Zambra y Bisama: apellidos raros
Por Martín Cinzano

Antes de transformarse en lo que son, es decir, cuando estaban transformándose en algo que ni ellos hoy tienen muy claro qué es —lo cual no les quita un ápice de sueño, creo— Zambra y Bisama eran, al menos para mí, sólo dos apellidos raros en el opaco firmamento de la crítica literaria. (Sabía que Zambra había publicado Bahía inútil, un libro de poesía, y sabía que Bisama era el responsable de otro tipo de delitos). Pero ahora, luego de haber leído sus primeras novelas —en circunstancias muy especiales— se han transformado, también, en dos apellidos raros en el opaco ¿infierno? de la literatura.
Tal vez deba aclarar eso de las “circunstancias especiales” de lectura: leí Bonsái exactamente la misma tarde en que la novela desembarcó en la librería de El Sótano, en Avenida Juárez, frente al Museo de Bellas Artes de México D.F. Esto lo sé porque estaba yo hojeando un libro de James Ellroy —un escritor muy admirado por Bisama— cuando esos tipos siniestros que hacen de vendedores en El Sótano entraron con unas cajas de Anagrama, me imagino provenientes de Barcelona, y ahí mismo comenzaron a abrirlas y a ordenar los libros en unas estanterías muy hábilmente ubicadas en medio de la librería, sabido como es que los precios de los libros de Anagrama más que a la lectura llaman al robo. Yo no me robé el libro de Zambra —ganas no me faltaron, por supuesto, sobre todo cuando pensaba en que algún día yo le decía a Zambra: me robé tu novela—, pero apenas el libro salió de una de esas cajas, me hice de un ejemplar y, desentendiéndome de las detectivescas y justificadas miradas de los vendedores, lo leí de un tirón. Fue como ir al cine: había entrado en la tarde al teatro de El Sótano y salía de noche, luego de ver Bonsái, el gran debut cinematográfico de Alejandro Zambra.
Las circunstancias de mi lectura de Caja negra, por otra parte, son un poco más retorcidas y cómicas, o definitivamente “bizarras”, que es uno de los adjetivos preferidos de Bisama, o por lo menos así lo era cuando éste era para mí el apellido raro de un raro y bizarro crítico literario, un lector y un escritor, como se sabe, muy compulsivo y hasta monstruoso e inexplicable, pero sobre todo cruel y humorístico, como crueles y humorísticas fueron las circunstancias de mi lectura de Caja negra. Leí el libro en un hotel asqueroso ubicado precisamente detrás de la Librería El Sótano, en el pequeño Barrio Chino del D.F. La novela me había llegado desde Santiago el mismo día en que una muchacha, de cuyo nombre no quiero acordarme, me había citado para luego dejarme plantado en un hotel digno de una película de los hermanos Mori, el “Hotel Mandolín” o el “Hotel Saudade” o definitivamente el “Hotel Cinco Estrellas Negras Y En Llamas”, en el cual, perdidas las esperanzas y dadas las circunstancias (ya había pagado la noche y había comprado una botella de ron), me dediqué a leer Caja negra mientras oía un helado concierto de gemidos guturales a mi alrededor, quizás gente culeando o culiando en cuartos contiguos al mío, acompañando mi lectura bizarra del novelista insólito, lectura que, como pensé en ese momento, era algo así como el murmullo o la continuación de las últimas cosas que me dijo Álvaro Bizarro la última vez que lo vi, en Valparaíso, cuando me contó la historia de un ex centrodelantero del Everton que unas veces decía ser la reencarnación de Juan Luis Martínez, y otras el sobrino de Salvador Reyes.
Sin duda fue un buen homenaje, un homenaje bizarro para los apellidos raros de la literatura, leer Caja negra, tembloroso y algo borracho, en un escatológico hotel anclado en el Barrio Chino del D.F. Pero sobre todo hubiese sido un excelente homenaje leer el libro justo “antes de follar”, a la manera de Julio y Emilia, los personajes de Bonsái, quienes a pesar de no haber leído a Proust (crimen inconfesable para todos los estudiantes de literatura), saben encontrar en algunas lecturas (incluso de Nietzsche, ¡incluso de Cioran!) “razonables fuentes de inspiración erótica”. O tal vez no haberlo leído y mentirme a mí mismo con una falsa lectura de Caja negra, hubiese sido otro gran homenaje a ese pacto sexual, a esa carga libidinosa que, como nos muestra Bonsái, hay detrás de la no-lectura, de esas lascivas mentirillas para antes o después de “follar”. Al final, me parece que en la penumbra de ese hotel al menos logré rendirle un sentido homenaje a Rafael Bernal, el escritor que inauguró la novela negra mexicana con El complot mongol, una novela cuya acción transcurre casi completamente en los hoteles y en las calles del Barrio Chino del D.F.
En fin. Zambra y Bisama: apellidos raros. Pienso también en nombres raros pero con apellidos muy comunes, escritores rioplatenses misteriosamente unidos por la rareza indudable de sus nombres y por la grandiosa rareza de sus textos. Macedonio Fernández y Felisberto Hernández, dos escritores raros con apellidos muy comunes, tan comunes como llamarse Alejandro o Álvaro, por ejemplo. Y pienso que los nombres y los apellidos de los escritores pueden llegar a ser decisivos en la escritura y en la lectura, en cierta forma la moldean, y a veces hasta la ensombrecen, pueden llegar incluso a atraparla si ésta no se moviliza rápidamente para traspasar su impropio nombre, el nombre del escritor cuya meta es no tener ni nombre ni libros ni, finalmente, palabras, aunque esto es algo discutible y puede resultar una invención y una preocupación que solamente cuenta para los franceses. Pero es con palabras sueltas, y con nombres y apellidos, como se anuncia, después de todo, la destrucción del mundo de las palabras, el fin del mundo del fin, el mundo de todas las lecturas y las no-lecturas, y, entre tantos otros mundos, uno de los mundos bizarros de Bisama: “El agua sucia, las cloacas donde se esconde lo que el habla calla para poder ser entendido: palabras como monstruos informes, animales sordos y sin sentido, peces imposibles perdidos en el légamo, desarrollando en completa oscuridad formas impensables”. ¿Qué dicen estas formas impensables? ¿Dicen algo? ¿El final? ¿El comienzo? ¿El final o el comienzo de qué? Solamente esto: “El universo es una bomba. El lenguaje contiene, aplaza su explosión. Las palabras son los cables azules y rojos que unen todo. Es inevitable que las bombas estallen, que todo se arruine.”
Y, una vez más, estoy doblemente tranquilo.
Martín Cinzano desde el D.F.

