Hasta Mapocho no más
Una Crónica de Teófilo Cid

¿Cuántas veces hemos escuchado este grito, lanzado desde la plataforma del tranvía que debería conducirnos a Independencia o Recoleta? Un conocido indagador del ambiente, hombre caracterizado por la vehemencia y la justeza de sus juicios, me hizo ver la adscóndita señal sociológica del expresado pregón.
“Hasta Mapocho no más, señores…” que es como si el entusiástico funcionario dijese: “No se hagan ustedes ilusiones, no podrán llegar, por más que lo pretendan, al fin del recorrido, se quedarán en la mitad…”
Pues bien, existe, entre esa frase y nuestras posibilidades actuales de inmediato desarrollo cultural, social y económico, una abstrusa consonancia. No podremos avanzar más allá del Mapocho fronterizo que nos demarca las precarias condiciones del medio, a menos que se ensaye una modificación radical de nuestra psicología. Estamos, por desgracia, demasiado acostumbrados a quedarnos en la mitad de la ruta. Se queda allí, estupefacto solitariamente de su ciencia, el médico mediocre que, sin embargo, no titubea en presentarse a oposiciones universitarias; se queda allí junto a él, el testaferro provinciano que, de pronto, sin otra visión que la de su campanario de aldea, pretende dirigir el país manejando los asuntos políticos más importantes; se queda, en fin, junto a ellos, integrando la sabia reunión, el artista que saltó a pies juntos los años de la academia, del Conservatorio o de la Universidad. Puede que en el fondo de sus almas brille una luz; pero, como en el caso de las vírgenes necias, es luz condenada a la extinción por exclusiva falta de voluntad en conservarla intacta.
A todos estos personajes no les importa, sin embargo, que la fresca llama de la juventud creadora se extinga en sus almas vanidosas y soberbias. Están rodeados, generalmente, por el aplauso gratuito de todos aquellos que, corriendo su misma suerte, se encuentran, parigual, en la frontera que les impuso una pareja mediocridad. De ese modo surgen vanas nombradías, frágiles e inconscientes nombradías de políticos, artistas y hombres de ciencia.
La situación, de ninguna manera es nueva. Para comprobar su acendrada antigüedad os bastaría recordar las páginas más fehacientes del Teofrasto y, en general, los libros de los moralistas franceses tan amados por ese temible acusador de la vida que se llamó Nietzsche.
El oropel ha brillado siempre tanto como el oro, y la ganga es parte casi indispensable de todo metal precioso. Sin embargo, los pueblos cultos y realmente equilibrados por la fuerza acumulada de un henchido pretérito, han influido, en cierta forma, siempre el verdadero valer que reside en el fondo de los hombres, y han dedicado asimismo sus más profundos y auténticos esfuerzos a acrecentarlo. Ha gastado las energías de su vida, el artesano orgulloso de su oficio y enamorado de su progresivo primor; ha volcado su alma, el músico en la talla incorporal del sonido; y ha quemado sus pupilas, el sabio inclinado sobre los libros. Todos ellos, desde el humilde laborante de los campos hasta el engreído jefe de industria, todos han trabajado por traspasar las fronteras de sus propias condiciones naturales, en aquellos países en que las exigencias del medio son tan grandes que, en cierto modo, constituyen verdadera presión física. Aquí, en Chile (tal vez sería más propio decir aquí en América), las exigencias son mínimas, y como son mínimas nadie espera tomar el tranvía adecuado; tomamos el primero que pasa, sin importarnos el grito de: “Hasta Mapocho no más…”
Se ha repetido hasta el cansancio eso de que América es el continente del futuro. Perdonadme que insista, yo también, en tan manido asunto. La falsa impresión que poseemos al referirnos al remoto pasado nos induce a los americanos a esperarlo todo del porvenir.
Como nos parece que hemos nacido ayer, después del traumatismo histórico que rompió la unidad del continente, suponemos erróneamente que todo, incluso la cultura, esa imponderable flor de la existencia, nos llegará mañana, o pasado, o cuando lo quiera el tiempo eterno.
Somos los amos del futuro y los huérfanos del pasado. ¿Para qué apresurarse entonces en exigir? ¡Somos tan niños y tenemos tanto tiempo por delante!
Mientras tanto, nos conformamos con los juguetes que nos suministra nuestra pródiga imaginación. “El doctor Fulano es el mejor del mundo, el poeta Mengano, el más grande de la tierra”. “Dicen que Einstein cualquiera de estos días le va a calcular la relatividad a la Virgen del San Cristóbal, y que Godoy le pegará fuerte, por fin, a esos negros zambos que hay en los Estados Unidos”. “Dicen, además, que Valery-Radot quedó pasmado de envidia, terror y admiración, cuando leyó la obra del matemático Leiva de la Universidad de Chuchunco…”
Así nos entretenemos los niños americanos con tanta eternidad a nuestra disposición, y con tan poco -¿por qué negarlo?- presente. Por eso, sin duda, no nos importa averigüar a dónde nos lleva el tranvía que tomamos apresuradamente, casi antes de aprender a leer.
Así, también, se llega a la causa que como un hueso de fruta se esconde en tanto fracaso. El estudiante calentó el examen; el profesor no preparó su lección de cátedra; el obrero se ausentó el lunes; el poeta no conoció ni siquiera la métrica; y, en general, todo el mundo se quedó en la frontera misma de su propia espontaneidad, confiando en las luces provenientes de la inspiración. Todos ignoraron que la inspiración es el premio que se obtiene por medio del trabajo y la constancia. Si bien es cierto que a Newton le cayó una manzana en la cabeza y con esa manzana la ley de la gravitación universal, no lo es menos que todos aquellos que duermen siesta bajo los árboles, si no trabajan como Newton, tienen muy pocas probabilidades de descubrir una nueva ley.
El estudiante confió demasiado en la mecánica de su memoria y, claro, obtuvo mala nota; el profesor prefirió ser hombre de sociedad, jugó canasta con las amigas de su mujer y, claro, es un mal profesor, ¿para qué insistir? Prefiero evitar la cruel enumeración.
Todos llegaron hasta Mapocho no más. Nadie quiso, trabajando, seguir más allá de esa frontera.
Del libro: ¡Hasta Mapocho no más!. Editorial Nascimento. Santiago, 1976.

