“El pensamiento nadie se lo toma en serio”
Deleuze por Deleuze

A mí me formaron dos profesores que yo quería y admiraba mucho: Alquié e Hyppolite. Pero la cosa acabó mal. Uno tenía unas manos muy blancas y largas, y un tartamudeo que, aunque no se sabía muy bien si venía de la infancia o si por el contrario estaba allí para ocultar un acento natal, se ponía al servicio de los dualismos cartesianos. El otro tenía un rostro imponente de rasgos incompletos, y ritmaba con el puño las tríadas hegelianas, tropezando al hablar. En la época de la Liberación continuábamos extrañamente atrapados en la historia de la filosofía. Simplemente entrábamos en Hegel, Husserl y Heidegger; nos precipitábamos, como cachorros, en una escolástica aún peor que la de la Edad Media. Por suerte existía Sartre. Y Sartre era nuestro Exterior, una verdadera corriente de aire fresco (y poco importaba saber, desde el punto de vista de una historia futura, cuáles eran sus relaciones precisas con Heidegger). Entre todas las probabilidades de La Sorbona, él era la única combinación capaz de darnos la fuerza necesaria para soportar la nueva reordenación. Y Sartre nunca ha dejado de ser eso: ni un modelo, ni un método, ni un ejemplo, un poco de aire puro, una corriente de aire fresco, incluso cuando dicha corriente venía del Flora, un intelectual que modificaba de forma singular la posición del intelectual. Por eso es totalmente estúpido preguntarse si Sartre es el comienzo o el final de algo. Como todas las cosas y personas creadoras, está en el medio, crece por el medio. De todas formas, en esa época yo no me sentía atraído ni por la fenomenología ni por el existencialismo, y aunque no sabría explicar verdaderamente por qué, lo cierto es que cuando llegamos a él ya era historia: demasiado método, demasiada imitación, demasiado comentario e interpretación, salvo Sartre. Así pues, tras la Liberación, la historia de la filosofía nos atrapó sin que nos diéramos cuenta, so pretexto de abrirnos a un porvenir del pensamiento que a la vez sería el más antiguo de los pensamientos. La “cuestión Heidegger” no me parece que sea precisamente la de: ¿fue un poco nazi? (por supuesto, por supuesto), sino la de: ¿cuál ha sido su papel en esta nueva inyección de historia de la filosofía? El pensamiento nadie se lo toma en serio, salvo los que se pretenden pensadores o filósofos de profesión, lo que no impide, ni muchísimo menos, que tenga sus aparatos de poder, y que uno de los efectos de ese aparato de poder sea precisamente decir a las personas: no me toméis en serio, yo pienso por vosotros, os doy una imagen, una conformidad, normas y reglas a las que podréis someteros hasta tal punto que lleguéis a exclamar: “No tiene importancia, no es asunto mío, es asunto de los filósofos y sus teorías puras.”
La historia de la filosofía siempre ha sido el agente de poder dentro de la filosofía, e incluso dentro del pensamiento. Siempre ha jugado un papel represor: ¿cómo queréis pensar sin haber leído a Platón, Descartes, Kant y Heidegger, y tal o cual libro sobre ellos? Formidable escuela de intimidación que fabrica especialistas del pensamiento, pero que logra también que todos los que permanecen fuera se ajusten tanto o más a esta especialidad de la que se burlan. Históricamente se ha constituido una imagen del pensamiento llamada filosofía que impide que las personas piensen. La relación de la filosofía con el Estado no se debe únicamente al hecho de que desde un pasado no muy lejano la mayoría de los filósofos sean “profesores públicos” (aunque este hecho tuviera en Francia y en Alemania significados distintos). La relación viene de más lejos. Y es que el pensamiento toma su imagen propiamente filosófica del Estado como bella interioridad sustancial o subjetiva. Inventa un Estado propiamente espiritual, como un Estado absoluto, que no es ni muchísimo menos un sueño, puesto que funciona efectivamente en el espíritu. De ahí la importancia de nociones como las de universalidad, método, preguntas y respuestas, juicio, reconocimiento o recognición, ideas justas, tener siempre ideas justas. De ahí la importancia de temas como los de una república de los espíritus, una investigación del entendimiento, un tribunal de la razón, un puro “derecho” del pensamiento con ministros del Interior y funcionarios del pensamiento puro. La filosofía está impregnada del proyecto de convertirse en la lengua oficial de un Estado puro. Así el ejercicio del pensamiento se ajusta tanto a los fines del Estado real, a las significaciones dominantes, como a las exigencias del orden establecido. Nietzsche ha dicho todo lo que hay que decir sobre este punto en Schopenhauer como educador. Todo lo que pertenece a un pensamiento sin imagen, el nomadismo, la máquina de guerra, los devenires, las bodas contra-natura, las capturas y los robos, los entre-dos-reinos, las lenguas menores o los tartamudeos en la lengua, etc., es aplastado y denunciado como nocivo. Por supuesto, otras disciplinas diferentes de la filosofía pueden jugar ese papel de represor del pensamiento. En la actualidad incluso se puede decir que la historia de la filosofía ha fracasado, y que “el Estado ya no tiene necesidad de la sanción por la filosofía”. Ávidos contrincantes han ocupado ya su sitio.
* Gilles Deleuze, “Una entrevista, ¿qué es?, ¿para qué sirve?”. En: GILLES DELEUZE/CLAIRE PARNET, Diálogos. Valencia, Pre-Textos, 1980. (Ed. francesa: Dialogues. París, Flammarion, 1977)

