El hastío de los muertos

Reflexiones sobre la muerte de Mishima por Symns
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El suicidio del prolífico y conflictivo escritor japonés Yukio Mishima y la aparición de su cabeza separada del tronco en la tapa de la revista Life, en el número de diciembre de 1970, provocó el escándalo periodístico más importante de toda la década.
Mishima, autor de casi un centenar de libros, candidato frustrado al premio Nobel de literatura (premio que le fue negado como a muchos otros escritores por razones puramente ideológicas), se suicidó junto a su discípulo Morita realizando la tradicional ceremonia del seppuku (mal denominada harakiri en occidente), luego de tomar prisionero al general Mashita y de dirigir un discurso caótico e incomprensible, con continuas referencias al patriotismo y al belicismo, frente a los soldados del cuartel del Ejército de Oriente.
Talentoso escritor (“uno de esos genios de la literatura que aparecen cada tres o cuatro siglos”, dijo de él el premio Nobel Yasunari Kawabata), homosexual con una agitada vida erótica, patriota ortodoxo, samurai por entretenimiento y fidelidad a las tradiciones, con su acto final Mishima rompió todos los esquemas conocidos en la vida de los grandes escritores y dejó inscrito un reto en la historia de la piel social sobre la función de los artistas y su compromiso con la vida comunitaria.
La aparición, en 1959, de su novela autobiográfica Confesiones de una máscara, le valió la admiración y el reconocimiento de los intelectuales y escritores occidentales.
El norteamericano Henry Miller, poseedor de unas plumas líricas más trascendentes de su generación, sensiblemente afectado por este suicidio que no llega a entender ni justificar, poco después escribe estas conmovedoras páginas en las que intenta comprender la trágica decisión final del japonés. Miller no escapa de ninguno de los prejuicios o lecturas previas que se proyectan sobre el teatral suicido. Hasta el supuesto fanatismo del autor de Muerte en el estío es analizado y defendido en su calidad de supremo acto poético, cuando el alma de un escriba se ve completamente inundada por la pasión de sus propias creaciones.
Como sucede en todo el resto de sus ensayos literarios, Henry Miller aprovecha también la circunstancia trágica para elevar sus reflexiones sobre las alternativas del accidente y analizar a través del mismo el enorme desalme de nuestro tiempo: “A la larga, cuando el hastío de los muertos se torna hambriento, los cementerios tienen que abrir sus puertas a los cultivos y a las habitaciones de la vida”, escribe en referencia a esos llamados hipnóticos que seducen a algunas almas demasiado sensibles para arrastrarlas detrás de las penumbras de la nada. Con su acostumbrado y frenético apasionamiento Miller plantea una conversación imposible con el alma de Yukio Mishima, del que se confiesa admirador y detractor al mismo tiempo, tratando de encontrar un sentido estético y ético a este último acto, que tanta inquietud y zozobra sembró entre los artistas de su tiempo. “Mishima nos transmite su sentimiento de ser exiliado aquí mismo. Obsesionado por las cosas espirituales, ¿qué otra alternativa tenía sino ser un exiliado entre nosotros? No era un hombre de fe, sino de principios. Fue un estoico, no de la época hedonista sino del rígido materialismo. Se rebeló ante la depravación de sus compatriotas. Como los occidentales a quienes emulaban, su concepción de la vida se hundió a nivel de los sapos”.
El breve pero contundente texto, acompañado por una síntesis bibliográfica del poeta japonés, algunos textos poéticos desconocidos y el discurso final que gritó desde los balcones antes de suicidarse, constituye el último libro que Henry Miller publicara antes de morir.

Enrique Symns.

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