Agujeros negros

Relato de Alina Reyes

piernadiaz.jpg

Él tenía un par de esposas colgando entre sus cuadros, territorios extraños que en algunos casos lograban salir del lienzo; semejantes a la luna o al desierto de Atacama en Chile o –como me explicó en el taxi rumbo a su casa–, a un agujero negro. Había otros que iban en distinta dirección; –pornografía–, dijo. Pero no lo eran porque los cuerpos copulando se descomponían tal como los píxeles de una imagen digital y el espectador tenía que adivinar el resto.
La realidad estaba velada. Lo adiviné esa noche lunar en que nos conocimos y volví a recordarlo durante la operación para dar con su paradero: primero aparecieron sus cuadros. Luego su nombre completo, domicilio y teléfono.
Yo estaba en un momento efusivo y quería dejarme llevar por la perturbación que la luna había provocado. Su cabeza rapada parecía otro territorio desconocido, un planeta inexplorado, o al menos una superficie que despertaba mis fantasías. Lo acaricié lentamente con la punta de los dedos, también la barba, el borde de los ojos. Recorrí los pelos de su pecho y aspiré un olor a bosque encantado. Quiero perderme aquí, me dije. Y así fue.
Dijo que las esposas las había encontrado botadas en Harlem, sin llave, y que la pinza para abrirlas llegó a sus manos dos años más tarde en una gresca entre la policía and some gangs en Coney Island. Lo imaginé en medio de la batalla campal, recogiendo las llaves de la policía, que botó a la basura para quedarse sólo con ese artilugio. Al regresar a casa comprobó que servían para las esposas. Las vi después, al despertar en su apartamento y recorrerlo pisando con cuidado entre pigmentos magnéticos.
Tampoco yo era tan inocente. A él le dolía la cabeza, había estado con fiebre y me pidió píldoras. Al abrir el botiquín apareció un frasco antiguo de remedios naturales etiquetado hot plants. Pensé que una ayudita no me vendría mal y junto a las cápsulas tradicionales le ofrecí otra “de homeopatía para las defensas”. Una mentira blanca, como quien diría.
Traté de comprender las palabras que murmuraba a mi oído cuando me quitó el vestido. Ejercicio inútil porque hablaba en búlgaro. Tuve sueños extraños: uno que se repetía eran las paredes siendo pintadas de amarillo, en otro me veía a mí misma despertando con un desconocido de cabello rubio, en el tercero le preguntaba a mi acompañante la hora y conversábamos en lenguas ininteligibles. Lo cierto es que no pude despertar del todo, era como un sopor mezclado con los ruidos y la luz que venían de afuera y que el retrato –también pixelado- de una mujer desnuda, utilizado como cortina, apenas lograba mitigar. Por la noche él había tratado de estrangularme, sin ejercer mucha fuerza, sólo su mano grande y carnosa afirmándose de mi cuello. No dolía. Eso vino a mi memoria mientras me duchaba en el cuarto pintado de azul como una pecera. Ahora comprendo, dije al salir del baño, señalándole el juguete policial. No las uso, respondió. Se había puesto la camiseta de una calavera. En la mesa alcancé a ojear una revista de arte: letras góticas, una fotografía suya diez años menor, más letras góticas, un pasaporte con una foto más antigua en uniforme militar y rubio. Al lado, un libro sobre Satán que recomendó efusivamente. Me quedaron dudas, tantos enigmas que resolver.

Alina Reyes

Agosto, 2007, Nueva York.

Fotografía de Alexis Díaz

volver
lanzallamas libros