Lo testimonial en Carlos Droguett

Ensayo de Milton Aguilar

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Si tomamos en cuenta que el testimonio es un modo de entenderse con las requisitorias del presente, y sobre todo con un presente que, desde la perspectiva del hablante, ha perdido o extraviado sus bases de sustentación, podríamos afirmar que muchos de los escritores de la generación del 38 tienen como objetivo dar cuenta de la experiencia crucial de la fractura o del cambio; por lo tanto, se documenta lo inédito.
Es importante destacar que el sujeto hablante o emisor que asume este discurso lo hace desde la perspectiva de quien testifica en favor o en contra de algo, en consecuencia, el discurso se presenta como un discurso fuertemente persuasivo, como un gran alegato en favor de una verdad atestiguada que en el caso de la generación del 38 sería dar cuenta de un proceso creador y de la angustia y desgarramiento del escritor, como ente social, frente a las injusticias de la sociedad.
Desde la experiencia privada, personal, se pretende dar testimonio de un determinado momento histórico con la certeza de pertenecer y actuar en un mundo en plena transformación. Por lo tanto, cambiar el mundo o la conciencia fue anhelo general de esta generación: la de “convertir la palabra en acto”, según Eduardo Anguita.
En este sentido, para muchos de estos escritores, el testimonio tiene primeramente un sentido cuasi empírico: designa la acción de testimoniar, es decir, de relatar lo que se ha vivido u oído en ese momento histórico. El testigo es el autor de esta acción: es quien habiendo visto u oído hace una relación del acontecimiento. El testimonio no es la percepción misma, sino la relación, es decir, el relato, la narración del acontecimiento. En este sentido, transporta las cosas vistas al plano de las cosas dichas.
Muchas de las características, enunciadas anteriormente, se presentan en “Materiales de Construcción”, (en Aisthesis, Santiago, Nº 3, 1968, pp. 203-225.), de Carlos Droguett, y que él definió como apuntes que reflejan algunas experiencias en búsqueda de un breve destino y la forma de materializarlo. Por ejemplo: El yo como testigo de su propio tiempo. Un individuo que tiene conciencia del lugar que ocupa en la sociedad y de la labor que realiza:
“ … todo lo que he vivido ha servido para empujarme al lugar donde estoy, no en este país, en esta calle, en esta casa ajena en que escribo, sino más bien entiendo por lugar este tiempo, estas circunstancias que querría Ortega: el mundo que me rodea y que transformándome me ha deformado”.
Es así como el texto de Droguett se podría clasificar como verdaderamente testimonial, ya que calza perfectamente con la definición que da Renato Prada Oropeza (“De lo testimonial al testimonio. Notas para un deslinde del discurso-testimonio”, en Testimonio y Literatura, pág. 9.), cuando afirma que: no hay otro testimonio objetivo de la identidad del sujeto que el que él da sobre sí mismo cuando articula o mientras articula un discurso.
“Materiales de Construcción” se refiere al proceso de llegar a ser escritor, entendido como una trayectoria en la que las experiencias de vida han sido decisivas; de una transformación interior que ha llevado a afirmar una identidad que se define en el quehacer literario. En efecto, pues Droguett afirma que desde muy joven se ha nutrido de impresiones y que “no sabría separar mi carne de mi sangre, mis sueños e ilusiones de las realidades que las han confirmado o frustrado”. Esta afirmación se une a una clara conciencia de saber que “todo lo que he vivido ha servido para empujarme al lugar donde estoy… el mundo que me rodea y que transformándome me ha deformado”.
Esa actitud se manifiesta concretamente cuando confiesa que “había llegado a una situación, en edad y sufrimiento, en presión y compromiso, que ya todo lo literatizaba”. Para Droguett los hechos –pequeños, insignificantes, imperceptibles–los considera vitales “para la intención de estas vagas experiencias de un individuo que ha querido ser escritor de garra o con garras”.
Se desprende de ello que el sujeto hablante testifica en favor de una verdad, que es su verdad, que es la imagen convincente que da de sí mismo y que ofrece a su lector virtual. Se presenta como la relación de los hechos más significativos que no intentan probar nada, sino que dar cuenta de los días más desolados de la infancia, aquellos elementos “que iban construyendo, reconstruyendo o preservando mi soledad y mi soledad es, me parece, un elemento necesario, no para que se comprenda lo que después he escrito, sino para comprender yo mismo ese extraño terror, ese tentador terror que me acompañó durante toda la infancia”.
El discurso de Droguett da cuenta de los días desolados de su infancia donde se fue forjando su ser escritor, referir a ello es reconocerse como tal. El testimonio consiste, por lo tanto, en revelar el sentido que esas experiencias infantiles tuvieron: en ellas se fue constituyendo la identidad que él ahora -en el momento que las relata en su discurso- afirma para sí mismo. Son los elementos que le permiten salir en busca de su infancia, los que formaron o deformaron su infancia y “que de algún modo misterioso, me hicieron escritor o más bien me impulsaron a juntar palabras para reconstituir una infancia o inventarla”.
Estos recuerdos le permiten reafirmar el criterio de verdad que sustenta su alegato que es para sí mismo: “si no alargo la mano para tocar aquellas imágenes, no seré todo lo verdadero que creo que debo ser, todo lo sincero que debe tener para mí, más que para los otros, este informe para mí mismo”.
Creo que es importante destacar en esta afirmación última que no es una ruptura de lo que se ha definido como un discurso testimonial, en que el emisor se halla desdoblado en dos instancias, ya que el autor afirma que más que hablar para los otros se habla a sí mismo. Droguett se habla a sí mismo, pero al construir un discurso que habla de la intimidad de esa verdad personal y que se hace público, comunica a otros la experiencia y proclama su convicción de que el escritor verdadero, sincero es ése que cala hondo en lo vivido “todo lo que he vivido ha servido para empujarme al lugar donde estoy…”.

Milton Aguilar

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