Manuel Lacunza en el Antepurgatorio

Por Juan Cristobal Romero

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Solemne brevedad de estos destierros.
Un sillón y una mesa,
la mansedad de un libro mal impreso

son a la vez mi afán y mi descanso.
A ellos recurro, en ellos persevero.
Y siendo como fueron, regalados

y en nada merecidos, se me vuelven
de un lujo vaticano.
Son ellos mi recreo y mis deberes.

Empleo así la noche hasta que un tedio
–parecido a la niebla con que pierden
su luz los cuerpos bellos–

conduce mi atención a más profanas
materias: la recolección del diezmo,
los óbolos, las mandas no saldadas.

Al cabo el sol despunta.
Me visto sólo entonces de más caras
vestiduras: mi estola y mi casulla

bajo las que oficio el sereno
maitín de una iglesia en ayunas.
Es aquí donde encuentro

aquel otro alimento, sólo mío
en cuyo sabor mi pesar aquieto
y mis negras entrañas tiño.

Tengo un amigo, cuya compañía
llegada ya la tarde, solicito.
Y así trabados en la fría

conversación que la costumbre
vuelve urgente, tratamos las noticias
de rutina. Del modo en que se cubre

con su seda la oruga
alerta a que los élitros maduren,
así cubiertos de una oscura

saliva, nos sumimos en el mutuo
silencio, para purga
de los humos del mundo.

Las riquezas de la Provincia
lejos están. Sus frutos
disipados. Qué queda de las minas

de cal y el astillero de Quivolgo.
Qué, me pregunto, de las quintas
de Hualqui y Magdalena –los despojos.

Dios sabe quién segó lo que sembramos.
Y si la Providencia –a cuyo solo
designio me someto– me ha quitado

los ocios de Santiago, pido al menos
me deje cosechar mis propios campos.
Y ya no me interesan los terrenos

que he perdido, ni las amplias estancias
de Laja o San Rosendo:
acaso un breve surco entre las zarzas.

Mas cómo conseguirlo
si un muro y una puerta mal trancada
apenas me apartan del enemigo.

Y mientras desempolvo mis conceptos
de inútiles temores, me retiro
cruzando el vano de mi compañero.

Al modo del hombre que atiende
no más que un solo pensamiento
–sea por dolor o deleite–

y no considera sus otras
competencias, tal que parece
no advertir el avance de las horas,

así la tarde a menudo depone
sus rigores, y me traga la boca
de la noche, sin que lo note,

hundido como estoy entre las aguas
de mis cavilaciones.
Hay pasos más allá de las murallas

de Ímola un estero, a cuyo nombre
rechino los dientes, tal si me hablaran
del fúnebre Aqueronte.

Como a los bueyes que tras largo esfuerzo
se les ve despedir, al roce
de la luz sobre el lomo, un vaho denso

y tan cerrado que es posible
distinguir por momentos el espectro
de una arpía y en otros el de un cisne,

así los resplandores de las casas
vecinas trazan en la superficie
de aquel río, una sombra tan compacta

que a mis torpes sentidos se revela
cual obra de prodigio. Y no es escasa
la vez en que al volver por su rivera,

hastiado de la tibia muchedumbre,
me quedo contemplando las siluetas
que surgen, se retuercen y se funden.
Y tal como al marino que pretende
regresar a su tierra, los perfumes
y colores del viaje le entretienen

el corazón y olvida la premura
del retorno, asimismo me sorprenden
las sombras que el crepúsculo dibuja

sobre el río, sumiéndome en la dulce
desgana del vigía, que descuida
su guardia por seguir las lentas nubes.

Y en tal aturdimiento
la noche, digo, llega por costumbre.
Y con ella aquel puerto

más seguro: mi casa y los antiguos
hombres, la precisión de sus preceptos,
que en mi pobreza no otro bien abrigo.

Mas nunca fui tan pobre que teniéndolo
todo. Ni tan feliz que en este olvido.
Nada exijo y de nada me conmuevo.

Ni esperé recibir lo merecido,
ni recibí mayor bien que el pequeño,
ni pensé hallar mi fin en el principio.

Porque todo camino es de regreso.
El camino que sube y el camino
que baja. Y el que tomo y el que dejo.

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