Crímenes sin autor

Martínez/Bolaño

jlm2.jpg

Instintivamente, con gran entusiasmo, piensas en bombas mentales que depositarías en los pabellones de ciertos puercos, enemigos de lo literario. Y después te alegra el día soñar con el triunfo de la literatura.

ENRIQUE VILA-MATAS

1

No existen, ciertamente, muchas referencias explícitas de Roberto Bolaño hacia Juan Luis Martínez. La publicación de sus conferencias y demás ensayos sobre literatura, acumulados en gran parte en el póstumo libro Entre paréntesis, registra solamente una mención, bastante sintomática por cierto, hacia el responsable —por llamarle de alguna forma— de La nueva novela. “Juan Luis Martínez hace una lectura brevísima de Duchamp (y ejemplar en algún sentido) y desaparece”, escribe Bolaño, como a regañadientes (1). Si bien es una descripción a la que tal vez el propio Martínez hubiera adherido, debido a su carácter enigmático y fugaz, existe otra referencia todavía más ajustada a ese culto, siempre tan paradójico y finalmente imposible, de la tachadura: “… murió/ Juan Luis Martínez”, se lee en un poema de Los perros románticos (2).
En contrapartida a dichas miradas de reojo hacia el cadáver Martínez, es necesario subrayar que si hay un poeta al cual Bolaño presta especial atención en su rigurosa y también chistosísima manera de asumir la tradición de la poesía chilena en general, es una figura contemporánea y, de algún modo, antagónica a la de Martínez, al menos en cuanto a la manipulación de la “personalidad”: Rodrigo Lira. Mucho más atento a los aspectos biográficos (a esta altura ya legendarios entre los poetastros de Santiago) que a la producción poética de Lira (suponiendo una separación entre ambas), es posible imaginar a Bolaño observando a través de ese lente difuso —un lente empañado por el aliento postrero en una tina llena de sangre—, las sombras flotantes de la poesía hispanoamericana, los zombis errantes de Alonso de Ercilla, Rubén Darío y Mario Santiago.
Por otra parte, es posible aventurar que toda la silenciosa quietud de Martínez, unida a un contexto dictatorial especialmente “silencioso” para los poetas chilenos, constituyó un murallón sin grietas al cual se debe, entre tantas otras cosas, la inexistencia de contacto entre la producción de un poeta chileno de Villa Alemana, para colmo borrado por él mismo, y otro poeta chileno por ese entonces residente en México Distrito Federal y co-fundador de un grupo tan incierto como el infrarrealismo. Aunque, si se piensa en algunos azares imponderables, no es necesario que dos escritores se encuentren a una distancia considerable o que uno de ellos viva bajo una dictadura, para que no se conozcan lo suficiente entre sí, o de plano no se conozcan en absoluto: Bolaño, a través de Lihn, tenía alguna noticia de lo que pasaba con la poesía chilena de los ochenta, pero no hay ninguna constancia ni mención cierta respecto de su conocimiento de un narrador chileno tan importante como Mauricio Wacquez, que vivió y murió en Teruel, a dos pasos de Blanes, donde, por la misma época, vivió y murió Bolaño.

En fin, siempre son muchos los hilos que se pueden tender y también cortar entre un poeta desaparecido y otro, aparecido, entre un escritor ágrafo y otro que, a la postre, quiso escribirlo todo. La distancia que hay entre La página en blanco y “La parte de los crímenes” puede ser tan abismal como inexistente: aunque, a simple vista, la primera condense, en un destello, la utopía fúnebre de no decir nada sobre una desaparición y la segunda se disponga a vociferar, detallada, enfermizamente, todos los asesinatos, en ambas asistimos a una operación atópica: en la primera no hay autor porque no hay escritura ni lugar posibles, y en la segunda no hay autor porque todos son autores, porque todos son los asesinos.

Ahora bien, si en “La parte de los crímenes” quien se da a la imposible tarea de dilucidarlos es, entre otros, un judicial sin ambiciones llamado Juan de Dios Martínez, la cuestión se torna escabrosa. ¿Es un homenaje de Bolaño hacia una figura enigmática de la poesía chilena? ¿Una especie de saldo de cuentas de la obra de Bolaño consigo misma, como forma de reconocer, al fin, a un poeta al que él mismo le prestó tan poca atención? ¿O es un chiste macabro? ¿O Bolaño definitivamente despreciaba de tal forma a Martínez que lo sacó de la tierra del valle central de Chile y lo puso a investigar crímenes sin autor, entre los basurales y las maquiladoras de Santa Teresa? ¿Era tan bromista Bolaño como para endosarle a Martínez un papel cuyo desprestigio en México se acrecienta día a día gracias a la corrupción existente entre los judiciales de todo el país, sean federales o estatales? ¿Y por qué Bolaño, ya en el terreno de la oscura carcajada, hace deambular a Juan de Dios-Juan Luis Martínez entre los crímenes irresolutos de una ciudad podrida y el amor desdichado hacia una psiquiatra mucho más letrada que él y a la que, sin duda, le teme? Conjeturas, conjeturas: Nada es lo bastante real para un fantasma. Y es preferible suponer que estas cuestiones, después de todo, entran ya definitivamente en el estricto plano de la novela. (¿De cuál? ¿De la nueva novela de Roberto Bolaño o de la última novela de Juan Luis Martínez?)

belanojlm.jpg

2

¿Qué hace unjudicial? Es un policía sin uniforme, un policía de civil. Un tira. Está destinado, generalmente, a homicidios, o a contrarrestar, en lo posible, la actividad del narco. Pero en realidad no está destinado a nada. Su acreditación oficial es de tal modo ambigua que ya está absolutamente mimetizado con las operaciones del crimen organizado o desorganizado. Su accionar, como el de todos los estamentos de la policía mexicana, no tiene más prestigio que el de un delincuente: ojalá no te encuentres con un asaltante, ojalá no te topes con un “Judas”. Por eso su trabajo se mueve entre el significante visible de la oficialidad y la latencia profunda del mundo del hampa. Trabaja con la muerte. La puede tomar por orden directa de narcotraficantes poderosos o la puede encargar él mismo si así le conviene. Debe, por supuesto, negociarlo todo: casi la mayoría de los estados de México son controlados, hoy, por los cárteles de la droga, y el judicial no posee precisamente el alma bondadosa de la justicia o el utópico deseo de un país sin delitos ni corrupción. Es posible pensar entonces: Juan Luis Martínez como el narcotraficante de la literatura. La página en blanco como el desierto latinoamericano de la cocaína: La Nueva novela como la gran jalada de Dios.
En “La parte de los crímenes”, los ejemplos del propio Juan de Dios, de Olegario Cura Expósito (el ya célebre Lalo Cura, cuya “prefiguración” conociéramos en Putas asesinas), pero sobre todo la aparición de los judiciales de mayor rango como Pedro Negrete (una mezcla ácida entre dos leyendas mexicanas como Pedro Infante y Jorge Negrete), exhiben al judicial en tanto rostro vacío y desfigurado, sin rasgo alguno de investigador interesado en borrar los crímenes de las mujeres ocurridos en Santa Teresa o en su extrarradio. Sin rasgo alguno de investigador. Va tras los asesinatos, siempre llega tarde. Es un descriptor, no soluciona puzzle alguno porque el puzzle lo rebasa: al judicial, al lector y al narrador. Los detectives, ya clásicos, ya lejanos, de la novela negra contemporánea, a lo Marlowe o a lo Spade, son tipos rudos y con un alto grado de nerviosismo ético ante estos nuevos detectives dormidos, que no son, tampoco, ni salvajes ni helados, como los que habitan la anterior producción novelística y poética de Roberto Bolaño. Los judiciales, si puede existir una comparación —y no puede, en la medida en que los judiciales pertenecen a un contexto expresamente mexicano—, se asemejan más al carácter del poli corrupto interpretado por Harvey Kaitel en una película de los noventa, o al del asqueroso sargento Bruce Robertson de Escoria, la novela de Irvine Welsh: Juan Luis Martínez como el personaje corrupto de la poesía chilena. La Nueva Novela como la coima vanguardista a la tradición literaria.

Pero no siempre se puede pensar literariamente. ¿No siempre? “Acá debería acabar este relato, pero la vida es un poco más dura que la literatura”, dice uno de los narradores de Bolaño (uno de esos narradores sin fondo, tan exactos, tan secos, y sin embargo, profundísimos, extenuantes, pornográficos), y lo cierto es que México, el de las novelas, el de los poemas, el de la vida, es (todo el mundo lo sabe, y los mexicanos se ríen y hasta casi se enorgullecen de ello) un país corrupto sin vuelta atrás, a un nivel superficial y a un nivel profundo. “Ningún mexicano — escribe William Burroughs, en su magistral prólogo a Marica — conocía de verdad al prójimo, y cuando un mexicano mataba a alguien (lo que ocurría a menudo), era por lo general a su mejor amigo”. Es cierto: el compadrismo finalmente acaba, en el mejor de los casos, a machetazos y con algún miembro cercenado. O acaba a balazos. O acaba a destitución presidencial.
Pero todo esto, no le resta absolutamente nada de literatura a la forma con que a veces los mexicanos se ponen a torear a la muerte. Las mujeres asesinadas. Las mujeres brutalmente golpeadas. Inscripciones fabricadas en el barrio de Tepito, inscripciones grabadas a fuego en el barrio de Latinoamérica: Juan de Dios Martínez como el macho triste de Bolaño, el macho triste de todos nosotros. Las inscripciones que llevan puestas las mujeres en sus playeras, son, claro está, parte de un chiste reactivo, como respuesta a ese otro chiste truculento que cuenta la historia del catálogo de asesinatos-abusos-violaciones cuyas principales víctimas han sido, y siguen siendo, las mujeres mexicanas, por lo general pobres o indigentes, pero en realidad de cualquier parte. De “La parte de los crímenes”. ¿Y qué dicen esas playeras? Te vas a quedar ciego pendejo, o tienes dos segundos para mirar hacia otro lado hijo de la chingada, o demasiada mujer para un solo hombre. Y aunque es difícil aventurarse con alguna relación causal, se puede atisbar una especie de resentimiento gremial en esas inscripciones, y también, en la cantidad de hombres muertos a causa de envenenamientos o “fatales accidentes domésticos” ocurridos a diario, para no hablar de la cantidad de recursos ofrecidos por la magia negra o la santería, muy populares entre las esposas y las novias despechadas de México. Un judicial no puede contra eso: menos Juan de Dios. La venganza no siempre termina ahí. ¿La literatura tampoco? A Juan Luis Martínez esto le hubiese divertido: en el Panteón de San Fernando, ubicado en un barrio céntrico de México DF, hay al menos dos epitafios deliciosos. El primero: “Aquí yace mi mujer, fría, como siempre”. El segundo, a modo de respuesta: “Aquí yace mi marido, al fin rígido”. La página en blanco como el epitafio vengativo pendiendo sobre el cadáver de la literatura. “La parte de los crímenes” como la solución Nro. 3, la no-solución a la muerte del autor. Juan Luis Martínez y Roberto Bolaño como las viudas despechadas de la vanguardia.


3

Siempre se puede pensar literariamente. ¿Siempre? Es posible suponer que Juan Luis Martínez, ya antes de su fase policíaca, mucho antes de su experiencia criminal en el desierto mexicano, iba bastante enfermo de literatura, o tenía ya “el mal de Montano”, la agrafia trágica que nos mostró para siempre Enrique Vila-Matas en su novela igualmente enferma, en la que cabe sin duda Juan Luis Martínez, su tachadura es el latigazo violento de una pregunta sobre el futuro de la literatura como enfermedad y sobre la escritura como la forma narrativa predilecta de la desaparición. Y ahí Martínez, aunque lo parezca, no está solo: lo acompañan escritores no precisamente ágrafos, como Musil, Kafka, Pessoa, Benjamin, Macedonio Fernández, Walser, Gombrowicz, el propio Vila-Matas y, por supuesto, Benno Von Archimboldi. (Y ya que estamos en “La parte de Archimboldi”, y en el delirio: ¿después de llevarlo a Santa Teresa, Bolaño fue capaz de transfigurar nuevamente a Juan Luis Martínez en un niño afásico capaz de convertirse en una cosa muy parecida a un alga, luego en un soldado alemán sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, en un escritor misterioso de novelas cuyos críticos más lúcidos se desperdigan por Italia, Francia, Inglaterra y España?) Vaya, vaya: “¿Cómo haremos para desaparecer?” (3), pregunta Maurice Blanchot. “¿No va a desaparecer nunca la literatura?” (4), le contesta Vila-Matas, con la fuerza de un espejo roto. “Escribir, obviamente, no tiene importancia, escribir no importa. A partir de eso se decide la relación con la escritura” (5), es la sentencia desastrosa de Blanchot. Y ahí nos quedamos abandonados.
Tranquilidad, jóvenes escritores (“Tranquilo, Juan Emar. Juan Emar es la imbecilidad”): quizás la utopía de la literatura no consistiría, como se ha dicho pensando en Mallarmé, en desaparecer (6). O al menos no en desaparecer siempre en el texto, sino también fuera del texto. ¿Existe un afuera del texto? Llegados a este punto, habría que señalar a la utopía de la literatura, cualquiera ésta sea, como un problema siempre al interior de la literatura. E incluso en tanto problema de la institución literaria y de quienes la sostienen. Como un problema de literatos, al fin y al cabo, pero también como un problema de los libros y de quienes se aventuran a leer los libros. La autodestrucción por la cual, paradójicamente, la literatura sigue existiendo y se le puede vaticinar un futuro glorioso o un futuro podrido.
Ahora bien, ¿este problema consiste en haber incurrido, desde el romanticismo, aunque también desde mucho antes, en una especie de idealización del suicidio — del suicidio de la literatura y, desde ahí, del suicidio en general —, de haberlo incluido, en definitiva, como posibilidad (maravillosa) dentro del espacio de lo literario, despojándolo así, y de paso despojándose a sí mismo, de cualquier exterioridad? ¿Acaso la literatura, esa mathesis singularis “que hace girar los saberes” (7) en un infinito a veces ensordecedor, ha intentado alguna vez suicidarse? Hay suficientes pruebas de ello, hay demasiados crímenes perpetrados por el Gran Monstruo Ágrafo que nos espera tranquilamente al final de todos los poemas y de todas las novelas y de todos los cuentos, como para señalar que sí, que la literatura, de vez en vez, se nos quiere presentar bajo la forma de una nota suicida, una histérica página en blanco caída ella también en la tentación de augurar y vociferar su propio fin, desesperadamente, en un desierto negro. Con Mallarmé, pero también con otros. Con Juan Luis Martínez, o con Lautréamont. O con Rodrigo Lira, o con quien sea. Sobre todo con quien sea. Y sigue ahí. Y no para de suicidarse. Y no para de escribirse: “No tengáis prisa… sin la posibilidad del suicidio ya me habría matado hace mucho tiempo. El suicidio es un acto afirmativo, lo podéis hacer cuando queráis, ¿qué prisa tenéis? Calmaos. Lo que hace soportable la vida es la idea de que podemos elegir cuándo escapar”.
Estoy doblemente tranquilo.

Martín Cinzano.
México D.F., diciembre 2005

(1) Roberto Bolaño, “La poesía chilena y la intemperie”, en: Entre paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003). Barcelona, Anagrama, 2004. En “Encuentro con Enrique Lihn”, cuento publicado en Putas asesinas (Anagrama, 1999), el narrador señala: “Martínez leyó con atención el Duchamp des cygnes y luego se murió.”
(2) Roberto Bolaño, Los perros románticos. Poemas 1980-1998. Barcelona, Lumen, 2000.
(3) Maurice Blanchot, El diálogo inconcluso. Caracas, Monte Ávila Editores, 1993. La cita de Blanchot aparece como epígrafe inicial en El mal de Montano.
(4) Enrique Vila-Matas, El mal de Montano. Barcelona, Anagrama, 2003.
(5) Maurice Blanchot, La escritura del desastre. Caracas, Monte Ávila Editores, 1990.
(6) Roland Barthes, El grado cero de la escritura seguido de Nuevos Ensayos Críticos. México, Siglo Veintiuno Editores, 2000.
(7) Roland Barthes, El placer del texto y lección inaugural, México D.F, Siglo Veintiuno Editores, 2000.
(8) Enrique Vila-Matas, Suicidios ejemplares. Barcelona, Anagrama, 1999.

volver
lanzallamas libros