Jaipur
Baba pictures
Un viaje por India siempre es una montaña rusa de emociones, pasando de momentos plenos y bellos a otros caóticos y desconcertantes. Aquel día en Jaipur, no escapé a esta realidad. El viaje en taxi desde Agra había sido desastroso. Miles de seres humanos, animales, motos tuk-tuk, camiones con la gran marca Tata implantada en el frente y decorados hasta el infinito, embistiendo a su paso frenético la carreta tirada por un camello. Mr Joschi, mi chofer, ingresando a los pueblos como un bólido auspiciado por la bocina de aquel Ambassador blanco que no paraba de sonar. Entonces, la detención en el Yantar Mandar fue el pretexto perfecto para fugarme por unos instantes de tanta esquizofrenia. Traspaso una puerta urbana, luego otra. Gente pidiendo de todo, otros exigiendo, saludando, amables, agresivos, siempre aquel contraste radical. De pronto, entre elefantes cargando telas y frente al Palacio de los Vientos, encuentro dos señores fotógrafos con trípodes y grandes cámaras leicas antiguas. Por un instante, la emoción me invade al constatar que se trata del mismo sistema que años atrás había descubierto en las escalinatas del capitolio de La Habana. El proceso es increíble. El fotógrafo debe tomar la imagen directamente en papel, por lo que éste se convierte en negativo, como en los viejos tiempos, y luego a ese negativo se le toma otra fotografía. Como la lógica nos señala, el negativo de un negativo es un positivo. Éste adviene finalmente en la imagen de nuestra persona, la foto como tal, en blanco y negro, con los bordes recortados sin piedad. Estaba en estas faenas, posando ante los maestros de estas artes cuasi extintas, mientras todo el universo imaginable pasaba frente mío. El frenesí de la ciudad color sangre se hacía cada vez más interesante. Mientras espero que la toma se concrete, veo que se acerca hacia mí un Baba u hombre santo, de los que transitan por India visitando lagos sagrados. Con su báculo, sus guirnaldas de flores, tocados de tela en la cabeza, un faldín y descalzo, se acerca a mí con su voto de silencio y con la mirada me señala que quiere una foto. Juntos posamos ante el mago y se produce el milagro. Entre revelaciones de todo tipo, químicas y místicas, esperamos el momento en que se devela nuestra imagen juntos, hermanados en el papel. Por supuesto, Baba exige un diezmo por esta pequeña entrega y yo accedo feliz. Él, no contento con la cifra, me mira nuevamente y el mago de las fotos, percatándose de mi incomodidad y la vehemencia de Baba, prepara otra foto y se la obsequia al santo. Ante semejante momento, mi buen amigo desiste del litigio y se va caminando por esas calles hiperpobladas con sus escasas pertenencias, entre las que ahora se encuentra esta foto, conmigo. Yo, con mi foto también, me alejo sintiendo una felicidad indescriptible al comprender que dos seres humanos, completamente diferentes, estarían por siempre unidos por la luz.
Video y texto: Alejandro Wagner

