Libros y coliflores

que se los regalara los culiáos”
MAURICIO REDOLÉS
Dice en la página del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (en adelante el Consejo): “El Concurso para la Adquisición de Libros de Autores Nacionales editados en Chile y/o en el extranjero, tiene por finalidad ampliar el acceso de la comunidad a los bienes culturales, fortalecer las bibliotecas de carácter público y promover las obras editadas de autores nacionales”. Hasta aquí todo bien, puesto que, en efecto, no se adquirieron libros de, por ejemplo, escritores japoneses (lo cual no estaría nada mal, de hecho sería excelente). Pero a continuación se afirma: “Este concurso público se convoca desde 1993 y hasta el año 2005, se han comprado 563.761 títulos, considerando en esta selección la calidad literaria en los distintos géneros, atendiendo además, a aquellos de alta demanda por parte de la comunidad”.
Y bien: recientemente se ha publicado la nómina de los libros seleccionados este año, es decir de libros publicados el 2004 y postulados por las distintas casas editoriales y elegidos por el Consejo para las bibliotecas públicas del país.
Si en los fundamentos del concurso no se hubiera señalado —¡no había necesidad!— que para la selección y adjudicación de fondos se considera “la calidad literaria en los distintos géneros, atendiendo además, a aquellos de alta demanda por parte de la comunidad”, no habría, en rigor, problemas. Pero ahora, en rigor, sí hay problemas.
Se dice que el criterio central habría de ser la calidad y, en segundo término (“además”), la alta demanda por parte de la comunidad. Sospecho que poco se atiende a esto último y que menos aún (poco, casi nada) se atiende a lo primero. Sospecho, a su vez, que se atiende a otras cosas: ¿amiguismos, clancitos nepotones, necesidad de cuadrar cajas? Y, para los lectores de literatura: pico. Que lean una de las muchas autoediciones adquiridas (eso está bien: es un gesto correcto, aunque luego ya veremos), o a Reinaldo Marchant o a Daniela García, pero qué duras las van a ver si lo que quieren es leer “2666”, de Roberto Bolaño, porque para eso tendrán que hacer cola o hacer la reserva con mucha anticipación, puesto que el Consejo sólo adquirió 20 ejemplares de la novela póstuma de Roberto Bolaño, al tiempo que de la imponderable “Canción para caminar sobre las aguas”, de Hernán “el duende” Rivera, se adquirieron 151 ejemplares ($940.730).
Entendemos que hay libros más caros que otros, pero como aquí los criterios son literarios y de público y no de precio, no resultará válido, por ejemplo, que alguien argumente que de 2666 sólo se adquirieron 20 ejemplares porque era más caro. El total asignado al libro de Bolaño es inferior a la mayoría de los concursantes, es decir más bajo que el presupuesto para Daniela García: Elegí vivir ($824.700), pero también que el de Santiago Elordi: “Cartas a Dios desde un prostíbulo” = $742.500.
¿Es mejor Daniela García que Roberto Bolaño?
Al rico dato duro:
De “La alegría del pueblo”, de Reinaldo Marchant se compraron 200 ejemplares, que ascienden a la suma de $1.332.800. ¿Alguien sostendría que el público pide a gritos la adquisición del libro de Merchant para poder leerlo? ¿Y quién es Marchant? Pues es el presidente de la SECH (Sociedad de escritores de Chile). Nota de última hora: Reinaldo Marchant ya no es presidente de la SECH, hasta de allá lo echaron, aunque ahora ha escrito otro libro, dedicado nada menos que a don Alberto Bachelet.
¿Y quiénes integraron el Consejo Nacional del libro y la lectura?
Una serie de hombres y mujeres de letras: algún escritor representativo por aquí, alguna escritora ídem por acá, unos cuantos poetos por acullá, otros editores por acullí, algún diligente profesor y, en representación de la SECH, Reinaldo Marchant, que era, por entonces, el presidente.
Más datos: del libro infantil (léase para niños) “Súper Inti y el misterio del espejo”, de Teresa Calderón, se adquirieron 200 ejemplares ($735.000). De su esposo, el poeta y editor Tomás Harris, se adquirieron 200 ejemplares del volumen “De miedo” ($624.800). De Jorge Díaz: “Neftalí, el niño de la lluvia”, 80 ejemplares ($722.400).
No todo es tan decepcionante, en todo caso. De “Hallazgos y desarraigos”, el formidable libro de ensayos literarios de Mauricio Wacquez: 50 ejemplares = $620.000. De “La burla del tiempo”, de Mauricio Electorat, se adquirieron 300 ejemplares ($1.800.000). Esto parece justo, pues dicha novela es buenísima y así la recibió la crítica en Chile y España y el público. Pero ojo: de “La burla del tiempo” se adquirieron 300 ejemplares sólo porque Electorat ganó el Fondo del libro, lo cual comporta la adquisición de 300 ejemplares de la obra, cuesten lo que cuesten. Lo mismo ocurre con “Harakiri”, del siempre notable Claudio Bertoni.
No todo es tan malo, entonces, en esta cazuela, sin embargo la coliflor es más fuerte. Como si las bibliotecas nacionales no estuvieran suficientemente atestadas de antologías de Neruda, el Estado compró la “Antología popular” nerudiana (151 ejemplares= $875.951) y, probablemente para incentivar el estudio del inglés, “Neruda esencial/ Essential Neruda” (80 ejemplares, $729.600). Del prometedor libro “Los juguetes del niño Jesús”, de Mazapán (sic), se adquirieron 80 ejemplares, lo que equivale a $511.360, lo que equivale a algo así como, por dar un ejemplo, 51 tableros de ajedrez.
Un soñador del siglo XXI (Antes del olvido IV), de Volodia Teitelboim: 150 ejemplares = $1.149.600. El bosque de los pigmeos, de Isabel Allende (la escritora, no la diputada): 101 ejemplares = $698.314. (70 tableros).
Lear rey & mendigo, de Nicanor Parra, 100 ejemplares = 1.050.000. O sea 7,6 por región, o sea, con cueva, uno por ciudad, y los pueblos como Chañaral que se olviden del Lear de Parra. Del que no se olvidarán es de Reinaldo Marchant, porque se le compraron 200, como decíamos, y entonces alcanza para más bibliotecas, incluso, quizá, para la de Chañaral.
¿Es mejor Marchant o Rivera Letelier que Nicanor Parra?
Lo grave no es que esto dé señales de posibles amiguismos y nepotismos y acomodos (que por lo demás siempre han existido); lo grave es que estos libros irán a parar a bibliotecas públicas de todo el país. O sea, van a ser leídos. O sea, el problema ya no son las mafias de turno, sino la actitud desdeñosa del Estado con los lectores, y ese si que es otro tema. Ricardo leía a Magris y a Savater y a Varguitas, y aún así el ganado se le escapaba con el vuelo.
La diferencia es ésta. Imaginemos a un joven estudiante de un liceo de Chañaral. Un joven de trece años llamado Jaimito. Jaimito ha adquirido –por su padre, por sus abuelos o por la puta que lo parió- el gusto por la lectura. Pero los padres de Jaimito son pobres, y entonces Jaimito también es pobre: apenas tienen para parar la olla. Entonces Jaimito acudirá a las bibliotecas públicas de Chañaral. Buscará en los estantes, pero en vez de toparse con un ejemplar de 2666 (difícilmente llegará a Chañaral uno de los 20 ejemplares), se topará con “Canción para caminar sobre las aguas” de Rivera o con “El bosque de los pigmeos”, de Isabel Allende o con libros de Relindo Merchant (200) o con el conmovedor relato de Daniela García, o bien con el sobrepoblado y temible estante de Neruda. Entonces, una de dos: o Jaimito se aburre y considera que la literatura es una mierda y que mejor se va sumando a las pichangas de sus compañeros y quizá tendremos un nuevo Bam Bam Zamorano (gracias al Consejo), o quizá se anota a la pandilla del barrio y descubre que robar es gratis.
O bien Jaimito considera que la literatura es buenísima porque es fácil y ayuda a matar el tiempo, y toma por modelos a Rivera Letelier y a Isabel Allende y a Reinaldo Marchant. Y querrá ser escritor, y será un escritor como Isabel Allende o Rivera Letelier, y se afiliará a la SECH y sus libros, hechos a la manera de Rivera Letelier e Isabel Allende y Renato Miranda, aunque tengan pésima acogida crítica y de lectores, serán adquiridos por el Consejo, y así, pues ni modo: escriba mierdas, el estado se las compra.
O quizá sólo se trate de paranoia y en el 2033 ya casi nadie lea y la literatura siga solita y aparte y Jaimito no haya escrito una puta línea en su vida y Chile quizá pueda por fin clasificar para el mundial de fútbol o a subir, de una buena vez, en los rankings de la corrupción latinoamericana.

