Bailar con la fea

Selección de relatos de Miranda

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La travesía de las calles

Camino leyendo la biografía de los muros, in the street, en la esnaqui: nombres, letreros, graffitis. Escucho el gemir de mi ciudad: bocinas, sirenas, motores. Respiro hedores de la urbe sedentaria: humos tóxicos y aceites quemados. Toco al habitante que divaga, rezo por el ciudadano amargo, miro a la vendedora cabizbaja. Recorro mi ciudad, la que me habita. En harapos arrastro mi cuerpo. No cedo el paso. Cruzo pasos de cebra. No entro en recintos privados. Gente transita de ida y vuelta. No me ven. Voy a contra mano, entre tumultos. Semáforo en rojo. No me detengo. No escucho gritos ni frenos. Me atropella el futuro.

Pequita

Pequita iba de la mano de la tía Carmen. Nos trajeron del jardín a la Quinta Normal. Pequita no es su nombre. Le digo Pequita en secreto. Es desordenada, pero inteligente. Aprende rápido y después juega en clases. Por eso la llevan de la mano. Afuera del museo de Ciencias, la tía nos mostró un experimento de teléfono. Son dos platos grandes de fierro. Están lejos uno del otro. La tía dijo que si alguien dice algo en uno, en el otro se escucha clarito. No creí. Probé. Dije: “Pequita, me gustas”. De vuelta, respondió Pequita: “Y tú a mí”.

Fiesta

Mi casamiento fue un desastre. En la fiesta, ella estuvo bailando con su amigo del liceo toda la noche. Después se emborrachó y me dejó pagando. Los encontré en el dormitorio. Se besaban, estoy casi seguro. Discutimos. Me dijo que estaba aburrida de mis celos. Le pegué en la cara una cachetada. Se metió un primo. Mandé su familia a la cresta. Volví como a las dos horas. Miré al cielo y vi la contaminación de las luces de la torre Entel. La pistola colgaba en mi brazo izquierdo. Apreté los dientes. Puse el cañón en mi sien. Percutí.

Once años

No grité goles de Chile el Mundial mítico. Sólo grité exigiendo mi dosis de leche materna y que me sacaran pañales sucios. Tampoco estuve en revueltas de la reforma estudiantil, el sesenta y ocho. Sí tuve rabietas porque debía dejar de jugar para comprar pan con “libreta” en el negocio del barrio. No estuve en Piedra Roja, porque debí asistir a clases de primero básico al colegio de curas. Después, no participé en trabajos voluntarios de las juventudes de la Unidad Popular, porque devoraba aventuras de Mampato y Barrabases. El setenta y tres, suspendieron la celebración del día del profesor.

Réquiem en altos y bajos

La poderosa muerte lo conquistó. Contemplando en mi memoria auditiva: es toda mi vida. Agradecer es poco. Tardé en reponerme de la pérdida del diablo batero. Ahora, el felino de las armonías vagabundas se fue desde su corazón. Si tú no estás, ¿cómo podré…? La vida, aún amándola tanto, no la siento igual. Por haber conocido, en la quebrá del ají, al indio hermano, no cambiaré, mi destino es resistir, esta civilización de poder y de ambición.
Consternado.
Ahora, Eduardo, estás integrando la sinfónica etérea de la fabulosa música del futuro de la patria morena, con la Violeta, el Víctor y el Gabriel. Junto a ellos suenas en mi memoria, en mi conciencia, en mi imaginación. Son nuestras músicas sonando para el universo, con las cuerdas, los vientos y los cueros, y sobre todo con esas voces de lo humano y lo divino de nuestros pueblos originarios, mestizos y eternos.
Desde el barrial al Aconcagua, ahora que te vas como águila sideral, sube a nacer conmigo, hermano… para que estemos todos juntos.

Leyendas

Mi mamá llegó del norte. Llegó el viernes y hoy día vino una camioneta doble cabina con sus compras. Trae mercadería pirata desde la Zofri y también trae merca peruana pa venderla. La que vende la merca es mi abuela allá en la pobla. Estoy cachando que me va a mandar a dejar las bolsas pa donde la abuela, para que la patee un poco y la venda pa salvarse. La abuela le tiene miedo a mi mamá. Cuando mi vieja anda con la huevá nadie se puede oponer a sus caprichos. Una vez dejó a la abuela casi muerta. Le sacó la cresta. Parece que el lacho que andaba con ella ese día también le pegó unos combos a la abuela. La merca vuelve loca a mi vieja.
Mi mamá la trabaja. Siempre anda con bacanes y traficas. La lleva pulentita. Desde que me empezó a mandar pa donde la abuela, me cambia de chapas. Primero me dijo burrera. Después me decía: “huacha, llévale estos dulces a tu abuela”. Ahora me dice un par de chuchadas y tengo que salir de chasca pa que no me agarre a patadas. A veces mi mamá ha tomado de su misma sopita. Los lachos, cuando andan curaos, le sacan la mierda, pa que les dé más merca o les compre más tragos. La otra vez, hasta un capote se tuvo que aguantar. Eran tres machucaos. La dejaron pa la escoba y el basurero, pero después ella se hizo la lesa, aquí no ha pasado nada.
Antes, cuando se quedaba dormida borracha, los viejos se metían en mi cama, me sacaban mis calzones y se metían dentro mío. Después, yo ni gritaba. Nunca se levantó a ver qué me pasaba. Los giles después se arrepentían y me dejaban unos billetes en mi camisón sangrado. Ahora, a veces, me dice que me quede en la fiesta y que baile con sus amigos. Le gusta decir que yo pego mejores mamones que ella pa la edad que tengo. Cuando vamos las dos a la cama con un amigo de ella, les dice que es un servicio especial porque la hija está en la cama antes de que se lo metan. Ella se ríe mucho con ese chiste. A mí me da lo mismo ver alegre a mi mamá.
El solitario es un paco todo terreno que anda en moto echando la bronca a medio mundo. A mi mamá ya le avisaron que el solitario tiene buen olfato para cachar las movidas: la venta o el robo, el consumo y la transa.
Yo antes de salir a la calle me fumo un tonto güeno pa no asustarme. “Taraguayo” con pasta pal miedo y la soledá. Mi amá y la abuela ni cachan que les pego un buen manotazo a la merca.
En la plaza, me fumo un humito loco y me pongo a ver la maravilla en mi corazón y en mis sueños.
El paco solitario me ve y se acerca.
Boto el pito y camino.
— ¿Pa dónde vai, flacuchenta?
— Pa donde mi abuelita, aquí a la vuelta de la esquina, nomás.
— Ya, camina nomás, si no querí que te lleve presa.
— Pero yo soy muy chica pa que me lleve a la comisaría.
— ¿Y qué? ¿Creí que te vamos a hacer algo?
— No sé po.
— No te day cuenta que soy carabinero.
— Sí, pero también es hombre…
Y me dejó ir.
La cruzada de las calles de la pobla de mi abuela es cuática. El paco solitario hace sonar el motor. Yo corro por las calles para llegar luego a donde la abuela. Al llegar, el paco solitario se deja caer y se mete con nosotras a la casa.
El paco nos tiene amarradas a la abuela y a mí. Registra la casa buscando más merca. Por suerte llegaron estos locos para hacer una mexicana. Se llevaron la merca, la plata, también se llevaron al paco muerto pa botarlo por ahí.

Texto: Francisco Miranda,
de su nuevo libro de relatos Bailar con la fea
pronto a aparecer por Editorial La Calabaza del Diablo.

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