El ojo blindado de Arlt
Crónica de Contreras

Contrario a lo que quisiera la crítica políticamente correcta y de izquierdas, Arlt conoció a fondo el Manifiesto Futurista y los cortes fascistas de la vanguardia italiana. Los conoció tanto como el Manifiesto Marxista y la ortodoxia a la que se le podría adscribir a él, y a los que practicaron la escuela de Lukács y los preceptos materialistas, creyendo que toda escritura social debía obedecer las coordinadas del Partido o cuando menos adoptar la perspectiva del realismo social, adoctrinante y mesiánico de la novela realista del S.XIX. Esa extraña forma de entender la literatura, por extensión también la política, a partir de sentimientos de lástima o los ojos de condescendencia con que se rescató a los marginales en obras que a esta altura se llenan de polvo y amargo deterioro. Nada más contrario a los cuadros de costumbres dibujados por el mejor Arlt de sus relatos y por nombres nacionales como Rojas y Droguett, quienes también debieron espantar a los buitres cuando arrastraban el bofe desde el matadero, dispuestos a instalarlo en sus ventanas y así contemplar el destino fallido de su época, los magnos errores de la condición humana en la primera mitad del S.XX.
Aún peor que ese imaginario, los personajes de Arlt, anticipándose como el excelente futurista que fuera, configuraron una larga lista de seres abominables, visceralmente despreciables y sólo semejantes a las bestias. Fieras indomables e inhumanas que terminaron convertidas en una plaga a lo largo de sus febriles y alucinantes páginas.
Para Beatriz Sarlo, ha sido ese conocimiento disímil o el saber popular practicado por Arlt, con el que tomando los recursos de la modernidad, crearía una nueva alegoría del poder político: capaz de rescatar del “industrialismo no sólo un deseo bolchevique, ni sólo un motor del capitalismo occidental o militarismo expansionista, sino también una de las formas literarias de ensoñación moderna: el misticismo industrial donde apoya la transmisión estética de la ciencia”.
La literatura de Arlt vista entonces como un ojo blindado, como una mirada demasiado cierta de instalar un problema, pero a la vez una solución en su propio descubrimiento. Quien comprende el absurdo de la guerra puede enfrentarla, aunque sin olvidar que en esa apuesta, hay mucho de ciencia, conocimiento y progreso.
La verdadera fascinación del aguafuertista.
Las truncas bases de una modernidad periférica, a este lado del mundo, y que tanto se parecen al eterno reproche que se hiciera a Einstein (invención-genialidad-destrucción), al revisar los postulados futuristas de Marinetti (1909), hacen un rescate de lo que se llamaría La belleza de la velocidad: “Cantaremos a las marchas multicolores y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas, cantaremos al vibrante fervor nocturno de las minas y de las canteras, incendiados por violentas lunas eléctricas”. Un imaginario que Arlt trasladaría, a la par con su inflamable ideario anarquista de rojos satélites, como si se tratara de la rosa acerada de la rebelión, perdida en noches bermejas e incendiarias, en su cuento “La luna roja” de 1932. Veamos a continuación algunos ejemplos:
“En distintos parajes de la ciudad, a horas diferentes, numerosas parejas de jóvenes y muchachas se juraron amor eterno olvidando que sus cuerpos eran perecederos (…) Las fieras echaron a correr, y como si se hubiera pasado una consigna, ocuparon la vanguardia de la multitud (…) Súbitamente sobre el tanque de cemento de un rascacielos apareció la luna roja (…) De la luna, fijada en un cielo más negro que la brea, se desprendía una sangrienta y pastosa emanación de matadero (…) Oblicuamente un inmenso cañón negro colocó su cónico perfil entre cielo y tierra, escupió fuego retrocediendo su cureña, y un silbido largo, cruzó la atmósfera con un cilindro de acero. (…) Bajo la luna roja, bloqueada de rascacielos bermejos, la multitud estalló en un grito de espanto: ¡No queremos la guerra!”.
La instalación de esa catástrofe bélica, gracias a la filosa y cruda mirada arltiana, condiciona la recuperación de la creencia en el Hombre, considerando el momento fatal en que se vive, permitiéndonos así reaccionar. Una catarsis retorcida, diríamos, que reivindica la fe en el caos, al postular abiertamente el escepticismo al poder. Algo que, si se quisiéramos imbricarlo se acercaría a los principios de la ciencia-ficción en la postguerra y a las bases del anarquismo activista que, como magma profundo, consiguió inundar y sobreponerse a la mala literatura realista, perdurando hasta nuestros días, como un fuego eterno donde calentarse. El verdadero terruño donde Arlt es nuestro pater familia, o el príncipe de un charco que más allá de la imaginación técnica, extendida como una inquietante laguna artificial, permite bañar a unos zombies destinados a autoeliminarse, cuando hallan su reflejo en las pútridas aguas sudamericanas. A un tiempo donde los lectores más infames también, seguimos bebiendo nuestra lenta aniquilación futura, seguros de que alguien nos espía. Viviendo como gente al acecho.
Roberto Contreras.

