Busco generar una danza alrededor del fuego

Entrevista a Reynaldo Jiménez

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Poeta, editor, traductor, director de una revista, compilador, performance, músico, etc. Lanzallamas intercambió fuego con Reynaldo Jiménez, nacido en Perú y que desde los cuatro años de edad vive en Buenos Aires.

¿Reynaldo nos podrías contar acerca de tu labor como editor de la revista tsé-tsé y también la editorial? ¿Cómo nace? ¿Y qué autores han publicado?

Trabajé en el área editorial durante bastantes años. Siempre estuve vinculado a revistas y sellos de poesía, también. En un momento dado empezamos, con Gabriela Giusti, a jugar con una flamante impresora láser en casa y armar cosillas con textos que nos llegaban por esos mil caminos que ofrece el maestro invisible de los libros, del cual habla la tradición jasídica. Así apareció el primer número, en 1995, artesanal en cuerpo y espíritu (esto ha prevalecido de alguna manera en tanto condición amateur), con pocos ejemplares: pero ya no paramos más. Cambió varias veces formato; su staff también ha ido cambiando, en realidad aumentando en cantidad de colaboradores, y siempre bajo la forma del intento de red, zona mutante para lo colectivo, intercambio y experimentación a veces en sentidos no inmediatamente detectables al solo vistazo de las páginas. Me refiero a un tipo de experimentación con la conciencia, con la percepción, con el librepensar; quizá la palabra experimentación no sea la más apropiada aquí (¿podría ser: indagación? ¿movimiento del foco?): andarivel de tanteos y puesta en plasma de intuiciones y, sobre todo, vínculos creativos y críticos (lo uno en lo otro). Que, por otra parte, no se explicitan nunca en forma de manifiestos programáticos o editoriales declarativas demasiado explícitas (aunque todos los números tienen sus “editoriales”, sólo que no aparecen con el cartelito indicador ni en portada, cada lector o visitante puede asumirlas si le place y como le plazca u obviarlas de igual modo) pero que de todas maneras están incidiendo en la “terminación” editorial de cada número. En la última etapa de la revista tsé-tsé hasta ahora, que empezó con el número 12, los editoriales son varios y se expanden a partir ya de la(s) tapa(s), cada cual una inscripción verbovocovisual y a la vez una especie de lema que rodea y expande las posibilidades relacionantes inter-temas y, en subtexto, de los diversos materiales que componen cada entrega. Materiales, digo, y me refiero a lo verbal tanto como a lo gráfico en sí, incluyendo ciertas imágenes que por lo general no ilustran sino que expresan y, al menos es la pretensión, aportan a la eclosión o a la implosión de cada sensibilidad que a ellos se aproxime. Pasamos ya los diez años de insistencia con la revista, poco menos con la editorial (no llevo la cuenta, pero más de cincuenta títulos, seguro). Publicamos un número dedicado a enteógenos y escritura (el 9/10) que sabemos fue consultado por determinados estudiosos en lugares insospechados; nos metimos con muchas poéticas, no sólo de poetas del verbo sino poetas del sonido, de la imagen, del sueño, de la prosa; todo el tiempo hemos enfocado en subtexto el cruento asunto de La Frontera, vista no sólo como división geopolítica y militar sino como surco en la corteza cerebral; intentamos descentrar un poco el absolutismo cultural de Buenos Aires, incluso hemos sacado todas las chispas que hemos podido a las ideas de nacionalidad en la escritura y en el arte, tan presentes por desgracia todavía en nuestros karmas colectivos —siempre a través de la presentación de poéticas, es decir experiencias vitales, no en la remanida forma de “debates con tema central alrededor de una mesa” o ese tipo de reaseguros tan sitiados de situados que no emiten, ya, sino carencia de aura (asunto peliagudo y grave, si los hay). La revista ha estado, a su manera, todo este tiempo indagando (con algunas resistencias en el medio poético local que hemos venido sintiendo y la elocuente indiferencia general, claro) las relaciones entre palabra y verdad, entre cuerpo y verbo, entre expresión y ética (sobre todo ahora que una franja de la colectividad intelectual argentina gusta celebrar a ciertos autores que fundan su postura en un desprecio constante por la idea misma de ética ligada a lo creativo… y… así les va: como dirían Gardel-Le Pera en su homenaje a Leguisamo: “La barra completamente agradecida, / sentí la barra: “¡Salú…!”). Muchas veces he tenido la impresión de que algunos personajes bien locales y localizables (suelen estar en “todos lados” apenas se consulta la agenda mediática y aledaños) se han sorprendido más de una vez ante la aparición testaruda de sucesivos nuevos números de la revista. Me consta el desprecio de algunos que podrían habernos dado una pequeña mano a la hora de nuestras angustias por la lesa subsistencia económica del proyecto, ya sea alentándonos de algún modo como difundiendo nuestro trabajo desde los espacios que digitan. Ni siquiera han faltado quienes hipócritamente velaban a tsé-tsé en una de esas mesitas irrevocablemente rectangulares que llaman redondas, durante un festival de poesía en Buenos Aires, en 2004, refiriéndose a la revista como a algo que había sucedido hacía ya muuuucho tieeeeempo (casualmente, estábamos ahí, y lo sabían…). Quiero consignar acá que no han sido pocos los obstáculos que hemos tenido que afrontar en estos años, indudablemente la revista con todos sus subibajas ha pelado algunas aristas y provocado sus imprudentes molestias, al menos un cosquilleo, una comezón. ¿Picó la mosca? ¿Provocó, en fin, algún tipo de sueño adentro de la vigilia o alguna traslucidez al interior de la turbulencia? ¿Zumbó en algún oído interno? Son cosas que me pregunto y no sé: a veces aparecen personas como tú, que con una gentileza especial me preguntan sobre este itinerario, a veces hasta nos invitan a otros países; si no fuera por cosas así, si sólo tuviera que atenerme a la falta de ecos con que Buenos Aires nos recibe, tendería a pensar que hablamos de un proyecto inexistente de tan (involuntariamente) subterráneo. Un detalle más, en respuesta a quienes “acusan” a tsé-tsé (¡pasillos de Kafka!) de revista sectorial o, más concretamente, “neobarroca”: en los hasta ahora 17 números han aparecido varios centenares de autores de toda generación y procedencia, entre ellos muchos de los jóvenes argentinos, brasileños, mexicanos, chilenos, uruguayos, venezolanos, peruanos, cubanos, dominicanos, etc., en los que habrá que concentrarse si se quiere componer alguna imagen de conjunto de lo que se escribió y respiró en los últimos años. No hay idea de totalidad en esto, pero sí una voluntad micropolítica que incluye mostrar escrituras y escrutares. Y lo más importante: también hemos recibido muchísima ayuda, de personas con sus aportes creativos y financieros, siempre desde lo privado, desde la acción desinteresada y silenciosa bajo la encarnación cambiante de algunos amigos del proyecto. Lo cual nos ha permitido continuar estos últimos años, sobre todo luego de la ya famosa crisis argentina del 2001. Aunque ahora, en estos precisos momentos, le percibo un borde (¿abisal?) al proyecto de la revista. Me parece que es momento de no desgastarla, de evitar su institucionalización. Están por delante, seguro, debido a la calentura que provocan los materiales en juego, dos números que saldrán, como siempre, según el kairós. (Entre todo lo que vamos a editar, se cocina en el caldero tseico un enorme —e inesperado por todos— dossier sobre el peruano Gastón Fernández Carrera, autor casi inexistente si tuviéramos que someternos a ese apenas de celosa arbitrariedad con que circulan, ¡hoy en día!, las escrituras, en nuestros medios tan umbilicales, tan hipopotámicos (al decir jeringa de Girondo), tan ligados a la nove(r)dad y cuando, en este caso, me remito a un poeta-narrador-ensayista en más de un aspecto demoledor, como se demostrará.) Pero luego de esta y otras oleadas gozosas (Gerald Manley Hopkins, mucha poesía inédita que nos ha llegado y algunos ensayos donde el pensamiento y la escritura no se desentienden entre sí —material que siempre aporta la revista, como en las apariciones de autores como Andrés Ajens, Octavio Armand o Guy Davenport, por dar algunos ejemplos de esta veta que abordamos y que casi nadie parece haber advertido, volviendo a esa imagen rutinaria de “revista de poesía”—, textos de poetas de todas partes que hemos conocido el año pasado en festivales internacionales de poesía…) desconozco sinceramente la dirección que tomará tsé-tsé. O si tomará alguna. Me causa rechazo (y pereza) la sola idea de que cristalice de algún modo en una repetición mecánica de un gesto inicial en su momento necesario y de un impulso vital, como aconteció con algunas publicaciones que para sobrevivir (sostener un espacio, ya por el espacio mismo más que por el viaje de la revista) forzaron la necesariedad de su existencia. Es muy probable que esta publicación genere todavía un par de sobresaltos, así lo espero, aunque en esencia la obra, en esta fase, está cumplida —si bien su onda expasiva recién empieza, más allá del campo de percepción e incluso imaginación de quienes la hacemos/hicimos. Una acotación final al tópico: creo que el editor, en efecto, realiza una obra. Están los ejemplos brillantes, sólo entre los editores de revistas, del cubano Armand, quien sacó todos aquellos números de la revista Escandalar, en los 70-80, en Nueva York; el conjunto es contundente gracias a la visión de un editor atravesado por aquellos materiales con los que componía un panorama, una apuesta, un gesto, un aporte: un autor implicado en la entrega multifocal que es toda edición de esta suerte y calaña. Otros casos que tomo como referencias de obras de editor, son las publicaciones de Emilio Adolfo Westphalen en Perú: Las moradas (años 40) y Amaru (años 60-70) y, por supuesto, Orígenes, una creación de José Lezama Lima y sus colaboradores.

¿Cómo ha sido tu acercamiento con la poesía brasileña? ¿Y qué autores fueron realmente un descubrimiento para ti como poeta al hacer la antología Pindorama?

Desde muy joven seguí, hasta donde pude, la obra de Caetano Veloso. Desde sus discos de Londres, que coincidieron cronológicamente con mi entrada en una adolescencia consciente y apasionada por la música y la poesía. La conjunción, tal como se da en Caetano, no podía ser más oportuna, al menos en mi formación. Junto a él o a partir de él, el abrumador pero estimulante universo de la música (popular, o no) de Brasil. Esto, en primerísima instancia. Creo que Caetano principalmente es una marca generacional: las declaraciones de influencias de muchos de los poetas brasileños de mi generación o incluso un poco más jóvenes, hacen hincapié en el mismo reconocimiento. La influencia de Caetano como poeta mucho más allá de Brasil es un hecho indudable, que no sé si ha sido revisado lo suficiente fuera de las fronteras de su país. De hecho, ahondando en la Tropicália de este último, Gil, Tom Zé y Os mutantes, entre otros, dí con las referencias fundacionales de Oswald de Andrade, la Semana del 22, la antropofagia como una concepción absolutamente original por lo adecuada a la realidad del artista, del escritor americanos. Además: a mediados de los años 70, la editorial Arca de Montevideo, si no me equivoco, editaba una colección de poesía brasileña, con traducciones de poetas argentinos. Antes, Aldo Pellegrini había editado en su fundamental colección de poesía para Fabril, la Antología de poesía brasileña, compilada y traducida por Santiago Kovadloff, que tuvo una continuación en otra que él mismo hizo, dentro de la colección de Arca, Las voces solidarias. Por la época en que conocí a Santiago, quien también es uno de los traductores de Pessoa y que coordinaba pequeños grupos de estudios de estética durante la dictadura militar (aquel periodo que se pensó una vez de catacumbas), él mismo me introdujo a las obras de Drummond de Andrade, Cassiano Ricardo, Bandeira y los modernistas en general, Ferreira Gullar, etc. No era, según me parece a la distancia, un gran entusiasta del concretismo brasileño, aunque algunos momentos de Haroldo de Campos igualmente introdujo en su panorama poético. Suficiente punto de partida fueron, como para continuar la busca de ahondamiento en los concretos, que en Argentina nunca picaron del todo y que además yo, dada mi edad, conocía cuando los propios concretistas ya estaban en otras cosas. Pienso en esas lecturas entonces incipientes pero intensas como unas para siempre ilesas inscripciones en la arena mental (una especie de Candelabro de Paracas o unas Líneas de Nazca cuya condición de indelebles se podría establecer demostrativa y explicativamente de muchos modos, fundarles una lógica exterior de la cual derivar y ante la cual asignarles alguna funcionalidad, algún “sentido”, aunque lo cierto sea que fueron verdaderas impresiones sobre la muy virgen película de mi experiencia de lector por ese entonces —esto no significa, honestamente, que ahora haya cambiado esta perspectiva o sensación de seguir en los inicios). En ese yo no busco, encuentro del típico lector de poesía sumergido durante horas y horas en las librerías y bibliotecas (aunque nunca fui de ir demasiado a la biblioteca, soy más bien un lector disperso y perezoso, o, como puse en una de las letanías que interpretamos con Atlánticopacífico: “nómade concéntrico i’m burning…”) desde luego los libros fueron llegando. (Llegan los que tienen que llegar. Es un flujo, jamás fui a un libro “porque tenía que leerlo”, sólo la apetencia y el viaje.) Aprecio mucho la labor de traducción y difusión de la poesia brasileña realizada por el poeta español Ángel Crespo, algunos de cuyos esfuerzos llegaban a Buenos Aires por la Librería Española, sita en los 80 en un subsuelo de la calle Florida. Y pegando este salto de sapo hasta 1999, durante los tanteos preliminares al número 6 de tsétsé, dimos desde distintos ángulos al mismo tiempo, y dentro de la oscilación sincrónica que caracteriza en forma nunca programática el armado de cada número de la revista-libro, con la obra y presencia de Paulo Leminski. Estuvimos durante semanas y meses configurando ese dossier, traduciéndolo (con Carlos Riccardo e Ignacio Vázquez), buscando sus libros en fotocopias, y empezamos a recibir bastante material, hasta que dimos en la cuenta de que la movida estaba coincidiendo con los diez años de su fallecimiento. Leminski se me ha hecho una de esas figuras entrañables a las cuales sé que siempre estaré volviendo, con gratitud y deslumbramiento. Y me refiero a un Leminski múltiple, no sólo, por supuesto, al autor de ese diamante al infinito que es Catatau, sino al autor de poemas y haikus donde lo que aparece es ese Nadie sin el cual la voz de la escritura no se produce, al menos no al nivel en que esta parte de su obra se realiza: me refiero a la refinadísima anonimia que da vida e intensidad a estos escritos. También conozco algunas de las canciones que compuso, alguna hasta fue grabada por Caetano; si mal no recuerdo hay otra, cuyo estribillo dice algo muy cierto: “adentro del POETA hay un ET”. Creo que la fuerza de la obra de Leminski continúa creciendo. Y bien, mientras hacíamos esta incursión de puro aprendizaje con o Paulo, empezó a crecer la necesidad de hacer un relevamiento de lo que estaba sucediendo en poesía en Brasil, lo que los poetas actualizaban o soltaban al ruedo. Empecé a escribirles a algunos de quienes más me captaban y ya había leído o conocido fragmentariamente: Josely Vianna Baptista, Wilson Bueno, Arnaldo Antunes, Jussara Salazar, Claudio Daniel, Roberto Piva, Ademir Assunção, Rodrigo Garcia Lopes, Carlito Azevedo, Claudia Roquette-Pinto, Régis Bonvicino, Horácio Costa, Glauco Mattoso, y luego, a través de ellos, fui conociendo a otros autores, muchos de los cuales también se incluirían en la muestra, y comenzó, durante dos años, una avalancha gratísima de envíos postales, entre cartas, libros, revistas y toda suerte de publicaciones antológicas, más o menos marginales, más o menos institucionales. Impresionante la reacción en cadena de buena parte de los muy activos y activistas (algunas veces) poetas brasileños. Es ese el origen de Pindorama, que reunió a treinta de los centenares de poetas brasileños cuyas obras conocimos (y siguen apareciendo os novos, claro), de manera que la conexión está establecida fuertemente y de hecho en tsé-tsé de continuo publicamos poetas de ese país tan amplio y diverso. En el dossier trabajamos estrechamente con la mayoría de los poetas, muchos de los cuales opinaban y aportaban a las versiones que fuimos haciendo junto a otros traductores aventureros que se animaban a tales o cuales autores o poemas de la muestra: Aníbal Cristobo, Florencia Fragasso, Gonzalo Aguilar. A Carlos Riccardo y a mí nos pareció que este “panorama de palmeras pindó” (cuyo nombre viene del propio Oswald) traía una frescura experimental a la vez que un rigor reflexivo en torno a la composición poética (algo que no siento tan enraizado entre los poetas argentinos, por lo general entregados a la composición estilística en torno a un tema, más que a la convivencia con su realidad matérica). Una tal diversidad en los matices de esa aproximación, a la vez que la potencia de un panorama actual existente a partir de una tradición contemporánea propia, son elementos o aportes, precisamente, que en el 2000 faltaban y siguen faltando en la región rioplatense (no hablo de la Argentina en general sino de Buenos Aires y sus satélites culturales). Un comentario más, a título anecdótico: un par de números más tarde, surgió el interés por articular una muestra similar al Pindorama, enfocada en la poesía mexicana, que maneja otra tradición central y otras herejías y que es muy poco conocida en el Sur (me parece que ellos saben más del sur que nosotros de ellos; algo similar sucede con Brasil y el “resto” del continente). La reacción de la mayoría de los poetas mexicanos, no todos claro está, fue la opuesta a la expansiva de los brasileños: salvo las excepciones amorosas de rigor, recibimos muy poco apoyo de los mismos poetas, contadas fueron las ocasiones en que nos enviaron sus libros, ni hablar de otras publicaciones, fue bastante dificultoso hacernos del material y de hecho la muestra mexicana, a pesar de que incluye excelentes y hasta admirables autores, como muestra en sí nunca me terminó de convencer. No les resultaba tan vital a los propios mexicanos (repletos de antologías como están) como sí a los brasileños: saltar la valla, seguramente. La experiencia del Pindorama la recuerdo, si bien es cierto que fungí de editor en tanto coordinador del dossier, como un evento de participación entre poetas, donde además el acento siempre estuvo puesto, dentro de nuestros alcances, en la expresión plural, o, mejor dicho, en la singularidad de las expresiones. Recuerdo otra mesa redonda, (juro) de las dos o tres a las que accedí a participar —por lo general enmudezco en esas situaciones y tiendo a sentirme un usurpador: no me encuentro sino en el lugar de algún otro que quizá tuviera cosas más lúcidas que decir que yo mismo, paracaidista paraltazoriano— sobre poesía y traducción en las revistas, en la Biblioteca Nacional, que además del habitual público escaso tuvo uno de sus puntos culminantes cuando un por lo demás excelente traductor y escritor, al mencionarse la labor colectiva de traducción que habíamos hecho para Pindorama (es decir no sólo tomando entre varios algunas decisiones sino integrando a los propios poetas traducidos a ese taller en movimiento, y, además, poniendo el énfasis en los poemas originales, partiendo de la percepción del portugués como lengua poética en sí, vista desde nuestro castellano, en su extrañeza-proximidad, aludiendo de paso a los espejismos que producen las homofonías, las semejanzas fonéticas que disparan distancias semánticas, etc.), estableció la siguiente chanza reactiva, cuando no reaccionaria: “La traducción colectiva es imposible. Así empezaron los futuristas italianos, hablando de la obra colectiva, y ya sabemos adónde terminaron.” ¡Toses en la sala! La sola sensación de que esa experiencia movilizó, tanto a favor (en la mayor parte de los casos) como en contra, algo más que la alegría de difundir buena poesía (en ese algo más colocaría justamente la cuestión del cruce entre los singulares para una apertura más constelada que los ponga en estado de interacción, incluso de fricción, en esa incomodidad absorbente implicada en una convivencia que no reste intensidades) es para mí indicativa de que aquella movida valió la dicha.

¿Cuál fue tu relación con la poesía y sujeto Perlongher? Te lo pregunto a raíz de la publicación de Último Reino y el dossier aparecido en tsé tsé.

Néstor fue un interlocutor de alto vuelo para algunos de quienes lo conocimos, pero en mi caso sobre todo un aliado mayor, un amigo a veces a distancia pero con encuentros de cercanía y agudeza humana, cada vez que nos veíamos, en sus breves retornos a Buenos Aires, pues aunque ya lo había leído lo conocí en 1981, justo antes de que se mudara a São Paulo. Su poesía de entrada me captó, como a tantos. Por esa actitud de intervención (su detonación secuencial: en la escritura, en la lengua, en el contexto, en el inconsciente colectivo) que hace a su poética. El que más me llega de sus libros por su dimensión atractora, sin desmerecer a sus demás obras en absoluto, es Aguas aéreas, que veo como el gran salto (al pleno sin relleno) cantante o incantatorio de la percepción. Esa escritura, secuela de la ingesta ritual de un poderoso enteógeno, unas lianas selváticas y sus visiones y entrevisiones (más su estela implosiva ya en los precipitados de la lengua escrita), es exploración ferviente de un hiato entre los hemisferios cerebrales, un entre sensual y espiritual a un tiempo. Algo de prosa me despertó dedicarle, que salió publicada primero como postfacio (no había sido originalmente el propósito, pero a Nestor le gustó en tanto así en la primera edición del Aguas) y ya en el volumen de su obra poética, gracias a Roberto Echavarren, quien además del autor que es, es el testaferro de la obra de Néstor y un amigo de ambos. Luego, con Adrián Cangi, otro interlocutor de Néstor, compilamos varios centenares de páginas de Papeles insumisos, que serían muchos de los dispersos o aparecidos sólo en remotas publicaciones o revistas de muy diversa laya, o inéditos de Néstor; las entrevistas (alrededor de quince) que se le hicieron; parte de su correspondencia; los relatos que configuran en sí un libro dentro del tomo de recopilaciones, etc. Es cierto, en la editorial Último reino, donde trabajé alrededor de diez años, gracias a la visión de Víctor Redondo, otro poeta al que hay sumarle su obra de editor, se publicaron varios de sus libros y ese cassette que inexplicablemente no ha sido remezclado y reeditado en forma de cd todavía, aunque en parte circula en mp3 por Internet. El dossier de Néstor en tsé-tsé 7/8 fue un avance de lo que luego constituiría Papeles insumisos, y de hecho lo elaboramos desde el inicio con Adrián. Un poco lo personal del vínculo y mi lectura de su poesía están en un texto que puse en esa recopilación, “Encuentros nestorianos en la niebla”. Cuando lo hice, creía ingenuamente que estaba forjando para el título un neologismo celebratorio, pero al poco tiempo me enteré, en esa deriva sincrónica de las lecturas que me va llevando, que los nestorianos fueron una de esas “sectas heréticas” condenadas y perseguidas, allá en su siglo, por la Iglesia Apostólica Romana. Esto no hizo sino incrementar mi percepción de un Perlongher que decía que la Argentina es un país persecutorio y expulsor, que hablaba de las micropolíticas del deseo, que no se dogmatizaba nunca con las cosas que descubría ni se fanatizaba con sus hallazgos, que era capaz de poner en entredicho muchos supuestos de la realidad circundante mediante una aguda observación de usos y costumbres, que indagaba implacable la ferocidad consuetudinaria e incluso cierta necrofilia (cierto lado de la historia devota de Evita) de este colectivo suicida llamado Argentina; que se involucró en son de reflexión y en son de burla con la santa violencia que se nos inoculó, a los de nuestra generación y posteriores, desde todos los ángulos posibles durante los años 70 (y que deschavó algunas hipocresías de algunos intelectuales en pleno entusiasmo por la Guerra de Malvinas y luego de grandes franjas de la población media durante la entrada en la democracia); que puso el cuerpo en todo lo que hizo y refrendó su palabra con la intensidad de su definición personal. En él, como en pocos otros, percibí siempre la no división entre persona y artista; una ética del devenir lo volvía entrañable para quienes lo apreciábamos. La verdad es que andamos, hoy por hoy, carentes de personas como él en nuestro medio cínico y oportunista. Tipos que conecten con lo vibratorio, no apenas con la circulación profesional a un nivel de promoción y mercadeo; tipos que sean creíbles, en suma, ante la sobredosis de este diletantismo ambiente, que avasalla y entorpece, tanto en el arte como en la vida. Entre tantas joyas de Néstor, algo que dice por ahí en una de esas entrevistas que dio: a la pregunta “¿Crees que la poesía es un viaje hacia algo?”, dice “Es un entrar hacia algo, un alzar el vuelo a delicias y vicisitudes. En el devenir la deriva demanda, sale fuera a un interior que no depende de un único dispositivo. Y esto, sin restarle importancia a otros ejemplos insustituibles, puede expresarse de variada forma. Eso también lo sé. Ante todo, esto: la poesía es el viaje de muchos en uno, distribución de un empeño sin atreverse a retroceder.”

Realizaste una impecable antología peruana El libro de unos sonidos editada por tsé-tsé, ¿cómo fue vista esa antología en Perú? ¿Y cómo te relacionas con la poesía peruana pensando que eres nacido en ese país?

La antología no fue vista en Perú. No hemos logrado distribuirla todavía allí. No fue pensada para el Perú pero incluye algunos autores que no están actualmente en el canon de su país, lo cual quizá resulte de interés para algunos lectores de allá también; en otros casos, quizá pueda resultarles obvia la selección, no lo sé. Acá en la Argentina se la va leyendo de a poco. No creas que con demasiada algarabía, pero es un hecho que el libro circula por ahí. Despacio, secretamente, como es la misma poesía en su paralela de existencia entrecruzada. Hey, la segunda pregunta puede dar para una autobiografía: en esa antología está clara mi pasión por ciertas vetamadres de la poesía escrita o vivida por peruanos. Vallejo, Adán, Westphalen, Moro, Eguren, Eielson, Sologuren, sobre todo, diría que son parte de mi vida. Los vengo releyendo desde que tengo trece o catorce años. Esta edición además me permitió conocer las escrituras rutilantes o desconcertantes de autores como Churata, Adalberto Varallanos, Julia Ferrer, Augusto Lunel, Rafael Méndez Dorich, entre otros. También aparece Arguedas como poeta, y como poeta quechua: su incorporación en realidad es un desafío que me he permitido en varios sentidos, y me alegra haberlo hecho así, esa presencia enriquece el conjunto porque Arguedas es en verdad una presencia necesaria. ¿Sabías que un autor tan diferente a Arguedas como fue Westphalen le leía, por pedido de aquél, los manuscritos? Bien hacés en mencionar que la antología la editamos nosotros, en plan autogestionario; es parte fundamental de la existencia de este libro el hecho de que saliera a pesar de todo y, como mucho de lo que hacemos en tsé-tsé y alrededores, cuando y donde nadie lo estaba esperando. Esto mismo, este aspecto inopinado, es prácticamente una característica, si no una marca de origen del proyecto, que involucra obras como ésta que reúne a los poetas peruanos. El plan es seguir con otras antologías (peruanas o no: el proyecto próximo sería una muestra del “grupo sin grupo”, los Contemporáneos de México) más adelante, cuando la afluencia de billetes y demás circunstancias lo permitan.

Tengo entendido que tienes un grupo que se llama El Invitado Sorpresa, donde realizan espectáculos múltiples: música, textos, proyecciones, teatro de sombras, etc. ¿Cómo se engarza esta experiencia con tu poesía?

El Invitado Sorpresa, luego —más corto— El Invitado a secas, fue un combo que funcionó y estuvo bastante activo durante unos cuatro años, a mediados de la década del 80, en una Buenos Aires por supuesto irrepetible: la del “regreso” de la democracia. Por ahí, en varios sentidos, tuvimos, sin darnos cuenta del todo entonces, nuestro summer of love, con las debidas distancias claro está. Ironías aparte, recuerdo claramente que El Invitado, con todo su amateurismo fascinado con sus pequeños divertimentos no exentos de riesgo, no era exactamente un colectivo de trabajo artístico —aunque ensayábamos muchísimo y actuábamos todo lo que las circunstancias nos permitían— sino varios grupos de amigos y allegados mezclándose en una convivencia algo nómade, diría —pues llegamos en algún momento a ser once personas debatiendo decisiones—, sin descuidar la imprudente inocencia de aquellos días, que era un espacio que nos permitíamos, adonde lo expresivo era una parte, importante pero no excluyente, de intercambios humanos. Fueron tiempos de explorar conjugaciones muy abiertas entre la palabra, el sonido, la imagen, los vestuarios (sobre todo aquellos sombreros hechiceriles, hechos por Violeta Lubarsky —quien también generaba textos— y la artista visual Beatriz Fresno, que nos posesionaban tanto a la hora de “interpretar” en escena) trabajando desde una precariedad absoluta, sin ningún dinero ni estímulo ambiental, logrando con ello o por ello una especie de estética involuntaria: estética de precariedad y a la vez desafío de generar, de todos modos, algo, algo vital, aun en medio de la incomodidad que al menos yo sentía, en relación a toda institución, a toda rigidez, a toda señal de autoridad (veníamos de mucha muerte institucionalizada, de facto). Para mí el aspecto entonces vital de El Invitado se resumía en su calidad manifestaria, las performances eran en sí mismas unos manifiestos en vivo que ironizaban sobre muchas cosas que estaban sucediendo, era una especie de frente para la no alineación, un cruce para la divergencia de muchos caminos, una estación caótica de ensamble de singularidades que no siempre cuajaban, pues pasaban muchas cosas a nivel humano, dentro y alrededor de eso que denominábamos, cuando nos preguntaban qué era exactamente, “banda de artistas”. Algo circense, sin duda, que yo ligaba (creo que nadie más) con cierta psicodelia, no establecida como línea metódica sino como actitud exploratoria y de apertura, incluso, o sobre todo, a ir sembrando diagonales a la percepción, si eran irrisorias no nos molestaba (al principio al menos, porque llegó un momento en que se me gastó la ironía, o la humorada, algunas relaciones entre los integrantes también llegaban a su deterioro, como suele suceder, sobre todo mezclando creación y experiencias interpersonales, y además yo necesitaba del lirismo, de lo inspirador, de lo que al volver a ser interpretado frente a diversos públicos recobra cada vez un aspecto de su sentido, de su para qué). De todo eso, sólo quedó un cassette mal grabado de una presentación en un semiteatro, programas de actuaciones, fotografías, y, lo más importante, algunas amistades indelebles. De hecho con Fernando Aldao, quien componía la mayor parte de la música de El Invitado, poeta él mismo, hemos continuado, con diversos silencios intermedios, trabajando juntos. Desde el 2001 seguimos experimentando el cruce de palabra, música e imágenes (éstas con intervención de diversos artistas visuales que generan videos o espacios virtuales para las presentaciones en vivo), el proyecto empezó llamándose Atlánticopacífico, ignoro si continuaremos bajo ese nombre; en el 2002 hicimos La indefensión, un cd autogestionario y totalmente artesanal, donde Fernando trabajó lo sonoro a partir de una serie de poemas míos, pero ahora proyectamos un cd con otros materiales, donde textos y músicas emergen desde un magma común, en base a esta idea de la lectura performática. De a poco también estamos sumando otros músicos en la deriva, pero como esta incorporación es algo incipiente, es un poco prematuro todavía hablar de “una banda” (vayamos viendo, es la consigna…). Desde lo personal, veo mi vida con la poesía en estrecha relación con otras pasiones: música, pintura, cine, dibujo. De hecho no siento mucho interés ahora por seguir editando libros, tengo ganas de sacar el cd, luego preparo otros materiales “solistas” (guitarra y voz, algo rústico y minimal pero con algunos climas de lirismo creo que cuando menos interesantes), y planeo en todo caso reunir, en forma de libro, ensayos y dibujos y fotos y materiales de viajes que voy encontrando, sueño un tipo de libro de poesía capaz de albergar tanto los aspectos verbales como los no verbales de ésta. El aspecto “escénico” de esta exploración, en suma, liga con un anhelo muy fuerte de comunicación inmediata con las personas, de comunión diría (¡a veces sucede y de maneras inesperadas!), una especie de unísono somático donde la atmósfera sea afectiva, cuando no entrañable. Sin ánimos de provocación o de gestualidad autoexpresiva (y aunque a veces me den ganas de salir corriendo unos minutos antes de salir a escena, pero es que esto va de la mano con una experiencia de la poesía como acción en el mundo, como forma de vida incluso y no apenas como un estamento más o menos estable de la Cultura), busco generar una danza alrededor del fuego. Un entrelazo del afecto, una delicada conmoción.

¿Podrías darnos cierta perspectiva de la poesía argentina hoy y cómo se sitúa tu trabajo en ese contexto?

Complicado, como imaginarás, responder esto sin caer en las parcialidades infinitas, en las reacciones emocionales o en emociones reactivas a tantas cosas que suceden día a día en los salones y rincones del mundillo poético argentino. Pero puedo intentar algo, con esta previa aclaración de segura arbitrariedad de mi lado al contestar la primera parte de tu pregunta, sobre todo. Antes que nada: lo que se conoce como poesía argentina suele ser lo escrito o al menos publicado en Buenos Aires, luego en menor escala en Rosario, y sitios más o menos satélites de ambas ciudades. Incluso el movimiento en Córdoba pareciera tener su propio circuito. Desde ya la autosuficiencia porteña es una marca de idiosincracia y es con cuestiones así que debemos lidiar a la hora de revisar qué está sucediendo en poesía de este lado de la cordillera, en los términos que tu pregunta plantea. Lo siguiente a tener en cuenta es que, como sabemos sucede en casi todos los países de nuestro continente, la expresión “poesía argentina” (como “poesía chilena” o cualquier otra) responde a una división que no condice francamente con las experiencias culturales y sociales de las diversas regiones y aun diría zonas sensibles involucradas. Hay algo autoritario en esto, y es la implicancia pocas veces revisada de que a fin de cuentas pueda establecerse una media de la percepción, un punto de encaje que haga homogéneas las percepciones, los sentimientos de realidad. Esto liga precisamente con la preponderancia del realismo, ya no apenas como planteo de escuela literaria (de abolengo) sino como premisa de existencia, por parte de muchos de quienes se arrogan el discurso crítico o académico y tienden a querer definir la actualidad de la poesía en un sitio tan conflictivo como la Argentina (y sus habitantes). Todo lo que no refleje los presupuestos de una experiencia rebajada a toda suerte de reflejos condicionados, masificados, y sobre todo los enfoques del “supuesto debate nacional” (y más ahora que estamos en una nueva encarnación del populismo demagógico), no suele recibir la menor consideración por parte de los reseñistas y supuestos estudiosos de la poesía contemporánea. Sobre el realismo en sus actuales encarnaciones (hay todo un discurseo bastante oportuno sobre el anticanon, por ejemplo) y el vínculo de éste con el populismo en politica profesional, me gustaría añadir que las minorías también hacen a la realidad y que la minoría más radical es el individuo, y que sólo en la realización de cada singularidad es donde se estaría jugando, por fin, una realidad verdaderamente compartida por elegida, no por impuesta según decretos del (presupuesto) consenso. Poéticas: matices. Por otra parte se ve un cierto interés mediático o semimediático por (y de) “los jóvenes”, y esto atañe también a la poesía; constantemente aparecen editoriales con propuestas originales, hechas por y para los jóvenes, como si tener alrededor de 25 años concitara una realidad casi aparte. Sorprende la endogamia de la llamada generación del 90 (acercándose muchos de ellos a la valla de los 35, 40 años), el modo en que se aparentó una línea principal de escritura (mezcla del pop y el populismo); claro que las poéticas de gente como Mario Arteca, Aníbal Cristobo, Nakar Elliff, Román Antopolsky, Lola Arias, Manuel Donofrio, Patricio Grinberg, Andrés Kurfirst, Juan Salzano, Ximena May, Nicolás Pinkus, Andi Nachon, entre tantos otros, viene a desmentir esa proliferación de “poesía barrial” y desplazamiento en bloque. Si uno piensa en que en estos años se han estado editando las obras de Hugo Padeletti, Aldo Oliva, Héctor Viel Temperley, Juan L. Ortiz, Néstor Perlongher, Susana Thénon, Joaquín Giannuzzi, Edgar Bayley, Aldo Pellegrini, Jacobo Fijman, Osvaldo Lamborghini, Alfredo Veiravé, más algunas antologías como una reciente de Irene Gruss en torno a las poetas argentinas nacidas entre 1940 y 1960 (una franja etaria hasta ahora no relevada), más el gradual reconocimiento de autores postergados como Bustriazo Ortiz, podríamos pensar que, para quienes quieran aproximarse, el material está bastante a la mano: la poesía argentina quizá sea eso, ese cruce imposible de singularidades de cualquier momento y zona de la experiencia, estén o no vivos sus autores, y no sólo “lo último”, es decir la producción “reciente” que por supuesto merece toda la atención crítica (dicho esto en amplio sentido) pero en un campo de relaciones más abierto que las marcas generacionales o estéticas. Algo más, para lo cual aprovecho tu pregunta: se sostiene una decidida resistencia al neobarroco, inclusive desde hace un tiempo a cargo de algunos autores que en un primer momento “habitaron” la tendencia. Esto no ocurre sólo desde Argentina, Internet está lleno de neobarrocos arrepentidos o de furibundos adversarios que condenan en bloque la tendencia, como si se tratase de un movimiento o una escuela literaria más y no precisamente del raro fenómeno de una tendencia (repito) que no adscribió a un programa sino que surgió en forma sincrónica en distintos puntos del continente. Este rechazo redunda en comentarios tan generales que culminan allanando la mera posibilidad de una reflexión menos partidista, la simple lectura de cada poética más acá de la etiqueta. El “a favor/en contra” es inviable como desplazamiento de la mirada, sin el cual no hay acto crítico sino reacción, lo cual no ayuda realmente a despejar el camino como para que las obras circulen y cada lector pueda decidir por sí mismo qué le sucede ante los textos. Sé de alguna gente que no se da el permiso de siquiera hojear la revista que hacemos porque la ha catalogado de antemano de neobarroca. Determinadas poéticas no son leídas, mucho menos difundidas, debido a prejuicios como ése. Para el neobarroco, creo haber encontrado una analogía posible en el expresionismo abstracto estadounidense en pintura. Fue sincrónico, sus integrantes no constituyeron un movimiento con manifiestos (aunque es cierto que la aparición de ciertos críticos ayudó muchisimo a configurar una imagen de conjunto), provenían de diversos lugares del mundo y de hecho son absolutamente incomparables sus poéticas personales: Rothko es casi lo contrario de Pollock, Barnett Newman o Gottlieb o Kline o De Kooning o tantos otros, son todos artistas completamente distintos entre sí, son complementarios para y en una variedad. Sin embargo, es cierto que un espíritu de época los reúne. Algo semejante veo en relación a la aparición, igualmente coincidente y no planeada desde ningún lugar, de los poetas neobarrocos. La condición barroca de todos modos es parte de un sustrato, y quizá como ya he dicho en otras ocasiones la etiqueta (con su “neo”) lo complique todo aún más. Pero es indudable que, como en el siempre mencionable caso de Perlongher, o el propio O. Lamborghini, que el coloquialismo, corriente central de la poesía urbana argentina, fue invadido por el caballo de Troya de sus intervenciones (feroces): ya nadie puede hacer coloquialismo en la Argentina sin haber pasado al menos por ese tamiz de una ironía despiadada en hiperconciencia de sus medios expresivos y semánticos (Lamborghini) o una lírica atravesada de influjos y exploración sensorial (Perlongher). Por supuesto, hay mucho más para decir, muchos otros autores y situaciones sobre las cuales arrojar máxima lumbre, pero valga esto como somera aproximación a “la poesía argentina”. Mucho se ha intentado, sobre todo desde la anonimia (recuerdo el triste caso de un terrorista del e-mail, que firmaba como El Vampiro de Düsseldorff hace algunos años y que nunca dio la cara) o desde ciertos lugares “de observación impugnadora”, pegar duro en los supuestos de un ambiente poético local que, en verdad, no existe sino como fragmentación, la misma fragmentación que padece la propia sociedad urbana, la misma falta de comunicación y contacto entre los diferentes, la misma desconfianza mutua, la misma falta del sentimiento básico de reciprocidad, que “guían” las conductas cotidianas de los habitantes de la Gran Aldea. No existe en Buenos Aires una comunidad poética porque al solipsismo idiosincrático corresponde además una violencia igualmente estructural. Pocos se atreven a sacar la cabeza del horno y dejar de lado la competencia, la comparación en pro de jerarquizaciones binarias, la pelea de matones por un retazo de filón de… ¿producción estética? De alguna manera, para concluir yendo a la segunda parte de tu pregunta, David, no encuentro ninguna posibilidad de datos o marcas que atestigüen o garanticen la argentinidad en mi escritura, si es que me corresponde suponer que ésta exista. No me identifiqué jamás con ningún tipo de nacionalismo, menos el que pudiera suponerse revelado o afirmado o traducido mediante la escritura, viendo en ésta por el contrario la dimensión respiratoria y cantábile de una libertad, de una aspiración a lo incondicionado que, si se precisa en la forma, es porque exige una pluralidad de sentido, una multidimensionalidad de lo expresivo. A la distancia en lo hermético o lo oscuro per se, donde no hay claves de lectura, elijo la ambigüedad, donde al revés proliferan las posibilidades del sentido. En todo caso prefiero situarme en un intercambio no pasivo con la diversidad poética que, como pocas veces antes, según veo, abunda en nuestro continente y no sólo en nuestra lengua, y no sólo en una u otra dirección. Diría, sin exagerar exagerando, que el diálogo íntimo alcanza un carácter muy abierto del presente, y por lo tanto también es con Heráclito, con Bashõ, con Pound, con Arguedas, con Tarkovski, con Tom Verlaine o Patti Smith, con Paul Klee, con Emily Dickinson, con Hopkins, con Vallejo, con Martín Adán, con el surrealismo, con los cantos anónimos, con los futuristas rusos, con obras de traductores, con Juan Luis Martínez, con Leminski, con Rimbaud, y este largo etcétera del puente oscilante de unos puntos siempre suspensivos…

Entrevista de David Bustos M.
Foto: Gabriela Giusti
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