El mejor escritor latinoamericano

Cuento inédito de Claudia Apablaza

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El 20 de Diciembre de 2006, se quedaron de encontrar, en un café de Barcelona, dos escritores latinoamericanos, que habían sido catalogados por la crítica especializada como: el mejor escritor latinoamericano contemporáneo. Ellos se sentían, cada uno: El mejor escritor latinoamericano contemporáneo y no querían dejar de serlo por ningún motivo. El problema que se les presentaba hoy es que, hace una semana, había aparecido en la crítica local (digamos europea) otro escritor latinoamericano contemporáneo que había sido catalogado como “el mejor escritor latinoamericano contemporáneo”. Y ante esto, ellos decidieron reunirse. Desde hace poco, cada semana, estaba apareciendo en las solapas de los libros de las trasnacionales un “nuevo, mejor y único escritor latinoamericano”.
El problema central que presentaban estos dos autores, es que no tenían buena digestión, y eso también era algo que compartían. Aunque este tema de la digestión no será relatado en este texto (por diferentes motivos), pero aseguro de que es así (y espero que no se ponga en duda).

Supongamos que uno es el escritor latinoamericano A, otro el B y el tercero el C (el que acaba de ser nominado hace una semana como “el mejor escritor …”) En fin, el escritor A estuvo muchos días pensando si llamar al escritor latinoamericano B. Era adicto a leer la prensa local, sobre todo la crítica de libros de todos los medios, sean estos impresos o electrónicos. Últimamente había estado pasando por un estado de depresión muy fuerte y sólo se dedicaba a leer compulsivamente. Se acababa de separar de la mujer con la que había compartido los últimos cinco años. Ella partió sin más a casa de un pintor portugués. Él encontró, un día cualquiera, una nota en el velador de su dormitorio: amor, me marcho, lo nuestro no tiene ningún sentido. Me marcho a buscar eso que llaman vida. Tú me has alejado de eso que llaman “vida”.

El mejor escritor latinoamericano A citó a B para poder encontrar una solución ante esta tercera persona que era nombrada con ese encabezado. En fin, quería saber si era verdad que C era tan bueno como él. Lo citó en un café de Barcelona.
Llegó el día de la cita. Se sentaron y comenzaron a conversar.
A se presentó:
Yo soy Cachito Ortega, se ha dicho de mí que mi literatura es la más lograda y ambiciosa de toda Latinoamérica. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos de mi generación. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos.

B también se presentó:
Ok. Ahora me toca a mí. Yo soy David Buenaventura. Se ha dicho de mí que mi literatura es la más lograda y ambiciosa de toda Latinoamérica. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos de mi generación. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos.

A presentó a C:
Ok. Él es Luis Seguel, se ha dicho de él que su literatura es la más lograda y ambiciosa de toda Latinoamérica. Que es uno de los mejores escritores latinoamericanos de su generación. Que es uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos.

A también presentó a C:
Ok. Yo también tengo algo que decir. Él es Luis Seguel, se ha dicho de él que su literatura es la más lograda y ambiciosa de toda Latinoamérica. Que es uno de los mejores escritores latinoamericanos de su generación. Que es uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos.

¿Qué más podemos decir?, dijeron al unísono.

Nada más. Ya nos hemos explayado demasiado. Hemos expuesto ideas grandiosas y de otro nivel intelectual. Ideas demasiado originales. No hay mucho que agregar a esta conversación. Ya está todo dicho. Hemos llegado a ese punto culmine de las ideas. Ese punto en que ya no se puede pensar más a fondo. Ese punto que por su exactitud se asimila al estado Zen. Ese punto en que se es todo, en el que uno abarca todo el universo imaginado. Es todo y no hay espacios para que entren más divagaciones ni flatulencias siquiera. Es el estado de la totalidad universal. Vamos ahora a buscar a ese tal Luis Seguel, que apareció esta semana en los periódicos. Vamos a esa fiesta de escritores latinoamericanos que hay en la calle Torrent del Olla. Ok. Seguro estará ahí vanagloriándose de su nueva nominación. Exacto. Seguro que estará ahí vanagloriándose de su nueva nominación y nosotros ni nos enteramos. Vamos tras él. ¡Vamos! ¡Vamos directo hacia allá y no nos perdamos en el camino! Sí, has dicho algo crucial: ¡No nos perdamos en el camino! Además que creo que estará lleno de agentes literarios, de editores y de traductores franceses e ingleses. ¡Oh!, vamos, por favor. Oh, sí, vamos tras esos agentes y editores y ensayamos nuestros mejores pasos de baile. Ok, ¡vamos! Y recuerda, no nos perdamos en el camino y ensayemos nuestras mejores posturas de las bocas y hagamos muy redonda la O. Oh, sí, eso, hagamos muy redonda la O. ¡Vamos!

Tomaron el metro (Como dato anexo: no lo pagaron, se pasaron por debajo de las barreras. Muchos latinoamericanos lo hacen. En fin, es un país caro para los latinos. Se entiende). Fueron a la línea verde.

A le dijo a B: ¿Qué te parece si yo me pongo A y tú te pones B?
¿Para qué?, preguntó B.
Bueno, para no confundirnos.
No le encuentro ninguna lógica, lo siento. Ni siquiera me hace gracia alguna. Incluso lo encuentro aburrido y medio estúpido.
Bueno, imagina que en la fiesta hayan más escritores latinoamericanos nominados como “los mejores…” ¿Qué crees que sucederá? ¿Podrás reconocer cuál es cuál? ¿Nos reconocerán los agentes, los grandes editores y esos grandes traductores?
Mmmh, no lo sé. No sé si concuerdo con tu idea. No tiene mucho sentido.
La tiene. Vuelve a imaginar la situación. Cierra los ojos e imagina.
Bien, lo pensaré.

Pasaron treinta segundo y B le dijo a A: Ok. Me parece. Pero sólo es para resguardar mi identidad. No es un pensamiento totalmente acabado. Para llegar a decirte que estoy de realmente de acuerdo contigo, debo pensar las cosas durante una semana, por lo menos. Esto sólo lo hago para asegurarme. Ok. Vamos, entonces. Vamos.

Llegaron a la fiesta. Entraron. Se sacaron sus abrigos. Adentro hacía un calor espantoso. Había alrededor de cien escritores latinoamericanos. Todos hablaban de lo mismo: cada uno de ellos había sido catalogado como la crítica como el mejor escritor latinoamericano vivo. El mejor de los contemporáneos.
Se pusieron a bailar. Todos bailaban similar. Todos bebían lo mismo. Todos eran unos X, pero con variaciones de tamaño, color de la piel y tono de voz. Todos hacían el mismo paso de baile. Todos levantaban los brazos a la misma altura. Todos se cansaban en el mismo momento. Todos estaban en la misma frecuencia. Todos repetían cada treinta minutos o cuando se les daba la ocasión: ¿sabías que en El País me nombraron como el mejor escritor latinoamericano? O, a mí también. El mejor escritor latinoamericano vivo. A mí también. Menos mal, ya no limpiaré cañerías ni wateres. Ay, yo también. ¿Sabías que en El Mundo y en La Vanguardia me apuntaron como el mejor escritor latinoamericano vivo? Oh, sí, a mí también, a mí también, ey, a mí también. Oh, a mí también, ey, ey, a mí también. Oh, sí… Oh, sí, a mí también, a mí también, ey, a mí también. Oh, a mí también, ey, ey. Oh, sí, a mí también, a mí también, ey, a mí también. Oh, a mí también, ey, ey.

La noche se fue entre bailes, besuqueos, agarrones de culos y la mencionada frase que ya dijimos. La frecuencia, complejidad y contenido de las conversaciones no salía de esa línea.

Llegaron durante toda la noche personajes destacadísimos: Llegó Naty Ramírez. Nadie la reconoció. Llegó Mario Sabio. Nadie lo reconoció. Llegó Santiago Austero. Llegó Andrés Ganador. Nadie lo reconoció. Llegó Pedro Arriba. Pedro Herrera. María Soledad, entre otros. Fueron llegando, durante toda la noche, los mejores escritores latinoamericanos contemporáneos. Nadie los reconocía. A veces, ni ellos se reconocían a sí mismos, la verdad es que nunca nadie reconoció a nadie.

Terminó la fiesta. Se acabó el trago, la comida y la música. Todos tenían que dejar el salón. Todos estaban ebrios. No había ningún anfitrión. Todos eran anfitriones a la vez, e invitados a la vez. Comenzaron a encaminarse a la puerta. Uno de ellos (cualquiera) descubrió que la puerta estaba trabada. ¡Oh!, se escuchó un grito. ¡La puerta está trabada! ¡Oh, no! ¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡O no! ¡Ah! ¡Oh no! ¡Ah! ¡Ah! ¡Oh no! ¡Ah! ¡Oh noo! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Ah! ¡Oh noo! ¡Ah! ¡Nooooo! ¡Nooooooo! ¡La puerta está trabada!
Comenzó un mar de chillidos y lamentos.

Oh, no, gritó F. No puedo morir. Se ha dicho de mí que mi literatura es la más lograda y ambiciosa de toda Latinoamérica. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos de mi generación. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos.

Oh, yo tampoco, dijo H. Se ha dicho de mí que mi literatura es la más lograda y ambiciosa de toda Latinoamérica. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos de mi generación. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos.

Oh, yo menos, por favor no, dijo Z. Se ha dicho de mí que mi literatura es la más lograda y ambiciosa de toda Latinoamérica. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos de mi generación. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos.
Oh…no. se ha dicho. Oh, dijo G. Oh, dijo U, se ha dicho de mí. Latinoamericano, el mejor. Oh, se ha dicho, dijo K, se ha dicho, el mejor, dijo N, se ha dicho, se ha dicho, se ha dicho… Oh… Se ha dicho … de los mejores escritores latinoamericanos vivos. Gritó L, M. Ñ, G, B, C, Q, W, E, R, T, Y, U, I, O, P. Se ha dicho, el mejor… se dice, se ha dicho. ¡No puedo morir! Oh, no. Se dice, el mejor vivo. No puedo morir. Se ha dicho de mí que mi literatura es la más lograda y ambiciosa de toda Latinoamérica. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos de mi generación. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos. Yo no puedo morir. Dijo A, M, L, G, J, la más lograda, la más… B, S, contemporáneo vivo… Z, C. Se ha dicho de mí que mi literatura es la más lograda y ambiciosa de toda Latinoamérica. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos de mi generación. Que soy uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos, dijo A, S, D, F, F, G, H, dijo J, K, L, Ñ, Z, X, C, el mejor… V, C, B, N, M, K, L. ¡Oh, se ha dicho!… ¡Se ha dicho! ¡Se ha dicho! ¡Se ha dicho! ¡Se ha dicho! ¡Se ha dicho! ¡Se ha dicho! ¡Oh! ¡Se ha dicho! ¡Se ha dicho! ¡Se ha dicho! ¡Se ha dicho! ¡Ah! ¡Se ha dicho! ¡Se ha dicho! Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah!

Comenzó un pánico colectivo. Seguían gritando. ¡Ah! ¡Ah! Oh, se ha dicho. Oh, se ha dicho. Oh, se ha dicho. Oh, se ha dicho. Oh, se ha dicho. Oh, se ha dicho. Oh, se ha dicho. Oh, se ha dicho. Oh, se ha dicho. Oh, se ha dicho. Seguían gritando. Pidiendo auxilio. Gritando la frase, pero nadie los escuchaba. Y nadie los escuchó nunca.

En fin, lamentablemente sucedió lo peor: Esa noche murieron todos encerrados en ese salón que no era de nadie. Estaban tirados unos sobre otros con la boca en posición de O (algunos más circular, otros más oval, otros como un huevo duro, como una sandía o un tomate maduro).
Al día siguiente apareció la siguiente frase en las portadas de todos los periódicos nacionales (incluso en algunos internacionales): Muere el mejor escritor latinoamericano contemporáneo en ataque de pánico en una fiesta de sujetos desconocidos.

Una persona X que pasaba por el lugar los había encontrado a todos muertos en el salón y había llamado de inmediato a la policía. La policía llegó y luego vinieron las ambulancias, los forenses y los periódicos. En fin, creo que es una historia muy lamentable, pero la verdad es que me da igual; es decir: me importa un rábano.

Por otra parte, quisiera agregar que, esa persona X que los encontró, tenía un excelente funcionamiento de sus órganos vitales. Es decir, estaba viva. Se sentía feliz por eso. Y en general, ¿qué más importante para sentirse a gusto, que saber que los órganos vitales funcionan a la perfección? (independiente de si uno es latinoamericano o no, por cierto, y si es escritor o no, y en fin, independiente si uno ha sido llamado como el mejor escritor Latinoamericano o el peor. Eso creo. Lo repito cada vez que puedo. Creo que lo más importante de esta vida es el movimiento y un buen funcionamiento de las tripas y gozar de una excelente digestión. El funcionamiento impecable de los órganos vitales es lo mejor y más saludable para la vida de cada uno y de todos nosotros. Además de lo interesante que se vuelve el compartir con otros seres humanos, cosas tan vitales como esas y compartir con personas de tripas sanas, de tripas en excelente estado. Seres humanos que se vanaglorian de sus hermosas tripas. Digo yo. No sé. Algunos pensarán de otra forma, bueno, y por cierto que es legítimo pensar de otra forma, aunque algunos nieguen esa legitimidad. En fin, para no extenderme, eso es lo que creo y eso es lo que sí me importa. Y, para terminar, diré que no creo que cambie de opinión en mucho tiempo, porque las tripas son lo más preciado para mí, y tal vez para muchos de los que circulan por todas las ciudades de todos los países, aunque les cueste reconocerlo a la primera. Tal vez algunos sólo se lo confiesan a sus amantes en la cama, en el diván a sus psicoanalistas o a sí mismos en sus estados Zen. Quién sabe. De todas formas yo me atrevo a decirlo así, directamente y sin tapujos).

Claudia Apablaza

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