Entrevista a José Kozer y texto inédito

Entablar cierto diálogo con José Kozer (La Habana, 1940), es como asistir a un pequeño taller de poesía, no porque Kozer sea un poeta pedagógico, si no porque su vitalidad, lucidez y laboriosidad parecen desbordarse constantemente, y salir inmune a ese (in)flujo es prácticamente imposible. Este poeta, nacido en Cuba y que lleva más de cuarenta años viviendo en Estados Unidos, vive en un estado de creación permanente, nada parece escapar a su aguda mirada, a su escritura; el amor a Guadalupe y sus más de seis mil poemas lo certifican. Lanzallamas intercambió fuego con, sin duda, uno de los poetas vivos más importantes de la lengua castellana y éste fue el resultado.
José, al comienzo de Una huella destartalada, hablas de Alpedrete y dices que las dos claves de tu poesía son el tramado español fundiéndose en el entramado oriental. ¿Podrías hablarnos de esos dos entramados y cómo se funden?
No me siento cómodo con mis propias palabras, quizás porque encajonan una fluidez a la que estoy acostumbrado en mi trabajo: un trabajo donde cierro los ojos, y desde la práctica de un largo oficio, permanezco entre ajeno y comprometido al fluir natural del momento poético: que bien sabemos es de corta duración, y se puede echar a perder a la primera de cambio.Un entramado implica una construcción consciente, basada en preparativos, ajeno a la instantaneidad sorprendente, epifánica, del momento creador. Un pintor, por ejemplo, perpetra más que un poeta: tiene que preparar sus matules, sus instrumentos de trabajo, pasar un tiempo organizando el oficio, mientras que un poeta se ve abocado de repente, de manera subitánea y en cierta medida aterradora, al llamado, a la convocatoria del poema. Así, el entramado que es fabricación no cuadra con mi modo de ver el acto poético, que es naturaleza y no artificio, que surge no sé sabe de qué ni de dónde ni por qué diablos, y que al surgir impone, autoritario, su necesidad, empujando a una convergencia de palabras en sucesión, sucesión que en menos de lo que canta un gallo (es mi caso) desemboca en (otro) poema: y a otra cosa, mariposa.Entramado en cuanto estructura a resultas del propio trabajo poético, del modo de hacer y dejarse llevar por los “dioses” puñeteros, lo acepto: o sea, acepto que hay un entramado que es un compuesto, una construcción visible que es resultado pero no anticipación, no prefabricación, digamos, o continuo perpetrar poemas. Dicho de otro modo, jamás he proyectado hacer un poema, nunca lo elucubro de antemano, jamás me planteo la idea de hacer un libro de poemas con tales o más cuales características, sino, desde un oficio alfarero, de ceramista al torno, voy, día a día, o casi todos los días, dejando que la mano y el cuerpo venturoso o desafortunado, exigido por algo superior (o inferior) y misterioso, haga su poema: poema que se hace desde un quehacer veloz, circunstancial, que mete mano a todo lo que se le presenta a la vista, desde una noción de Caos ordenado, de salpafuera controlado, sobre el que se ejerce un doble control: el del momento creador, donde de continuo se impone una selección a los materiales recibidos, donde pugnan suavemente consciente (oficio) e inconsciente (desconocimiento) y el de la corrección del texto, tarea que me impongo siempre al día siguiente, y que por lo general me lleva el doble de tiempo del de la creación. Añado que estos dos momentos son fruición muy diversa para mí: en el momento de la creación estoy concentradamente ido, atento cuan desatento, en cierta medida inquieto, nervioso, mientras que al corregir el texto del día anterior, me noto quieto, casi como si trabajara ante la computadora, en la postura completa del loto, los ojos centrados en la pantalla, las manos diligentes y hábiles sobre el teclado.Creo que me fui por peteneras y no he contestado tu primera pregunta: reculo. Y a ver si al recular no me voy de culo. Me parece, al menos a estas alturas de mi juego, que en vez de hablar de un fundirse de dos entramados, el español y el oriental (del cual apenas sé nada, aunque su aura ambiente mis días, reconstruya a diario mi existencia) me resultaría más cómodo y verdadero pensar que en mi trabajo se funden, no las nueve Musas de que nos habla Hesíodo, sino las tres Musas ancestrales: Melete, la Meditación; Mneme, la Remembranza; Aoide, la Canción.Mi poesía canta, cuenta y canta, su rollo es tradicional y a la vez de “vanguardia”. Es una poesía de registros lineares y neobarrocos, términos flojos para decir que su rollo se abre a momentos de un decir ligero o aligerado, momentos de musa cantarina, y a momentos de espesor selvático, musa de las innumerables remembranzas: cada poeta cuenta con su Amarcord. Y el mío es diaspórico, polimorfo y polifónico, y lo debo atener, de modo concentrado, a su convocatoria, una convocatoria que no descarta: que se desobstruye ante los materiales diversos de experiencia y ensueño de que hace partícipe al texto, texto cuya textualidad y raigambre entonces resultará en convergencia de, por así decir, materiales nobles y detritus, materiales de acarreo y pestilentes y materiales del alto vuelo, del alto ensueño, de las diversas tradiciones. Uso lo que tengo a la mano, lo que imagino, lo que me rebasa y trasciende, aquello que me interrumpe y aquello que no entiendo. Acepto y acepto, de modo que llevado de la mano de estas tres viejas Musas, tres plañideras feas y coquetas, me dejo zarandear, veinte minutos, cuarenta minutos, cada mañana, y tras haber sido zarandeado me voy a nadar, a leer, a comer, a conversar con Guadalupe, a ver qué dice, allá afuera, el mundo.
Me interesa mucho esa disciplina del cansancio que ocupas para componer algunos de tus textos (austeros, monótonos, reiterativos). ¿Qué sentido tiene la ritualidad para ti a la hora de escribir?
Lavorare Stanca, escribe Pavese. Paso mis días trabajando, vengo de una tradición de trabajo, el padre en el negocio, la madre en la casa, nadie se da un minuto de respiro. Crezco leyendo, crezco emulando, desde un cuarto en penumbras en La Habana, a los creadores que trabajan sin pausa: mis “cocos” son Thomas Mann, Proust, Dickens, Galdós, Balzac, Stendhal, Musil, un escultor como Rodin, un pintor como Picasso; o sea, los asiduos, los insobornables a la hora de dejarse tentar por la calle, el ruido ambiente, la falsa bohemia donde proliferan los vagos y los mediocres con ínfulas de “genios”. Desde muchacho me atrajo Goethe más que Rimbaud, y no le quito lo cortés al valiente de Rimbaud, a quien amo: sólo que mi “modelo” es un modelo obrero, de judío laborioso, de sastre y de zapatero tras el banco de trabajo, aguja y lezna en mano, la estilográfica o el bolígrafo siempre presentes. Y claro, quien mucho trabaja, se cansa. Entonces, descubro algo muy importante para mi poesía, a la vez que para mi existencia: el cansancio, para un espíritu en lo esencial nervioso como el mío, es una clave de recogimiento, de apaciguamiento. Durante años escribo alterado, y esa alteración produce unos materiales demasiado difusos para mi gusto, textos donde el irse por las costuras del espacio cuadrado de la página, me deja molesto. El cansancio, por el contrario, me estabiliza: y esa estabilidad me permite, desde hace años, reflejar mucho mejor mi interioridad, mi relación con el lenguaje, lo que éste puede dar de sí, lo que al exprimirlo puedo entresacar. Ese cansancio es real por corporal, pero a la vez, intuyo, una efigie que me impongo, una “mentira” de ficción, de ese fingimiento del que habla Pessoa, y que al tranquilizarme, repito, me facilita el flujo creador.La poesía que hago desde hace décadas, amén de proliferar, funciona desde la continua variación de ciertos módulos que supongo están presentes en mi inconsciente de modo inalterable. Desde hace décadas trabajo en series (una confesión: me es más fácil escribir un poema que darle título: así, con el tiempo, recurrí a un “truco” que consiste en trabajar en series, de modo que al irse gestando un poema, en algún momento de su gestación, lo incrusto en una de las varias series con que cuento: series que llevan títulos como Ánima, Divertimento, Acta, Autorretrato, Actividad del azogue, Lección de tinieblas, Danza macabra, Práctica, etc.) y dichas series son “forjas” donde una variedad de materiales se entrecruza, ríos anchos y centrales cuajados de mangle, aves, peces, flora y lenguaje, fauna y lenguaje, espesura y fronda, vocabulario. Creo aquí debo aclarar algo: muchas veces se me acerca quien me dice que poseo una riqueza de lenguaje poco vista, a lo que medio en broma suelo responder diciendo, el diccionario tiene más palabras que yo. Lo cual por supuesto no sólo es cierto sino que establece la diferencia entre lenguaje y vocabulario. Si mi riqueza fuera sólo de vocabulario mi poesía no valdría un adarme. Espero que mi riqueza sea de lenguaje, o sea, una riqueza donde confluyen y se confabulan las estructuras varias, las necesidades interiores de la expresión poética.Es decir: austeridad, monotonía, reiteración, cansancio (por emplear los términos de tu pregunta) están implícitos en mi trabajo, sólo que son un subterfugio: constituyen el armazón, el esquema visible y externo de ese trabajo, cuyo fundamento depende de series y series de desconocimientos, de fruiciones de lenguaje, de densidades retóricas que participan del anacoluto, de la sintaxis alterada (barroca) del hipérbaton y del zeugma, de, quizás más que nada, de la metonimia. El símil no me atrae, como no me atrae el diminutivo ni, al hacer poesía, el adverbio terminado en mente (todos tenemos nuestras manías): pero me atrae el verse eslabonar por cuenta propia al lenguaje, en su decir directo y enrevesado (Mi idioma natural y materno es el enrevesado, dice por ahí, al comienzo, un poema mío que titulé Babel). Y para que ello prolifere y constituya continuidad (si escribo no me muero: soy un ser supersticioso) dependo de técnicas de respiración, de técnicas de corporeidad: la postura del loto, la butaca vieja donde ritualizo a diario mi vida, una vida en lo exterior fija y rutinaria, de horarios más bien inalterables, de ausencia de salidas, contactos, diversiones (no detesto, como detestaba Pascal, entretenerme, divertirme, pero entiendo que debo “sacrificar” esa ligereza por mor de mi trabajo): en efecto, como bien plantea tu pregunta, en mi trabajo hay ritualidad. En Cuba decimos que una persona tiene “tremenda ruta” si hace siempre lo mismo, si actúa, como diría Lezama, desde una fijeza: y yo tengo mi ruta, sin la cual no creo podría haber escrito tales cantidades de poemas, poemas que son mi ruta, mi rumbo.Al respecto, un ejemplo, que a mí mismo me llama la atención. Escribir un poema no me pone nervioso desde hace años, escribirlo es lisa y llanamente una alegría. Un estado del ser, o mejor un estado del estar. Lo escribo y zas, se acabó. Lo olvido. Tabla rasa. Y hasta mañana. Sin embargo, contestar esta entrevista, me altera (tiene que ser que mi relación con la prosa es falsa, que no la acepto o no creo en ella, al menos por comparación con lo que debe de significar la poesía para mí): desde ayer me da vueltas en la cabeza que hoy quiero contestar esta entrevista, y desde ayer me noto inquieto por causa de esta entrevista que debo contestar. La contesto por mil motivos, pero sobre todo, porque lo considero un acto amoroso y de solidaridad. Esta mañana, mientras Guadalupe y yo nadábamos (nadamos todas las mañanas una hora) corté la natación a los cincuenta minutos. ¿Qué pasa?, me preguntó. Nada, que quiero subir ya y ponerme a trabajar. Y aquí va lo curioso. Tras corregir un poema bastante largo que escribí ayer, me fui flechado al ropero y me puse una yukata de verano japonesa, sintiendo que sólo ataviado con esta yukata de colores blanco y azul de Prusia, podría contestar esta entrevista con relativa serenidad. Lo cual medio que va resultando. Esto me resulta extraño, no lo entiendo muy bien, pero obedezco al llamado que dice, ponte la yukata para contestar la entrevista, vas a estar más quieto, y por ende, vas a ser más verdadero. Y añado: sé que hoy, tras terminar este trabajo, me pasaré buena parte del día escuchando composiciones chinas y japonesas, sobre todo música de koto interpretada por mi amada Nanae Yoshimura. Y mirando con concentrada atención el Libro de los insectos de Utamaro Kitagawa. Esto tampoco lo puedo explicar, lo hago más bien como una obediencia y parte de un ritual que mi sistema nervioso, el querido Gran Simpático, me exige.
José, no puedo dejar de preguntarte por Guadalupe, a propósito de Suite Guadalupe, publicado en Chile por Intemperie, por nuestro amigo Andrés Ajens. ¿Cuál es la relación entre Guadalupe y tu escritura. ¿En qué momento pasa ella a ser escritura?
Es tan natural para Guadalupe y yo estar juntos, que siendo natural para mí hacer poemas, sería contra natura que Guadalupe no apareciera, no fuera una constante, en mi poesía.Tras un primer matrimonio desastroso, conocí a Guadalupe en Nerja (Andalucía) donde a duras penas, y por razones complejísimas, había comprado una casa frente al Mediterráneo. Nos conocimos, y a la media hora le propuse matrimonio. Me miró con tal cara que quedé espantado. Pero persistí. Y a los dos años nos casamos. El panorama de nuestro encuentro y matrimonio fue de película, de ampanga: Guada con 18 años, la hija menor de diez (nueve hembras) padres muy católicos, la España de principios de los setenta, pueblo pequeño, padre notario, por cierto, un hombre de una bondad infinita, ella una joven que jamás había salido de España, y que apenas conocía su propio país, lectora eso sí infatigable, y aquí llega el cojudo de kozer, 34 años, pelo largo, acné, habitante de la Urbe del Mal (Nueva York) judío, con una hija de ocho años a cuestas, poeta, intelectual, sin dinero, y lo peor de lo peor, divorciado. Guadalupe, a los tres meses de conocernos, con la serenidad profunda que la caracteriza, me dice: si de aquí a un año piensas que todavía te quieres casar conmigo, nos casamos. Regreso a Nueva York, intercambiamos una carta por día, largas cartas de amor, y al año y pico, nos casamos ante un juez de paz neoyorquino (costo, tres pesos) con la madre y un cuñado de testigos, odiándome. En fin, estamos ante un final feliz de película, porque pasados pocos años sus padres me adoraron, y yo a ellos, y nuestra vida conyugal ha sido en verdad dichosa. En extremo dichosa. A todo nivel.Ahora bien, ¿cómo ingresa este personaje en mi trabajo? Creo que la respuesta tiene que ver con la naturalidad con que nos relacionamos, de modo que todo lo que a diario nos une y reúne, acaba por filtrarse con la misma naturalidad en lo que escribo. Es decir, Guadalupe es lo diario y la poesía es lo diario, de modo que lo lógico es que poesía y Guadalupe se trasvasen, participando la poesía del personaje y el personaje de la poesía. Ocurre además que (no siempre) termino de corregir un poema y Guada lo “juzga”. La pura verdad es que ella es una “fan” de mi poesía (aunque para nada incondicional) de modo que casi siempre el veredicto es favorable. ¿Podría de lo contrario compartir con ella con tal asiduidad mis asiduos poemas?
Hay algo más: no sé si nuestra época, después de Auschwitz, por así decir, permite hacer poemas de amor. Yo noto que ahora no se escriben muchos poemas de amor, en el sentido que los hicieron Garcilaso, Dante, Hita o Petrarca. Sea como fuere, en mi caso, desde que Guadalupe empezó a constituir parte integral de mi vida, de modo progresivo, he ido escribiendo poemas de amor dedicados a ella: al principio eran breves y lineares, más adelante se bifurcaron y multifurcaron, hasta ir constituyendo un corpus que tiene mucho que ver con el propio cuerpo y ánima de Guadalupe. Hay un poema que se titula Encuentro en Cho fu sa en que juego con múltiples referencias, que parten de dos bases textuales: un poema de amor de Li Po (Li Bao) y otro de Ezra Pound basado en el poema de Li Po. En el mío, la joven recién casada de los poemas originales es la propia Guadalupe: tengo amigos que me dicen que el poema los conmueve mucho (yo le encuentro algunos defectillos pero no lo quiero alterar en lo más mínimo, dado que alteraría el homenaje que ahí le hice a mi mujer) y cada vez que yo mismo lo leo, cómo decirlo, se me aguan los ojos, el lagrimal se me licua. Y bien, no es que llorar sea base cognoscitiva ni de enjuiciamiento de un texto (las lloronas no suelen ser grandes lectoras) pero la conmoción ajena y propia de este texto, me hace pensar que la presencia de Guadalupe tiene que ser, auténtica y viva, en mi existencia, algo muy real y profundo, dado que puede converger en un poema de amor como el mencionado.Añado un factor más: a veces nos reímos con el manejo que doy al personaje Guadalupe en mis poemas. Por ejemplo, me le acerco a Guada y le pregunto (suele ocurrir antes de la hora de almorzar): ¿quieres leer un poema que te hice y en el que te mato? Y ella: ¿ya me mataste otra vez? Bueno, dámelo para leerlo. O por ejemplo, le pregunto: ¿quieres leer un poema en el que apareces de diosa ex máquina?, con lo que quiero decir que el poema se me había trabado y la metí a ella en el texto para destrabarlo. Y ante este tipo de situación, reímos. Es, quizás, la risa, parte y consecuencia de la gracia de esta dulce convivencia que nos hemos forjado.
A propósito de Bajo este cien, ¿cuáles son los elementos de filosofía zen que te llaman la atención y de qué manera esos elementos se incorporan a tu poesía?
Lo zen en mi trabajo tiene una larga historia. Aún recuerdo el primer poema “oriental” (a la occidental, por supuesto) que escribí (forma parte de un interludio que aparece en Y así tomaron posesión en las ciudades): aquel primer encuentro con lo oriental fue puramente estético. De ahí a lo actual, el largo trecho recorrido puede definirse como contrapunteo constante de elementos éticos, estéticos, espirituales, donde lo original estético que suscitara poemas en mí (hacia los primeros años de la década de los ochenta) se volvió no sólo un modo de escritura sino un modo de vida: parte si se quiere de una búsqueda, y que tiene mucho que ver con mi origen judío. El judaísmo es para mí una religión dura, tajante, claro que talmúdica y dialéctica, pero en última instancia (y en primera instancia) unívoca: aquí hay que creer y que creer en Él, punto. Esa dureza obsesiva, la misma que ha permitido sobrevivir al pueblo de Israel, y que acepto como necesidad histórica y hasta vital, a mí no me convence del todo: me resulta excesiva, y de algún modo oscuro, empobrecedora. A través del budismo y del zen, fui entendiendo que a ese judaísmo, podía entreverar, entrecruzándolo, otro módulo de sentimiento y de visión religiosa, y filosófica, que es el budismo zen. Empecé a leer, a estudiar, y sobre todo a practicar (que es lo más importante). Esa práctica, desafortunadamente, sin maestro, sin roshi o guru que me dé a conocer las técnicas de la práctica, con el paso del tiempo, con la práctica (yo me he inventado mis propios ejercicios que realizo, desde hace décadas, religiosamente, todas las noches antes de acostarme) me han llevado a hacer escritura entrecruzada de materiales zen, de materia oriental (India, China, Japón) convirtiéndome, por falta de mejor terminología, en un jubu practicante. Jubu quiere decir judío budista (no es broma, los habemos, no muchos, pero los habemos) y el jubu en mí ha recibido dos dádivas que agradezco: un contrapunto suavizante a la dureza de mi judaísmo oriundo y de “casta” y un tipo de poesía donde el jugo castizo de nuestro idioma, idioma espeso y tendente a lo barroco, idioma quizás áspero y duro, se matiza por la limpidez, la elegancia en la pobreza de las diversas tradiciones orientales que amo. Es como si dijera que al mendicante cristiano, al rabino itinerante y discutidor, le hubiese agregado un bonzo de túnica, sandalias, bastón y cuenco de pedigüeño que ayuda a tranquilizar mi espíritu, ayuda (así quiero creerlo) a escribir mejor.
Por último, ¿en qué estado de ánimo y de creación está José Kozer ahora que vive en España tras pasar cuarenta años viviendo en Estados Unidos?
Al jubilarme de Queens College (1997) Guada y yo, con nuestra hija menor (Susana) nos radicamos en Torrox (Andalucía) donde teníamos una casa. Por razones largas de explicar, tuvimos que regresar a Estados Unidos, sólo que esta vez, por mi edad y el desgaste que el frío siempre me ha ocasionado, decidimos venir a La Florida (Hallandale) sitio donde vivimos desde 1999. Acá está Mía, la mayor, hija de mi primer matrimonio, y que Guadalupe ha criado también, y es hija como de su propia carne y gestación. Y aquí estuvo hasta hace poco Ana, mi madre, que falleció este primero de febrero y a quien Guada cuidó hasta su muerte, con noventa años, como el ángel que es. Todo ello nos hizo asentarnos, de momento, en este lugar, que es un sitio muy cómodo, tranquilo (mi casa es un monasterio, donde apenas se oye un ruido) y que puedo costear con mi jubilación, Seguro Social y unos pesos que guardamos a través de los años. Al no tener deudas, nuestra vida económica diaria, frugal, y dentro de unos límites que nos van como anillo al dedo, resulta ser una vida en la que nada falta, nada sobra. Sólo que este sitio es un desierto cultural, aquí no tenemos a nadie, absolutamente a nadie con quien hablar. Y los días, en su día a día, a veces se hacen difíciles, porque nos falta el aire bohemio, intelectual, el idioma vivo y veraz de la vida cotidiana en español, sin el que uno se siente asfixiado. Hasta hace poco lo paliamos bastante bien porque me cayeron muchas invitaciones que nos permitieron viajar. Desde hace año y medio las invitaciones se han ido secando, sólo hay plata para tirar bombas, no para que la sociedad reciba a los pensadores, a los científicos auténticos, a los escritores. En fin, se trata de una vieja historia que implica seguir luchando contra los bestias y los mediocres que suelen ocupar el Poder.Y bien, no estando ya en España, una vez más, me veo necesitado de salir de aquí, de irme a países donde vuelva a oír el castellano, y pueda comprar libros en español, que alimentan mi trabajo. Esta falta, esta carencia, a veces me inquieta mucho, y me hace desear largarme de este sitio, ¿pero adónde? España se nos volvió incosteable. Y Nueva York, que mucho nos tienta de nuevo, otro ídem. Creo que lo prudente y realista va a ser seguir por el camino que venimos desbrozando: pasar aquí los meses que sean e irnos de viaje, sea por invitación, o por cuenta propia, a lugares que nos interesan: lugares que pueden ser, sin duda, tu Santiago de Chile o Buenos Aires, Madrid o México DF, Brujas, Ámsterdam o Kyoto.No tengo quejas, a veces digo de broma que la única queja que tengo es que no tengo quejas. Hago una vida dulce, justo la vida que necesito y quiero, tengo una salud bastante buena (me cuido como quinceañera a punto de entregar el virgo) y observo que incluso la ausencia del castellano en mi vida cotidiana, y de libros que leer en lengua española no afectan ya mi poesía: algo misterioso me sucede cada vez que escribo un poema, y es que a pesar de la lejanía del idioma, al gestarse (en castellano por supuesto) el poema, éste fluye, manadero y catarata que, cantando y contando lo que necesita y le pertenece, desemboca.
Entrevista: David Bustos
Un inédito de José Kozer
PRÁCTICA
Primero me rapé, luego me dejé tufos y guedejas, después un rabo de mula, aún no sé quién soy.
No sé a santo de qué, acabo de recordar aquel gomero gigantesco que arrancaron de cuajo en Torrox, el laurel de
Indias que talaron frente a la casa
de Estrada Palma.
Hora de desistir. Ya llegó el acabóse. Si saco balance, de lo que sé, poco sé, y de lo que habría que saber ni yo ni
nadie sabe nada.
En su defecto, comer (cual hago desde hace décadas) raparme (no tener que tirarme de los pelos) quemar las
naves (al menos, ciertas naves)
subirme a la loma, dos mastines,
morigerar mis costumbres de por
sí morigeradas.
Un puñado de dátiles con café, el desayuno. Que no hay dátiles, siempre hay café. Dos vasos de agua, sentarme en el
banco de piedra al pie del soto de
arbustos a mirar, hacia atrás totí
(tojosa) enfrente (cornejas) urracas.
Reconocer el acebo. ¿Y el codeso? Reconocerlo. Vino el piojo, lo reconocí: una venia, que es criatura, estorbosa
y fétida y lo que se quiera, pero
está por igual en el reino. Me
figuro a Blake besándole los
morros a la chinche y el leopardo.
Ha sido una suerte no saber quién se es, haberme quedado calvo, norte perdido, y no llegar a saber Aquello: en su
lugar una auténtica suerte ver
reducida a la mínima expresión
la imaginación mientras oigo
bajar (deglutir) el agua a sorbos
del vaso (aún) en alto (vaciándose)
(talad, talad laureles y gomeros) el
último sorbo se asentará (pólipo,
hueco) en el vientre.