Notas para quemar una biblioteca
por Rodrigo Hidalgo

Para hablar de la quema de libros conviene partir por despejar el consenso base, indiscutible y obvio, que sanciona esta práctica tan antigua como condenada. No se trata acá de llorar sobre los libros incinerados. Se trata de darle una vuelta de tuerca a esta manera de matar, eliminar, desaparecer, de borrar del mapa el trabajo, la palabra, lo que escribe y por tanto es una persona, su memoria, su existencia más allá de su existencia.
Alcalde v/s Neruda
Ejemplarizador gesto de corrección política. Acción de Arte verdaderamente vanguardista, profunda, real, para nada efectista. Mediante un jubiloso ceremonial, Alfonso Alcalde quema la mayor parte del tiraje de su libro “Balada para la ciudad muerta”. Como es sabido, esta primera edición (Editorial Nascimento, 1947) contaba con un elogioso prólogo de Pablo Neruda. Alcalde, el hombre de circo, el de la biografía de Don Francisco y el director de la colección “Nosotros los chilenos”, en la más portentosa empresa editorial de nuestra historia: Quimantú. Alcalde, el outsider reacio a las camarillas y padrinazgos, dijo que su inaudita celebración al pie de la hoguera era un acto justificado por la mala calidad de su propia pluma, por la inmadurez vergonzosa de aquél poemario. Jamás Neftalí volvió a saludarlo. Hoy, las peleas al interior del mundillo tienen a cientos de ilustres que se quitan el saludo. Lamentablemente pocos llegarían tan lejos como Alcalde.
El picao
Cuando José de San Martín consiguió la independencia de su patria, la Argentina, estaba tan emocionado y con tantas ganas de partir a expandir el espíritu libertador por América Latina, que no halló nada más audaz que enviarle una copia del Acta de Independencia al gobierno chileno. Por supuesto acá el hecho fue interpretado como una fanfarronada. En realidad lo era: en Chile gobernaban los españoles, así que Casimiro Marcó del Pont, “su maricona majestad” -como le decía Manuel Rodríguez-, agarró el manuscrito y lo quemó públicamente en la Plaza de Armas. Fue el primer texto quemado de nuestra Historia: un acto de pica más que de censura.
Revoluciones
El papá de Maximiliano era carabinero cuando ocurrió el golpe del 73 y cuenta que ese día se negó a cumplir una orden que lo movilizaba a no sé dónde y que entonces, a la noche, llegaron a su casa sus colegas. Dice que en realidad allanaron toda la villa donde vivían, en Maipú, y que afuera, en una de las calles, se hizo una hoguera donde fueron tirando todo lo que encontraban sospechoso: discos, poleras, afiches y por supuesto libros. Dice que a su familia no le hicieron nada, pero que registraron todo hasta que se llevaron algo para alimentar el fuego: el disco “Revolver” de los Beatles; el “Canto General” de Neruda, y un tomo de una colección sobre mecánica automotriz, en cuya tapa sin ilustraciones decía escuetamente: “El motor y las revoluciones”. No sé si semejante anécdota se ciñe a la verdad o no; este tipo de bromas acerca de la brutalidad de los militares, abundan. Un clásico: los libros sobre “Cubismo”, que ardieron bajo la sospecha de ser compendios castristas salidos acaso de Sierra Maestra. O la notable coincidencia que parece acierto, haciéndonos pensar en el elevado nivel de instrucción del soldado que incineró el sin dudas muy político, controversial y subversivo “La estructura de las revoluciones científicas” de Thomas Kuhn. Lo que sí es evidente es que en su ignorancia, los verdugos lanzaron a las piras todo lo que les pareciese o sonase a ruso, cubano, revolucionario, comunista, socialista, progresista, demócrata, hippie, y luego derechamente a alegría de vivir, a solidaridad, a humanidad. Asesinaron a cientos de inocentes del mismo modo que quemaron ejemplares tan “poco políticos” como el del papá de mi amigo Max.
Todo de nuevo
En una de sus “Prosas apátridas” (1975), el peruano Julio Ramón Ribeyro se pregunta cuál es el criterio del azar para que la obra de un escritor trascienda siglos en los anaqueles de todas las bibliotecas, y la de otro sea echada al olvido más oscuro, acaso incluso compartiendo esos mismos anaqueles pero sin conocer el desgaste que provoca en su materialidad, la recurrencia erosiva de la mano y el ojo lector: “Y entre estos libros perdidos (los parásitos, los que nadie lee), los que yo he escrito. No digo en cien años, en diez, en veinte. ¡Qué quedará de todo esto! Diríase que la gloria literaria es una lotería y la perduración estética un enigma.” Esta maravillosa crónica, anónima, apologética y apocalíptica, finaliza preguntándose si no será mejor y más sano incendiarlo todo, hacer arder de nuevo Alejandría, reducir a cenizas el inconmensurable mar absurdo de lo producido y publicado por el hombre, para entonces poder partir “alegremente, desde cero”. Cuánta verdad, pienso.
Herencia
Cuando vivíamos en Buenos Aires, pasaba siempre por la casa un ropavejero al cual le entregábamos las prendas que nos iban quedando chicas, o muy viejas. A veces lo veíamos en otros puntos de la ciudad, recogiendo cartones, hurgando en la basura, o tirado en la calle, muerto de borracho. Un día de invierno lo vimos cargando cajas y bultos, con prisa y cara de evidente felicidad, entrando y saliendo de una casona, dejando en la vereda su botín. Le ofrecimos “cuidarle” sus cosas mientras hacía sus rápidos viajes, y nos dedicamos a examinar el contenido de las cajas. Libros, adornos, ropa, infinidad de bártulos y recuerdos. Una anciana había fallecido, dejando sus pertenencias sin heredero claro. Sus hijos, interesados en vender la casona, habían decidido regalarle al mendigo lo que consideraron de menor valor. Cuando el ropavejero terminó de sacar cuanto le permitieron (hasta un par de sillas), nosotros ya teníamos elegidos un par de artefactos. Mi hermano se llevó un libro de zoología, lleno de fotografías de la fauna africana, y una extraña pieza de peletería: la piel de un ocelote de no más de 30 centímetros. Yo me llevé “El llamado de la selva”, de Jack London y “La vuelta al mundo en 80 días”, de Julio Verne. Ahora lo recuerdo muy bien, entonces no tenía mayor idea de literatura, porque menosprecié una colección enorme, empastada, de Ágata Christie. El mendigo nos regaló sin problemas lo que le pedimos. Puede parecer cruel, pero dudo que haya tenido la inteligencia de intentar vender a Ágata Christie por ejemplo. Pocos días después lo volvimos a ver, bajo un puente, una noche de frío, calentándose al fuego que le proporcionaba una hoguera de libros.
Bibliocaustos
Los judíos, por supuesto, hablan del holocausto de los libros. La escena es cinematográfica: los soldados nazis ante las hogueras, las llamas devorando millares y millares de obras científicas y literarias escritas por alemanes tan ilustres como Heine, Marx, Max Plank o Einstein. Las fotografías de este bibliocausto han itinerado por el planeta. Lo cierto es que estas piras purificadoras son una práctica tan antigua como la existencia, ya no del libro mismo, sino de la palabra escrita. Algunos autores hablan de cómo hace aproximadamente 5.300 años, en Mesopotamia, ya se prohibían y destruían algunos textos grabados sobre tablillas de arcilla, que por su contenido eran condenados por el poder religioso y político. En su Historia universal de la destrucción de libros (Editorial Sudamericana), el asesor de la Unesco y experto en bibliotecas antiguas Fernando Báez cuenta que la primera prohibición de libros a gran escala de la que tenemos noticia fue “ordenada por el emperador chino Chi-Huang Ti en el año 213 a. de C. El soberano mandó destruir todas las obras escritas que no versaran sobre agricultura, medicina o adivinación. En realidad, trataba así de borrar cualquier rastro de la doctrina de Confucio o las ideas que no avalaran su régimen. El cronista chino Sima Qian, que vivió entre los siglos I y II a. de C., señala que el emperador estableció entonces que los que se sirvieran de la Antigüedad para denigrar los tiempos presentes serían ejecutados junto a sus parientes.” De hecho, ordenó asesinar a cientos de sabios que se mostraron reacios a aceptar la medida y decretó que cualquiera que guardase tablillas de bambú o maderas escritas correría la misma suerte.
El humo de la cocina
Nunca podré olvidar aquella noche en que debimos huir de Chile. Papá llegó tarde en la noche, ya mi hermano y yo estábamos acostados. De pronto mamá entró en la pieza y comenzó a levantarnos y vestirnos sin mediar explicación alguna. Paralelamente, con velocidad inusitada y como si durante los últimos diez años lo hubiese ensayado a diario, mientras dormía el sueño vigilante del perseguido, armó una maleta de tamaño mediano, con lo justo y necesario. Entonces se hizo difícil respirar y me entró una alarmante curiosidad, casi una certeza. Por las escaleras subían bocanadas de humo, llenando el segundo piso con un inolvidable olor a papel quemado. Bajé hasta la cocina, donde me imaginaba estaba el foco del incendio. Me preparaba ya para ver un espectáculo terrible cuando lo que vi fue a mi padre quemando sin la más mínima trepidación, montañas de papeles y libros. No alcancé a preguntarle qué hacía. Inconsciente de lo que pasaba, e inocente en mis sospechas, corrí a la pieza que hacía de escritorio-biblioteca a cerciorarme de que nuestros libros, los de los niños, estaban en su lugar. No alcancé a llegar: el fuerte brazo de mamá me tomó y -coscorrón mediante- me llevó al patio. Saltamos a la casa del vecino. Comenzaba el exilio.
Papeles quemados
Intentar una nómina de lo quemado a lo largo de nuestra historia es absurdo. Lo que queda es esperar que no vuelva a suceder. ¿O no? ¿Cómo no reírse con la caricatura del marihuanero que confecciona sus pitos con el delicado papel de las páginas que ha arrancado a su Biblia? Vaya manera de quemar un libro. Lo loco es que la Iglesia no tiene altura moral para quejarse de estas herejías; bajo sus órdenes se han reducido a cenizas toneladas apoteósicas de conocimiento. “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. Pero pienso nuevamente ¿qué es exactamente lo que nos emputece, nos irrita, nos apena, nos descoloca ante el individuo que hace arder una montaña de papel impreso? ¿Su autoritarismo? Los que se llenan la boca en defensa del libro se escandalizan del mismo modo ante la piratería: que se quemen libros piratas no es delito. Otra escena: “Plata quemada”, de Ricardo Piglia. Los delincuentes que han robado un banco están rodeados, completamente, sin ninguna posibilidad de escapatoria. Su última acción no es el suicidio, sino quemar los billetes que han robado. Una acción tan irritante para la policía y la opinión pública, que se justifica la represalia más descarnada, siendo los ladrones acribillados sin piedad. ¿Es la memoria, el valor social, intelectual lo que salvaguardamos? ¿O es el valor comercial, material, fetichista? Redolés diría: “tarea para la casa”.
Message in a bottle
El valor de la palabra impresa en un papel es inconmensurable. Ahí están los muertos en el submarino ruso Kursk escribiendo a oscuras en un papel grasiento, con el último respiro, testimoniando para la posteridad su horror. Cliché: “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury. Su mención aquí solo se justifica por cuanto propone una verdad del tamaño del submarino ruso: todos somos libros vivientes. Unos con menos, otros con más / páginas como vísceras / el papel de la persona / la tinta de la memoria.

