Un árbol en el precipicio

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Bonsái de Alejandro Zambra


Las miniaturas me inquietan. O mejor, me inquieta el efecto de ver las cosas del mundo a otra escala. En especial esos árboles enanos, diminutas réplicas vivas cuya contemplación siempre me ha provocado una sensación de distanciamiento o extrañeza. En el mismo sentido, creo que Bonsái es una novela extraña.
De partida, la novela está al revés. Las palabras que abren el libro revelan, precisamente, cómo termina: Al final ella muere y él se queda solo. Y el principio de la historia, o la enunciación de la clave en que parece estar escrita, se encuentra casi al final, en la penúltima página: una historia muy larga que nadie conoce bien, una historia común cuya única particularidad es que nadie sabe contarla bien.
Una historia que nadie conoce o nadie sabe contar. Narración que debe ser leída bajo sospecha, Bonsái es un juego de versiones donde nada puede darse por seguro. Ni siquiera los nombres de los personajes o aún su calidad de tales: Emilia y Julio –que no son exactamente personajes, aunque tal vez conviene pensarlos como personajes. Renunciando a cualquier pretensión de veracidad, la historia de Bonsái está construida sobre un montón de conjeturas. No es un relato real, en el sentido del realismo decimonónico, sino todo lo contrario: una historia de ilusiones.
Por otra parte, en esta novela no pasa nada o casi nada. El argumento es de una simplicidad que roza lo banal y carece por completo del vértigo de una peripecia. La trama, en tanto, se articula a retazos. Como quien dispone una colección de fotografías tomadas en lugares y épocas diversas. Es al juntar los fragmentos que se va dibujando la línea difusa de un relato. Elíptico, lleno de vacíos. Un puzzle donde falta la mayoría de las piezas. Un mensaje cifrado por la vía de sus omisiones, escrito para desafiar la pericia del lector. Escribir es esconder algo para que otro lo encuentre, decía Italo Calvino.
Ni búsqueda de verosimilitud, más bien su debilitamiento sistemático, ni construcción de un argumento que sostenga la convención narrativa. Bonsái es una novela literaria, si por ello se entiende una novela sobre o contra la literatura. Una novela que trata sobre la escritura de sí misma. Un texto urdido para alumbrar esa zona fantasma de la cual proviene toda literatura verdadera. La tensión generativa entre realidad y lenguaje.
Bonsái es la historia de cómo una historia encuentra su forma. Un ejercicio de estilo, en el sentido de Queneau. Un gesto que intenta restituir a la escritura todo su potencial metafórico. La escritura es comprendida aquí como arte del engaste entre una figura y las palabras precisas que pueden expresarla. Como arte que integra, tal como el árbol y la maceta en el arte del bonsái, contenido y continente: la selección de la maceta apropiada para un árbol es casi una forma de arte por sí misma.
De las referencias literarias que incluye, algunos nombres me parecen importantes para reconstituir la ascendencia de este texto. Macedonio Fernández y Georges Perec, por ejemplo. Dos exploradores legendarios de las fronteras entre la realidad y la literatura. Dos escritores que, en tiempos y contextos diversos, jugaron a dinamitar las supercherías del realismo. En cuanto al estilo, la mención a González Vera contribuye a rescatar del olvido a uno de los escritores chilenos más diestros en el dominio de esa virtud chejoviana que es la precisión.
La novela trata de muchas otras cosas, por supuesto. Habla de la literatura como mentira. Y como vanidad. Y como fracaso. Pero, sobre todo, habla de ella como residencia cotidiana en ese delta imaginario donde confluyen el flujo de la vida y el de la escritura. Del riesgo de dedicar la vida al oficio inútil de podar extraños árboles de signos. De la convicción de que vale la pena apostar las horas a escribir libros como éste. Libros que penden en el vacío, como un árbol en el precipicio.

Jaime Pinos F.

Santiago de Chile. 06/04/06

Bonsái. Novela.
Alejandro Zambra.
Editorial Anagrama. Barcelona. 2006.
94 páginas.

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