La literatura de Ciencia Ficción en Chile

¿Fanstasmas del futuro?
Soñar el futuro no es exclusivo de la ciencia-ficción, esos visionarios aterrados con el presente. Todos alguna vez hemos vuelto los ojos hacia esa puerta infranqueable, abierta a medias por la imaginación. Pero ¿cuándo dejamos de pensar que el Futuro serían sendos robots domésticos, tanta nave voladora y su familia, por qué no, vacacionando en alguna colonia marciana? ¡Qué anticuado suena todo eso frente al temido desastre ecológico en tiempo real! Hoy resulta decepcionante y a la vez, tranquilizador, sabernos superados con creces por la actualidad. ¿O me va a decir que la manipulación genética de alimentos, el dominio bélico del espacio o la centralización total de la información, no son sino apenas los síntomas notorios del nuevo orden mundial? ¡A mí que me registren las pesadillas! Pues me he puesto a sudar frío por fantasmas de un tiempo que nunca será pasado.
¿No sería más tolerable, cerrar los ojos y soñar con un mundo plástico, preciosos trajes plateados, música sintetizada, alimentos en pastillas, grandes colmenas humanas y la narcótica percepción del futuro como progreso, bienestar, desarrollo igualitario para todos los habitantes de este sobrecalentado planeta? Pero no, tercermundistas de fin de siglo, insomnes y tiritando contra los muros de fábricas abandonadas, esperamos la noche como una bendición de sombra sobre nuestras existencias miserables. Sin más horizontes que los ladridos de perros hasta el amanecer, lúcidamente trastornados. Porque hemos leído sorprendentes novelas de ciencia-ficción. Incluso, ciencia-ficción a la chilena… ¿Qué no sabía que existía tal portento? Este puñado de autores traen noticias desde universos paralelos: un mañana posible de enmendar. Aunque luego se indigeste de tanto sueño recalentado en los calderos de la imaginación. Y tenga feroz acidez espiritual. Pues, lectores a fin de cuentos, aún esperamos la página por venir…
¿Naves, rayos mortíferos y Monstruos de otros mundos?
La Ciencia Ficción chilena dio su primeros pasos con la novela Desde Júpiter (1878) de David Miralles, pobre de estilo aunque ingenioso sueño de la conquista de otros mundos. Luego nos topamos con Tierra Firme (1927), de R.O. Land , seudónimo de Julio Assman, un claro ejemplo de novela utópica escrita para calmar los miedos de una época enfrentada a las mutaciones fruto de la Gran Guerra. El viaje sigue esta vez con El Dueño de los Astros (1929) de Ernesto Silva Román, una antología de cuentos donde ¡por fin! aparecen los adelantos tecnológicos envueltos en una fantasiosa trama novelesca. Compitiendo por los mismos lectores, Silva Román es desafiado semana a semana por Alberto Edwards y su James Bond chileno, Julio Téllez, el que mucho después de muerto su autor, revive en la compilación de Manuel Rojas, Relatos Fantásticos (1951). Aparece la novela marinera Thimor (1932) de Manuel Astica Fuentes, quien inaugura en nuestras letras el mito de La Atlántida. Tópico que se bifurcará hacia la mítica Ciudad de los Césares, como se puede leer en Pacha Pulai (1935) de Hugo Silva, un verdadero clásico juvenil de las aventuras del Teniente Bello. Y terminamos esta somera revisión con El caracol y la diosa (1950) de Enrique Araya, sí, el mismo autor cómico de “La luna era mi tierra”, quien nos propone un desafío de inteligencia y autocrítica al situar las peripecias de su protagonista veintitantos siglos en el futuro… pero acá en Chile!!!
Aquí detenemos nuestra travesía por títulos y autores para fijar nuestra atención en los escasos estudiosos que han prestado visión académica a la CF y la Fantasía criollas. Nos referimos a Moisés Hassón, quien se ha especializado en la historia del género desde sus orígenes hasta la aparición de Hugo Correa en 1959, con seriedad y dedicación encomiables. Siguiendo este derrotero, el investigador francés Remi-Maure completa esta valiosísima información –muy escasa, por cierto- hasta los años 70, incluyendo mujeres cultoras de CF y señalando la aparición de revistas especializadas (fanzines) como vehículos naturales de los autores de esas décadas. Por último, Fernando Sánchez Durán, dada su extravagante calificación de “narrativa ultrarrealista” al hablar de la misma y única CF, dilapida así sus importantes hallazgos y una meritoria investigación, en un debate estéril por clavar su banderita de descubridor en un planeta mucho antes conquistado por célebres plumas del siglo XIX, como Verne, Wells y Poe.
Hugo Correa, Nuestro hombre en Venus
En la misma colección donde asomó un joven Lafourcade, Hugo Correa publica
Los Altísimos (1959) que se adelanta a clásicos como Larry Niven (Mundo Anillo, 1963) y Arthur C. Clarke (Encuentro con Rama,1973) al describir estética y exhaustivamente un mundo artificial en conflicto, sin soluciones facilistas ni ramplonas descripciones. Es uno de los auténticos clásicos modernos de CF Latinoamericana, junto a Bioy Casares, Gorodischer y Arango. Pues es el único escritor chileno de género que tiene publicaciones en España, con traducciones al alemán, inglés, francés, portugués y sueco. Luego vendrá El que merodea en la lluvia (1962), donde enrarece un ambiente rural con la presencia del monstruo extraterrestre de rigor; Los títeres (1969) que reúne cuatro relatos acerca de robots y sus amos humanos. Para llegar a Alguien mora en el viento, incluido al final de la colección Cuando Pilato se opuso (1971). Bella y terrible historia de astronautas varados en una isla vegetal que flota en las apremiantes corrientes aéreas de Venus. Aquí brillan las virtudes literarias de la prosa de Correa, tanto para crear atmósferas opresivas, como para sugerir a través de diálogos breves todo el dramatismo de unos personajes enfrentados a conflictos universales, dignos de toda buena literatura a secas.
En Los ojos del diablo (1972) vuelve a incursionar en una variedad del realismo mágico de terror ambientado en el campo chileno. Sólo las reediciones de Los Altísimos (73 – 83) asaltan solitarios el paisaje desolado y apolítico de esa década. Más tarde, publicará El Nido de las Furias (1981) que es su aporte a las distopías autoritarias tan queridas por el género a partir de los 70. Y le toca a La corriente sumergida (1993) que contradictoriamente, cierra su ciclo novelesco con un retorno a su infancia y adolescencia, a través de la narrativa realista de cierta picaresca santiaguina de los años cincuenta.
Otras Voces, Otros Planetas
Aunque hoy no puede hablarse de una época de oro de la CF en Chile, casi todos los entendidos coinciden que el momento más relevante va desde 1959 a 1979. Revisemos los principales nombres que acompañan a Hugo Correa en este solitario viaje hacia el futuro.
Armando Menedín, argentino que vivió en Chile hasta 1973. Dramaturgo, novelista y editor de bellas colecciones como El Viento en la Llama y su colección del género fantástico Fabiola, publica La Crucifíxión de los magos (1966), novela situada en Phobos, satélite penitenciario donde los exiliados viven una lenta agonía mientras sueñan con su liberación definitiva.
Elena Aldunate es la escritora feminista del género en nuestro país. Su relato “La Bella Durmiente” incluido en Angélica y el delfín (1976) ejemplifica su filosofía pacifista: una mujer es sacada de su hibernación por equilibrados hombres del futuro, que no resisten esta intrusión y vuelven a sentir miedo, erradicado hace siglos de ese mundo perfecto.
Por último, esta tríada se completa con Antoine Montagne, seudónimo de Antonio Montero, quien publica sus novelas Los Súperhomos (1967) y Acá del tiempo (1969) sin recepción de crítica ni valoración alguna. Se despide del género con su hermoso libro de cuentos No morir (1971), perteneciente a la misma colección de Menedín. Luego ha publicado otros títulos, pero renegando de su pasado CF.
Como sostiene Pablo Capanna, el crítico latinoamericano más destacado de este estilo: “La ciencia ficción es un género tan acotado como engañoso; para transitarlo con éxito, no es suficiente manejar sus convenciones, pero tampoco se admite ignorarlas. Y a esta altura de la cosa requiere más dotes como narrador que doctorados en ciencia. De hecho, aún el más avezado de los lectores sigue esperando que una novela lo provoque, lo entretenga y lo mueva a pensar: espera la magia de un narrador capaz de persuadirlo a compartir su mundo.”

