Padres sin hijos

La vida privada de los árboles según Contreras

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La vida privada de los árboles
Alejandro Zambra
Anagrama
Barcelona, 119 págs.
2007.

La vida privada de los árboles aparte del título, es la historia de un álamo y un baobab que le cuenta un hombre de madrugada a una niña para que ésta se duerma. O mejor dicho, es una de las formas con que un padrastro busca mantener ocupada a la hija de su esposa, mientras ella se demora en un taller de pintura o porque pinchó un neumático o acompañó a alguien a la clínica o se fue con una amiga a algún happy hour. Aunque también es el relato oral que un escritor va narrando como respuesta a su imperativa y más íntima pregunta: “¿Es más fácil leer el libro de un padrastro que leer el libro de un padre?”
Esta segunda novela de Alejandro Zambra habla de eso extraño, pero demasiado vigente como modelo de componer un hogar sin hijos propios, sino que con retoños prestados, donde en definitiva el recién aparecido terminará siendo el adoptado: “Hace tres años que Julián llegó a la familia, pues fue él quien llegó, Verónica y la niña ya estaban, fue él quien se casó con Verónica y en cierto modo, también, con Daniela, que al principio se resistía pero de a poco fue aceptando su nueva vida”.
Ser padrastro como una posibilidad de construir, sobre las ruinas de un matrimonio anterior, la oportunidad de volver a creer que en una casa no bastan los electrodomésticos o las cuentas al día para sentirse en un hogar. Algo que contrariando a los solterones de Houellebecq o de Birmajer en sus cientos de aventuras de hombres casados, separados, felices o en la ruina, Zambra se adelanta a cerrar en un notable párrafo la discontinua línea de los afectos posmodernos: “Ella sólo tuvo un padrastro, por lo que, piensa ahora, debería sentirse afortunada. Haber tenido sólo un padrastro era signo de estabilidad”.
    La vida privada de los árboles es un novela moderna no sólo porque cuestione su propia naturaleza de género o sea defendida con garras por Bisama (otro maestro del montaje y la desaprobación del canon novelesco), sino porque reemplaza la ausencia de temas cotidianos en la narrativa actual, con la simpleza de escribir sobre lo que le pasa a cualquiera. Puede sonar ingenua esta valoración, pero se ajusta plenamente a un libro que podría ser leído por quien sea (pienso en Cheever, en Carver, en ese Bolaño escribiendo con su hijo en las rodillas y por supuesto en Chéjov, como el fundador de las historias más sencillas, caseras y ridículas, pero profundamente trascendentales). Pienso en mi propia lectura, porque la inicié haciendo una fila para pagar cuentas, luego a la espera de que mi hijo –o el hijo de mi mujer– terminara sus clases de fútbol en el estadio, para terminar cerrando el libro mientras recalentaba la comida suya y mía en el microondas.
Zambra habla de “la vida privada de escritores” como si no lo fueran. Ha desentrañado y expuesto su catástrofe cotidiana, idéntica a la de un tipo que toma el metro pensando en las cifras de su liquidación que irán a parar a una pensión infantil o el presupuesto que le resta para comprar una torta que conmemore un nuevo año juntos: “Una larga hilera de personas a las que empezaban a querer pero que muy pronto olvidaban, pues ya no los veían más: desaparecían, para siempre, o reaparecían años más tarde en la fila del supermercado”.
Un foco de realismo clase-media, por lo demás, que la narrativa nacional había olvidado –ensayando la fórmula donosiana que tanto daño hizo a los libros de los ’90 en adelante– y que mucho mejor ha sido revisado en las páginas de Lihn –sobre todo en su formidable cuento Agua de arroz– los versos de Cuevas llevando las mallas de la feria luego de retirar a sus hijos de la escuela o alguna letanía sobre la familia en la intimidad del mejor Millán. Un ejercicio de rescate y asimilación que el poeta Zambra sabe cuajar en su narrativa.
Dentro de esa posible referencialidad, este libro va construyendo una obra que podemos mirar tras los vidrios empañados de una casa pareada, por donde se divisan los contornos de su micro-novela Bonsái: “Tal vez no diría un hombre joven, tal vez se limitaría a precisar que el protagonista no es exactamente un niño o un hombre maduro o un viejo (…) un hombre encerrado con su bonsái, cuidándolo, conmovido por la posibilidad de una obra de arte verdadera”. Necesario o no, el juego funciona y la intertextualidad propuesta es efectiva en la medida que el barrio de Zambra nos va resultando tan familiar como un libro de bolsillo al que doblamos las esquinas de sus hojas, pensado en recorrerlas con los días.
Un álbum de la memoria. Una suma de voces. La reparación por medio de hebras deshilachadas de un tejido tan deteriorado como puede ser disfuncional y conservadora la familia que nos crió. Los recuerdos de la propia infancia de un protagonista que, escudado en el epígrafe de Perec, dice no tener recuerdos. El flash back de una tarde, de una noche, una madrugada asolada por el toque de queda cuando se recuerda a sí mismo a la edad de su hija, jugando el año ‘84 a la Metrópolis, mientras las ráfagas de balas ponen en duda los afectos. Viviendo en un país en blanco y negro. Y oímos, por ejemplo, a una madre cantando las “subversivas” canciones de Violeta Parra como si fueran canciones de derecha, por el solo hecho de que son fáciles acordes para avanzar con la guitarra. Algo así como ocurre con el propio libro que leemos: Julián empieza a contar una historia con el único afán de mantenerse ocupado, mientras su esposa no llega para terminar la historia, pero a la larga ella nunca se asoma y sólo tenemos los aprontes, los anuncios beckettianos de Verónica que no llega con la lluvia. Una delgada lluvia ha bañado el final, y comienza a parecernos una tormenta. La escritura dando forma a la espera.

Roberto Contreras

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