Carrera

Entrevista de Matías Matarazzo

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1

“En la foto polaroid sólo está Nella,
pero la alquimia del papel
se negó al completo revelado.

Son líneas, puntos apenas azules
los que insinúan se hermosísimo rostro.”

En la película Memento el protagonista tiene una enfermedad por la cual tiene una memoria que solo le deja retener lo que hizo durante los últimos diez minutos. Así, cuando comienza a hablar con alguien, pasados estos diez minutos, tiene que preguntarle quién es. Para poder vivir utiliza una serie de fotografias polaroid que le dicen cual es su casa, su auto, el nombre de su amigo o quien le miente para aprovecharse de su enfermedad. A su vez tiene todo el cuerpo tatuado con los distintos pasos de una investigación que olvida a cada momento.

Ahora bien, partiendo de este personaje, qué comentarios podrías hacer sobre: la fotografía como uso de la memoria, tensiones entre la fotografía (imagen, el instante) y la poesía, ¿Qué cosas fotografiarías para no olvidar?

“En la foto polaroid…”

Es esa mezcla de saber y de sueño, de química con toda su azarosa necesidad, lo que me atrae de esas fotos polaroid. Se “revelan” bajo nuestros ojos; la aparición de la imagen no sabemos si se completará en algún momento… Tienen mucho que ver con esos dibujos que de niño yo veía en la revista “Billiken”. Una página blanca, semirugosa, a la que había que pasarle agua para que adviniera la imagen… Los colores eran tenues, la acuarela que se producía tendía a desaparecer más bien, nunca a completarse, como el arco iris.
Hoy los chicos tienen otra versión de lo mismo pero invertida: en los estereogramas de punto aleatorio de la imagen o 3D, los dibujos tienden a una completud ilusoria. Hay más dificultad, hay que “visionar” mediante un ojo por venir, un ojo mágico que no se encuentra fácilmente. Imagen que no aparece sino mediante una construcción especial de la mirada. En todos estos simulacros vuelve la naturaleza de las cosas. La naturaleza como un eco del sentido.
Siempre anhelé ser fotógrafo. Siempre quise saber qué era el clinamen de Lucrecio. Pero en esa oblicuidad, en esas pérdidas se ovilla el hilo de la presencia; esas pérdidas son el señuelo, el régimen de ilusión en el que vive toda imagen. Quiero decir: se escamotean, o por defecto o por exceso, pero nos incitan a entrar en su acontecimiento puro…

“En la película Memento…”

La pesadilla de Memento muestra que la memoria no es histórica, o en todo caso que la historia es “el tiempo en que no habíamos nacido”, como la definió magistralmente Barthes en su libro sobre la fotografía. Basta marcar en el cuerpo el instante vivido, y la historia secreta o la sucesión de pérdidas es un continuo de carpe diem… Aunque ni siquiera el carpe diem busca registrar la historia, sino tan solo el apunte de un acontecimiento vivido enteramente en el “memento” del instante…
Y la fotografía, como el haikú, es un carpe diem póstumo: nos recuerda que estamos por vivir un momento que deberíamos añadir al continuo de cada instante. Lo más extraordinario del poema de Horacio, es que al utilizar el verbo “carpere” para su poema del carpe diem dijo algo así como vive el día como carpiéndolo, como desmalezándolo, como juntando flores mientras avanzás en el paseo, o… como recortando la figura del dios de su gran manto en la naturaleza… pero todo al mismo tiempo, todo como algo para no corregir, todo en el sentido más profundo del sumi-è japonés: la vida no permite correcciones, la pintura sumi-è tampoco, el papel es muy absorbente, la tinta muy penetrante, no borres, no robes la continuidad de esas pérdidas…
Por otra parte lo más feliz de la fotografía es que nos dice algo al oído, no a los ojos, susurra como un amante algo que no entendemos demasiado bien… De modo que no recordamos nada porque caemos por el tobogán de su clinamen. (Nos pregunta la hora el conejo de Alicia.) Y lo que es mejor: la fijeza, la fijeza sin límites de la foto imita nuestra propia desaparición cuando la miramos.
Jamás tomo una fotografía para no olvidar sino en todo caso para creer que acepto estar demasiado vivo en ese instante —vivo y sexuado, porque no puedo disociar el instante del clic del de una pequeña muerte.
Ahora bien, es mi poema Narciso el que vincula la fotografía, el viejo arte de la fotografía con la poesía. Allí ese Narciso como el Narciso de Delmore Schwartz descree un poco de su imagen reflejada, cree más bien en los cambios de su imagen, se mira de noche en el agua, no sólo de día, se mira cuando está nublado, y cuando llueve, recibe esas distintas facies que más que subyugarlo lo horrorizan —y allí está la foto. Posamos con un engreimiento que inmediatamente después nos horroriza. Posamos para la muerte. Posa, Narciso, no yo. Me gusta en verdad escuchar lo que dice Eco. Yo la imitaría. El poeta trata de imitar técnicamente el procedimiento sonoro de Eco, venga de donde venga, de la música o de la danza del intelecto… Y lo que es peor, cree en sus filiaciones secretas pero obvias.

2

“entrego estos poemas de mi libro como la humilde estructura devocional de un tiempo final de las sensaciones”

Nos avisa el prólogo de tu libro El vespertillo de las parcas (Tusquets, 1997), luego leo una reseña que hace el escritor Alan Pauls sobre ese mismo libro donde postula tu idea de la poesía como “un Tiempo Cero: una pura suspensión” o el “intervalo entre dos catástrofes”.

En ese fin de las sensaciones, en ese vacío, se encuentra el poeta con un oído absoluto que le dicta voces de la infancia, sonidos, balbuceos.
En esta elección de la escritura mínima sostenida en varios de tus libros encuentro una incomodidad nunca manifiesta de hacer una descripción del presente con todos los sentidos. A raíz de todo esto es que paso a plantear dos cuestiones: la primera es saber cómo describirías un día tuyo (si es posible hoy o ayer) sin entrar en ninguna retrospectiva. Si este ejercicio se hace muy tedioso la segunda cuestión sería explicar el porqué de esta imposibilidad.

“entrego estos poemas de mi libro…”

Digo devoción en el sentido más puro, que es aquel que para mí le imprimió Rimbaud en el poema llamado Devoción. Porque el poema, todo poema verdadero y todo libro de poesía es una estructura devocional. Nos habla de lo que anhela el otro, pero de lo que anhelan también sus dos palabras que reúnen. Todo poema es un secreto, mínimo, instantáneo, conciliar. Aunque cuando digo “tiempo final de las sensaciones, intervalo entre catástrofes” parezco un augur con las peores predicciones. Todo lo contrario: el tiempo de los niños, la cantata de los adolescentes, son piezas musicales y al mismo tiempo podrían ser mis eslogans. Las sensaciones ya no son sino la sensación, eso que es como un común denominador de las mismas y que Deleuze llamó: ritmo. Allí está todo. Lo había anunciado Mallarmé cuando dijo que el poeta es un nudo de ritmos, prosa y poesía son un nudo de ritmos que el desató para propiciar la felicidad de la escritura en nuestra época: una especie de literatura total donde estamos inmersos.

“encuentro una incomodidad nunca manifiesta de hacer una descripción del presente con todos los sentidos…”

Ninguna incomodidad. Tampoco utilizo todos los sentidos. Convengamos que así como los lingüistas describen un habla interna y una externa, nosotros podríamos llegar a admitir una escritura interna y una externa. Ahora bien, en esa “escritura externa” mía, no hay sentidos, hay apenas palabras escritas, signos casi rupestres que anhelaría que fueran preverbales. Por otra parte en mi “escritura interna” sí los hay, pero se resumen en eso a lo que hice referencia hace un momento: el ritmo. Creo en él como sustituto de los sentidos. Apoyo en él mi fragilidad de ritmador, mi endeblez de “poeta”. Hablar de sentidos, salvo que lo hiciéramos acaso con la precipitación e inocencia con que los definieron los poetas antiguos, con esa ignorancia tan discreta y eficaz, ya no me gusta, o me gusta mucho menos.

Un día mío basado en tus suposiciones debería de ser como el día del caballito de mar: expuesto a todas los infinitos escrúpulos del agua en sus sentidos. Lo han descripto como el más sufriente, el más influenciable a las variaciones físicas y termodinámicas… En fin, el día mío sería casi como el de Maldoror: expuesto a todos los desafíos, a todas las perdiciones. Sin embargo, sin entrar en ninguna retrospectiva, como vos me pedís, me gusta decirte que mi día es muy trivial. Pero son sus momentos de intensidad los que me salvan de la rutina. La intensidad de un instante puede volver singular la rutina de un día. La famosa frase de Saba: “Los poetas tenemos los días contados como el resto de los hombres, pero qué variados se nos hacen” tiene plena vigencia en mí, cada día. A veces incluso me la recuerdo a mí mismo, como una plegaria para no soslayar el afecto, la pasión del día. Esa plegaria contiene la amenaza de la muerte, la variedad de la costumbre, y la comparación poetas-hombres, el enfrentamiento genérico, como si no perteneciéramos a la misma tribu, aunque tengamos que volver más puras las palabras.

3

“Pero Arturito no sabe escribir.
Arturito es pasto de las llamas
de los niños”
(…)

“Forzar
el ideograma de la alegría:
el cuerpo como único retrato,
único espejo, único pie de la temible
locura.”
(…)

“Forzar y destruir todo simulacro de Belleza y
atender el disimulo de estas bandadas de loros
querellando a lo lejos, en las nubes,
como ranas.“
(…)

fragmentos de “Un día en la esperanza” del libro Arturo y yo

En estos fragmentos nos encontramos con un Arturito que no sabe escribir. Este fragmento es parte del primer poema del libro y aparece en la primer página. Esto es significativo en cuanto toma de posición para lo que luego va a ser “Arturo y yo”. Pero ¿qué es lo que Arturito no sabe escribir? ¿el ideograma de la alegria? ¿Arturito no sabe construir un simulacro de Belleza? Estos planteos tienen mucho que ver con lo dicho anteriormente sobre la escritura mínima. Pero la pregunta va en otra dirección, tiene que ver con la presencia del cuerpo como único espejo, “materia como un odio al sentido”.

Hay una dicotomia entre la Belleza con mayúscula y el cuerpo como único retrato.
Pensando en la relación cuerpo-memoria te hago la siguiente pregunta ¿Qué relación se puede establecer entre el cuerpo de Evita (mientras estuvo viva y después de su muerte) y los infantiles recuerdos que te quedan de esa época?

“Pero Arturito no sabe escribir…”

Acaso esta pregunta y mi respuesta contengan y respondan la anterior. Forzar el ideograma de la alegría no es sino vivir el día, carpirlo, ¿desmalezarlo?, ¿cortar flores mientras avanzamos?…
Imagino que al preguntar cómo es mi día se pregunta allí solapadamente ¿escribís cada día? Si mi suspicacia no falla, sí, escribo, y escribo “apuntes”. Trato de aplicar la enseñanza de que el poeta ha de hacer gala de “tangibilidad”. Busco lo tangible con palabras tangibles, que no desdeñen o soslayen la imaginación visual.
Que no sé escribir es una verdad. Pero en mi caso es una felicidad que me depara el imaginar un aprendizaje constante, laborioso, de castor, de niño quería ser un castor, sin duda porque veía su destrucción constante, su roer cosas para la construcción de otras cosas como en la playa llevar arena de un lugar a otro, como definió la composición John Cage y yo el hecho de escribir…

La Belleza, sí. Pero la Verdad, también. Parecen cosas de otro tiempo. Pero aún en el poema más feo hay belleza y en el más mentiroso (como un sueño) hay verdad ¿no? Lo que más me importa es la energía que lo dirige, es decir, la ética que lo vuelve “acto”, “acción”. Parece que la música es la más verdadera de las artes. Emite la fuerza, el brío, la energía de su materia, que es el espíritu de quien la compone y la interpreta. Pasolini amó la acción de la música, en ella encontraba la verdad. El que pensó en el cuerpo de los otros como único retrato, única belleza, única verdad.
La Belleza con mayúsculas es la ilusión que muestra Auden: “Queremos que un poema sea bello, un paraíso terrenal en palabras (…) precisamente porque contrasta con nuestra existencia histórica. No hay poeta que pueda proporcionarnos verdad alguna sin haber introducido en su poesía lo problemático, lo doloroso, lo caótico, lo feo.”
De ahí pasar al cuerpo y en especial al cuerpo de Evita, según tu interesante pregunta, no hay distancia. Hay, en todo caso, lo que Lezama Lima llamó vivencia oblícua: Evita fue para mí la historia, casi, porque la conocí como ícono, cuando ya no vivía. Tuvo para mí la misma fascinación que las figuras de las estampillas, que las figuras de la figuritas, que las imágenes impresas en el primer dinero de la infancia, cuando no sabíamos qué era, cuando intuíamos que era una especie de pega-pega en la rebelión de las filiaciones, en el tumulto de tías, primas, abuelos, tíos, en fin…y nada hay que acicatee más la memoria como una figurita, como un dibujo, como un locus, como un teatro de memoria. Es la fijeza, es el orden que imponen en un album, en un dintel, en una superficie elegida incluso azarosamente para legitimar con invisibilidad un orden: ¿no es el ritmo?

4.

“los dioses están juntando almejas.

Han cavado unos pequeños lagos, han fabricado
alrededor unas montañas de chocolate casi líquido.
Tienen cofías ridículas,
bañadores de lana…”

Fragmento de “No fue en cisilia, no fue aqui”
del libro El vespertillo de las parcas, Tusquets 1997

Los dioses hacen pozos en la arena como niños, con voz de tías, de abuelas, con las huellas dominantes del padre Zeus, de su padre. Se está conjugando las miniaturas personales con las divinidades antiguas. Esta conjugación surge a la vez de un uso muy particular de la memoria (del que ya estuvimos hablando) y de un descubrimiento arqueológico hecho en monte hermoso.
¿Cómo funciona en tus libros el poeta como arqueólogo que ? ¿Tiene esto algo que ver con la entrada de los dioses en tu poesía?

“los dioses están juntando almejas”

Todo poeta es un arqueólogo. Más allá del principio anecdótico de las huellas junto al mar y del descubrimiento de las mismas en el sitio Monte Hermoso I, adonde me llevaban de niño, y la laguna prehistórica, y los niños y mujeres que la circundaban, y el hombre que pasó corriendo y que yo anhelé que fuera mi padre en ese mapeo de las huellas; más allá de todo significado hay una arqueología en la búsqueda de un habla interna, primera, de raicillas casi inconscientes, pero de la forma sonora de la lengua, que pueden llevarnos a reconstruir todo un “lugar” perdido en la apariencia de esa memoria —ya no personal sino “humana”.
Recuerdo al pasar la vocación de unos arqueólogos que reconstruyeron los jardines de Herculano utilizando las raicillas fósiles de las hierbas y flores arrasadas por el fuego y las cenizas del Vesubio… Si eso pudo lograrse, ¿por qué no reconstruir entonces toda la pintura, todo el puntillismo de una voz, de las voces que nos darían sus particularidades, sus rupturas, que podrían abrirse en la expresión: ic est locus patriae, o en esta otra: una volta c’ era cu c’era.

Los dioses que aparecen allí, como señoras y señores agachados que juntan almejas o que se bañan con bañadores de lana como mis abuelos… no dejan de ser la mitología de mi verdad. Ahora son dioses, ¿pero no lo fueron aún más cuando los abrazaba, cuando miraba el mar desde sus hombros? En su pasaje de Leonardo a Buda, los poetas necesitan la presencia del dios tan solo para certificar su presencia de poetas —lo dice Calasso mejor que yo: “casi todos los poetas del siglo XIX, de los más mediocres a los más sublimes, escribieron algún poema en el que nombran a los dioses. Lo mismo puede decirse de buena parte de la literatura del siglo XX. ¿Cuál es el motivo? En realidad, las razones son múltiples: por la secular costumbre escolástica, o quizás para parecer nobles, exóticos, paganos, eróticos, eruditos. O bien por la razón más frecuente y tautológica: para parecer poetas.” Pero dije “la mitología de mi verdad” para subrayar el carácter de acontecimiento, de intimar con el dios, de aparición súbita, o serena, en la luz del mediodía, como la Gradiva de Jensen. ¿Dónde estaría esa verdad? ¿No es en el pie de la muchacha, en su arco imposible de imitar al avanzar como para alzar vuelo? ¿No es el fragmento arqueológico más que el detalle la verdad? El detalle se despega, el fragmento se liga a un continuum —el poema debe durar, aunque sea el intervalo, la línea enterrada entre haikú y haikú…

Textos de Arturo Carrera en la red: www.fogwill.com.ar/carrera.html

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