen esfumado).
Cruzar el puente, que al principio me pareció difícil y arriesgado era una fiesta del cuerpo. Bien lo supe después.
Elsa y la sombra, maestra por vocación, la que la sigue o acompaña, desaparecen de mi vista, se vuelven a esfumar. Eso, del lado de acá del puente, extrañamente, no me alarma, no me crea desazón, porque intentando ver a Elsa entre los que arribaban al final, los que iban a traspasar la zona del barandal. (Obviamente yo suponía en el cruce de Elsa una demora, la lentitud a que la obliga el dolor y la hinchazón de sus rodillas .Y no es desechable, además, pensar en el ritmo propio de Elsa, ritmo pausado, de cortos, secos detenimientos para mirar aquí o allá, o sopesar una telita –le tissu rouge?– que cuelga de un mostrador…), intentando ver a Elsa de este lado (cuando ya el cuerpo debe tenerse erguido y los pies firmes sobre una recta, perdida toda laxitud, esa dichosa flojedad, la maravilla del descenso), ves que las dos vistosas muchachas que te atienden (cicerones, azafatas en tierra, ordenadas, dispuestas por resolución) se alteran un poco, tienen una ligera desfiguración y un revoloteo como de tataguas espantadas. ¿Cómo es que voy a estar mirando a los que acceden al final o cruzan ya el puente? Ni a Elsa, ni a nadie más. Las azafatas informan con la seguridad que aporta la costumbre u otorgaría la ley. Después de haber cruzado el puente no hay que ver otro rostro, se mira sólo el rostro propio.
Pero sucede que interiormente, has seguido elucubrando formas de empatar tu itinerario con el de Elsa. Meriendas, mientras tanto. Doy tiempo. Un ardid. Sé que en mi bolso de cuero hay un pobre billete de tres pesos, hurgo hasta el fondo para encontrarlo y salen (cosa que no esperaba, que no podías esperar pero tampoco me ha asustado) mi gato amarillo, en miniatura, un robusto alacrán y la cucaracha que uno de los dos logró ensartar en un antes que quizás no deberías investigar. Gato, alacrán y cucaracha salen y se alejan como una sola cosa, una sola y compacta armazón.
- ¡ Zape!
Una de las vistosas (tataguas) uniformadas, sin abandonar su ya característico revoloteo, averigua y ofrece los datos para la localización del Municipal adonde debe haber ido Elsa (con su sombra) en busca de unos honorarios. Aclara, como es de suponer, que no la podré ver.
- Dos criaturas quinientos cincuenta y siete… – ha dicho muy segura la tatagua y hace una seña con la mano, una seña dos veces circular.
- Entiendo… entiendo – dirás, precavida y llena de circunspección.
3 de octubre, 1998.
El Lugar, sitio de origen, desde donde partimos y a donde habremos de volver está presente aunque no se le puede (¿no será licito?) recordar. Lugar para el dormir y la masticación, donde se está por derecho de pertenencia pero es enteramente ajeno. Litoral con talante de espesura, soleada cárcel donde oí “la madre es fría y está cumplida, mas tiene habilidad para impedir que le digas adiós…”, y oí, con extraña aspiración, en un susurro, “pero ay del que no marcha esa marcha donde la madre ya no le sigue, ay”. Lo dirá, o lo habrá dicho ya, seguro, ciento por ciento, el Sigiloso.
Soleida Ríos
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Soleida Ríos nació en Santiago de Cuba, 1950.
Obtuvo becas concedidas por la Fundación Alejo Carpentier (1997) y Cuban Artist Fund de Nueva York (2004).
Entre otros eventos literarios tuvo participación en Una Cuba, cinco voces (junto a Kozer y Lorenzo García Vega), mesas de lectura organizadas por el Centro Cultural de España en Buenos Aires (2004).
Obras publicadas:
De la Sierra, poesía, Ediciones Uvero, Santiago de Cuba, 1977
De pronto abril, poesía, Ediciones Unión, La Habana, Cuba, 1979
Entre mundo y juguete, poesía, Editorial Letras Cubanas, 1987
Poesía infiel, Antología de jóvenes poetas cubanas (Selección, prólogo y notas), Editora Abril, La Habana, Cuba, 1989 .
El libro roto, poesía, Ediciones Unión, 1995; Editorial La Palma, Madrid, 2002. Traducido al francés, se prepara edición en “La diferencia”, París.
Libro Cero, prosa, Editorial Letras Cubanas, 1999
El Texto Sucio, prosa, Ed. Unión, 1999 (próxima publicación en inglés por la editorial City Lights de San Francisco, EEUU)
El Libro de los Sueños, prosa. Ed. Letras Cubanas, 1999
Fuga, (una antología personal) Ediciones Unión, 2004.
Una Cuba: cinco voces, Buenos Aires, 2005. publicado por Edit. Tsé Tsé y el Centro Cultural de España en Buenos Aires.
Antes del mediodía (Memoria del sueño), en preparación.
Aparecen textos en numerosas antologías de la poesía cubana y revistas (varias digitales), editadas en Cuba y otros países (dossier en La Habana Elegante, primavera, 2004).
Traducciones al inglés, italiano, francés y portugués.

