Sobredosis de ficción

Entrevista a Carmen Boullosa
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La escritora mexicana Carmen Boullosa, vecina de Atlantic Avenue en Brooklyn, profesora de City College, becaria de la New York Public Library y de Guggenheim, pupila de Juan Rulfo en sus años mozos, conductora del programa New York que transmite Cuny Tv, quiso incluir su casa y su barrio en una novela de carácter fantástico. Lo compruebo cuando, tras leer la última página de La novela perfecta (Editorial Alfaguara, 2006) en el subway, salgo a la lluvia y llego a la brownstone colindante con la del protagonista del libro. Carmen abre la puerta. Reconozco los detalles de la casa, así como antes reconocí la calle y el entorno; temo que los personajes se desplieguen enloquecidos como sucede al final de la ficción. Pero esta es la realidad y además Vértiz, el protagonista, y Boullosa, la autora, no se parecen, aunque ambos son mexicanos y escritores.
El primero es un holgazán, de clase acomodada, hace años no escribe una línea y vive de su mujer, una abogada exitosa, mientras se pasa los días comparando cada cosa con México, porque en el fondo es un provinciano que se aferra a su habla como último reducto de identidad. El vecino, inventor, le hace una oferta que el escritor flojo no puede rechazar: proveerlo del software que le permitirá entregar el libro que ha rumiado por años en la cabeza tal como su imaginación lo percibe, sin palabras ni esfuerzo de por medio. En vez de leerse, la supuesta novela perfecta se sentirá, tendrá olor, podrá ser vista, tocada y vendrá digerida, sin ofrecer ninguna posibilidad interpretativa. Algo que en el fondo, la autora desprecia y critica. “Es la irresponsabilidad del que cree que el libro es un producto de mercado y no un arma secreta para obligar al lector a una posición extrema. Pero este escritor no cree en la literatura”, dice Boullosa en la tranquilidad de su casa.

Recuerdos cruzados
El libro es un homenaje al barrio en que vive hace un par de años, también a los autores que admira. “Mis héroes de juventud”, dice por los argentinos Bioy Casares y Borges, máximos exponentes de la literatura fantástica latinoamericana. “Esta es mi novela Brooklyn, me fascina el barrio, es casi una ciudad prototipo; hay gente de todo el mundo conviviendo en un espacio pequeño – sintetiza la autora de Antes y de La otra mano de Lepanto (Ediciones Siruela) –. Me toca aquí cerca la mezquita, las tiendas con propaganda de Al Jazeera, los judíos que arreglan zapatos. Son culturas que están obligadas a hacer un pacto de convivencia. En Brooklyn tomas el subway y llegas a otro espacio de límites, porque siempre hay frontera con otras culturas”.

No es la primera vez que escribe sobre el condado. Antes vivió en Carrol Gardens y le dedicó el poema “Los nuevos”, en el que se refiere a la desmemoria de los recién llegados.

“¿Dónde vamos? Nave de los locos,
La F a Coney Island, dice el letrero
“Culvey Local”, sobre fondo amarillo.
Un joven se apoya en la puerta del vagón,
Nos mira con enorme desconfianza,
A mí me clava más que a nadie el ojo.
Me tiene miedo, miedo, miedo, ¡miedo!
La nave de los locos nos torna en
Tunantes de la razón, arteros, acalambrados
Por la inmovilidad y el bamboleo.
Somos fugitivos varados sobre ruedas.
Raro vagón, éste, para ser de Nueva York,
Donde nadie habla lengua extranjera.
Nadie conversa a voz en cuello confiando que no le entenderemos,
En lenguas a veces inidentificables.
¡Vagón repleto de neoyorkinos aborígenes!
No se oye ruso, árabe, ni el vertiginoso senegalí,
Ni el palatal holandés, el francés cargado de Haití,
Ni siquiera español rural, salpicado con modismos del XVII,
Que en esta ciudad es lengua franca”.

“Brooklyn tiene un ritmo que no es el de Manhattan, un ritmo muy intenso, duro, difícil, con una desigualdad enorme”, destaca. Un poco por el lado aparecen los inmigrantes mexicanos, con los quienes el protagonista de la novela cruza palabras mientras merodea por el barrio, sin detenerse a reflexionar, ya que carece de conciencia social y no ha debido enfrentar la realidad laboral de los recién llegados. “Es un retrato de lo deprimente de la inmigración, no es un retrato del éxito. El inmigrante no es un viajero voluntario; está aquí para llenar los bolsillos de su familia en México”, dice la novelista, dramaturga y poeta.

Adicta a la fábula
No es el caso de Vértiz, ni el suyo. “Yo soy una escritora viajera que sale de los márgenes de su cultura para retroalimentarse y verse con otros ojos. Pero de joven no hubiera cambiado mi Ciudad de México por nada del mundo”, y pasa a enumerar razones. Siendo una veinteañera obtuvo una beca para escribir su primera novela Mejor desaparece; sus tutores eran Juan Rulfo y Salvador Elizondo. “Dos fieras maravillosas”, los describe. Habla de un círculo menos masculino que en la actualidad, en el que las mujeres eran ampliamente valoradas. Por ahí transitaba el Premio Nobel Octavio Paz. “Era un mundo literario muy accesible. Por ahí andaba Roberto Bolaño, quería matar al padre. Yo le tenía pánico. Le leí su primer poema, ya que lo publicaron en la misma antología que a mí. La gente lo miraba con desprecio, yo no. Fueron unos años maravillosos. Era como una capital latinoamericana de la cultura. La gente llegaba a vivir en México y nadie pensaba en el mercado, bueno, García Márquez, pero no le hacíamos caso”.

-¿Es muy difícil abrirse camino como escritor latino en Nueva York?

-Yo no soy un escritor latino, soy una escritora mexicana. Publico mis libros en México y España y tengo mis lectores allá. No he hecho una carrera en Nueva York, llegué hace cuatro años; tengo 52 y empecé publicando a los 19 años. Tengo mi mundo literario en México. Mi caso es como el de muchos escritores latinoamericanos que viven un tiempo de su vida en Nueva York. No me arrepiento, he crecido mucho. Pero no hago una carrera de escritora latina, para nada. Pertenezco a una tradición de autores que han venido aquí a escribir.

-Entiendo, la palabra latina se construye desde aquí…

-El latino implicita que te has formado en el mundo anglosajón y en las dos culturas.

-Siendo tan grande el mercado del español, en Estados Unidos casi no se publican los libros de autores hispanoamericanos.

-En el mundo anglosajón el poder del inglés es tan fuerte que resulta cerrado. Son mundos literarios muy separados, muy distantes y esto va a cambiar, evidentemente.

Desenmascarar al impostor
Para hacer este libro se nutrió de los chismes de sus vecinos y los incluyó en la trama. “Tengo esa especie de vicio”, dice respecto a una adicción compulsiva y confesa, que se irá evidenciando con fuerza al correr de los minutos: le encantan las fábulas y no puede evitar contar y oír historias. En este caso, le tocó batallar para dar con el tono que adquiriría el relato de ser escrito por el autor ficticio. “Me daba una posibilidad literaria que fue un reto para mí; poner la lengua en un límite. No uso el spanglish, sino un lenguaje muy chilango, congelado en los 80 –cuando Vértiz se viene a Nueva York- sensible a la contaminación y por lo mismo muy erizada, casi en pie de guerra. El lenguaje es frontera y está alerta a un reto porque hay muchas lenguas alrededor, entonces no es una lengua relajada. No es para nada como yo hablo, tampoco como suelo escribir”.

-¿La protagonista es la lengua?

-Sí, el tono, no de Carmen Boullosa, sino de mis personajes. Es una lengua que uso en teatro. Una voz impostada. Soy yo, siempre son mis obsesiones. Pero le doy al personaje la voz. Generalmente no pongo mi lengua en el territorio de una voz autorizada. Incluso lo hago en mi poesía; hay especies de máscaras. Las generaciones anteriores si se creían la posibilidad de construir narradores omniscientes. Después del 68 ya no lo creímos por una cosa moral.

Antes de despedirnos, la escritora sorprende cambiando de rol. Ahora es ella quien dispara una pregunta en apariencia inocente.

-¿Tu seudónimo es por Cortázar?

-Sí -respondo, casi sin notar en lo que me estoy metiendo.

-¿Y sabes algo de la otra escritora que al final es escritor?; también tomó el nombre de Cortázar.

-¿La francesa?

“Sí”, - dice, citando el nombre de un escritor francés ininteligible para mí, pero al parecer una autoridad literaria-… me dijo que en realidad es un escritor que estaba arruinado y no vendía y se le ocurrió inventar a esta escritora.

-Pero hay fotos de ella y si es por eso nunca podría ir a una presentación de libro ni a una conferencia.

-No va, no se aparece, me lo contó… - y cita otra vez el nombre prestigioso, mientras yo envidio en parte al escritor arruinado por habérseme adelantado incluso en eso.

-Puede ser, porque pensándolo bien las fotos no coinciden con la edad de la escritora - Digo, alegrándome de que ese cuerpo perfecto que mi tocaya enseña desnudo y ese rostro con chasquilla de chica exitosa no sean reales.

-Todo es inventado, es mentira, no existe –dice Boullosa-. El escritor vendió mucho con The Butcher, le dio el palo al gato.

Del otro lado del umbral de la brownstone está otra vez la lluvia. ¿No quieres un paragüitas?, pregunta la anfitriona. Mi rostro sin palabras se mueve en gesto afirmativo. “Otro día me lo devuelves, o sino me das amparo”, se despide desde la escalera en que el autor ficticio y su vecino inventor se encontraron por primera vez.

Entrevista de Alina Reyes.
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